28 jun. 2009

Paul Auster - Desapariciones (Poemas 5-7)





5.


En la faz del muro

él adivina la monstruosa
suma de pormenores.

No es nada.
Y es todo lo que él es.
Y si él no fuese nada, déjenlo entonces empezar
donde se encuentre a sí mismo, y que, como cualquier otro hombre,
aprenda el habla de este lugar.

Pues también él vive en el silencio
que viene antes de la palabra
de sí mismo.



6.

Y de cada cosa que él ha visto
hablará

-la cegadora
enumeración de piedras,
incluso hasta el momento de la muerte-,

aunque sólo sea
porque habla.

Por lo tanto, él dice yo
y se cuenta a sí mismo
en todo lo que excluye,

que es nada,

y porque él es nada
puede hablar, lo cual es decir
que no hay escapatoria

de la palabra nacida
en el ojo. Y fuera él o no
a decirlo,

no hay escapatoria.



7.

Está solo. Y desde el instante en que empieza a
respirar,

no está en ningún sitio. Muerte plural, nacida

en las mandíbulas de lo singular,

y la palabra que construiría un muro
a partir de la piedra más interna
de la vida.

Por cada cosa de la que habla
él no es,

y a pesar de sí mismo,
dice yo, como si también él empezara
a vivir en todos los otros

que no son. Pues la ciudad es monstruosa,
y su boca no experimenta
ninguna cuestión

que no devore la palabra
de uno mismo.

Por lo tanto, están los muchos,
y todas esas numerosas vidas
talladas en las piedras
de un muro,

y quien empiece a respirar
aprenderá que no hay dónde ir
excepto aquí.

Por lo tanto, él empieza de nuevo

como si fuera la última vez
que respirase.

Pues no hay más tiempo. Y es el final del tiempo

lo que empieza.


Versión Gabriel Pinciroli y Marisa Acosta
La Plata (Argentina), Ediciones SIC, 2002