4 jun. 2009

Ernst H. Gombrich – La aventura más grandiosa

 

 

En Breve historia del mundo

La guerra del Peloponeso—La guerra deifica—Filipo de Macedonia—La batalla de Queronea— Hundimiento del imperio persa—Alejandro Magno—La destrucción de Tebas—Aristóteles y su cono cimiento—Diógenes—Conquista de Asia Menor—El nudo gordiano—La batalla de Isos—Conquista de Tiro y Egipto—Alejandría— La batalla de Gaugamela—La campaña de la India—Poros—Alejandro, soberano de Oriente—Muerte de Alejandro y sus sucesores—El helenismo—La biblioteca de Alejandría.

Los buenos momentos de Grecia duraron muy poco, y ya no hubo más. Los griegos podían hacer cualquier cosa menos permanecer tranquilos. Atenas y Esparta, sobre todo, no eran capaces de soportarse durante mucho tiempo. Desde el año 420 a. C., ambas ciudades mantuvieron una guerra larga y despiadada. Se llama la guerra del Peloponeso. Los espartanos llegaron a las puertas de Atenas y arrasaron el país de forma terrible. Talaron los olivos, lo que supuso una espantosa desgracia, pues un olivo recién plantado necesita mucho tiempo hasta dar fruto. Los atenienses, a su vez, atacaron las colonias espartanas del sur de Italia, en Sicilia, y Siracusa. Fue un largo tira y afloja; en Atenas se desató una epidemia grave que provocó la muerte de Pericles y la ciudad perdió finalmente la guerra; sus murallas fueron destruidas. Pero, como suele ocurrir en las guerras, todo el país acabó agotado por la contienda, incluidos los vencedores. La situación empeoró aún más cuando una pequeña tribu cercana a Delfos, a la que habían irritado los sacerdotes del santuario del oráculo de Apolo, lo ocupó y lo saqueó. El desorden provocado fue incontrolable.

En este desorden participó un pueblo extranjero, aunque no mucho; eran personas que habitaban en las montañas al norte de Grecia y se llamaban macedonios. Los macedonios estaban emparentados con los griegos, pero eran salvajes, estaban habituados a la guerra y tenían un rey muy inteligente: Filipo. El tal Filipo de Macedonia hablaba griego de maravilla y conocía muy bien las costumbres y cultura griegas. Su ambición era convertirse en rey de toda Grecia. En la lucha por el santuario helénico de Delfos, que interesaba a todos los pueblos de religión griega, tuvo una buena oportunidad para intervenir. Es cierto que en Atenas había un político y famoso orador en la asamblea que despotricaba incesantemente contra aquellos planes del rey Filipo de Macedonia; se trataba del orador Demóstenes, y sus discursos contra Filipo se llaman «Filípicas». Pero Grecia se hallaba muy desunida como para poderse defender debidamente.

Junto a la localidad de Queronea, el rey Filipo y la pequeña Macedonia triunfaron sobre aquellos mismos griegos que apenas cien años antes habían sabido defenderse frente al gigantesco ejército de los persas. Se había acabado la libertad griega. Este final de la libertad, de la que los griegos habían hecho tan mal uso, se produjo el año 338 a. C. El rey Filipo no quiso, sin embargo, someter a Grecia o saquearla. Sus intenciones eran muy distintas: quería formar un gran ejército con griegos y macedonios y marchar contra Persia para conquistarla.

La empresa no resultaba entonces tan imposible como lo habría sido en la época de las guerras contra los persas, pues los grandes reyes de Persia no eran ya, ni con mucho, tan valientes como Darío I, o tan poderosos como Jerjes. Hacía tiempo que no supervisaban ya todo el país, sino que se sentían satisfechos con que sus sátrapas les enviaran desde las provincias la mayor cantidad de dinero posible. Con él ordenaron construir magníficos palacios y mantuvieron una corte suntuosa, con vajillas de oro y muchos esclavos y esclavas vestidos con ropas lujosas. Les gustaba comer bien y beber aún mejor. Y los sátrapas actuaban de manera similar. Un imperio así, pensaba el rey Filipo, no debía de ser muy difícil de conquistar. Pero Filipo fue asesinado antes de concluir los preparativos para la campaña bélica.

Su hijo, que heredó por tanto de él toda Grecia, además de su patria, Macedonia, tenía entonces apenas 20 años. Se llamaba Alejandro. Todos los griegos pensaban que en ese momento les resultaría fácil liberarse, pues les parecía que no les iba a costar deshacerse de un muchacho tan joven. Pero Alejandro no era un joven corriente. De haber sido por él, habría subido al trono incluso antes. Se cuenta que siendo niño lloraba siempre que su padre, el rey Filipo, conquistaba en Grecia una nueva ciudad. «Mi padre no me va a dejar nada para conquistar cuando sea rey». Pero ahora le había dejado todo. Una ciudad griega que quiso liberarse fue destruida, y sus habitantes vendidos como esclavos a modo de ejemplo y advertencia para todos. Luego, Alejandro celebró en la ciudad griega de Corinto una reunión de todos los caudillos griegos para acordar con ellos la campaña contra Persia.

Al llegar a este punto debes saber que el joven rey Alejandro no era sólo un guerrero valiente y ambicioso, sino también un hombre muy guapo con el cabello largo y rizado, que además sabía todo cuanto se podía saber entonces. Había tenido, en efecto, el profesor más famoso que pudiera contratarse en aquel momento en el mundo entero: el filósofo griego Aristóteles. Puedes hacerte una idea aproximada de lo que esto significa si te digo que Aristóteles no fue sólo el maestro de Alejandro, sino, propiamente, el de la humanidad a lo largo de dos milenios. Cuando en los dos mil años siguientes surgía un desacuerdo sobre algún punto, la gente consultaba los escritos de Aristóteles, que era el arbitro de la contienda. Lo que se dijera en ellos tenía que ser cierto. Aristóteles recopiló, realmente, todo cuanto podía saberse en su tiempo. Escribió sobre ciencias naturales, sobre astros, animales y plantas, sobre historia y sobre la convivencia de las personas en el Estado (la política), sobre la manera correcta de pensar, que en griego se llama lógica, así como sobre la forma correcta de actuar, que en griego se llama ética; escribió sobre el arte de la literatura y acerca de lo bello que hay en ella y, finalmente, puso también por escrito sus ideas sobre Dios, que flota inmóvil e invisible sobre el cielo estrellado.

Todo esto aprendió, pues, Alejandro, quien fue, sin duda, un buen alumno. Nada le gustaba tanto como leer los viejos cantos heroicos de Homero; se cuenta que, de noche, los colocaba incluso debajo de la almohada. Sin embargo, no era, en absoluto, un hombre de libros, sino un magnífico deportista. Sobre todo, nadie le superaba en montar a caballo. Su padre compró en cierta ocasión un caballo salvaje especialmente hermoso que nadie era capaz de domar. Se llamaba Bucéfalo y derribaba a todos los jinetes. Pero Alejandro se dio cuenta de cuál era la causa: aquel caballo se asustaba de su propia sombra. Por eso, lo puso cara al Sol, para que no viese su sombra en el suelo, lo acarició, lo montó y cabalgó sobre él entre el aplauso de toda la corte. Bucéfalo fue desde entonces su caballo favorito.

Así pues, cuando Alejandro apareció ante los príncipes griegos en Corinto, todos se sintieron entusiasmados con él y le dijeron las cosas más amables. Sólo uno no lo hizo; un tipo raro y extravagante, un filósofo llamado Diógenes. Tenía opiniones bastante parecidas a las de Buda. Según él, lo que uno posee y necesita sirve sólo para obstaculizar la reflexión y el bienestar sencillo. Diógenes, por tanto, lo había dado todo y se había aposentado, casi completamente desnudo, en un tonel en la plaza del mercado de Corinto. Allí vivía, tan libre e independiente como un perro sin dueño. Alejandro quiso conocer también a aquel bicho raro y fue a visitarlo. Se presentó ante el tonel con una armadura suntuosa y un casco con un penacho agitado por el viento y dijo: «Me gustas; pídeme lo que quieras y te lo concederé». Diógenes, que estaba confortablemente tumbado al sol, le respondió: «Pues mira, rey, tengo un deseo». «Bien, ¿de qué se trata?». «Me estás haciendo sombra; por favor, retírate del sol». Aquello causó una impresión tan grande en Alejandro que, según cuentan, dijo: «Si no fuera Alejandro, querría ser Diógenes».

Los griegos que formaban el ejército se sintieron pronto tan entusiasmados como los macedonios con un rey como aquél y desearon luchar por él. Por eso, al marchar contra Persia, Alejandro rebosaba confianza. Repartió todo cuanto poseía entre sus amigos, que le preguntaron espantados: «¿Qué te queda a ti?». «La esperanza», respondió, según cuentan. Aquella esperanza no le defraudó.

En primer lugar, llegó con su ejército a Asia Menor. Allí se le opuso el primer ejército persa. Era más numeroso que el suyo, pero, en realidad, estaba formado por un cúmulo desordenado de soldados sin un verdadero comandante. Los persas fueron obligados enseguida a emprender la huida, pues el ejército de Alejandro luchó con gran valor y el propio rey combatió con el mayor coraje presentándose allí donde las cosas eran más complicadas.

En el territorio conquistado de Asia Menor sucedió la famosa historia del nudo gordiano. Fue así: en un templo de la ciudad de Gordión había un carro antiguo cuya lanza estaba sujeta mediante una rienda enredada y anudada con fuerza descomunal. Alguien había predicho que quien pudiera soltar aquel complicado nudo conseguiría dominar el mundo. Alejandro no dedicó mucho tiempo a intentar desanudarlo con las manos—pues era, al parecer, más difícil que el del cordón de un zapato cuando uno tiene prisa—e hizo lo que mi madre jamás me habría permitido: cogió la espada y, sencillamente, lo cortó por el medio. Aquello significaba: «Con la espada en la mano conquistaré el mundo y cumpliré de ese modo la antigua profecía». Y así lo hizo.

El resto de la historia de esta conquista lo verás mejor en el mapa. Alejandro no avanzó directamente hacia Persia. No quería dejar a sus espaldas las provincias persas de Fenicia y Egipto sin haberlas sometido. De camino hacia ellas, los persas intentaron detenerlo junto a una ciudad llamada Isos. Alejandro los aplastó y saqueó las suntuosas tiendas y tesoros del rey persa. También tomó prisioneras a la esposa y la hermana del rey y las trató con mucha cortesía y dignidad. Aquello ocurrió el año 333, que podrás memo; rizar fácilmente con un antiguo verso escolar: «Tres, tres y tres; el rey persa sufrió en Isos un revés».

Fenicia no fue tan fácil de conquistar. Alejandro tuvo que asediar la ciudad de Tiro durante siete meses. A continuación, la destruyó con especial crueldad. Las cosas le fueron mejor en Egipto. Los egipcios se sentían contentos de liberarse de los persas y se le sometieron voluntariamente, pues era el enemigo de éstos. Pero Alejandro quiso ser también un verdadero soberano de los egipcios según la costumbre del país. Para ello, marchó por el desierto hasta un templo del dios del Sol y ordenó a los sacerdotes decir que era hijo del astro, o sea, el auténtico faraón. Antes de reemprender la marcha desde Egipto fundó una ciudad a orillas del mar y la llamó Alejandría, con su propio nombre. La ciudad existe aún hoy y fue durante mucho tiempo una de las más poderosas y ricas del mundo.

Sólo entonces marchó Alejandro contra Persia. El rey de los persas había reunido entretanto un gigantesco ejército y le esperaba en las cercanías de la antigua Nínive, junto a la localidad de Gaugamela. Previamente envió emisarios a Alejandro para ofrecerle la mitad de su reino como regalo y a su hija por esposa, si se daba por satisfecho. Parmenio, amigo de Alejandro, dijo en aquella ocasión: «Si fuera Alejandro, lo aceptaría». Y Alejandro respondió: «También yo, si fuera Parmenio». Prefería gobernar sobre el mundo entero que sobre medio mundo. Y derrotó también al último y mayor ejército persa. El rey de los persas huyó a las montañas, donde fue asesinado.

Alejandro castigó al asesino. Ahora era rey de toda Persia. Su imperio estaba formado por Grecia, Egipto, Fenicia y Palestina, Babilonia, Asiría, Asia Menor y Persia y procuró reordenar aquel conjunto. Sus órdenes llegaban realmente desde el Nilo hasta el interior de la actual Siberia.

A ti y a mí nos habría bastado, sin duda, con aquello. Pero no a Alejandro; ni mucho menos. Quería gobernar sobre países nuevos, todavía sin descubrir. Deseaba ver los pueblos enigmáticos y lejanos de los que hablaban a veces los comerciantes que llegaban a Persia desde Oriente con raras mercancías. Quería llegar en desfile triunfal, como el dios Baco en una leyenda griega, hasta donde habitan los indios quemados por el Sol, y hacer que éstos le rindieran homenaje. Por tanto, no permaneció mucho tiempo en la capital persa, sino que, en el año 327, descendió con su ejército, en medio de los peligros más azarosos, hasta el valle del Indo, hasta la India, atravesando los puertos de la alta cordillera desconocida e inexplorada. Pero los indios no se le sometieron voluntariamente. Los penitentes y ermitaños de las selvas predicaron en especial contra el conquistador llegado del lejano Occidente. Así pues, Alejandro se vio obligado a sitiar y conquistar una a una todas las ciudades, defendidas valerosamente por los luchadores indios de la casta de los guerreros.

El propio Alejandro demostró en aquella empresa toda su inteligencia. El rey indio Poro le aguardaba junto a un afluente del Indo con un imponente ejército de elefantes de guerra y soldados de a pie. Se hallaba al otro lado del río, y Alejandro hubo de atravesarlo con sus hombres a la vista del ejército enemigo. El haberlo logrado constituye una de sus máximas hazañas. Pero todavía es más notable que derrotara a aquel ejército bajo el calor opresivo y húmedo de la India. Cuando llevaron al rey Poro maniatado a su presencia, Alejandro le preguntó: «¿Qué quieres de mí?». «Que me trates como a un rey». «¿Nada más?». «No», fue la respuesta, «con eso está dicho todo». Aquello causó tal impresión en Alejandro que devolvió a Poro su reino.

Por su parte, Alejandro deseaba continuar más hacia el este, hasta llegar a pueblos más desconocidos y misteriosos en el valle del río Ganges. Pero sus soldados no quisieron seguir. No deseaban continuar marchando cada vez más lejos, hasta el fin del mundo, sino volver a casa de una vez. Alejandro les rogó, les amenazó con que marcharía solo, estuvo enfurruñado durante tres días y no salió de su tienda. Al final, los soldados fueron más fuertes y Alejandro hubo de emprender la vuelta.

No obstante, les impuso una cosa: no regresar por el mismo camino por donde habían llegado. En realidad, habría sido con mucho lo más sencillo, pues aquellas comarcas estaban conquistadas ya. Pero Alejandro quería ver cosas nuevas y conquistar nuevos países. Así pues, bajó hasta el mar siguiendo el curso del Indo. Envió de vuelta a la patria una parte del ejército, embarcándola, pero él avanzó por el desierto desolado y pedregoso en medio de nuevas y terribles molestias. Padeció todas las privaciones a las que se vio sometido su ejército y no se le concedió más agua ni reposo que a los demás. Luchó en las primeras filas y sólo escapó de la muerte por un auténtico milagro.

En cierta ocasión sitiaron una fortaleza. Colocaron escalas y subieron la muralla. Alejandro, el primero de todos. Cuando se encontraba en lo alto, la escala se rompió bajo el peso de los soldados que atacaban tras él, y el rey se quedó de pie, solo, sobre el muro. Le gritaron que saltara cuanto antes, pero Alejandro se lanzó directamente de la muralla al interior de la ciudad, se puso de espalda a la pared y se cubrió con el escudo frente a un enemigo muy superior. Ya había sido herido por una flecha cuando, por fin, los demás hombres pasaron por encima de la muralla para salvarlo. Debió de ser muy emocionante.

Finalmente, llegaron de vuelta a la capital persa. Pero Alejandro la había incendiado en el momento de conquistarla. Así pues, estableció su corte en Babilonia. Tenía, sin duda, dónde elegir. Él, que era ahora Hijo del Sol para los egipcios, y Rey de Reyes para los persas, que tenía tropas en la India y en Atenas, quería aparecer tal como se espera de un auténtico soberano del mundo.

Quizá no lo hacía por soberbia, sino porque, como alumno de Aristóteles, conocía muy bien a los seres humanos y sabía que el poder sólo causa la impresión correcta vinculado a la pompa y la dignidad. Por tanto, instauró todo el solemne ceremonial habitual desde hacía milenios en las cortes de los soberanos de Babilonia y Persia. Había que arrodillarse en su presencia y se le debía hablar como si fuera verdaderamente un dios. Se casó también, como los reyes orientales, con varias esposas, entre ellas la hija de Darío, el rey de Persia, para convertirse en su auténtico sucesor, pues no quería seguir siendo un conquistador extranjero, sino fundir la sabiduría y riquezas de Oriente con la claridad y movilidad de sus griegos para obtener algo enteramente nuevo y maravilloso.

Pero esto no agradó a los griegos. En primer lugar, ellos, los conquistadores, deseaban seguir siendo también los únicos señores. En segundo lugar, como hombres libres y acostumbrados a la libertad, no querían prosternarse ante nadie. Decían que aquello era adoptar una actitud «perruna». Así, sus amigos y soldados griegos se mostraron cada vez más levantiscos, y Alejandro se vio obligado a enviarlos a su patria. Su gran obra, la fusión de ambos pueblos, no pudo llevarse a cabo, a pesar de haber entregado una rica dote y haber dado una gran fiesta a 10.000 soldados macedonios y griegos que se casaron con mujeres persas.

Alejandro tenía grandes planes. Quería fundar muchas ciudades más como la Alejandría de Egipto. Pretendía construir carreteras y, en contra de la voluntad de los griegos, transformar el mundo de manera permanente por medio de sus campañas de guerra. ¡Figúrate qué habría sido, si hubiese habido ya entonces correo ininterrumpido entre la India y Atenas! Pero Alejandro murió mientras forjaba esos planes en el palacio de verano de Nabucodonosor, a una edad en la que la mayoría de la gente comienza a ser personas. Con 32 años, en el 323 a. C.

A la pregunta de quién debería ser su sucesor, respondió en medio de la fiebre: «El más digno». Pero ese hombre no existía. Todos los generales y príncipes de su entorno eran gente ambiciosa, derrochadora y sin conciencia. Y se pelearon por el imperio mundial hasta su desintegración. De ese modo, una familia de generales reinó en Egipto; fueron los ptolomeos; otra, en Mesopotamia, los seléucidas; y otra en Asia Menor, los atálidas. La India se perdió por completo.

Pero, aunque el imperio mundial se hizo añicos, el plan de Alejandro se fue realizando lentamente. El arte y el espíritu griegos se introdujeron en Persia y llegaron hasta la India e, incluso, hasta China. Y los griegos aprendieron que Atenas y Esparta no eran el mundo. Que les aguardaban tareas más importantes que el eterno conflicto entre dorios y jonios. Y, justamente, tras quedarse sin nada de su pequeño poder político, los griegos se convirtieron en los portadores de la mayor potencia intelectual que haya habido, el poder que llamamos la educación griega. ¿Sabes cuáles fueron las fortalezas de ese poder? Las bibliotecas. En Alejandría, por ejemplo, hubo una de esas bibliotecas griegas que llegó a poseer pronto 700.000 libros en rollo. Esos 700.000 rollos fueron los soldados griegos que conquistaron entonces el mundo. Y ese imperio subsiste todavía hoy.

 

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