18 jun. 2009

Robert Burton - Excelencia, degeneración, miserias y enfermedades del hombre





Excelencia del Hombre.
— El hombre es la más excelsa y noble de las criaturas del mundo, «la más importante y más potente obra de Dios, maravilla de la naturaleza», según lo calificó Zoroastro; audacis naturae rniraculura, «la maravilla de las maravillas», al decir de Platón; «cifra y compendio del mundo», según Plinio.

Es un microcosmos, un mundo en pequeño, dechado de la Creación, señor soberano de la Tierra, virrey del mundo, único amo y gobernante de todos los seres que lo pueblan, de cuyo imperio esos seres son meros vasallos o súbditos que se avienen a prestarle obediencia.

Descuella sobre todo el resto de la Creación por la superioridad de su físico y de su espíritu. Imaginis imago, fué creado a imagen y semejanza de Dios, de su propia substancia inmortal e incorpórea, con todas las facultades y potencias que le son propias.

Ha sido al principio puro, divino, perfecto, dichoso, «creado a ejemplo de Dios en verdadera santidad y justicia»; Deo congruens, libre de dolencias de cualquier especie y puesto en el Paraíso para conocer a Dios, para admirar y glorificar al Señor, para hacer su voluntad, ut diis consimiles parturiat deos (como expresó un poeta antiguo) y para propagar el sagrado culto.

Degeneración y Miseria del Hombre. — Pero esta criatura, la más noble de todas, ¡oh lastimosa mutación!, como exclama Palanterio, decae de lo que fue y degenera en su estado, convirtiéndose en un hombrecillo miserable, en un náufrago y ruin sujeto, una de las más míseras criaturas del mundo, si se la considera en su naturaleza propia, un ser que no se regenera y así ensombrecido por sus faltas que lo hacen inferior al animal (exceptuando algunos pocos caracteres que conserva), «cuando pierde la dignidad humana se asemeja a una alimaña que perece», como dijo de él David en sus Salmos, a un monstruo, por estupenda metamorfosis, a un zorro, un perro, un cerdo. ¿Qué no es entonces? ¡Y cuánto se aleja de lo que fue! Al principio, un santo y un bienaventurado, ahora un ser mísero y execrable. Debe ganar el pan con el sudor de su frente, como se lee en el Génesis, y está amenazado por la muerte y por toda especie de enfermedades y de calamidades.

Kudo es el trabajo impuesto a los hombres y pesado el yugo que deben soportar los hijos de Adán, desde e] día que salen del vientre materno hasta que vuelven a la madre de todo lo creado. La idea de la muerte los persigue y son víctimas de sus propios pensamientos, sus temores y los engendros de su imaginación.

Comenzó el hombre por sentarse en glorioso trono para caer muy bajo hasta la región de la tierra y las cenizas; vistióse de fina seda azul y luego usó ropas de lienzo basto o estameña. Tanto el ser racional como el irracional conocen la ira, la envidia, la aflicción, la inquietud, el temor a la muerte, etcétera, pero mucho más hacen presa esos sentimientos en el impío o el ateo. Todo ello le sucede en esta vida y quizá sea anuncio de eterna miseria y sufrimiento en la vida futura.

Causa Instintiva de los Malestares y Enfermedades del Hombre. — La causa determinante de los malestares del hombre, de las enfermedades y la muerte, de todos los castigos temporales y eternos, es el pecado de nuestro primer padre Adán cuando comió el fruto prohibido por instigación y seducción del diablo. Su desobediencia, orgullo, ambición, intemperancia, escepticismo y curiosidad— de donde procede el pecado original y la general corrupción de la humanidad— es la fuente de donde fluyen todas las inclinaciones malsanas y todas las faltas o transgresiones que causan nuestras desdichas, nacidas de nuestros pecados. Esto es probablemente lo que los poetas han querido expresar en el cuento de la caja de Pandora, la que al ser abierta, debido a su curiosidad, sembró por doquiera toda clase de enfermedades.

No ha sido sólo la curiosidad, por cierto, sino los demás pecados humanos lo que nos ha traído todas las plagas y malestares que venimos padeciendo. Como se lee en los Salmos, los insensatos se sienten atormentados a causa de sus faltas y sus iniquidades. El temor nace a semejanza de la tristeza repentina y el aniquilamiento se origina como el torbellino, la aflicción y la angustia, porque se ha perdido el temor a Dios. «¿Estáis agitado por luchas guerreras? —pregunta con palabras apremiantes Cipriano a Demetrio—; ¿sufrís privaciones y hambre?; ¿vuestra salud está quebrantada por crueles dolencias? ¿La humanidad toda está aquejada de enfermedades epidémicas? Todo esto se debe a vuestros pecados». (Amos y Jeremías).

Dios se muestra irritado, amenazador y vengativo debido a que con gran terquedad los hombres no quieren volver a Él. «Si la tierra es estéril por falta de, lluvias, si a causa de las sequías no da frutos, si las fuentes se han secado y los viñedos, el trigo y los olivares están destruidos, si la atmósfera está contaminada y los hombres aquejados de enfermedades, todo esto es debido a sus pecados»; y pareciera que la sangre de Abel clama venganza. «Por culpa de nuestros pecados hay mucha tristeza en nuestros corazones», dice el profeta Isaías. «Gruñimos como los osos y nos quejamos como las palomas, y la salud nos falta por culpa de nuestros pecados y excesos». Pero no podemos soportar que se nos hable de ello, según expresa Jeremías. «En vano recibimos el castigo, pues no nos corregimos»... «Tú los has azotado, pero ellos no se lamentan y se niegan a enmendarse y volver a Ti. Los has castigado con la peste, pero ellos no han vuelto a Ti». (Amos, IV). Herodes no pudo ocultar a Juan Bautista ni Domiciano a Apolonio que las causas de la plaga de Éfeso fueron la injusticia, el incesto, el adulterio y otros vicios semejantes. (Filóstrato, Vida de Apolonio).

Por mi parte digo que la justa sentencia de Dios consiste en el castigo de nuestra ceguera y obstinación como causa principal o concomitante de esos males. Dios nos castiga por nuestros pecados y para satisfacer su cólera. Debemos obedecer la ley divina, pues de lo contrario sufriremos castigo, como puede verse ampliamente en el Deuteronomio: «Si no quieren obedecer al Señor y seguir sus mandamientos y órdenes, entonces todas sus maldiciones caerán sobre ellos. La maldición llegará a la ciudad y al campo. Maldita será también la descendencia del hombre, etc. El Señor te enviará calamidades y males vergonzosos por tú maldad e inmoralidad». Y algo más adelante: «El Señor te castigará con las plagas de Egipto, con pústulas, sarna y comezón, sin que puedas curarte; con la demencia, la ceguera y trastornos cardíacos». Según San Pablo, «el que obra con maldad sentirá tribulación y angustia». Otros de tales castigos nos son infligidos para nuestra humillación, para poner a prueba nuestra paciencia en esta vida, para que nosotros mismos conozcamos a Dios y para que aprendamos a ser prudentes y discretos. En Isaías se lee: «Por eso mi pueblo está cautivo, porque carece de saber... La ira de Dios se ha encendido contra su pueblo y ha alzado su brazo sobre él». Empero, el Altísimo desea nuestra salvación: Nostrae salutis avidus, dice Lemnio, y por eso muchas veces nos da «un tirón de orejas» para despertar en nosotros la conciencia de nuestros deberes. «Los que han errado pueden tener agudo entendimiento y ser regenerados», como expresa Isaías. «Una congoja mortal me domina», dice David de sí mismo en los Salinos. «En la tristeza de mis ojos se refleja mi aflicción», añade, y esto la hace volver la mirada a Dios.

Alejandro Magno, en medio de su opulencia, deificado por una turbamulta de zánganos y convertido de hecho en un dios, cuando se sintió gravemente enfermo acordóse de que al fin y al cabo era un simple mortal y depuso su orgullo: In morbo recolligit se animus, como Plinio anota con frase penetrante. «Durante la enfermedad la mente reflexiona sobre sí misma y a sí misma se juzga, repudiando la conducta pasada», y termina diciendo a su amigo Mario: «Llegaríamos a la cúspide de la sabiduría si cumpliéramos siquiera en parte la promesa que hacemos, estando enfermos, sobre nuestro futuro comportamiento».

Cuando se goza de bienestar no huelga tener presente la advertencia de Moisés: «No hay que. olvidar a Dios», y en vez de mostrarse engreído es preciso reconocer los dones y beneficios de Él recibidos. «Y cuantos mayores son esos beneficios, tanto mayor debe ser la gratitud» (como dice Agapetiano) y más moderado el usufructo de los mismos.

Causas Físicas de Nuestras Enfermedades. — Las causas físicas de nuestras enfermedades son tan distintas como las enfermedades mismas, y están representadas por los astros, las capas celestes, los elementos de la naturaleza, etc.

Todos los seres creados por Dios han sido provistos de armas para luchar contra los pecadores. Hubo una época en que realmente fueron buenos y si después muchos se hicieron malos, no ha sido por su propia naturaleza sino por la corrupción del género humano. El desliz de nuestro primer padre Adán produjo un primer cambio en los seres, la maldición de la Tierra, la alteración de la influencia de los astros; e hizo que los cuatro elementos, los cuadrúpedos, los pájaros y las plantas estuviesen siempre dispuestos a causarnos daño. «Las principales cosas destinadas al uso del hombre son el agua, el fuego, el hierro, la sal, la harina, el trigo, la miel, la leche, el aceite, el vino, el vestido; cosas buenas sobre toda ponderación, pero que inclinan a los pecadores a la maldad», según se lee en el Eclesiastés. Y la misma obra expresa: «El fuego, el granizo, el hambre y la sequía, todo esto ha sido creado con fines de venganza».

El cielo nos amenaza con sus cometas, astros y planetas, con sus grandes conjunciones, con sus eclipses, oposiciones y otros fenómenos adversos; la atmósfera con sus meteoros, truenos, relámpagos, calores y fríos excesivos, fuertes ventarrones, tempestades importunas, etc., de lo cual se originan la esterilidad, el hambre, las plagas y toda ciase de enfermedades epidémicas, que han causado decenas de miles de muertes entre los humanos.

En El Cairo (Egipto), cada tres años, como refieren Botero y otros, morían 300.000 personas a causa de las plagas; y en Constantinopla, 200.000, cada cinco o siete años a lo sumo. ¿Cuántas veces la tierra nos espanta y castiga con sus terribles terremotos, sobre todo frecuentes en China, Japón y el Oriente en general, tragándose a veces hasta seis ciudades de golpe? ¿Cuántas veces las aguas manifiestan su furor en forma de inundaciones e irrupciones, arrasando ciudades, poblados, puentes, etc., además de causar naufragios? Islas enteras han sido algunas veces sumergidas de repente .con todos sus habitantes. En Zelandia (Holanda) y muchas otras partes del continente europeo ha habido inundaciones, que en Irlanda fueron ocasionadas por el desbordamiento del lago Erne. En los pantanos de Frisia, debido a las tempestades, en 1230 el mar cubrió con sus aguas a muchos miles de hombres e incontables animales.

En cuanto al fuego, el más cruel de los elementos, ¿no ha destruido en contados instantes ciudades enteras? ¿Qué población antigua de alguna importancia no ha sido alguna vez asolada por la furia de los elementos? Y más particularmente, ¿cuántos seres atacan mortalmente al hombre? El león, el lobo, el oso, etc.; algunos con sus cascos, otros con sus cuernos, colmillos, dientes y garras. ¿Cuántas serpientes dañinas y animales venenosos están siempre en acecho para atacarnos o exterminarnos del todo? ¿Cuántos peces, plantas, murciélagos, frutas, semillas, flores, etc. podrían citarse que al ser tocados o ingeridos o con su simple olor causan a veces graves enfermedades cuando no la muerte?

Algunos hacen mención de mil venenos distintos, pero se trata en verdad de pequeñeces. El más grande enemigo del hombre, es el hombre mismo, que por instigación del diablo está siempre dispuesto a causar daño, a ser el verdugo de su prójimo, a convertirse en un lobo o en un demonio para él: homo homini lupus; homo homini daemon. Todos somos hermanos en Cristo, o al menos hemos de ser miembros de un solo cuerpo, siervos de un solo Dios, y sin embargo, ni el propio demonio es capaz de atormentar, insultar o tiranizar como puede hacerlo un hombre con su semejante.

Podemos prever la mayor parte de las enfermedades epidémicas y aun huir de ellas. Los astrólogos nos predicen las sequías, tempestades y plagas; los terremotos, inundaciones, destrucción de viviendas, incendios, ocurren de vez en cuando y presentan señales que los anticipan, pero no hay modo de evitar los ardides, imposturas, injurias y villanías de los hombres. Podemos alejar de las ciudades a nuestros enemigos declarados mediante barreras, muros, torres, ponernos a cubierto de ladrones y bandidos estableciendo vigilancia y armándonos, pero ninguna precaución cabe adoptar contra la astucia de los hombres y su empeño de causar el mal. Aquí toda vigilancia es imposible, ante las tretas y planes secretos que inventamos para perjudicarnos mutuamente. A veces con la ayuda del diablo, facilitada por mediación de magos y hechiceros, a veces por medio de la impostura, los brebajes, los venenos, las estratagemas, los combates singulares, las guerras, nos acometemos, herimos y matamos, como si fuéramos ad internecionem nati, semejantes a los soldados de Cadmo cuya única misión era exterminarse unos a otros. Es común leer que cien o doscientos mil hombres han sido muertos en una sola guerra. Aparte de ello, se ha inventado toda clase de instrumentos y aparatos de tortura: toros de bronce, potros, ruedas, azotes, armas, máquinas, etc. Ad unum corpus humanum supplicia plura quam memora: Hemos inventado más instrumentos de tortura que miembros tiene el cuerpo humano, como bien observa Cipriano. Hay más aún: nuestros propios padres por sus ofensas, indiscreción e intemperancia llegan a ser nuestros enemigos mortales. Muchas veces nos causan pesar y propagan en nosotros enfermedades hereditarias e inevitables y nosotros no tenemos reparo en causar daño a nuestra posteridad: «Con crímenes por nosotros ignorados nuestros propios hijos señalarán la edad venidera». Y aun parece que el fin del mundo será peor, como predijo San Pablo.

Así, pues, somos malos por naturaleza, malos genéricamente considerados, pero aun somos peores por nuestras invenciones y artificios, y cada hombre es el mayor enemigo de sí mismo. Con frecuencia estragamos nuestro propio organismo por abuso de los dones que Dios nos ha dispensado: la salud, la riqueza, el vigor, el ingenio, el saber, las facultades artísticas, la memoria, causando nuestra propia destrucción. Perditio tua ex te: Tú eres la causa de tu propio aniquilamiento. Así como Judas Macabeo mató a Apolonio con las propias armas de éste, así también con nuestras propias armas causamos nuestra destrucción; y la razón, el discernimiento, el arte, todo lo que debiera sernos de utilidad y ayuda, se convierte en simple instrumento de nuestra ruina. Héctor dio a Ayax una espada diciéndole que mientras la usara contra sus enemigos le serviría de ayuda y defensa, pero cuando luego la empleó para atacar a personas inocentes, se hirió a sí mismo en el vientre. Así también cuando hacemos buen uso de los excelentes instrumentos que Dios nos ha dado podemos obtener de ellos mucho provecho; pero si hacemos lo contrario, esos instrumentos causarán nuestro infortunio y estrago, como consecuencia de nuestra imprudencia y nuestra debilidad, acerca de lo cual podrían aducirse innumerables ejemplos. Es esto lo que San Agustín reconoció con respecto a sí mismo en sus humildes confesiones: «Ingenio despierto, memoria y elocuencia fueron buenos dones de Dios, pero el santo no los empleó para gloria del Señor». Consultad a los médicos sobre este particular y ellos os explicarán las consecuencias nocivas que producen algunos de esos abusos —en número de seis— contra la naturaleza, como causas de nuestras enfermedades, y como efecto de la embriaguez, insaciable lujuria y orgiástico despilfarro de la salud. Piltres crápula quam gladius es una aseveración plena de verdad: los excesos en la mesa dañan y destruyen más que la espada.

Nuestra incontinencia causa en nosotros muchas enfermedades incurables, nos hace viejos prematuramente, altera nuestro temperamento y aun produce muertes súbitas. En última instancia, lo que más nos hace sufrir son nuestras propias tonterías y locuras (quos Jupiter perdit, dementat, Júpiter empieza por quitar la razón a los que quiere perder, y Dios lo permite privando al sujeto de su gracia protectora), nuestras flaquezas, falta de autodominio, la facilidad con que cedemos a los deseos, abriendo cauce a todas las pasiones y perturbaciones de la mente, en forma tal que nos transformamos hasta degenerar en el estado de animalidad. Es lo que el príncipe de los poetas, Homero, nota respecto de Agamenón, quien cuando llega a moderar sus pasiones e inspira simpatía se asemeja —os oculosque Jovi par— a Júpiter en las facciones y aspecto, a Marte en el valor, a Palas en la sabiduría, y se convierte en un dios; pero cuando se deja dominar por la ira es lo mismo que un león, un tigre, un perro, etc., y entonces en nada se parece a Júpiter. De igual modo, en tanto que ajustamos nuestra conducta a la razón, ponemos freno a nuestros desordenados apetitos y obedecemos los mandamientos de Dios, nos parecemos a muchos santos, pero si damos rienda suelta a la lujuria, a la cólera, a la ambición, al orgullo y seguimos nuestros propios impulsos, degeneramos en animales, transformamos nuestro propio ser, alteramos nuestra constitución orgánica, excitamos la ira de Dios y somos víctimas entonces de la melancolía y de toda clase de enfermedades incurables, como justo y merecido castigo de nuestros pecados.


En Anatomía de la melancolía

Traducción del inglés y prólogo de Antonio Portnoy

Buenos Aires, Espasa Calpe, 1947