25 jun. 2009

Marvin Harris – El reino caníbal

 

Marvin Harris

Como carniceros metódicos y bien entrenados en el campo de batalla y como ciudadanos de la tierra de la Inquisición, Cortés y sus hombres, que llegaron a México en 1519, estaban acostumbrados a las muestras de crueldad y a los derramamientos de sangre. El hecho de que los aztecas sacrificaran metódicamente seres humanos no debió sorprenderles demasiado, puesto que los españoles y otros europeos quebraban metódicamente los huesos de las personas en el potro, arrancaban brazos y piernas en luchas de la cuerda entre caballos y se libraban de las mujeres acusadas de brujería quemándolas en la hoguera. Pero no estaban totalmente preparados para lo que encontraron en México.

En ningún otro lugar del mundo se había desarrollado una religión patrocinada por el estado, cuyo arte, arquitectura y ritual estuvieran tan profundamente dominados por la violencia, la corrupción, la muerte y la enfermedad. En ningún otro sitio los muros y las plazas de los grandes templos y los palacios estaban reservados para una exhibición tan concentrada de mandíbulas, colmillos, manos, garras, huesos y cráneos boquiabiertos. Los testimonios oculares de Cortés y su compañero conquistador, Bernal Díaz, no dejan dudas con respecto al significado eclesiástico de los espantosos semblantes representados en piedra. Los dioses aztecas devoraban seres humanos. Comían corazones humanos y bebían sangre humana. Y la función explícita del clero azteca consistía en suministrar corazones y sangre humanos frescos a fin de evitar que las implacables deidades se enfurecieran y mutilaran, enfermaran, aplastaran y quemaran a todo el mundo.

Los españoles vieron por primera vez el interior de un templo azteca principal como invitados de Moctezuma, el último de los reyes aztecas. Moctezuma todavía no había tomado una decisión con respecto a las intenciones de Cortés —error que poco después le resultaría fatal— cuando invitó a los españoles a subir los 114 escalones de los templos gemelos de Uitzilopochtli y Tlaloc, que se encontraban en la cumbre de la pirámide más alta de Tenochtitlán, en el centro de lo que hoy es Ciudad de México. Mientras subían los escalones, escribió Bernal Díaz, otros templos y santuarios «todos de un blanco resplandeciente» aparecieron ante sus ojos. En el espacio abierto de la cumbre de la pirámide «se alzaban las grandes piedras donde colocaban a los pobres indios escogidos para el sacrificio». Allí también había «una voluminosa imagen como de un dragón, y otras figuras fúnebres y mucha sangre derramada ese mismo día». Después Moctezuma les permitió ver la imagen de Uitzilopochtli, con su «rostro muy ancho y los ojos monstruosos y terribles», delante del cual «quemaban los corazones de tres indios que habían sido sacrificados ese día». Las paredes y el suelo del templo «estaban tan salpicadas e incrustadas de sangre que aparecían negras» y «todo el lugar apestaba de modo detestable». En el Templo de Tlaloc también todo estaba cubierto de sangre, «tanto las paredes como el altar, y el hedor era tal que apenas podíamos esperar el momento de salir de allí».

La principal fuente de alimento de los dioses aztecas estaba constituida por los prisioneros de guerra, que ascendían por los escalones de las pirámides hasta los templos, eran cogidos por cuatro sacerdotes, extendidos boca arriba sobre el altar de piedra y abiertos de un lado a otro del pecho con un cuchillo de obsidiana esgrimido por un quinto sacerdote. Después, el corazón de la víctima —generalmente descrito como todavía palpitante— era arrancado y quemado como ofrenda. El cuerpo bajaba rodando los escalones de la pirámide, que se construían deliberadamente escarpados para cumplir esta función.

Ocasionalmente, algunas víctimas de sacrificio —quizá guerreros distinguidos— gozaban del privilegio de defenderse a sí mismos un rato antes de que las mataran. Fray Bernardino de Sahagún, el máximo historiador y etnógrafo de los aztecas, describió del modo siguiente esas batallas simuladas:

...asesinaban a otros cautivos, luchaban con ellos... que estaban atados a la altura de la cintura con una cuerda que pasaba a través del agujero de una piedra redonda, como la de un molino; y [la cuerda] era lo bastante larga para que [el cautivo] pudiera caminar trazando la circunferencia completa de la piedra. Y le daban armas con las que podía luchar; y cuatro guerreros se lanzaban contra él con espadas y escudos y uno a uno intercambiaban golpes de espada hasta que lo derrotaban.

Aparentemente, en el estado azteca de dos o tres siglos antes, el monarca no estaba por encima de la tarea de despachar a algunas víctimas con sus propias manos. Diego Durán ha hecho un relato del sacrificio legendario de los prisioneros capturados entre los mixtecas:

Los cinco sacerdotes entraban y reclamaban al prisionero que se encontraba en el primer lugar de la fila... Llevaban a cada prisionero hasta el sitio en el que se encontraba el rey y, después de obligarlo a ponerse de pie sobre la piedra que era la figura y el retrato del sol, lo tumbaban boca arriba. Uno lo cogía del brazo derecho y otro del izquierdo, uno lo cogía del pie izquierdo y otro del derecho, mientras el quinto sacerdote le ataba el cuello con una cuerda y lo sostenía para que no pudiera moverse.

El rey elevaba el cuchillo y luego le hacía una gran incisión en el pecho. Después de abrirlo, extraía el corazón y lo elevaba con la mano como ofrenda al sol. Cuando el corazón se enfriaba, lo arrojaba en la concavidad circular, cogía un poco de sangre con la mano y la rociaba en dirección al sol.

No todas las víctimas eran prisioneros de guerra. También sacrificaron una cantidad considerable de esclavos. Además, algunos jóvenes y doncellas eran elegidos para personificar determinados dioses y diosas. Los trataban con gran cuidado y ternura durante el año anterior a su ejecución. En el Códice de Dresden, libro del siglo dieciséis escrito en náhuatl, idioma de los aztecas, aparece el siguiente relato de la muerte de una mujer que representó el papel de la diosa Uixtociuatl:

Y sólo después de que mataron a los cautivos apareció [la mujer que personificaba a] Uixtociuatl; sólo apareció al final. Ellos llegaron hasta el fin y sólo acabaron con ella.

Una vez hecho esto, la colocaron sobre la piedra de sacrificio. La extendieron boca arriba. Se apoderaron de ella; tiraron y extendieron sus brazos y piernas, inclinaron [hacia arriba] grandemente su pecho, inclinaron [hacia abajo] su espalda y estiraron tensamente su cabeza, hacia la tierra. Y se lanzaron sobre su cuello con la boca fuertemente apretada de un pez espada, llena de púas y espinas; espinosa por ambos lados.

Y el asesino estaba allí; se puso de pie. Después de lo cual, le abrió el pecho.

Y cuando le abrió el pecho, la sangre salió a borbotones; brotó hacia lo alto mientras se derramaba, mientras hervía.

Y hecho esto, él elevó el corazón como ofrenda [a la diosa] y lo colocó en la jarra verde, llamada la jarra de piedra verde.

Y mientras se hacía esto, las trompetas sonaron airosamente. Y cuando concluyó, bajaron el cuerpo y él corazón de [el retrato de] Uixtociuatl, cubierto por un manto precioso.

Pero estas muestras de reverencia eran escasas y muy espaciadas entre sí. La inmensa mayoría de las víctimas no ascendía alegremente los escalones de la pirámide, tranquilizada por la idea de que estaban a punto de hacer feliz a algún dios. La mayoría tenían que ser arrastrados de los pelos:

Cuando los amos de los cautivos llevaban a sus esclavos hasta el templo donde los matarían, los cogían de los pelos. Y cuando les hacían subir los escalones de la pirámide, algunos cautivos se desmayaban y sus amos los empujaban y los arrastraban de los pelos hasta la piedra de sacrificio en donde morirían.

Los aztecas no fueron los primeros mesoamericanos que sacrificaron seres humanos. Sabemos que los toltecas y los mayas cumplían esta práctica y parece razonable inferir que todas las pirámides mesoamericanas de lados escalonados y remate plano estaban destinadas a servir como escenario para el espectáculo durante el cual los seres humanos eran alimento de los dioses. El sacrificio humano tampoco fue una invención de las religiones de nivel estatal. A juzgar por las pruebas de las sociedades grupales de las Américas y de muchas otras partes del mundo, el sacrificio humano es muy anterior a la aparición de las religiones estatales.

Desde Brasil hasta los Grandes Llanos, las sociedades indoamericanas sacrificaban ritualmente víctimas humanas con el fin de lograr determinado tipo de beneficios. Prácticamente todos los elementos del ritual azteca están prefigurados en las creencias y las prácticas de las sociedades grupales y aldeanas. Hasta la preocupación por la extracción quirúrgica del corazón tiene precedentes. Por ejemplo, los iroqueses competían entre sí por el privilegio de comer el corazón de un prisionero valiente a fin de poder adquirir parte de su coraje. Los prisioneros varones fueron, en todas partes, las víctimas principales. Antes de matarlos, los obligaban a correr baquetas o los azotaban, los apedreaban, los quemaban, los mutilaban o los sometían a otras formas de tortura y malos tratos. A veces los ataban a estacas y les daban una maza para defenderse de sus torturadores. En ocasiones, conservaban uno o dos prisioneros durante períodos prolongados y les suministraban buenos alimentos y concubinas.

Entre las sociedades grupales y aldeanas, el sacrificio ritual de prisioneros de guerra generalmente iba acompañado de la ingestión de la totalidad o de una parte del cuerpo de la víctima. Gracias a los testimonios presenciales ofrecidos por Hans Städen, un marino alemán que naufragó en la costa de Brasil a principios del siglo XVI, tenemos una vívida idea del modo en que un grupo, los tupinamba, combinaban el sacrificio ritual con el canibalismo.

El día del sacrificio, el prisionero de guerra, atado a la altura de la cintura, era arrastrado hasta la plaza. Se veía rodeado por mujeres que lo insultaban y lo maltrataban, aunque le permitían expresar sus sentimientos arrojándoles frutas o fragmentos de cerámica. Mientras tanto, las ancianas, pintadas de negro y rojo y engalanadas con collares de dientes humanos, llevaban vasijas adornadas en las que se cocinarían la sangre y las entrañas de la víctima. Los hombres se pasaban la maza ceremonial que se utilizaría para matarlo con el fin de «adquirir el poder para coger un prisionero en el futuro». El verdugo vestía una larga capa de plumas y lo seguían parientes que cantaban y golpeaban tambores. El verdugo y el prisionero se ridiculizaban entre sí. Daban al prisionero la suficiente libertad para poder esquivar los golpes y a veces le colocaban un garrote entre las manos para que se protegiera, aunque no podía devolver los golpes. Cuando al final aplastaban su cráneo, todos «gritaban y chillaban». Si el prisionero se había casado durante su período de cautiverio, esperaban que la esposa derramara algunas lágrimas junto a su cadáver antes de participar del festín posterior. En ese momento las ancianas «corrían a beber la sangre tibia» y los niños mojaban sus manos en ella. «Las madres untaban sus pezones con sangre para que incluso los bebés pudieran sentir su gusto.» El cadáver era troceado en cuartos y cocinado a la parrilla mientras «las ancianas que eran las más anhelantes de carne humana» chupaban la grasa que caía de las varas que formaban la parrilla.

Aproximadamente dos siglos después y 16.000 kilómetros al norte, los misioneros jesuitas presenciaron un ritual semejante entre los hurones de Canadá. La víctima era un iroqués que había sido capturado junto a varios compañeros mientras pescaban en el lago Ontario. El jefe hurón a cargo del ritual explicó que el Sol y el dios de la Guerra estarían satisfechos de lo que se disponían a hacer. Era importante no matar a la víctima antes del amanecer, por lo que al principio sólo le quemarían las piernas. Además, durante la noche no debían tener relaciones sexuales. El prisionero, con las manos atadas, que alternativamente chillaba de dolor y entonaba una canción de desafío aprendida en la infancia para una ocasión como ésta, fue llevado al interior, donde se enfrentó con una multitud armada con teas encendidas. Mientras se tambaleaba de un lado a otro de la estancia, algunas personas cogieron sus manos, «quebrándole los huesos mediante la fuerza pura; otros le atravesaron las orejas con astillas que dejaron en ellas». Cada vez que parecía a punto de expirar, el jefe intervenía «y les ordenaba que dejaran de atormentarlo, diciendo que era importante que viera la luz del sol». Al amanecer, lo llevaron al exterior y lo obligaron a subir a una plataforma instalada sobre un andamio de madera, a fin de que toda la aldea pudiera presenciar lo que le ocurría; el andamio cumplía la función de plataforma de sacrificio en ausencia de las pirámides de cima chata erigidas con estos propósitos por los estados mesoamericanos. En ese momento, cuatro hombres asumieron la tarea de atormentar al cautivo. Le quemaron los ojos, le aplicaron hachas pequeñas al rojo vivo en los hombros e introdujeron teas encendidas en su garganta y en su recto. Cuando parecía evidente que estaba a punto de morir, uno de los verdugos «cortó un pie, otro una mano y casi al mismo tiempo un tercero separó la cabeza de los hombros, arrojándola a la multitud en la que alguien la atrapó» para llevársela al jefe, que más tarde hizo «un festín con ella». Ese mismo día, también se organizó un festín con el tronco de la víctima y durante el regreso los misioneros se encontraron con un hombre «que transportaba en una broqueta una de sus manos cocinada a medias».

En este punto haré una pausa para analizar las interpretaciones que atribuyen estos rituales a los impulsos humanos innatos. Me interesan especialmente las complejas teorías ofrecidas por la tradición freudiana que sostienen que la tortura, el sacrificio y el canibalismo son inteligibles como expresiones de instintos de amor y agresividad. Por ejemplo, Eli Sagan ha sostenido recientemente que el canibalismo «es la forma de agresividad humana más importante» porque supone un compromiso entre amar a la víctima en la forma de comerla y matarla porque nos frustra. Significadamente, tal proceder explica por qué a veces las víctimas son tratadas con gran amabilidad antes de iniciar su tortura: los verdugos, simplemente, están reconstruyendo la relación amor-odio con sus padres. Pero este enfoque no logra aclarar que la tortura, el sacrificio y la ingestión de prisioneros de guerra no puede tener lugar sin prisioneros de guerra y éstos no pueden ser capturados a menos que haya guerras. Ya he sostenido que las teorías que atribuyen la guerra a los instintos humanos universales son inútiles para explicar las variaciones de intensidad y de estilo del conflicto intergrupal y que resultan peligrosamente engañosas pues dan a entender que la guerra es inevitable. Los intentos para comprender las causas por las que los prisioneros son a veces mimados y luego torturados, sacrificados y comidos en términos de instintos universales basados en conflictos de amor y odio, son inútiles y peligrosos por la misma razón. Los prisioneros no siempre son mimados, torturados, sacrificados y comidos y toda teoría que pretenda explicar las causas de este fenómeno también debería explicar por qué no ocurre. Puesto que las actividades en cuestión forman parte del proceso del conflicto armado, su explicación ha de buscarse en los costos y beneficios militares: en las variables que reflejan la importancia, el status político, la tecnología de armamentos y la logística de los combatientes. Por ejemplo, la captura de prisioneros es un acto que depende de la capacidad que una banda incursora tiene para evitar los contraataques y las emboscadas durante el regreso, al tiempo que carga con cautivos poco dispuestos a cooperar. Cuando la banda incursora es pequeña y tiene que atravesar considerables distancias por regiones donde el enemigo puede vengarse antes de que logre llegar a territorio seguro, la captura de prisioneros puede desaparecer por completo. En esas circunstancias, sólo pueden llevar piezas del enemigo para probar el cómputo de cuerpos que les permitan reivindicar las recompensas sociales y materiales reservadas a la excelencia y la valentía demostradas durante el combate. De aquí surge la extendida costumbre de llevar cabezas, cueros cabelludos, dedos y otras partes del cuerpo en lugar del cautivo entero y vivo.

En cuanto el prisionero ha sido llevado de regreso a la aldea, el tratamiento que puede esperar está determinado, principalmente, por la capacidad de sus anfitriones para absorber y regular el trabajo servil y la diferencia primordial radica en los sistemas políticos pre y postestatales. Cuando los prisioneros son escasos y muy espaciados, no resulta sorprendente que se los trate provisionalmente como invitados de honor. Cualesquiera sean las profundas ambivalencias psicológicas que puedan existir en las mentes de los capturadores, el prisionero es una posesión valiosa por la cual sus anfitriones han arriesgado literalmente la vida. Pero en general no hay modo de integrarlo en el grupo; puesto que no pueden devolverlo al enemigo, deben matarlo. Y la tortura tiene su propia y horrible economía. Si, como decimos, ser torturado es morir mil muertes, torturar a un pobre cautivo significa matar a mil enemigos. La tortura también es un espectáculo —un entretenimiento— que a través de todas las épocas ha demostrado contar con la aprobación del público. No tengo intención de afirmar que el placer que proporciona la contemplación de personas heridas, quemadas y desmembradas forma parte de la naturaleza humana. Pero forma parte de la naturaleza humana prestar una atención fija a visiones y sonidos excepcionales como la sangre que mana de las heridas, los gritos agudos y los aullidos. (Aunque después muchos nos apartemos horrorizados.)

Una vez más, la cuestión no radica en que disfrutamos instintivamente al ver sufrir a otra persona, sino que tenemos la capacidad de aprender a disfrutar de ello. El desarrollo de esta capacidad fue importante para sociedades como la de los tupinamba y los hurones. Estas sociedades tenían que enseñar a sus jóvenes a mostrarse implacablemente brutales con sus enemigos en el campo de batalla. Es más fácil aprender estas lecciones cuando se comprende que el enemigo le hará a uno lo que uno le ha hecho a él en el caso de caer en sus manos. Sumemos al valor del prisionero el de su cuerpo con vida, que para el entrenamiento de los guerreros significaba lo mismo que los cadáveres para los estudiantes de medicina. Luego aparecen los rituales del asesinato: el sacrificio para satisfacer a los dioses, los verdugos con su equipo sagrado, la abstención de las relaciones sexuales. Comprender todo esto significa entender que, en las sociedades grupales y aldeanas, la guerra es el asesinato ritual, al margen de que el enemigo sea liquidado en el campo de batalla o en casa. Antes de lanzarse a la batalla, los guerreros se pintan y se adornan, invocan a los antepasados, toman drogas alucinógenas para contactar a los espíritus tutelares y fortalecen sus armas mediante hechizos mágicos. Los enemigos matados en el campo de batalla son «sacrificios» en el sentido de que se afirma que sus muertes satisfacen a los antepasados o a los dioses bélicos, del mismo modo que se afirma que los antepasados o los dioses bélicos se sienten satisfechos por la tortura y muerte de un prisionero. Por último surge la pregunta acerca del canibalismo, pregunta que, cuando se formula, revela en sí misma un profundo error de comprensión por parte del que interroga. Las personas pueden aprender que el gusto de la carne humana les agrada o les desagrada, del mismo modo que pueden aprender que la tortura les divierte o les horroriza. Evidentemente, existen muchas circunstancias bajo las cuales el gusto adquirido por la carne humana puede integrarse en el sistema de las motivaciones que inspiran a las sociedades humanas a ir a la guerra. Además, comerse al enemigo es, literalmente, extraer fuerzas de su aniquilación. En consecuencia, es necesario explicar por qué las culturas que no tienen escrúpulos en matar a sus enemigos se abstienen de comerlos. Pero se trata de un enigma que todavía no estamos en condiciones de resolver.

Si esta digresión en la relación de costos militares como explicación del complejo de tortura-sacrificio-canibalismo parece demasiado mecánica, he de agregar que no niego la existencia de motivaciones psicológicas ambivalentes como las engendradas por la situación edípica en las sociedades militaristas de supremacía masculina. Supongo que la guerra produce emociones contradictorias y significa, simultáneamente, muchas cosas distintas para los participantes. No niego que el canibalismo pueda expresar tanto afecto como odio hacia la víctima. Lo que definitivamente rechazo es la opinión de que las pautas específicas de agresividad intergrupal puedan explicarse mediante elementos psíquicos vagos y contradictorios, descaradamente extraídos de las presiones ecológicas y reproductoras específicas que, en primer lugar, indujeron a las personas a practicar la guerra.

Si volvemos a los aztecas, vemos que la contribución singular de su religión no fue la introducción del sacrificio humano sino su refinamiento a lo largo de determinadas sendas destructivas. Lo más notable es que los aztecas transformaron el sacrificio humano de un derivado ocasional de la suerte en el campo de batalla en una rutina según la cual no pasaba un día sin que alguien no fuera tendido en los altares de los grandes templos como los de Uitzilopochtli y Tlaloc. Y los sacrificios también se celebraban en docenas de templos menores que se reducían a lo que podríamos denominar capillas vecinales. Uno de estos emplazamientos vecinales, una estructura baja, circular y de cumbre plana, de alrededor de seis metros de diámetro, quedó al descubierto durante la construcción del ferrocarril metropolitano de Ciudad de México. Ahora se encuentra, conservada detrás del cristal, en una de las estaciones más concurridas. Para ilustración de los viajeros, aparece una placa en que sólo se dice que los antiguos mexicanos eran «muy religiosos».

Dado que los ejércitos aztecas eran miles de veces más numerosos que los de los hurones o los de los tupinamba, podían capturar millares de prisioneros en una sola batalla. Además de los sacrificios cotidianos de pequeñas cantidades de prisioneros y esclavos en los santuarios mayores y menores, podían realizarse sacrificios masivos que implicaban centenares y miles de víctimas para conmemorar acontecimientos especiales. Por ejemplo, los cronistas españoles se enteraron de que en 1487, durante la consagración de la gran pirámide de Tenochtitlán, cuatro filas de prisioneros de tres kilómetros de largo cada una fueron sacrificados por un equipo de verdugos que trabajaron día y noche durante cuatro jornadas. El demógrafo e historiador Sherburne Cook calculó dos minutos por sacrificio y llegó a la conclusión de que el número de víctimas relacionadas con ese acontecimiento específico ascendía a 14.100. La escala de estos rituales podría rechazarse por exagerada si no fuera por los encuentros de Bernal Díaz y Andrés de Tapia con hileras de cráneos humanos metódicamente ordenados, y por ello fáciles de contar, en las plazas de las ciudades aztecas. Díaz escribe que en la plaza de Xocotlán:

había pilas de cráneos humanos dispuestos con tanta regularidad que uno podía contarlos y los calculé en más de cien mil.

Vuelvo a repetir que había más de cien mil.

De su encuentro con la enorme estantería de cráneos en el centro de Tenochtitlán, Tapia escribió:

Los postes estaban separados por algo menos de una vara [aproximadamente un metro] y atestados de varillas en cruz de arriba hacia abajo y en cada varilla había cinco cráneos atravesados a la altura de las sienes: el que escribe y un tal Gonzalo de Umbría contaron las varillas en cruz y al multiplicar por cinco cabezas cada varilla de un poste a otro, como he dicho, descubrimos que había 136 mil cabezas.

Pero eso no era todo. Tapia también describe dos altas torres erigidas exclusivamente con cráneos unidos con cal, en las que había un número incalculable de cabezas y mandíbulas.

Las explicaciones tradicionales de la gran escala de esta matanza describen a los aztecas como un pueblo obsesionado por la idea de que sus dioses necesitaban beber sangre humana y, en consecuencia, procedían piadosamente a practicar la guerra con el propósito de cumplir con su sagrado deber. Según Jacques Soustelle:

¿De dónde surgirían más víctimas? Eran primordiales para suministrar a los dioses su alimento... ¿Dónde se podría encontrar la sangre preciosa sin la cual el sol y toda la estructura del universo estaban condenados a la aniquilación? Era primordial continuar en estado de guerra... La guerra no era, simplemente, un instrumento político: se trataba, sobre todo, de un rito religioso, de una guerra santa.

Pero las guerras santas entre los estados son muy comunes. Los judíos, los cristianos, los musulmanes, los hindúes, los griegos, los egipcios, los chinos, los romanos... todos fueron a la guerra para satisfacer a sus dioses o para cumplir la voluntad de Dios. Sólo los aztecas sintieron que era santo ir a la guerra con el fin de practicar enormes cantidades de sacrificios humanos. Aunque todos los demás estados arcaicos, y no tan arcaicos, practicaban carnicerías y atrocidades masivas, ninguno de ellos lo hizo con el pretexto de que los príncipes celestiales tenían el deseo incontrolable de beber sangre humana. (Como veremos más adelante, no es fortuito que los dioses de muchos estados del Viejo Mundo bebieran aguamiel o ambrosía, comieran rocío y no expresaran ninguna preocupación acerca de dónde surgiría la próxima comida.) Los aztecas estaban tan decididos a capturar prisioneros para sacrificarlos que frecuentemente se abstenían de aprovechar una ventaja militar por temor a matar a demasiados contrincantes antes de que pudieran acordarse los términos de la rendición. Esta táctica les costó cara en los combates con las tropas de Cortés, que desde el punto de vista de los aztecas parecían irracionalmente decididas a matar a todos los que aparecían ante su vista.

Sherburne Cook fue el primer antropólogo moderno que rechazó un enfoque sentimental del enigma del sacrificio azteca: «Por muy potente que sea, ningún impulso puramente religioso puede mantenerse con éxito durante un período considerable de tiempo en oposición a una resistencia económica fundamental.» Cook sostuvo que la guerra y los sacrificios aztecas formaban parte de un sistema para regular el crecimiento demográfico.

Asimismo, Cook calculó que el efecto combinado de las muertes por combate y los sacrificios producían un aumento anual del 25 por ciento en la tasa de mortalidad. Puesto que «la población alcanzaba la máxima concordante con los medios de subsistencia... el efecto de la guerra y los sacrificios habrían sido muy eficaces para controlar cualquier incremento demográfico indebido». Esta teoría supuso un adelanto con respecto a sus predecesoras pero, evidentemente, tiene defectos en su núcleo. Los aztecas no podrían haber controlado la población del Valle de México mediante la guerra y los sacrificios humanos. Puesto que casi todos los muertos por combate y las víctimas sacrificadas eran hombres, el 25 por ciento de aumento en las tasas de mortalidad sólo se refiere a hombres y podría equipararse fácilmente mediante un aumento del 25 por ciento de la tasa de natalidad. Si los aztecas hubiesen estado sistemáticamente decididos a reducir la tasa de crecimiento demográfico, se habrían dedicado a sacrificar doncellas en lugar de hombres adultos. Además, si la función de sus sacrificios consistía en el control demográfico, ¿por qué los aztecas no mataron a sus enemigos, simplemente, durante las batallas, como siempre han considerado conveniente hacer los ejércitos imperiales de otras partes del mundo? La explicación de Cook no logra desentrañar la particularidad de la práctica mesoamericana: explicar por qué la matanza tenía que realizarse en la cumbre de una pirámide en lugar del campo de batalla.

Las descripciones convencionales del ritual del sacrificio azteca concluyen cuando el cadáver de la víctima cae por la pirámide. Cegado por la imagen de un corazón todavía palpitante, mantenido en alto entre las manos del sacerdote, uno se olvida fácilmente de preguntar qué ocurría con el cadáver cuando se detenía al final de los escalones. Michael Harner, de la New School, ha analizado esta cuestión con más inteligencia y denuedo que el resto de los especialistas. A lo largo de este capítulo me remitiré con frecuencia a sus trabajos. Sólo Harner merece el honor de haber resuelto el enigma del sacrificio azteca.

Como afirma Harner, en realidad no existe ningún misterio con respecto a lo que ocurría con los cadáveres, ya que todos los relatos de los testigos oculares coinciden en líneas generales. Todo aquel que sepa de qué modo los tupinamba, los hurones y otras sociedades aldeanas se libraban de sus víctimas de sacrificios, deberían ser capaces de arribar a la misma conclusión: las víctimas eran comidas. La descripción de fray Bernardino de Sahagún deja pocas dudas:

Después de haberles arrancado el corazón y vertido la sangre en un recipiente de calabaza, que el amo del hombre asesinado recibía, se comenzaba a hacer rodar el cuerpo por los escalones de la pirámide. Terminaba por detenerse en una pequeña plaza situada debajo. Allí algunos ancianos, a los que llamaban Quaquacuiltin, se apoderaban de él y lo llevaban hasta el templo tribal, donde lo desmembraban y lo dividían a fin de comerlo.

Fray Bernardino de Sahagún destaca reiteradamente las mismas cuestiones:

Después de asesinarlos y de arrancarles el corazón, los apartaban suavemente y los hacían rodar escalones abajo. Cuando llegaban al fondo, les cortaban la cabeza, insertaban una vara a través de ella y trasladaban los cadáveres hasta las casas que llamaban calpulli, donde los dividían a fin de comerlos.

...y extraían sus corazones y cortaban sus cabezas. Más tarde dividían todo el cuerpo entre ellos y lo comían...

Diego Durán nos ofrece una descripción parecida:

Tan pronto como el corazón había sido arrancado era ofrecido al sol y se arrojaba sangre hacia la deidad solar. Imitaban el descenso del sol por el oeste y arrojaban el cuerpo por los escalones de la pirámide. Después del sacrificio, los guerreros celebraban un gran festín con muchas danzas, ceremonias y canibalismo.

Estas descripciones aclaran diversas cuestiones con respecto al complejo azteca de guerra-sacrificio-canibalismo. Harner afirma que cada prisionero tenía un propietario, probablemente el oficial a cargo de los soldados que realizaban realmente la captura. Cuando el prisionero era llevado de regreso a Tenochtitlán, lo albergaban en el recinto del propietario. Sabemos muy poco acerca de cuánto tiempo permanecía allí o de cómo lo trataban, pero podemos imaginar que lo alimentaban con «tortillas» suficientes para evitar que perdiera peso. Incluso parece probable que un comandante militar poderoso haya dispuesto de varias docenas de prisioneros y los haya engordado preparándolos para días festivos especiales o para importantes acontecimientos familiares como nacimientos, muertes o matrimonios. Cuando el momento del sacrificio se acercaba, es posible que los prisioneros fueran torturados para instrucción y entretenimiento de la familia y los vecinos del propietario. Sin duda alguna, el día del sacrificio el propietario y sus soldados llevaban al prisionero hasta el pie de la pirámide para presenciar los actos en compañía de otros dignatarios cuyos prisioneros eran sacrificados el mismo día. Después de extraído el corazón, el cadáver no era arrojado escalones abajo, sino empujado por asistentes, ya que los escalones no eran lo bastante escarpados para que el cuerpo cayera desde arriba hasta el fondo sin atascarse. Los ancianos, a los que de Sahagún se refiere como Quaquacuiltin, reclamaban el cadáver y lo llevaban nuevamente al recinto del propietario donde lo cortaban y preparaban los miembros para cocinarlos; la receta favorita era un estofado condimentado con pimientos y tomates. De Sahagún afirma que ponían flores aromáticas en la carne. También sostiene que los sacerdotes recogían la sangre en una vasija de calabaza y se la entregaban al propietario. Sabemos que el corazón era colocado en un brasero y quemado junto con incienso copal, aunque no está claro si se convertía o no en cenizas. También existen algunas dudas con respecto al destino del tronco con los órganos y la cabeza con los sesos. Finalmente, el cráneo terminaba exhibido en uno de los estantes descritos por Andrés Tapia y Bernal Díaz. Pero como la mayoría de los caníbales saborean los sesos, podemos suponer que eran extraídos —tal vez por los sacerdotes o los espectadores— antes de que los cráneos terminaran expuestos. Aunque según Díaz el tronco era arrojado a los mamíferos, a las aves y a las serpientes carnívoras del zoológico real, sospecho que los guardianes del zoo —Tapia afirma que eran muy numerosos— extraían primero casi toda la carne.

He seguido el destino del cadáver de la víctima con el fin de demostrar que el canibalismo azteca no era una degustación superficial de las golosinas ceremoniales. Todas las partes comestibles se utilizaban de un modo claramente comparable con el consumo de los animales domesticados. Es legítimo describir a los sacerdotes aztecas como asesinos rituales en un sistema patrocinado por el estado y destinado a la producción y redistribución de cantidades considerables de proteínas animales en forma de carne humana. Desde luego, los sacerdotes tenían otros deberes, pero ninguno con más sentido práctico que su carnicería.

Las condiciones que permitieron la aparición del reino caníbal azteca merecen un cuidadoso estudio. En otros sitios, el surgimiento de estados e imperios contribuyó a la desaparición de las pautas anteriores de sacrificio humano y canibalismo. A diferencia de los dioses aztecas, los máximos dioses del Viejo Mundo declaraban tabú el consumo de carne humana. ¿Por qué sólo en Mesoamérica los dioses alentaron el canibalismo? Como propone Harner, creo que debemos buscar la respuesta tanto en los agotamientos específicos del ecosistema mesoamericano bajo el impacto de siglos de intensificación y de crecimiento demográfico, como en los costos y beneficios de utilizar carne humana como fuente de proteínas animales a falta de opciones más baratas.

Como ya he dicho, al final del período glacial Mesoamérica quedó en un estado de agotamiento mayor que cualquier otra región en lo que se refiere a recursos animales. El crecimiento constante de la población y la intensificación de la producción, bajo la influencia coactiva de la administración de los imperios clásicos de las tierras altas, eliminaron virtualmente la carne animal de la dieta de las personas comunes. Naturalmente, la clase dirigente y sus acólitos siguieron disfrutando de exquisiteces como perros, pavos, patos, ciervos, conejos y pescados. Pero, como afirma Harner, los plebeyos —a pesar de la expansión de las chinampas— con frecuencia se vieron obligados a comer las algas extraídas de la superficie del lago Texcoco. Aunque el maíz y las judías en cantidades suficientes podían suministrar todos los aminoácidos esenciales, las reiteradas crisis de producción a lo largo del siglo XV determinaron que las raciones proteínicas quedaran reducidas con frecuencia a niveles que habrían justificado biológicamente un poderoso anhelo de carne. Además, siempre había escasez de todo tipo de grasas.

¿Es posible que la redistribución de la carne de las víctimas de los sacrificios haya mejorado significativamente el contenido de proteínas y de grasas de la dieta de la nación azteca? Si la población del Valle de México era de dos millones y la cantidad de prisioneros disponibles para la redistribución por año sólo ascendía a quince mil, la respuesta es negativa. Pero la cuestión está mal planteada. La pregunta no debería plantear hasta qué punto estas redistribuciones caníbales contribuían a la salud y la energía del ciudadano medio, sino hasta qué punto los costos y beneficios del control político experimentaron un cambio favorable a consecuencia de utilizar carne humana para recompensar a grupos selectos en períodos cruciales. Si un dedo de la mano o del pie era todo lo que uno podía esperar, probablemente el sistema no habría funcionado. Pero si la carne era suministrada a la nobleza, los militares y sus acólitos en paquetes concentrados, y si la provisión era sincronizada para compensar los déficit del ciclo agrícola, quizá la coyuntura habría sido suficiente para que Moctezuma y la clase gobernante evitaran la caída política. Si este análisis es correcto, debemos considerar sus implicaciones inversas, es decir, que la disponibilidad de especies animales domesticadas jugó un papel importante en la prohibición del canibalismo y en el desarrollo de religiones de amor y misericordia en los estados e imperios del Viejo Mundo. Incluso es posible que el cristianismo fuera más el don del cordero en el pesebre que el del niño que nació en él.

 

Caníbales y reyes, capítulo 9

 

 

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