5 may. 2009

Voltaire: Cristianismo (Diccionario filosófico)





En este artículo no vamos a mezclar lo divino con lo profano y nos guardaremos de intentar sondear los designios de la Providencia. Somos hombres y nos dirigimos a los demás hombres.


Establecimiento del cristianismo en su estado civil y político. Cuando Marco Antonio y, más tarde, Augusto confiaron Judea al árabe Herodes, hechura suya y su tributario, este monarca, extranjero en dicho país, llegó a ser el más poderoso de sus reyes. Tuvo puertos en el Mediterráneo, Tolemaida y Ascalón. Fundó ciudades, erigió un templo al dios Apolo en Rodas y un santuario a Augusto en Cesárea, y construyó el templo de Jerusalén, rodeándole de fortísimas murallas. Durante su reinado gozó Palestina de una paz completa. Fue considerado como un Mesías, a pesar de ser bárbaro en sus relaciones con la familia y tirano con el pueblo, al que esquilmaba para sufragar los gastos de las grandes empresas que acometía. Adoró a César y casi fue adorado por sus partidarios.

Hacía ya mucho tiempo que la secta de los judíos estaba desparramada por Europa y Asia, y sus dogmas eran desconocidos. Nadie sabía de los libros hebreos, si bien muchos de ellos se hallaban traducidos al griego en Alejandría, como hemos dicho en otra parte. Sólo se sabía de los judíos lo que los turcos y persas saben hoy de los armenios, esto es, que son comisionistas de comercio y agentes de cambio. Sólo el teísmo de China y los respetables libros de Confucio, que vivió cerca de seiscientos años antes que Herodes, eran aún más desconocidos de los pueblos occidentales que los ritos judíos.

Los árabes, que suministraban a los romanos las mercaderías preciosas de la India, ni siquiera tenían idea de la teología de los brahmanes. Las mujeres indias tenían la costumbre inmemorial de quemarse en la pira sobre el cuerpo de sus maridos, y estos sacrificios horrendos, que todavía se realizan, eran tan desconocidos de los hebreos como las costumbres de América. Los libros hebreos, que se ocupan de Cog y Magog, no hablan en ninguna parte de la India.

La antigua religión de Zoroastro era ya célebre, pero desconocida en el Imperio romano. En éste, sólo se sabía en general que los magos creían en la resurrección, y en el paraíso y el infierno. Estas doctrinas habían llegado hasta los hebreos vecinos de Caldea porque Palestina, en la época de Herodes, la ocupaban los fariseos, que empezaban a creer en el dogma de la resurrección, y los saduceos, que rechazaban tal doctrina.

Alejandría, la urbe más comercial del mundo, estaba poblada de egipcios afectos al culto de Serapis y los gatos sagrados, de griegos entregados a la filosofía, de romanos dominantes y de judíos que se enriquecían. Todos esos individuos, pertenecientes a diversas naciones, sólo se ocupaban de ganar dinero, de entregarse a los placeres o al fanatismo y de crear o disolver sectas religiosas, sobre todo cuando vivieron en la ociosidad, que fue cuando Augusto cerró el templo de Jano.

Los judíos estaban divididos en tres partidos principales. Los samaritanos, que se vanagloriaban de constituir el partido más antiguo porque Samaria existía cuando Jerusalén y su templo fueron destruidos en la época de los reyes de Babilonia, pero los samaritanos participaban de la raza de los persas y de los palestinos. El segundo partido y el más poderoso eran los jerusalenistas. Detestaban a los samaritanos y éstos les correspondían con el mismo odio, porque tenían intereses opuestos. Los jerusalenistas mantenían la pretensión de que sólo se hicieran sacrificios en el templo de Jerusalén para que se recogiera mucho dinero en la ciudad, y por esa misma razón los samaritanos querían que se hicieran los sacrificios en Samaria. Si a una ciudad con escaso número de habitantes le basta con un templo, cuando esa localidad llega a extenderse hasta setenta leguas de longitud en su territorio y veintitrés de latitud, como le ocurrió al pueblo judío, es absurdo no tener más que un templo. El tercer partido era el de los judíos helenistas, que comerciaban y tenían negocios en Egipto y Grecia y opinaban lo mismo que los samaritanos.

Onías, hijo de un gran sacerdote judío que deseaba ser lo que su padre, obtuvo del rey de Egipto, Tolomeo Filometo, y sobre todo de Cleopatra, esposa de éste, permiso para erigir un templo judío cerca de Bubasta, asegurando a la reina que Isaías profetizó que un día el Señor había de tener un templo en el mencionado sitio. Hizo un buen regalo a Cleopatra, quien contestó que si Isaías lo había profetizado se podía levantar. El templo se llamó Onión y se construyó ciento sesenta años antes de nuestra era. Los judíos de Jerusalén miraron siempre con tanto horror ese templo y la traducción de los Setenta, que instituyeron una fiesta como expiación de ambos sacrilegios.

Los rabinos del templo Onión, mezclando su raza con los griegos llegaron a ser más sabios que los rabinos de Jerusalén y Samaria, y esos tres partidos comenzaron a disputar sobre cuestiones de controversia que sutilizan el talento, pero lo hacen falso e insociable.

Los judíos egipcios, deseando igualarse en austeridad con los esenios y los judaizantes de Palestina, fundaron antes del advenimiento del cristianismo la secta de los terapeutas, que se consagraban, como ellos, a una especie de vida monástica y a las mortificaciones. Esas diferentes comunidades se establecieron imitando los antiguos misterios egipcios persas y griegos, que inundaron el mundo desde el Éufrates y el Nilo hasta el Tíber.

Al principio, los miembros de estas sectas eran escasos en número y los consideraban como hombres privilegiados, pero en la época de Augusto llegaron a ser muchísimos y se hablaba de religión desde el centro de Siria hasta el monte Atlas y el Océano Germánico.

Entre esta multitud de sectas y de cultos se fundó la escuela de Platón, no sólo en Grecia, sino también en Roma y Egipto. Se creyó que Platón había tomado su doctrina de los egipcios y éstos creían reivindicar algo suyo al dar valor a las ideas platónicas, a su verbo y a la especie de trinidad escondida en algunas de las obras del filósofo ateniense. Se dice que el espíritu filosófico, difundido entonces por todo el Occidente conocido, dejó caer algunas chispas de su espíritu razonador en Palestina.

Es indudable que en la época de Herodes ya se suscitaron polémicas sobre los atributos de la Divinidad, la inmortalidad del alma y la resurrección de los cuerpos. Los judíos refieren que la reina Cleopatra les preguntó si resucitábamos desnudos o vestidos. Los judíos, pues, pensaban a su manera. Hay que reconocer que Flavio Josefo, aun siendo militar, era bastante sabio y que sobresaldrían otros sabios del estado civil en un país donde era ilustrado un hombre de guerra. Su contemporáneo Filón hubiera conquistado nombre entre los griegos, y Gamaliel, maestro de san Pedro, era un gran polemista.

El poder judío se entretenía ocupándose de religión como acontece hoy en Suiza, Alemania e Inglaterra. Se encuentran varios personajes del pueblo llano que fundaron sectas, como posteriormente Fox en Inglaterra, Muncer en Alemania y los primeros reformistas en Francia. El propio Mahoma no era más que un tratante de camellos.

Añadamos a ello que en la época de Herodes se creyó inminente el fin del mundo, y en aquellos tiempos, predispuestos por la Divina Providencia, plugo al Padre Eterno enviar a su Hijo al mundo, misterio incomprensible del que no nos vamos a ocupar.

Únicamente diremos que en tales circunstancias, si Jesús predicó una moral pura, si anunció la existencia de los cielos para recompensar a los justos, si tuvo discípulos afectos a su persona y a sus virtudes, si estas virtudes le atrajeron la persecución de los sacerdotes y si la calumnia le hizo morir ignominiosamente, su doctrina, que los discípulos anunciaban de modo infatigable, debió producir maravilloso efecto en el mundo. Conste de nuevo que hablo humanamente, y que no me ocupo de los numerosos milagros ni de las profecías. Sostengo que el cristianismo debió conseguir más por la muerte de Jesús que hubiera conseguido de no ser ejecutado. Hay quienes ponen en duda que sus discípulos tuvieran también discípulos, pero más extrañaría que no hubieran podido conseguir atraerse partidarios. Setenta personas convencidas de la inocencia de su jefe, de la pureza de sus costumbres y de la barbarie de sus jueces, debieron granjearse un fabuloso número de prosélitos.

Sólo san Pablo, al convertirse en enemigo de su maestro Gamaliel, debía, humanamente hablando, atraer muchos partidarios a Jesús, aun que éste no hubiera sido más que un hombre de bien condenado injusta mente. San Pablo, además, era culto, elocuente, fogoso e infatigable, y conocía la lengua griega. San Lucas era un griego de Alejandría y hombre de letras, porque era médico. El primer capítulo del Evangelio de Juan está impregnado de una sublimidad platónica que debió satisfacer a los platónicos de Alejandría. Tanto es así, que no tardó en formarse en dicha ciudad una escuela fundada por Lucas o Marcos que perpetuó a Atenágoras, Panteno, Orígenes y Clemente, todos ellos elocuentes y sabios Con el establecimiento de semejante escuela era imposible que el cristianismo no progresara con rapidez.

Grecia, Siria y Egipto fueron teatro de los célebres misterios antiguos que sedujeron a los pueblos, y los cristianos tuvieron también sus misterios propios. La muchedumbre se apresuró a iniciarse en ellos, al principio por curiosidad y por persuasión después. La idea del inminente fin del mundo debió impulsar a los nuevos discípulos a despreciar los bienes pasajeros de la tierra, que iban a perecer con ellos. El ejemplo que daban los terapeutas incitaba a entregarse a una vida solitaria y de mortificación. Todo parecía concurrir poderosamente para que arraigara la religión cristiana.

Cierto que las diversas facciones de la inmensa y naciente confesión religiosa no estaban de acuerdo. Cincuenta y cuatro comunidades tuvieron otros tantos evangelios diferentes, secretos como sus misterios, pero que desconocieron los gentiles, los cuales sólo conocieron los cuatro Evangelios canónicos al cabo de doscientos cincuenta años. Dichas facciones, si bien estaban divididas, reconocían al mismo pastor. Ebionitas, que contradecían a san Pablo; nazarenos, discípulos de Hymeneos, Alejandro y Hermógenes; carpocracianos y otras muchas sectas, disputaban unas con otras, pero, sin embargo, todas estaban unidas para invocar a Jesús y creer en él. Al principio, el Imperio romano, en el que pululaban todas estas sectas, no fijó en ellas su atención, conociéndolas en Roma con la denominación general de judíos y no preocupándose de ellas el gobierno. Los judíos consiguieron, con su dinero, adquirir el derecho de dedicarse al comercio, pero durante el reinado de Tiberio cuatro mil de ellos fueron expulsados de Roma. Y durante el reinado de Nerón les atribuyeron el incendio de la urbe. Fueron expulsados de nuevo en la época de Claudio, pero esto no les impidió volver a Roma, donde vivían tranquilos, aunque despreciados.

Los cristianos de Roma eran menos numerosos que los de Grecia Alejandría y Siria. Los romanos no conocieron padres de la Iglesia ni herejes durante los primeros siglos del cristianismo. La Iglesia era griega hasta tal extremo que ni un misterio, ni un rito, ni un dogma dejó de expresarse en dicha lengua. Los cristianos, ya fueran griegos, sirios, romanos o egipcios, eran considerados en todas partes como semijudíos,y esta era otra razón para no dar a conocer sus libros a los gentiles con el fin de permanecer unidos e inquebrantables, guardando celosamente su secreto, como antiguamente lo hicieron con los misterios de Isis y de Ceres. Formaban una república aparte, un estado dentro de otro estado; no tenían templos y altares, no realizaban ningún sacrificio y no practicaban ceremonias públicas. Elegían secretamente a sus superiores por mayoría de votos, y éstos, con las denominaciones de ancianos, sacerdotes, obispos y diáconos, administraban los fondos comunes, cuidaban de los enfermos y apaciguaban todas las disputas. Consideraban como una vergüenza y un crimen pleitear ante los tribunales e ingresar en la milicia, y durante cien años, ni un solo cristiano tomó las armas en el imperio. De esta manera, retirados y desconocidos de todo el mundo, escapaban a la tiranía de los procónsules y de los pretores y vivían libres en medio de la esclavitud pública.

Inducían a los cristianos ricos a que adoptaran los hijos de los cristianos pobres y organizaban colectas para ayudar a las viudas y huérfanos, pero se negaban a recibir dinero de los pecadores y sobre todo de los taberneros, a los que tildaban de bribones. Por eso pocos de ellos eran afectos al cristianismo y los cristianos no frecuentaban las tabernas.

Las mujeres podían acceder a la dignidad de diaconisas cuando contraían méritos tendentes a estrechar la confraternidad cristiana. Las consagraban y el obispo las ungía, poniéndolas en la frente el óleo sagrado, como se hacía antiguamente con los reyes judíos. Todo ello iba ligando a los cristianos con lazos indisolubles. Las persecuciones de que fueron objeto, siempre pasajeras, sólo sirvieron para redoblar su celo e inflamar su fervor, y durante el reinado de Diocleciano llegó a ser cristiana una tercera parte del imperio.

He ahí una pequeña parte de las causas humanas que coadyuvaron al progreso del cristianismo. Añadid a ésta las causas divinas, y si algo debe extrañarnos es que la religión cristiana no se extendiera más pronto por los dos hemisferios, sin exceptuar las islas más salvajes.

Dios, que descendió del cielo, que murió por regenerar a los hombres y extirpar el pecado del mundo, dejó sin embargo la mayor parte del género humano entregada al error y al crimen en poder del demonio. Parece que esto supone una flagrante contradicción, al menos así parece a la débil razón del hombre. Pero respetemos los misterios incomprensibles de la Providencia.

Averiguaciones históricas sobre el cristianismo. Algunos sabios han quedado sorprendidos de no encontrar en la historia de Flavio Josefo ninguna alusión a Jesucristo, pues la crítica moderna ha demostrado que el corto pasaje que le menciona en dicha historia fue añadido tiempo después (1). Y eso que el padre de Flavio Josefo debió ser testigo de todos los milagros de Jesús. Josefo pertenecía a la casta sacerdotal y era pariente de la esposa de Herodes. Se detiene pormenorizando las acciones de dicho monarca y, sin embargo, no dice una palabra de la vida y de la muerte de Jesús. A pesar de que el referido historiador no calla ninguna de las crueldades que cometió Herodes, nada dice del decreto de éste, que ordenó la matanza de todos los niños al enterarse de que había nacido un rey de los judíos. El santoral griego dice que en aquella ocasión fueron degollados catorce mil niños. Acto tan monstruoso como ese no lo cometió jamás en el mundo ningún tirano. Sin embargo, el mejor escritor que tuvieron los judíos, el único que apreciaron los romanos y griegos, ni siquiera menciona un evento tan singular y tan espantoso. Tampoco se hizo eco de la estrella que apareció en Oriente cuando nació el Salvador, fenómeno insólito que debió conocer un historiador tan ilustrado como Josefo. Tampoco habla de las tinieblas que oscurecieron el orbe en pleno medio día durante tres horas, así que murió el Salvador, ni de la multitud de tumbas que se abrieron en aquel momento ni del sinnúmero de justos que resucitaron.

(1) Los cristianos falsearon groseramente un pasaje de Josefo. Atribuyeron a dicho judío, tan afecto a su religión, cuatro línea que intercalaron en el texto, al final de las cuales añadieron Era Cristo. Si Josefo hubiera oído hablar de tales acontecimientos hubiera escrito más de cuatro líneas en la historia de su país; además, es un absurdo pretender que Josefo hable como cristiano.

Los mentados sabios siguen extrañándose de que ningún historiador romano se ocupe de dichos prodigios que tuvieron lugar durante el imperio de Tiberio, en presencia de un gobernador de Roma, el cual debió enviar al emperador y al Senado el informe circunstanciado del hecho más milagroso que presenciaron los mortales. La propia Roma debió sumergirse durante tres horas en densas tinieblas, prodigio que debía constar, no sólo en los, anales de Roma, sino en los de todas las naciones. Dios quiso, sin duda, que estos divinos sucesos no los escribieran manos profanas.

Los referidos sabios encuentran también algunos puntos oscuros en la historia de los Evangelios. Notan que en el de san Mateo dice Jesús a los escribas y fariseos que toda la sangre derramada en el mundo debe recaer sobre ellos, desde la sangre de Abel el Justo hasta la de Zacarías hijo de Barac, que asesinaron en el templo. Dicen los mismos sabios que en la historia de los hebreos no se encuentra ningún Zacarías asesinado en el templo antes de la venida del Mesías ni en la época de éste; únicamente se encuentra en la historia del sitio de Jerusalén, escrita por Flavio Josefo, un Zacarías, hijo de Barac, asesinado en medio del templo. Este hecho figura en el capítulo XIV del libro IV. Por eso suponen dichos sabios que el Evangelio de San Mateo debió escribirse después que Tito tomó Jerusalén. Ahora bien, dudas y objeciones de esta índole quedan desvanecidas en cuanto consideramos la diferencia infinita que debe haber entre los libros divinamente inspirados y los libros de los hombres. Dios quiso envolver con una nube respetable y oscura su nacimiento, su vida y su muerte.

Los sabios tampoco comprenden con claridad por qué hay tanta diferencia entre las dos genealogías de Jesús. Según san Mateo, Jacob es padre de José, Mathan padre de Jacob y Eleazar padre de Mathan; y san Lucas atribuye a Jesús desde Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo de Leví, etc. No pueden conciliar los cincuenta y seis antecesores que Lucas atribuye a Jesús desde Abrahán, con los cuarenta y dos que Mateo le atribuye también desde Abrahán.

Tampoco comprenden cómo Jesús, siendo hijo de María, no es hijo de José. También les asaltan algunas dudas por lo que respecta a los milagros del Salvador, cuando leen que san Agustín, san Hilario y otros dan a la narración de dichos milagros un sentido místico, alegórico, como por ejemplo la higuera maldita y seca por no producir frutos fuera de tiempo, los demonios que se introdujeron en los cuerpos de los cerdos en un país donde no se comían tales animales, el agua convertida en vino... Pero todas estas críticas de los sabios las disipa por completo la fe.

Este artículo tiene por único objeto seguir el hilo histórico y dar idea cabal de unos hechos que nadie contradice. Jesús nació sujeto a la ley mosaica y observando esa ley fue circuncidado. Cumplió todos sus preceptos, celebró todas las fiestas, predicó la moral y no reveló el misterio de su Encarnación. Nunca dijo a los judíos que era hijo de una virgen; recibió el bautismo de Juan en aguas del Jordán, a cuya ceremonia se sometían muchos judíos, pero no bautizó a nadie; no habló de los siete sacramentos, ni instituyó ninguna jerarquía eclesiástica. Ocultó a sus coetáneos que era hijo de Dios, eternamente engendrado, consustancial con Dios, y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Tampoco dijo que su persona se componía de dos naturalezas y dos voluntades, queriendo sin duda que esos grandes misterios se anunciaran a los hombres en la sucesión de los tiempos mediante inspiraciones del Espíritu Santo. Mientras vivió no se apartó una tilde de la ley de sus padres, apareciendo ante los hombres como un justo grato a Dios, perseguido por la envidia y condenado a muerte por jueces sobornados. Quiso que la Iglesia, que él estableció, hiciera lo demás.

Flavio Josefo narra cómo se encontraba entonces la religión en el imperio romano. Los misterios y las expiaciones estaban acreditados en casi todo el mundo, y aunque los emperadores, los ricos y los filósofos no tenían fe en esos misterios, el pueblo, que en materia de religión dicta la ley a los grandes, les imponía la necesidad de conformarse en su culto, al menos en apariencia. Para subyugar al pueblo es preciso que los grandes aparenten que acatan idénticas creencias que aquél. Hasta Cicerón fue iniciado en los misterios de Eleusis. El reconocimiento de un solo Dios era el principal dogma que se profesaba en estas fiestas misteriosas y magníficas. Es de advertir que los himnos y las plegarias que conservamos de esos misterios son lo más religioso y admirable que tuvo el paganismo. Como los cristianos adoraban también a un solo Dios, esas fiestas les facilitaron la conversión de muchos gentiles. Algunos filósofos de la secta de Platón abrazaron el cristianismo; por esto los padres de la Iglesia de los tres primeros siglos fueron todos platónicos.

El celo excesivo de algunos perjudicó las verdades fundamentales. A san Justino le reprocharon que dijera en sus Comentarios sobre Isaías que los santos gozarían durante su reinado de mil años de todos los bienes sensuales. Le han criticado asimismo que escribiera en la Apología del cristianismo que, una vez Dios creó el mundo, lo dejó al cuidado de los ángeles y éstos se enamoraron de las mujeres y tuvieron hijos de ellas, que son los demonios. Han criticado también a Lactancio y a otros padres por imaginar oráculos de las Sibilas, y han reprochado la conducta de los primitivos cristianos que compusieron versos acrósticos atribuyéndolos a una antigua sibila, cuyas letras iniciales formaban el nombre de Jesucristo. También supusieron cartas de Jesús dirigidas al rey de Edesa en una época en que allí no había rey, de haber falsificado cartas de la Virgen María y de Séneca dirigidas a san Pablo, cartas y hechos de Pilato y haber inventado falsos evangelios, falsos milagros y otras mil imposturas.

Existe además la historia o evangelio de la Natividad y del desposorio de la Virgen María, en donde se narra que la llevaron al templo a la edad de tres años, ella sola subió las gradas y una paloma descendió del cielo para anunciarle que José la desposaría. También existe el protoevangelio de Jacobo, hermano de Jesús, que tuvo José de su primer matrimonio. En él se relata que cuando María quedó encinta durante la ausencia de su esposo y éste se lamentaba de ello, los sacerdotes hicieron beber a uno y a otro el agua de los celos y declararon inocentes a los dos.

Existe también el Evangelio de la infancia de Jesús, que se atribuye a santo Tomás. Según aquél, Jesús, cuando tenía cinco años, se divertía con otros niños de su edad en modelar pajaritos de barro; una vez que le reprendieron por esto, infundió vida a los pájaros y levantaron el vuelo. En otra ocasión, en que le pegó un niño, le hizo morir en el acto. Hay otro Evangelio de la infancia, escrito en árabes, tan serio como éste.

También ha llegado a nosotros el Evangelio de Nicodemo, que merece mayormente nuestra atención porque constan los nombres de los que acusaron a Jesús ante Pilato, que eran los principales miembros de la Sinagoga: Annás, Caifás, Summas, Datam, Gamaliel, Judá y Neftalim. En esa historia hay datos que concuerdan bastante con los evangelios canónicos y otros que no se encuentran en ninguna parte. Se lee en ese libro que la mujer que curó Jesús de un flujo de sangre se llamaba Verónica, y además todo lo que hizo Jesús en los infiernos cuando descendió a ellos.

Consérvanse además las dos cartas que se supone escribió Pilato a Tiberio referentes al suplicio de Jesús, pero el latín pésimo en que están escritas revela que son falsas. Se escribieron cincuenta evangelios, que al poco tiempo se declararon apócrifos. El propio san Lucas nos dice que muchas personas los componían. Se cree que hubo uno, llamado el Evangelio eterno, basado en esto que dice el Apocalipsis: «Vi un ángel volando en medio de los cielos que llevaba el Evangelio eterno». Los franciscanos, abusando de esas palabras, en el siglo XIII compusieron otro Evangelio eterno en donde se leía que el reinado del Espíritu Santo debía sustituir al de Jesucristo, pero no apareció en los primeros siglos de la Iglesia ningún libro con ese título.

Se ha supuesto también que la Virgen escribió otras cartas a san Ignacio mártir, a los habitantes de Mesina y a otros.

Abdías, que sucedió a los apóstoles, escribió la historia de éstos en una mezcla de fábulas tan absurdas que andando los años quedó desacreditada, pero al principio circuló mucho. Abdías relata el combate de san Pedro con Simón el Mago. En efecto, existió en Roma un hombre muy hábil llamado Simón que volaba en el teatro y renovó el prodigio que se atribuye a Dédalo. Se fabricó unas alas y voló, cayendo como Icaro. Así nos lo cuentan Plinio y Suetonio. Abdías, que estaba en Asia y escribía en hebreo, afirma que san Pedro y Simón se volvieron a encontrar en Roma en la época de Nerón. Falleció entonces allí un joven pariente próximo del emperador y los principales personajes se empeñaron en que Simón le resucitara. San Pedro también se presentó con la idea de obrar tal prodigio. Simón empleó todas las reglas de su arte y pareció que lograba su propósito, porque el difunto movió la cabeza. «Eso no basta —exclamó Pedro—, es preciso que el muerto hable. Que Simón se aparte del lecho y veréis cómo el joven carece de vida». Simón se alejó y el difunto dejó de moverse, pero Pedro le volvió a la vida pronunciando una sola palabra. Simón acudió al emperador para quejarse de que un miserable galileo se atreviera a hacer mayores prodigios que él. Pedro compareció con Simón ante el emperador y se desafiaron a ver quién poseía más habilidad en su arte. «Adivina lo que pienso», dijo Simón a Pedro. «Que el emperador me dé un pan de cebada —respondió Pedro— y verás cómo sé lo que piensas.» Le entregaron el pan que pedía, pero en seguida Simón hizo aparecer dos perrazos que amenazaban devorarle. Pedro les echó el pan y mientras lo comían dijo a Simón: «Ya ves que sé lo que pensabas; querías que se me comieran los perros». Después de esta primera sesión propusieron a Simón y Pedro que se desafiaran a volar para ver quién subiría más alto. Primero ascendió Simón. Pedro hizo el signo de la cruz y Simón cayó y se rompió las piernas. Disgustado Nerón de que Pedro fuera causa de que su favorito se rompiera las piernas, mandó crucificar a Pedro cabeza abajo y de aquí procede la opinión de que Pedro vivía en Roma y tuvo allí su suplicio y su sepulcro. Abdías también inculcó la creencia de que santo Tomás fue a predicar el cristianismo a las Indias, en el palacio del rey Gandafer, y que estaba allí por su cualidad de arquitecto.

Es fabulosa la cantidad de libros de esta clase que se escribieron en los primeros siglos del cristianismo. Jerónimo y Agustín aseguran que las cartas de Séneca y san Pablo son auténticas. En la primera desea que su hermano Pablo tenga buena salud. Pablo no habla tan buen latín como Séneca. «Recibí ayer vuestras cartas —responde con satisfacción— y no os hubiera contestado tan pronto a no estar presente el hombre que os envío». Además, estas cartas que parece deberían ser instructivas, sólo contienen cumplidos.

Todas estas mentiras que forjaron cristianos poco instruidos, movidos por un falso celo, no perjudicaron la verdad del cristianismo ni a su difusión. Por el contrario, nos proporcionan pruebas de que el número de cristianos aumentaba día a día y todos y cada uno deseaban contribuir a su progreso.

Los Hechos de los Apóstoles no dice que éstos convinieran en su símbolo; si realmente hubiesen redactado el Credo tal como llegó a nosotros, san Lucas no hubiera omitido en su evangelio ese fundamento esencial de la religión cristiana. La sustancia del Credo está esparcida en los Evangelios, pero sus artículos los reunieron mucho tiempo después. En suma, nuestro símbolo es, sin duda, la creencia que mantuvieron los apóstoles, pero no es una oración que ellos escribieron. Rufino, sacerdote de Aquilea, fue el primero que se ocupó de esto, y una homilía atribuida a san Agustín es el primer documento que supone la forma cómo se estableció el Credo. Pedro dijo en la asamblea: Creo en Dios Padre Todopoderoso, Santiago siguió que fue concebido por el Espíritu Santo, y así los demás. Esta fórmula se llamó en griego símbolo, y en latín collatio.

Constantino convocó y reunió en Nicea, frente a Constantinopla, el primer Concilio ecuménico, presidido por Ozius. Allí se decidió la gran cuestión que perturbaba a la Iglesia referente a la divinidad de Jesucristo. Unos padres de dicho Concilio querían que prevaleciera la opinión de Orígenes, que hablando contra Celso, dice: «Presentamos nuestras oraciones a Dios por mediación de Jesús, que ocupa el espacio existente entre las naturalezas creadas y la naturaleza increada, que nos trae la gracia concedida por su Padre y presenta nuestras oraciones al gran Dios, en calidad de pontífice». Se apoyaron también en varios pasajes de Pablo, algunos de ellos, como hemos dicho, fundados sobre todo en estas palabras de Jesucristo: «Mi Padre es superior a mí», considerando a Jesús como el primogénito de la creación, como la encarnación pura del Ser Supremo, pero no como a Dios. Otros padres del mencionado Concilio, que eran ortodoxos, aducían varios pasajes como pruebas de la divinidad eterna de Jesús, como éste: «Mi Padre y yo somos la misma cosa», palabras que sus adversarios interpretaban de este modo: «Mi Padre y yo tenemos los mismos designios, la misma voluntad; yo no tengo otros deseos que mi Padre». Alejandro, obispo de Alejandría, y Atanasio, acaudillaban a los ortodoxos, y Eusebio, obispo de Nicomedia, otros diecisiete obispos, el sacerdote Arrio y otros muchos sacerdotes abrazaron el bando contrario. Desde el principio se enconó la cuestión porque Alejandro trató a sus adversarios de Anticristos.

Tras largas y acaloradas controversias, el Espíritu Santo decidió en el Concilio, por boca de doscientos noventa y nueve obispos contra la opinión de dieciocho, lo siguiente: «Jesús es hijo único de Dios, engendrado por el Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, consustancial con el Padre, y creemos lo mismo del Espíritu Santo». Tal fue la fórmula del Concilio. Se vio que los obispos dominaron a los que sólo eran sacerdotes. Dos mil individuos de segundo orden eran del parecer de Arrio, según refieren dos patriarcas de Alejandría, que escribieron en árabe la crónica de dicha ciudad. Constantino desterró a Arrio, poco después hizo correr la misma suerte a Atanasio, y entonces hizo que Arrio regresara a Constantinopla. Pero san Macario suplicó a Dios con tal ardor que quitara la vida a Arrio antes de entrar en la catedral, que Dios atendió su súplica y Arrio murió al ir a la iglesia en 330. El emperador Constantino falleció en 337. Entregó el testamento a su sacerdote arriano y murió en brazos de Eusebio, obispo de Nicomedia, que capitaneaba dicho partido, recibiendo el bautismo en el lecho mortuorio y dejando a la Iglesia triunfante, pero dividida. Los partidarios de Atanasio se hicieron una guerra cruel y el arrianismo imperó mucho tiempo en las provincias del imperio. Juliano el filósofo, apodado el Apóstata, quiso distinguir esas divisiones, pero no pudo conseguirlo.

El segundo Concilio general tuvo lugar en Constantinopla el año 381. Se elucidó lo que el Concilio de Nicea no juzgó oportuno decir acerca del Espíritu Santo, y añadió lo siguiente a la fórmula del Concilio de Nicea: «El Espíritu Santo es Señor vivificante que procede del Padre, y que se adora y vivifica con el Padre y con el Hijo».

Hacia el siglo IX, la Iglesia latina fue estableciendo paulatinamente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. En 431, el tercer Concilio general celebrado en Éfeso decidió que María era la verdadera Madre de Dios y Jesús tenía dos naturalezas y una sola persona.

Pasaré por alto los siglos siguientes, por ser bastante conocidos. Por desgracia, no hubo una sola disputa que no produjera la guerra y la Iglesia se vio obligada a luchar. Además, Dios permitió, para probar la paciencia de los fieles, que la Iglesia griega y la Iglesia latina se separaran para siempre en el siglo IX y que en Occidente se sucedieran veintinueve cismas sangrientos por la sede apostólica en Roma. Si hay más de seiscientos millones de almas en el mundo como algunos suponen, sólo pertenecen sesenta millones a la santa Iglesia católica y romana, o sea la vigésimo sexta parte de los habitantes del mundo conocido.


En Diccionario filosófico
Madrid, Ediciones Akal, s/f