16 may. 2009

Voltaire – Guerra

 

Todos los animales están en perpetua guerra. Algunas especies han nacido para devorar a las otras, incluso los corderos y las palomas se tragan cantidades prodigiosas de animales imperceptibles. Los machos de la misma especie combaten por las hembras, como Menelao y Paris. El aire, la tierra y el agua son campos de destrucción.

Parece que habiendo dotado Dios al hombre de razón, debía ésta inducirle a no envilecerse imitando a los animales, y con mayor motivo no dotándoles la naturaleza de armas para matar a sus semejantes, ni del instinto de beber su sangre.

Sin embargo, tiende tanto el hombre a la guerra mortífera que, exceptuando dos o tres naciones, las demás en sus historias antiguas guerrean unas contra otras. En el Canadá, hombre y guerrero son sinónimos, y ya vimos que en nuestro hemisferio ladrón y soldado significaban lo mismo. He aquí la justificación de los maniqueos.

El hambre, la peste y la guerra son los más terribles azotes de la humanidad. Los dos primeros nos vienen de la Providencia, pero la guerra nos viene de la imaginación de trescientas o cuatrocientas personas esparcidas por toda la faz de la tierra bajo el nombre de príncipes o ministros; quizá por esta razón en muchas dedicatorias se les llama imágenes vivas de la Divinidad. Pero el más conspicuo de esos aduladores convendrá en que la guerra arrastra siempre en su séquito la peste y el hambre, por poco que haya visto los hospitales de los ejércitos de Alemania y por fugaz que haya sido su visita a las poblaciones en estado de guerra.

Sin duda es un hermoso arte el que desuela los campos, destruye las casas y hace morir, unos años con otros, de cada cien mil hombres, cuarenta mil. Al principio recurrieron a esta invención las naciones reunidas para procurarse el bien común; por ejemplo, el areópago de los griegos declaró al areópago de Frigia y pueblos vecinos que iría con mil barcos de pescadores con la intención de exterminarlos.

El Senado romano decidió que le interesaba ir a batirse antes de la cosecha con los veies y los volscos, y unos anos después, encolerizados los romanos contra los cartagineses, se hicieron la guerra durante mucho tiempo por tierra y por mar. Lo mismo sucede hoy.

Un genealogista prueba a un príncipe que desciende en línea recta de un conde cuyos padres establecieron un pacto de familia hace trescientos o cuatrocientos años con una Casa de la que ni siquiera existe el recuerdo. Esta Casa tenía vagas pretensiones sobre una provincia, cuyo último poseedor murió de apoplejía: el príncipe y su consejo ven con evidencia que tiene derecho a ella. Esta provincia, situada a unos centenares de leguas de la residencia del príncipe, protesta baldíamente de que no le reconocen, ni desean que la gobiernen. Le expone que para dictar leyes a súbditos es preciso que éstos lo consientan, pero el príncipe hace caso omiso de tales protestas porque cree su derecho incuestionable. Reúne enseguida multitud de hombre que nada tienen que perder, los viste de grueso paño azul, les instruye y se dirige con ellos a la gloria. Otros príncipes que oyen hablar de ese gran número de hombres puestos en armas toman también parte en su empresa, cada uno de ellos según su poder, y llenan una extensión del territorio de asesinos mercenarios, más numerosos que los que arrastraron en su séquito Gengis Kan, Tamerlán y Bayaceto.

Pueblos lejanos se enteran de que va a promoverse una guerra y pagarán un sueldo a los que tomen parte en ella, en seguida se dividen en dos bandos, como los segadores, y van a vender sus servicios al que quiera utilizarlos. Esas multitudes se encarnizan unas contra otras, no sólo sin tener interés alguno en la guerra, sino sin conocer sus motivos. Se encuentran a la vez cinco o seis potencias beligerantes, unas veces tres contra tres, otras dos contra cuatro, y algunas una contra cinco, detestándose por igual unas a otras, uniéndose y atacándose sucesivamente, aunque estando de acuerdo sólo en una cosa: ocasionar todo el daño posible.

Lo maravilloso de esta empresa infernal es que cada jefe de los asesinos hace bendecir sus banderas e invoca a Dios solemnemente antes de ir a exterminar a su prójimo. Cuando un jefe sólo tiene la suerte de degollar a dos o tres mil hombres, no da gracias a Dios, pero cuando consigue despachar diez mil y destruir alguna ciudad, entonces manda entonar un canto de acción de gracias, compuesto en lengua desconocida para todos los que pelearon y lleno de barbarismos. El mismo canto sirve para celebrar los matrimonios, los nacimientos y los homicidios.

La religión natural impidió muchas veces que los ciudadanos cometieran crímenes. El alma bien nacida carece de voluntad, el alma tierna se asusta, y la conciencia hace representar a Dios justo y vengador, pero la religión revelada excita a cometer todas las crueldades que se perpetran entre muchos, conjuraciones, emboscadas, sorpresa de ciudades, saqueos y matanzas. Cada uno va alegremente al crimen bajo la bandera de su santo.

En todas partes pagan a unos hombres que pronuncian discursos celebrando esas acciones cruentas, que entusiasman a la multitud. Esos hombres claman el resto del año contra los vicios, prueban en tres puntos y por antítesis que las damas que se colorean las mejillas con un poco de carmín serán objeto de la venganza eterna del Eterno, que Polyeucto y Atalia son obras inspiradas por el demonio. ¡Miserables médicos de almas, filósofos moralistas, quemad vuestros libros! Mientras el capricho de algunos hombres haga que se degüellen lealmente millares de hermanos nuestros, la parte del género humano que se consagre al heroísmo será la más horrible de toda la naturaleza.

Qué pueden importarme la humanidad, la beneficencia, la temperancia, la modestia, la sabiduría y la piedad, si media libra de plomo disparada a seiscientos pasos me mata a la edad de veinte anos en medio de terribles sufrimientos, entre cinco mil moribundos, mientras por última vez mis ojos se abren y ven la ciudad donde nací destruida por el hierro y el fuego, y que los últimos sonidos que oigo son los gritos de mujeres y niños expirando bajo ruinas. Y todo por los intereses de un hombre al que no conocemos.

Lo más grave es que la guerra es una calamidad inevitable. Todos los hombres han adorado al dios Marte; Sabaot significa para los judíos el dios de los ejércitos, pero Minerva, en la Ilíada, dice que Marte es un dios furioso, insensato e infernal.

El célebre Montesquieu, que goza fama de ser humano, dice que es justo entrar a hierro y fuego en los pueblos circunvecinos por temor de que nos perjudiquen los buenos negocios que realizan. Si éste es el espíritu de las leyes, éste es también el de los Borgias y de Maquiavelo. Si por desgracia dice la verdad, debemos combatirla aunque la prueben los hechos. He aquí lo que dice Montesquieu:

«Entre las sociedades, el derecho de defensa natural entraña a veces la necesidad del ataque cuando un pueblo ve que una paz larga pondría a otro pueblo en estado de destruirlo, y cuando comprende que el ataque es en aquel momento el único medio de impedir su destrucción.»

¿Cómo el ataque en plena paz puede ser el único medio de evitar esa destrucción? Para ello sería preciso estar seguro de que el pueblo vecino os destruiría si llegara a ser poderoso. Para estar seguro, debíais ver que ya tenía a punto los preparativos de vuestra destrucción, y en este caso es él quien empieza la guerra: vuestra suposición es falsa y contradictoria. Es una guerra evidentemente injusta la que proponéis, porque es matar a vuestro prójimo por temor de que éste llegue a estar en situación de atacaros; es decir, que debéis aventuraros a arruinar vuestro país con la esperanza de arruinar sin motivo el país de otro, y este proceder no es honrado ni útil, porque sabéis bien que nunca se está seguro del éxito.

Si vuestro vecino llega a ser demasiado poderoso durante la paz, ¿quién os impide serlo tanto como él? Si él contrajo alianzas, vosotros podéis contraerlas también. Si tiene pocos religiosos, en cambio tiene muchos manufactureros y soldados. Imitad su buen ejemplo. Si instruye mejor a sus marinos, instruid mejor a los vuestros; todo esto es muy justo. Pero exponer al pueblo a la más horrible miseria con la idea, tan quimérica a menudo, de destruir a vuestro querido hermano el serenísimo príncipe vecino vuestro, semejante consejo no es digno del presidente honorario de una compañía pacífica.

 

Diccionario filosófico

.