3 jun. 2009

James George Frazer – Víctimas expiatorias en el Tibet

 

En el Tibet, la ceremonia de la víctima expiatoria presenta algunos rasgos notables. El año tibetano principia con la luna nueva, que aparece hacia el 15 de febrero. Durante 23 días después, el gobierno de Lassa, la capital, es cedido por los gobernantes ordinarios y entregado en manos del monje del monasterio de Debang que ofrezca más alta suma por el privilegio. El postor que triunfa es llamado el Jalno y anuncia su ascensión al poder, personalmente, yendo por las calles de Lassa con un bastón de plata en la mano. Los monjes de todos los monasterios y templos cercanos acuden y se reúnen para tributarle el debido homenaje. El Jalno ejerce su autoridad de la manera más arbitraria en su propio beneficio, pues todas las multas que impone son para él. El beneficio que consigue es de cerca de diez veces la cantidad del precio de compra del oficio. Sus hombres van por las calles con el designio de descubrir cualquier acto por parte de los habitantes en el que pueda encontrarse falta. Todas las casas tienen que pagar una contribución en esta época y la más ligera falta es castigada con multas de un rigor inhumano. Esta severidad del Jalno aleja a todas las clases trabajadoras de la ciudad hasta que pasan los 23 días. Pero si el seglar sale, el clérigo entra. Todos los monasterios budistas del país, en muchas millas a la redonda, abren sus puertas y vomitan sus moradores. Todos los caminos que, conducen a Lassa desde las montañas vecinas están llenos de monjes que se apresuran hacia la capital, unos a pie, otros a caballo, algunos montados en asnos o en mugidores bueyes, llevando sus libros de oraciones y sus utensilios culinarios. Es tal la multitud de ellos, que las calles y plazas de la ciudad quedan obstruidas con sus catervas y enrojecidas con tanta capa roja. El desorden y la confusión son indescriptibles. Bandadas de hombres santos atraviesan las calles cantando oraciones o lanzando gritos salvajes; se juntan, se empujan, disputan, pelean; narices ensangrentadas, ojos ennegrecidos y cabezas rotas por nada. A lo largo del día, desde antes del amanecer hasta después de llegar las tinieblas, estos monjes revestidos de rojo tienen servicio religioso en la atmósfera cargada de incienso del gran templo Machidranath, la catedral de Lassa, y hacia allí se aglomeran tres veces al día para recibir su limosna de té, sopa y dinero. La catedral es un inmenso edificio situado en el centro de la ciudad y rodeado de bazares y tiendas. Los ídolos están ricamente incrustados de oro y piedras preciosas.

Veinticuatro días después de haber cesado el Jalno en su autoridad, la asume otra vez y por diez días obra de la misma manera arbitraria que antes. El primero de los diez días se reúnen otra vez los sacerdotes en la catedral, rezan a los dioses para que libre de enfermedades y otros males a las gentes "y como una ofrenda de paz, inmolan a un hombre Éste no es muerto en el sitio, pero la ceremonia que aguanta resulta con frecuencia mortal. Arrojan grano sobre su cabeza y le pintan la cara mitad blanca y mitad negra". Así, grotescamente disfrazado y llevando una chaqueta de piel al brazo, le llaman el "rey de los años", se sienta diariamente en la plaza del mercado donde toma lo que le cuadre, sacudiendo un rabo de yak negro sobre la gente para transferir sobre sí mismo la mala suerte de los demás. El día décimo, todas las tropas de Lassa marchan hacia el gran templo y se forman en línea ante él. El rey de los años es sacado del templo y recibe pequeños obsequios de la multitud reunida. Él ridiculiza entonces al Jalno, diciéndole: "Lo que percibimos a través de los sentidos no es ilusión. Todo lo que enseñas es mentira", y cosas semejantes. El Jalno, que representa por ese tiempo al gran Lama, discute estas proposiciones heréticas; la disputa se acalora y al final convienen decidir la cuestión por el resultado del cubilete de los dados, ofreciendo el Jalno cambiar su puesto con la víctima expiatoria si el resultado le fuese adverso. Si el rey de los años venciera se pronosticarían muchos males; pero si el Jalno vence hay gran regocijo, pues prueba que su adversario ha sido aceptado por los dioses como víctima para llevarse todos los pecados del pueblo de Lassa. La fortuna, sin embargo, siempre favorece al Jalno, que saca siempre seises con éxito invariable, mientras que su adversario solamente saca unos. Esto no es tan extraordinario como parece a primera vista, pues los dados del Jalno sólo tienen seises y los de su adversario sólo unos. Cuando ve el dedo de la providencia señalándole tan claramente, el rey de los años se aterra y huye montada en un caballo blanco, con un perro blanco, un ave blanca, sal y otras cosas parecidas de que el gobierno le provee. Su cara está todavía pintada mitad blanca y mitad negra y todavía lleva su chaqueta de cuero. Todo el populacho le persigue gritando y chillando y le hacen descargas de armas de fuego sin bala. Así es expulsado de la ciudad y detenido durante siete días en la gran cámara de horrores del monasterio Samyas, rodeado de imágenes monstruosas y terribles de demonios y pieles de grandes serpientes y bestias feroces. Después se marcha e interna por las montañas de Chetang, donde permanece, fuera de la ley, durante varios meses o un año, en una guarida o cueva. Si muere antes del término, el pueblo piensa que es buen presagio; pero si sobrevive, puede volver a Lassa y hacer de víctima expiatoria al siguiente año.

Esta ceremonia tan rara todavía se observa en la aislada capital del budismo, la Roma asiática, y es interesante porque muestra en una estratificación religiosa claramente marcada una serie de redentores divinos redimidos a sí mismos, sacrificios vicarios reparados vicariamente, dioses pasando por un proceso de fosilización, que, mientras retienen los privilegios, se han descargado de los padecimientos y castigos de la divinidad. En el Jalno, sin duda, podemos ver sin esfuerzo un sucesor de aquellos reyes temporeros, de aquellos dioses mortales que compraban al precio de sus vidas un arriendo corto de poderío y gloria. Que es el material substituto temporal del gran Lama, no cabe duda; que está o estaba sujeto a tener que hacer de víctima expiatoria para la gente, está muy cerca de la certeza por su ofrecimiento a cambiar el puesto con la verdadera víctima expiatoria, el rey de los años, si el arbitrio del cubilete de dados le fuese adverso. Es verdad que las condiciones bajo las cuales se ofrece el azar han reducido la oferta a una fórmula ociosa, pero estas formas no son simples hongos que nacen y se desarrollan en una sola noche. Si ahora son formalidades muertas, cáscaras vacías exentas de significación, podemos estar seguros de que en algún tiempo tuvieron vida y significado; si en el día de hoy son callejones sin salida que a ningún sitio conducen, podemos estar ciertos de que en tiempos anteriores fueron senderos que llevaban a algún lugar, aunque no fuera más que a la muerte. Que esta manera era el término al que de antiguo llegaba la víctima expiatoria tibetana después de su breve período de licencia en la plaza del mercado, es una conjetura que tiene mucho en su favor. La analogía lo sugiere y todo lo confirma: los disparos con pólvora sola, la afirmación de que la ceremonia resulta mortal con frecuencia, la creencia en que su muerte es un presagio feliz. No debe extrañarnos entonces que el Jalno, después de pagar tan costosamente el hacer de divinidad por diputación unas semanas escasas, prefiera morir en su diputado también mejor que en propia persona, llegado el plazo de hacerlo. El penoso pero necesario deber recayó en consecuencia sobre algún pobre diablo, sobre algún infeliz paria social para quien el mundo era duro y estaba pronto al convenio de perder la vida en el término de unos días si sólo durante ese tiempo podía gozar de sus caprichos. Hay que observar que, mientras el tiempo asignado para el diputado directo u original, el Jalno, era medido por semanas, el asignado al diputado del diputado era solamente de días, diez según una autoridad en la materia, siete según otra. Cuerda tan corta indudablemente se pensaba que era bastante maniota para una oveja negra o enfermiza; tan poca arena en el reloj y cayendo tan de prisa, era suficiente para quien había desaprovechado tantos años preciosos. Por eso, en el bufón que se enmascara ahora con su abigarrada máscara en la plaza del mercado y barre la mala suerte con el rabo negro de un yak, podemos ver justamente al substituto de un substituto, al vicario de un vicario, al delegado sobre cuyas espaldas era puesta la pesada carga aliviada de espaldas más nobles. Pero las huellas, si no nos equivocamos, no terminan en el Jalno; nos llevan directamente hacia atrás, al mismo papa de Lassa, al Gran Lama, de quien el Jalno sólo es el vicario temporero. La analogía de muchas costumbres en muchos países señala la conclusión de que si esta humana divinidad se humilla y resigna su poder espiritual durante cierto tiempo en las manos de un substituto, es o, mejor, había sido su única razón la de que el substituto muriese en lugar suyo. Así, a través de la niebla de los siglos, no esclarecida por la lámpara de la historia, la figura trágica del papa del budismo, vicario de Dios en la tierra de Asia, se recorta triste y sombría, como el hombre-dios que quita los pesares de las gentes, el buen pastor que entrega su vida por el rebaño.

 

La Rama dorada, capítulo LVII, 3

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