8 jun. 2009

Ray Bradbury - Date prisa, no te muevas, o la cosa al final de la escalera, o nuevos fantasmas de mentes viejas





Date prisa, no te muevas. Es la lección de la lagartija para todos los escritores. Cualquiera sea la criatura superviviente que observen, verán lo mismo. Saltar, correr, congelarse. En su capacidad de destellar como un párpado, chasquear como un látigo, desvanecerse como vapor, aquí en un instante, ausente en el próximo, la vida se afirma en la tierra. Y cuando esa vida no se precipita en la huida, con el mismo fin está jugando a las estatuas. Vean al colibrí: está, no está. Igual que el pensamiento se alza y parpadea este vaho de verano; la carraspera de una garganta cósmica, la caída de una hoja. ¿Y dónde fue ese murmullo...?
¿Qué podemos aprender los escritores de las lagartijas, recoger de los pájaros? En la rapidez está la verdad. Cuanto más pronto se suelte uno, cuanto más deprisa escriba, más sincero será. En la vacilación hay pensamiento. Con la demora surge el esfuerzo por un estilo; y se posterga el salto sobre la verdad, único estilo por el que vale la pena batirse a muerte o cazar tigres.
Y entre las fintas y huidas, ¿qué? Ser un camaleón, fundirse en tinta, mutar con el paisaje. Ser una piedra, yacer en el polvo, descansar en agua de lluvia, en el tonel que hace tanto tiempo, junto a la ventana de los abuelos, llenaba el canalón de desagüe. Ser vino de diente de león en la botella de ketchup cubierta y guardada con una leyenda en tinta: Mañana de junio, primer día de verano de 1923. Verano de 1926, noche de fuegos artificiales. 1927: último día de verano. ÚLTIMO DIENTE DE LEÓN, 1 de octubre.
Y de todo esto, fraguar el primer éxito como escritor, a veinte dólares el cuento, en Weird Tales.
¿Cómo empezar a escribir algo nuevo, que dé miedo y aterrorice?
En general uno tropieza con la cosa. No sabe qué está haciendo y de pronto está hecho. No se propone reformar cierta clase de literatura. Es un desarrollo de la vida propia y los miedos nocturnos. De repente mira alrededor y ve que ha hecho algo casi nuevo.
El problema para cualquier escritor de cualquier campo es quedar circunscrito por lo que se ha hecho antes o lo que se imprime día a día en libros y revistas.
Yo crecí leyendo y amando las tradicionales historias de fantasmas de Dickens, Lovecraft, Poe, y más tarde Kuttner, Bloch y Clark Ashton Smith. Intentaba escribir historias fuertemente influidas por varios de esos escritores y lograba confeccionar pasteles de barro de cuatro capas, todos lenguaje y estilo, que negándose a flotar se hundían sin dejar rastro. Era demasiado joven para identificar el problema; estaba demasiado ocupado imitando.
Entré casi a tumbos en mi identidad creativa durante el último año de la secundaria, cuando escribí una especie de larga reminiscencia del hondo barranco de mi pueblo natal, y del miedo que me daba de noche. Pero no tenía ninguna historia que se adecuara al barranco, por lo que el descubrimiento de la verdadera fuente de mi futura obra se retrasó un tiempo.
A partir de los doce años escribí al menos mil palabras por día. Durante mucho tiempo por encima de un hombro la mirada de Poe, mientras por sobre el otro me observaban Wells, Burroughs y casi todos los escritores de Astounding y Weird Tales.
Yo los amaba y ellos me sofocaban. No había aprendido a mirar hacia otro lado y, en el proceso, no a mirarme a mí mismo sino a lo que sucedía detrás de mi cara.
Sólo pude encontrar un camino cierto en el campo minado de la imitación cuando empecé a descubrir los gustos y ardides que acompañan a las asociaciones de palabras. Al fin resolví que si uno va a pisar una mina, mejor que lo haga por cuenta propia. Volar, por así decir, por las propias delicias y desesperanzas.
Empecé a tomar breves notas describiendo amores y odios. Durante mis veinte y veintiún años vagué por mediodías de verano y medianoches de octubre, presintiendo que en algún lugar de las estaciones brillantes y oscuras debía haber algo que era mi verdadero yo.
Tenía veintidós cuando una tarde al fin lo descubrí. Escribí el título «El lago» en la primera página de una historia que se terminó dos horas más tarde, sentado ante mi máquina en un porche, al sol, con lágrimas cayéndome de la nariz y el pelo de la nuca erizado.
¿Por qué el pelo de punta y la nariz chorreante?
Me daba cuenta de que por fin había escrito un cuento realmente bueno. El primero en diez años. Y no sólo era un buen cuento sino una especie de híbrido, algo al borde de lo nuevo. No un cuento de fantasmas tradicional sino un cuento sobre el amor, el tiempo, el recuerdo y el ahogo. Se lo envié a Julie Schwartz, mi agente para revistas populares, y a ella le gustó pero dijo que no era una historia tradicional y quizá costara venderla. Weird Tales dio unas vueltas alrededor, lo tocó con una vara de tres metros y al fin decidió, qué demonios, publicarlo aunque no se adecuara a la revista. ¡Pero debía prometer que la próxima vez escribiría un buen cuento de fantasmas tradicional! Me dieron veinte dólares y todo el mundo feliz.
Bien, algunos de ustedes conocen lo demás. Desde entonces, en cuarenta y cuatro años, «El lago» se ha vuelto a publicar decenas de veces. Y fue el cuento que llevó a diversos editores de otras revistas a alzar la cabeza y fijarse en el chico del pelo de punta y nariz mojada.
¿Recibí de «El lago» una lección rápida, dura o aun fácil? No. Volví a escribir cuentos de fantasmas a la antigua. Porque era demasiado joven para comprender mucho sobre la escritura y tardé años en percatarme de mis descubrimientos. La mayor parte del tiempo vagaba por todos lados y escribía mal.
A los veinte y algo mi narrativa extraña era imitativa, con alguna sorpresa ocasional de concepto y acaso una sorpresa de ejecución, mi escritura de ciencia-ficción era abismal y mis cuentos de detectives rayaban en lo ridículo. Estaba profundamente influido por mi querida amiga Leigh Brackett, con quien solía encontrarme todos los domingos en la Playa del Músculo de Santa Mónica, California, para allí leer sus superiores cuentos sobre el Marte Agreste o envidiar y tratar de emular sus historias del Agente de la Flynn.
Pero durante esos años empecé a hacer listas de títulos, a escribir largas líneas de sustantivos. Eran provocaciones, en última instancia, que hicieron aflorar mi mejor material. Yo avanzaba a tientas hacia algo sincero escondido bajo el escotillón de mi cráneo.
Las listas decían más o menos así:
EL LAGO. LA NOCHE. LOS GRILLOS. EL BARRANCO. EL DESVÁN. EL SÓTANO. EL ESCOTILLÓN. EL BEBÉ. LA MULTITUD. EL TREN NOCTURNO. LA SIRENA. LA GUADAÑA. LA FERIA. EL CARRUSEL. EL ENANO. EL LABERINTO DE ESPEJOS. EL ESQUELETO.
En esa lista, en las palabras que simplemente había arrojado al papel confiando en que el inconsciente, por así decir, alimentara a los pájaros, empecé a distinguir una pauta.
Echando a la lista una mirada, descubrí que mis viejos amores y miedos tenían que ver con circos y ferias. Recordé, luego olvidé, y luego volví a recordar, cómo me había aterrorizado la primera vez que mi madre me había llevado al tiovivo. Con el organillo gritando y el mundo dando vueltas y los saltos de los terribles caballos, yo añadí mis chillidos al bochinche. No volví a acercarme al tiovivo durante años.
Cuando décadas más tarde lo hice, me precipitó directamente en La feria de las tinieblas.
Pero mucho antes de eso seguí haciendo listas. EL PRADO. EL ARCÓN DE LOS JUGUETES. EL MONSTRUO. TlRANOSAURIO REX. EL RELOJ DEL PUEBLO. EL VIEJO. LA VIEJA. EL TELÉFONO. LAS ACERAS. EL ATAÚD. LA SILLA ELÉCTRICA. EL MAGO.
Sobre el margen de estos sustantivos, entré a los tumbos en un cuento de ciencia-ficción que no era un cuento de ciencia-ficción. Mi título era «C de cohete». Se publicó con el de «Rey de los Espacios Grises» y contaba la historia de dos chicos, grandes amigos, de los cuales uno era elegido para la Academia Espacial y el otro se quedaba en el pueblo. Todas las revistas de ciencia-ficción lo rechazaron porque, al fin y al cabo, no era sino una historia sobre una amistad puesta a prueba por las circunstancias, aun cuando las circunstancias fuesen un viaje espacial. A Mary Gnaedinger, de Famous Fantastic Mysteries, le bastó mirar el cuento una vez para publicarlo. Pero, una vez más, yo era demasiado joven para ver en «C de cohete» el tipo de cuento que, como escritor de ciencia-ficción, me ganaría la admiración de algunos y las críticas de muchos que observaban que yo no era un escritor de ficciones científicas sino un escritor «popular», ¡qué cuerno!
Seguí haciendo listas, relacionadas no sólo con la noche, las pesadillas, la oscuridad y objetos en desvanes, sino con los juguetes con que juegan los hombres en el espacio y las ideas que encontraba en las revistas policíacas. Del material policiaco que a los veinticuatro años publiqué en Detective Tales y Dime Detective, la mayor parte no vale la pena leerla.
De vez en cuando me pisaba el cordón suelto y hacía un buen trabajo con el recuerdo de México, que me había dado miedo, o del centro de Los Ángeles durante los disturbios de Pachucho. Pero tardaría la mejor porción de cuarenta años en asimilar el género de suspense-y-misterio-detectivesco y conseguir que funcionara en mi novela La muerte es un asunto solitario.
Pero volvamos a mis listas. ¿Y por qué volver? ¿Adónde los estoy llevando? Bien, si alguno de ustedes es escritor, o espera serIo, listas similares, sacadas de las barrancas del cerebro, lo ayudarán a descubrirse a sí mismo, del mismo modo que yo anduve dando bandazos hasta que al fin me encontré.
Empecé a recorrer las listas, elegir cada vez un nombre, y sentarme a escribir a propósito un largo ensayo-poema en prosa.
En algún punto a mitad de la primera página, o quizás en la segunda, el poema en prosa se convertía en relato. Lo cual quiere decir que de pronto aparecía un personaje diciendo «Ése soy yo», o quizás « ¡Esa idea me gusta!». Y luego el personaje acababa el cuento por mí.
Empezó a hacerse obvio que estaba aprendiendo de mis listas de nombres, y que además aprendía que, si los dejaba solos, si los dejaba salirse con la suya, es decir con sus propias fantasías y miedos, mis personajes harían por mí el trabajo.
Miré la lista, vi ESQUELETO y recordé las primeras obras de arte de mi infancia. Dibujaba esqueletos para asustar a mis primitas. Me fascinaban las desnudas muestras médicas de cráneos y costillas y esculturas pélvicas. Mi canción favorita era «No es ser infiel / quitarse la piel / y bailar en huesos».
Recordando mi temprana obra plástica y mi canción favorita, un día me dejé caer en el consultorio de mi médico con dolor de garganta. Me toqué la nuez, y los tendones de los lados del cuello y le pedí consejo experto.
— ¿Sabes qué tienes? —preguntó el doctor.
— ¿Qué?
— ¡Descubrimiento de la laringe! —graznó—. Tómate una aspirina. ¡Dos dólares, por favor!
¡Descubrimiento de la laringe! ¡Dios mío, qué hermoso! Volví a casa trotando, palpándome la garganta, y después las rodillas, y la medulla oblongata, y las rótulas. ¡Moisés santo! ¿Por qué no escribir el cuento de un hombre aterrorizado que descubre debajo de la piel, en la carne, escondido, un símbolo de todos los horrores góticos de la historia: un esqueleto?
El cuento se escribió solo en unas horas.
Aunque el concepto era perfectamente obvio, nadie en la historia de la escritura de cuentos de misterio se había sentado a garabatearlo. Yo caí con él en la máquina y salí con un relato flamante, absolutamente original. Había estado acechando bajo mi piel desde que a los seis años dibujara una calavera con dos huesos cruzados.
Empecé a juntar presión. Ahora las ideas venían más rápido, y todas de mis listas. Subía a rondar por los desvanes de mis abuelos y bajaba a sus sótanos. Escuchaba las locomotoras de medianoche que aullaban por el paisaje del norte de Illinois, y era la muerte, un cortejo funeral que se llevaba a mis seres queridos a un cementerio lejano. Me acordé de las cinco de la mañana, de las llegadas del Ringling Brothers o el Barnum and Bailey en la madrugada y los animales desfilando antes del amanecer, rumbo a los prados vacíos donde las grandes tiendas se alzarían como setas increíbles. Me acordé del Señor Eléctrico y su silla eléctrica viajera. Me acordé de El Mago Piedranegra que jugaba con pañuelos y hacía desaparecer elefantes en el escenario de mi pueblo. Me acordé de mi abuelo, mi hermana y de varias tías y primas, para siempre en sus ataúdes, en camposantos donde las mariposas se posaban en las tumbas como flores y las flores volaban sobre las lápidas como mariposas. Me acordé de mi perro, perdido durante días, volviendo a casa una noche de invierno, muy tarde, con la pelambre llena de nieve, barro y hojas. Y de esos recuerdos ocultos en los nombres, perdidos en las listas, empezaron a estallar, a explotar las historias.
El recuerdo del perro y su pelambre invernal se convirtió en «El emisario», un cuento sobre un niño, en cama, enfermo, que envía a su perro a que junte las estaciones en el cuerpo y vuelva a informarle. Y entonces, una noche, el perro regresa de un viaje al cementerio y trae «compañía».
Un título de la lista, LA VIEJA, se convirtió en dos historias. Una fue «Había una anciana», sobre una dama que se niega a morir, y que desafiando a la Muerte, exige a los enterradores que le devuelvan el cuerpo; y la segunda, «Temporada de incredulidad», sobre unos niños que se niegan a creer que una vieja haya sido alguna vez joven, muchacha, niña. La primera apareció en mi primera colección, Dark Carnival. La segunda pasó a formar parte de un ulterior examen de asociaciones de palabras y que se llamó El vino del estío.
Sin duda ya podemos ver, pienso, que son la observación personal, la fantasía rara, la extraña presunción lo que da resultado. A mí me fascinaban los viejos. Intentaba desentrañar su misterio con los ojos y una mente joven, pero me dejaba continuamente estupefacto darme cuenta de que en un tiempo ellos habían sido yo, y que en un día lejano yo sería ellos. ¡Absolutamente imposible! No obstante, situación espantosa, trampa terrible, allí estaban, ante mis propios ojos, esos niños y niñas encerrados en cuerpos viejos.
Volviendo a hurgar en mi lista, me detuve en el título EL FRASCO, producto de mi azorado encuentro con una serie de embriones exhibidos en una feria cuando tenía doce años y una vez cuando tenía catorce. En los lejanos días de 1932 y 1934 los chicos, por supuesto, no sabíamos nada, absolutamente nada del sexo y la procreación. Pueden imaginar pues mi estupefacción cuando, errando por una exposición de feria, vi un montón de fetos de humanos y gatos y perros exhibidos en frascos con marbetes. Me horrorizaron la mirada de esos muertos nonatos y los nuevos misterios de la vida que ellos metieron en mi cabeza esa noche y a lo largo de los años. Nunca les hablé a mis padres de los frascos y los fetos en formol. Había tropezado, sabía, con ciertas verdades que era mejor no discutir.
Desde luego, todo esto afloró cuando escribí «La jarra», y la feria y la exposición de fetos y todos los viejos terrores se me vertieron de las puntas de los dedos a la máquina. Al fin el viejo misterio había encontrado reposo en un relato.
En mi lista encontré otro título: LA MULTITUD. Y, mecanografiando con furia, recordé una conmoción terrible cuando, a los quince años, salí corriendo de la casa de un amigo para enfrentarme con un coche que se había llevado por delante una valla callejera y había salido disparado contra un poste de teléfono. El coche estaba partido por la mitad.
Había dos muertos en el asfalto y una mujer murió justo cuando yo llegaba, el rostro hecho una ruina. Un minuto después murió otro hombre. Y uno más murió al día siguiente.
Yo nunca había visto algo así. Volví a casa aturdido, chocando con los árboles. Tardé meses en superar el horror de la escena.
Años más tarde, con la lista ante mí, recordé unas cuantas cosas peculiares de aquella noche. El accidente había ocurrido en una intersección flanqueada a un lado por fábricas vacías y un patio de escuela abandonado, y al otro por un cementerio. Yo había ido corriendo desde la casa más cercana, que estaba a unos cien metros. Sin embargo en un instante, al parecer, se había reunido una multitud. ¿De dónde había salido? Con el tiempo sólo conseguí imaginar que algunos, de extraño modo, habían salido de las fábricas vacías o, más extrañamente aún, del cementerio. Después de escribir apenas unos minutos se me ocurrió que sí, esa multitud era siempre la misma multitud, que se reunía en todos los accidentes. Eran víctimas de accidentes de hacía años, destinadas fatalmente a volver y rondar los escenarios de accidentes nuevos.
Una vez que di con esta idea, el cuento se terminó solo en una tarde.
Mientras, los artefactos de feria se iban juntando cada vez más, y sus grandes huesos ya se abrían paso a través de mi piel. Más y más largas, yo seguía haciendo excursiones poéticas en prosa sobre circos que llegaban mucho después de medianoche. Un día de esos años, cuando tenía poco más de veinte, iba rondando un Laberinto de Espejos del viejo muelle de Venice con mis amigos Leigh Brackett y Edmond Hamilton, cuando de pronto Ed exclamó: «Larguémonos de aquí antes de que Ray escriba un cuento sobre un enano que viene todas las noches a mirarse en un espejo que lo alarga». « ¡Eso es!», grité yo, y corrí a casa a escribir «El enano». «Así aprenderé a morderme la lengua», dijo Ed a la semana siguiente, cuando leyó el cuento.
EL BEBÉ de la lista era yo, claro.
Recordé una vieja pesadilla. Era sobre nacer. Me recordé en la cuna, con tres días de edad, aullando por la experiencia de haber sido empujado al mundo: la presión, el frío, el chillido vital. Recordé el seno de mi madre. Recordé al médico, a mi cuarto día de vida, inclinándose hacia mí con un escalpelo para llevar a cabo la circuncisión. Recordé, recordé.
Cambié el título de EL BEBÉ por el de «El pequeño asesino». Ese cuento ha sido antologado docenas de veces. Y yo había vivido la historia, al menos en parte, desde mi primera hora de vida y sólo la había recordado de veras a los veintipico.
¿Escribí relatos basados en todos los sustantivos de mis páginas y páginas de listas?
En absoluto. Pero sí sobre la mayoría. El ESCOTILLÓN, apuntado en 1942 o 1943, no afloró hasta hace tres años, en un cuento que publicó Omni.
Otra historia sobre mi perro y yo tardó más de cincuenta años en aflorar. En «Bendígame, padre, pues he pecado» fui hacia atrás en el tiempo para revivir una paliza que le había dado a mi perro a los doce y por la cual no me había perdonado nunca. Escribí el cuento para examinar por fin a aquel muchacho cruel, triste, y dar descanso eterno a su fantasma y el del perro amado. Dicho sea de paso, era el mismo perro que en «El emisario» volvía del cementerio con «compañía».
En esos años, junto con Leigh, mi maestro era Henry Kuttner. Él me sugería que leyera autores —Katherine Anne Porter, John Collier, Eudora Welty— y libros —El fin de semana perdido, La carne de un hombre, Lluvia en el umbral— que iban a enseñarme cosas. En algún momento me dio un ejemplar de Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson. Al terminar el libro me dije: «Un día quisiera escribir una novela con gente parecida pero que pase en Marte». De inmediato apunté una lista de la clase de tipos que me gustaría plantar en Marte, a ver qué sucedía:
Me olvidé de Winesburg, Ohio y de la lista. Con los años, escribí una serie de cuentos sobre el Planeta Rojo. Un día levanté la vista y el libro estaba terminado, la lista completa y Crónicas marcianas en vías de publicarse.
Ahí tienen, pues. En suma, una serie de nombres, algunos con adjetivos insólitos, que describían un territorio desconocido, un país no descubierto, parte de él Muerte, el resto Vida. Si no hubiera urdido esas recetas para el Descubrimiento, nunca me habría transformado en el picoteante arqueólogo o antropólogo que soy ahora. Ese grajo que busca objetos brillantes, extrañas carcasas y fémures deformes en los túmulos de basura que tengo en el cráneo, donde, junto con los restos de las colisiones con la vida, se esparcen Buck Rogers, Tarzán, John Carter, Quasimodo y todas las criaturas que me dieron ganas de vivir para siempre.
Como dice la vieja canción del Mikado, yo tenía una listita, salvo que larga, que me llevó al país del Vino del Estío y me ayudó a trasladar el país del Vino del Estío a Marte, y de rebote me devolvió a un territorio de vino oscuro cuando una noche, mucho antes del amanecer, llegaba el tren del señor Tinieblas. Pero la primera y más importante fila de nombres fue esa llena de hojas que susurraban en las aceras a las tres de la mañana y de funerales que rodaban por vías férreas vacías, uno tras otro, y de grillos que de pronto, sin ninguna razón, se callaban, de modo que uno se oía el corazón y hubiera deseado no oírlo.
Lo cual nos lleva a una revelación final...
Uno de los nombres de mi lista de la secundaria era La Cosa o, mejor aún, La Cosa del final de la escalera.
Donde yo crecí, en Waukegan, Illinois, había un solo cuarto de baño: arriba. Hasta encontrar una luz y encenderla había que subir un tramo de escalera a oscuras. Yo intentaba convencer a mi padre de que dejase la luz encendida toda la noche. Pero eso era caro. La luz quedaba apagada.
A eso de las dos o tres de la mañana me entraban ganas de orinar. Me demoraba en la cama una media hora, dividido entre la torturante necesidad de alivio y lo que, sabía, me aguardaba en el oscuro corredor que llevaba al altillo. Al fin, impulsado por el dolor, me asomaba del comedor a la escalera pensando: date prisa, salta, enciende la luz, pero hagas lo que hagas no mires arriba. Si miras antes de encender la luz, allí estará Eso. La Cosa. La terrible cosa que aguarda al fin de la escalera. De modo que corre, ciego; no mires.
Corría, saltaba. Pero siempre, inevitablemente, a último momento, en un parpadeo, miraba la espantosa oscuridad. Y aquello siempre estaba. Y yo gritaba y caía por la escalera, despertando a mis padres. Mi padre gruñía y se volvía en la cama, preguntándose de dónde había salido su hijo. Mi madre se levantaba, me encontraba en el vestíbulo hecho un revoltijo y subía a encender la luz. Esperaba a que subiera al cuarto de baño y volviera para besarme la cara sucia de lágrimas y arroparme en la cama el cuerpo aterrorizado.
A la noche siguiente y la otra y la otra pasaba lo mismo. Enloquecido por mi histeria, papá sacó el viejo orinal y me lo puso bajo la cama.
Pero nunca me curé. La Cosa no se movía de allí. Sólo me alejé de ese terror cuando a mis trece años nos mudamos al Oeste.
¿Qué he hecho en los Últimos tiempos con esa pesadilla Bien...
Ahora, muy tardíamente, La Cosa está en lo alto de la escalera, aguardando aún. Desde 1926 hasta hoy, primavera de 1986, la espera ha sido larga. Pero al fin, cosechando en mi siempre fiable lista, he mecanografiado el nombre en papel, añadiendo «La escalera», y al fin me he enfrentado con el tramo oscuro y la frialdad ártica que se mantuvo quieta sesenta años, esperando que, a través de mis dedos helados, la pidieran bajar hasta la corriente sanguínea de ustedes. Surgido de las asociaciones del recuerdo, el cuento quedó acabado esta semana, al mismo tiempo que yo escribía este ensayo.
Ahora los dejo al pie de la escalera, treinta minutos después de medianoche, con un bloc, una pluma y una posible lista. Conjuren sus palabras, alerten a su personalidad secreta, saboreen la oscuridad. Peldaños arriba, en las sombras del altillo, espera su Cosa. Si le hablan con suavidad y escriben toda vieja palabra que quiera saltar de sus nervios a la página...

Tal vez, en su noche privada, la Cosa del final de la escalera... empiece a bajar.

1986
Zen en el arte de escribir
Trad. Marcelo Cohen
Minotauro, 2002

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