Salman Rushdie - En la subasta de las zapatillas rubíes

21 de mayo de 2009 ·






Los pujadores que se han reunido para la subasta de las zapatillas mágicas se parecen poco a la muchedumbre habitual de nuestra sala de ventas. Los Subastadores han hecho mucha publicidad del acontecimiento y están preparados para lo que venga. La gente rara vez se atreve a salir de casa actualmente; sin embargo, y con razón, los Subastadores creen que este lote nos inducirá a abandonar nuestros búnkers. Se prevé mucho entusiasmo. En consecuencia, además de los servicios normales para comodidad y seguridad de las personas más notables, se han colocado escupideras de bronce especialmente grandes para uso de los físicamente enfermos; en confesionarios góticos estratégicamente situados se han instalado equipos de psiquiatras de diversas disciplinas para aconsejar a los enfermos del alma.
La mayoría de nosotros estamos hoy enfermos.
No hay curas. Los Subastadores han puesto un límite. Los curas están en otros edificios cercanos, que les son familiares confiando en poder tratar todo efecto secundario psíquico, todo exceso de locura.
Unidades de obstétricos y equipos P.A.L.O. de policía aguardan, discretamente, en las calles laterales, por si la excitación produce nacimientos o defunciones imprevistos. Se han hecho listas de parientes con teléfonos de contacto. Se ha traído una reserva de camisas de fuerza.
Mirad: detrás de un vidrio a prueba de balas, las zapatillas rubíes centellean. No conocemos los límites de sus poderes. Sospechamos que esos límites no existen.
Hay estrellas de cine entre los compradores, que traen a la sala de ventas su aura de brillantes y lentejuelas. Las auras de las estrellas de cine, creadas en colaboración con maestros de física aplicada, son de platino, oro, plata y bronce. Algunos actores de carácter, especializados en papeles de malvado, están rodeados por un aura de mal: verde lívido, amarillo mostaza, rojo de tinta. Cuando alguno de nosotros tropieza con el aura inestimable (y frágil) de una estrella, sea hombre o mujer, es derribado al instante al suelo por un equipo de seguridad y llevando en volandas a alguna de las furgonetas que lo aguardan. Esos incidentes disminuyen ligeramente la aglomeración en la Gran Sala de Subastas.
Los y las yonquis de souvenirs han venido en número previsible, y en estos momentos, con una zambullida, la cabeza de una de ellas aplica unos labios desesperados a la vitrina transparente de las zapatillas, haciendo sonar el sistema de alarma más moderno, cuyos programadores han olvidado enseñarle que ese gesto de adoración es relativamente inofensivo. El sistema descarga unos cientos de miles de voltios con implantes de colágeno de la besadora de vidrios, poniendo así fin a su interés por todo lo que ocurre. Es un momento desagradable y nauseabundo, pero no consigue disuadir de ese mismo acto suicida de devoción a un segundo aficionado. Cuando nos enteramos de que este retrasado mental era el amanto de la primera víctima, nos preguntamos por los misterios del amor, mientras sacamos de nuevo nuestros pañuelos perfumados.
El culto de las zapatillas rubíes está en su apogeo. Un baile de disfraces está en plena animación. Hay una gran oferta de magos, leones y espantapájaros. Se abren paso con los codos para tener un sitio, pisándose mutuamente los pies. Hay escasez de Leñadores de Hojalata a causa de la especial incomodidad del traje. Las brujas aguardan su momento en los balcones y las galerías de la Gran Sala de
Subastas, gárgolas vivas con posibilidades, en muchos casos, de obtener muchos puntos. Una de las esquinas está ocupada totalmente por Totóa, varios de los cuales copulan con entusiasmo, lo que obliga a un portero de guantes de goma a separarlos a fin de evitar el escándalo público. Lo hace con mucha delicadeza y tacto.
Nosotros, el público, nos ofendemos fácil, mortalmente. Hemos llegado a considerar la ofensa como un derecho fundamental. Valoramos muy pocas cosas más que nuestra rabia, que, en nuestra opinión, nos da un alto soporte moral. Desde ese alto soporte podemos disparar contra nuestros enemigos, causando muchas bajas. Nos enorgullecemos de nuestra escasa tolerancia. Nuestra cólera nos eleva, nos trasciende.
Alrededor del –digamos- relicario de las zapatillas de cequíes rubíes, se han ido formando charcos de saliva. Los hay que no se contienen y se les cae la baba. El portero latinoamericano, vestido de mono, se mueve entre nosotros, con un cubo en una mano y una fregona en la otra. Admiramos y agradecemos su talento para pasar inadvertido. Elimina del suelo el agua de nuestras bocas sin que tengamos que perder la cara.
Las oportunidades de encontrar lo auténticamente milagroso son limitadas en nuestro universo nietzscheano y relativista. Los filósofos conductistas y los científicos cuánticos se amontonan en torno a las zapatillas mágicas. Toman notas indescifrables.
Exiliados personas desplazadas de todas las clases, incluso vagabundos sin hogar han venido a echar una ojeada a lo imposible. Han surgido de sus agujeros subterráneos y desafiado los bazookas, la banda de uzis armados ciegos de crack o de caballo o de coca, los traficantes, los atracadores.
Los vagabundos llevan ponchos de yute malolientes y escupen ruidosamente en las macetas de yucas gigantes. Agarran puñados de canapés de las bandejas que llevan las manos soberbias de restauradores de primera categoría. Comen sushi con cantidades impresionantes de salsa wasabi, a cuyos efectos inflamatorios parecen impunes las entrañas de aquellos vagos. Se llama a los equipos P.A.L.O. y, tras una breve batalla, con utilización de balas de goma y dardos sedantes, se elimina a los vagabundos, se los deja inconscientes a golpes y son sacados de allí. Se los depositará a cierta distancia, fuera de los límites de la ciudad, en esa tierra de nadie humeante, rodeada de inmensas vallas publicitarias, en la que ya no nos aventuramos. Los perros salvajes se congregarán a su alrededor, impacientes por el almuerzo. Son tiempos despiadados.
En la subasta hay refugiados políticos: conspiradores, monarcas destronados, facciones derrotadas, poetas, jefes de bandidos. Esos personajes no llevan ya las boinas negras, gafas de culo de botella y capas envolventes de antaño, sino que adoptan actitudes resplandecientes con chaquetas de seda a cuadros y pantalones de talle alto, de alta costura japonesa. Las mujeres visten chaquetillas de torero con reproducciones en lentejuelas de grandes obras de arte. Una beldad exhibe un Guernica en la espalda, mientras que varias otras llevan escenas centelleantes de Los desastres de la guerra.Por incandescentes que sean con sus trajes de luces, las refugiadas políticas no pueden eclipsar a las zapatillas rubíes y se reúnen con sus compañeros masculinos en pequeños grupos siseantes, que lanzan periódicamente imprecaciones, bolitas de papel marcado o embebido en tinta y flechas de papel, a través del salón, a los grupos de emigrados rivales.
Los guardas, en las salidas, restallan distraídamente sus látigos y los políticos se portan bien.
Veneramos las zapatillas rubíes porque creemos que pueden hacernos invulnerables a las brujas (y hay tantas hechiceras que actualmente nos persiguen); por sus poderes para invertir la metamorfosis, su afirmación de un perdido estado de normalidad en el que casi hemos dejado de creer y al que las zapatillas nos prometen que podemos regresar; y porque relucen como el calzado de los dioses.
Por el liberalismo extremado de algunos de los Subastadores, que aducen que una sala de subastas civilizada debe ser una iglesia amplia, abierta, tolerante, se ha dejado entrar a fundamentalistas religiosos, que critican el fetichismo de las zapatillas. Los fundamentalistas han manifestado abiertamente que sólo están interesados en comprar el calzado mágico para quemarlo, y ello, en opinión de los Subastadores liberales, no es un programa reprensible. ¿Qué vale la tolerancia si no se tolera también al intolerante? «el dinero insiste en la democracia», reiteran los subastadores liberales. «Dinero es siempre dinero.» Los fundamentalistas fulminan desde cajas de jabón construidas de madera especial y bendita. No les hacen caso, pero algunos personajes de edad presentes hablan agoreramente de que han conseguido introducir una cuña.
Llegan huérfanos, confiando ñeque las zapatillas rubíes puedan hacerlos retroceder en el tiempo y en el espacio (porque, como prueban nuestras ecuaciones, todas las máquinas que viajan en el espacio viajan también en el tiempo): confían en que las famosas zapatillas los reúnan con sus padres muertos.
«Hogar» se ha convertido en un concepto tan disperso, deteriorado y diverso en nuestros trabajos actuales. No hay mucho por lo que suspirar. Hay ya tan pocos arcos iris. ¿Qué podemos esperar ni siquiera de un par de zapatos mágicos? Nos prometieron llevarnos al hogar, pero ¿son comprensibles para ellas las metáforas hogareñas, son permisibles las abstracciones? ¿Tomarán las cosas al pie de la letra o nos permitirán volver a definir esa palabra bendita? ¿Pedimos, esperaos demasiado?
Mientras nuestras necesidades innumerables surgen de nuestros reductos y se aprietan contra el cristal electrificado, ¿perderán la paciencia las zapatillas, como el antiguo pez plano de Grima, por nuestras crecientes exigencias y nos devolverán a las chizas de nuestro descontento?
La presencia de seres imaginarios en la Sala de Subastas puede ser la última gota. Aquí están las niñas de las pinturas australianas del siglo XIX, lloriqueando desde sus marcos dorados de molduras porque están perdidas
En la inmensidad del país. Con delantales azules y calcetines por el tobillo, miran los bosques tropicales y los desiertos rojos, tiemblan.
Un personaje literario, condenado a una eternidad de leer las obras de Dickens a un loco armado en una jungla, ha enviado su puja por escrito.
En una pantalla de televisión observo la frágil figura de un alienígena con la punta del dedo iluminada.
Esta invasión del mundo real por el ficticio es un síntoma de la decadencia de nuestra cultura posmilenaria. Los héroes bajan de las pantallas de cine y se casan con personas del público. ¿No habrá fin? ¿Debería haber controles más rigurosos? ¿Emplea el estado una violencia insuficiente? Con frecuencia debatimos esas cuestione. No hay duda de que una gran mayoría de nosotros se opone a esa migración libre e ilimitada de seres imaginarios hacia una realidad ya deteriorada, cuyos recursos disminuyen de día en día. Después de todo, pocos de nosotros querríamos viajar en la dirección opuesta (aunque hay informes convincentes de un aumento reciente de esas migraciones).
Voy a aplazar estas discusiones de momento. La Subasta está a punto de comenzar.
Es necesario que hable de mi prima Gale y de su costumbre de gemir ruidosamente cuando hace el amor. Seré franco: mi prima Gale fue y es el amor de mi vida, e incluso ahora que nos hemos separado, me excita fácilmente el simple recuerdo de sus alborotos eróticos. Me apresuro a añadir que, salvo por esa elocuencia, no había nada de anormal en nuestra forma de hacer el amor, nada, si puedo decirlo así, ficticio. Sin embargo, me satisfacía profunda, muy profundamente, en especial cuando, en el momento de la penetración, solía gritar: « ¡El hogar, muchacho! ¡El hogar, niño, si…has vuelto al hogar!»
Un día, siento contarlo, volví al hogar para encontrarla en brazos de un peludo fugitivo de alguna película de hombres de las cavernas. Me mudé aquel mismo día, llorando por la calle con el retrato de Gale como un tornado entre mis brazos y mi colección de viejos discos de Pat Boone de 78 revoluciones en una mochila.
Eso fue hace muchos años.
Durante algún tiempo después de haberme defenestrado Gale, estuve amargado y solía revelar a muestro círculo de amistades que ella perdió su virginidad a los catorce años en un accidente en que intervino una silla plegable defectuosa; pero la venganza no me satisfizo mucho tiempo.
Desde entonces, me he dedicado a su recuerdo. Me he convertido en una vela encendida en su templo.
Me doy cuenta de que, después de todos estos años de separación sin comunicación alguna, la Gale que adoro es por completo una persona real. La verdadera Gale se confunde con la que re-imagino, con mi elaboración privada de una continuación de nuestra vida juntos en un universo alternativo sin hombres-mono. La verdadera Gale puede estar ahora fuera de nuestro alcance, inefable.
Tuve un vislumbre de Gale recientemente. Ella estaba al otro extremo de un bar largo, oscuro y subterráneo, guardada por comandos mercenarios que llevaban armas nucleares de combate. En la barra había tapas polinesias y cervezas de la costa del Pacífico: Kirin, Tsingtao, Swan.
En aquel momento, muchos canales de televisión se ocupaban del triste caso del astronauta naufragado en Marte sin esperanza de socorro y cuyas reservas de alimento y aire disminuían. Los portavoces oficiales nos daban argumentos persuasivos para la brusca cancelación del presupuesto de exploración del espacio. Encontrábamos esos argumentos convincentes; voces influyentes se quejaban del sentimentalismo de las imágenes del astronauta agonizante.
No obstante, las cámaras que había dentro de su nave naufragada seguían enviándonos imágenes conmovedoras de su lento descenso hacia la desesperación, de su muerte de escasa gravedad y peso reducido.
Miré a mi prima Gale mientras ella miraba la televisión del bar. No me vio mirándola, no supo que se había convertido en el programa que había elegido.
El condenado de otro planeta –el condenado de la tele- comenzó a cantar un popurrí abrupto de canciones mal recordadas. Me acordé del ordenador agonizante, Hal, de la vieja película 2001, una odisea del espacio. Hal cantaba «Daisy, Daisy», mientras lo iban desconectando.
El marciano –porque ahora era residente permanente de Marte –nos ofreció interpretaciones espaciadas de Swaneee, Show Me the Way to Go Home y otras melodías de El mago de Oz; y los hombros de Gale comenzaron a temblar. Ella estaba llorando.
No atravesé el bar para consolarla.
Oí hablar por primera vez de la próxima subasta a la mañana siguiente, y resolví enseguida comprarlas, a cualquier precio. Mi plan era sencillo: le ofrecía a Gale los zapatos milagrosos con toda humildad. Si ella quería, le diría yo, podría utilizarlos para ir a Marte y traer al astronauta de nuevo a la Tierra.
Tal vez yo podría incluso entrechocar tres veces los tacones y conquistar nuevamente su corazón murmurando, en suave recuerdo de nuestro desperdiciado amor, No hay nada como el hogar.
Os reís de mi desesperación. ¡Ah! Decid a un hombre que se ahoga que no se agarre a un clavo ardiendo. Decid a un astronauta agonizante que no cante. Venid aquí y poneos en mis zapatos. ¿Qué decía el León Cobarde? Póntelos.
Póntelooooos. Pelearé con vosotros con una mano atada a la espalda. Pelearé con vosotros con los ojos cerrados. Tenéis miedo, ¿he? ¿Tenéis miedo?
La Gran Sala de Subastas es el corazón de la tierra que late. Si os quedáis allí tiempo suficiente, veréis pasar todas las maravillas del mundo. En la Gran Sala de Subastas hemos presenciado, en los últimos años, la subasta del Taj Mahal, la Estatua de la Libertad, los Alpes, la Esfinge. Hemos asistido a la venta de viudas y la compra de maridos. Aquí se han vendido secretos de Estado, abiertamente, al mejor postor. En una ocasión muy especial, los Subastadores presidieron la venta, a una banda recalentada y ecuménica de demonios rojos que se consumían, de una amplia selección de almas humanas de todas clases, calidades, edades, razas y credos.
Todo está a la venta y, bajo la supervisión firme pero esencialmente benévola de los Subastadores, sus perros de seguridad y sus equipos P.A.L.O., nos enzarzamos en una batalla de caletre y cartera, en una guerra de nervios.
Hay cierta pureza en nuestras subastas de aquí, y también una tensión estéticamente agradable entre la vasta complejidad de la vida que se ofrece, empaquetada en lotes, para que se vaya a golpes de martillo, y la simplicidad igualmente inmensa de nuestra forma de tratar esa vida.
Hacemos una oferta, los Subastadores adjudican un lote y pasamos al siguiente.
Todos son iguales ante la justicia de los mazos: el artista de las aceras y Miguel Ángel, la esclava y la Reina.
Es el tribunal de la demanda.
Ahora están empujando las zapatillas. A medida que el precio se alza, también lo hace mi estómago. El pánico me agarra, me hunde, me ahoga. Pienso en Gale -¡encantadora prima!-, rechazo el miedo y hago mi oferta.
Una vez, el viudo de una cantante de pop famosa en todo el mundo y muy querida, me pidió que fuera en su nombre a una subasta de recuerdos de rock. Él era el único ejecutor testamentario de la herencia de ella. Que se elevaba a decenas de millones. Yo lo trataba con respeto.
Sólo lo quiero un lote –me dijo-. Gaste lo que tenga que gastar.
Era una prenda de vestir, un par de panties de papel de arroz comestible, con sabor a menta, comprados hacía tiempo en un almacén de (creo que se llama así) Rodeo Drive. El último show de la difunta esposa de mi empleador había incluido quitarse y consumir en público varios de esos panties. Otros panties de diversos sabores –chocolate chip, braga gloriosa, cassata –eran arrojados a la multitud. También éstos eran devorados en la excitación general del concierto, ya que sus afortunados destinatarios estaban demasiado arrebatados para considerar el valor futuro de lo que habían atrapado. Por ello, las prendas íntimas realmente llevadas por aquella señora escaseaban, y en la actualidad la demanda era grande.
Durante la subasta llegaron ofertas por los enlaces de vídeo con Tokio, Los Ángeles, París y Milán, ofertas tan rápidas y de tal envergadura que perdí la sangre fría. Sin embargo, cuando telefoneé a mi empleador para confesarle mi fracaso, no se mostró nada afectado, sino interesado sólo en el precio final. Le dije la suma delinco cifras y se rió. Era la primera risa auténticamente alegre que le había oído desde que su esposa murió.
- Está muy bien –dijo-. Tengo otros trescientos mil panties.
Vamos a los Subastadores para determinar el valor de nuestros pasados, de nuestros futuros, de nuestras vidas.
El precio de las zapatillas rubíes está subiendo cada vez más. Muchos de los que pujan parecen ser mandatarios, como yo el día de las bragas; como lo soy tantas veces, de tantas formas.
Hoy, sin embargo, estoy pujando –quizás literalmente- por mí mismo.
Hay una explosión fuera, en la calle. Oímos pies que corren, sirenas, gritos. Esas cosas se han vuelto corrientes. Nosotros nos quedamos donde estamos, absortos por un drama mayor.
Las escupideras están plenamente ocupadas. Las brujas cantan cantos sepulcrales, las estrellas de cine se van enfadadas, con las auras deslucidas. Se forman colas de desconsolados en los confesionarios de los psiquiatras. Los guardianes que blanden porras tienen trabajo, pero todavía no los obstétricos. Se mantiene la orden. Soy la única persona de la Sala de Subastas que siguen pujando. Mis rivales son cabezas sin cuerpo en pantallas de vídeo y voces no escuchadas en enlaces telefónicos. Lucho con un mundo invisible de demonios y fantasmas y la recompensa es la mano de mi dama.
En el apogeo de una subasta, cuando el dinero se ha convertido sólo en una forma de llevar la cuenta, ocurre algo que me resisto a admitir: uno se separa del suelo.
Hay una pérdida de gravedad, una reducción del peso, un flotar en la cápsula de la lucha. El objetivo final atraviesa una frontera delirante. Su logro y nuestra propia supervivencia se convierte en –sí- ficciones.
Y las ficciones, como he estado a punto de sugerir antes, son peligrosas.
Prisioneros de la ficción, podemos hipotecar nuestros hogares, vender a nuestros hijos para tener todo lo que deseamos ardientemente. La otra posibilidad es, en ese mismo océano de miasmas, apartarnos sencillamente, flotando, de nuestros deseos, y verlos con ojos nuevos, a distancia, de forma que parezcan ingrávidos, triviales. Los dejamos ir. Lo mismo que los hombres que mueren en una ventisca, nos echamos en la nieve para descansar.
Así es como mi prima Gale pierde su poder sobre mí en el crisol de la subasta. Así es como salgo del edificio, me voy a casa y me quedo dormido.
Cuando me despierto, me siento nuevo y libre.
La próxima semana habrá otra subasta. Se subastarán árboles genealógicos, escudos de armas y linajes reales, y en cualquiera de ellos se podrá insertar el nombre que uno quiera, el propio o el de la persona amada. Se ofrecerán también pedigrees: alsacianos, birmanos, saluki, siameses, terriers cairn.
Gracias a la infinita generosidad de los Subastadores, cualquiera de nosotros, gato, perro, hombre, mujer o niño, puede ser de sangre azul; puede ser –tal como queremos ser y tal como, escondidos en nuestros refugios, tememos no ser- alguien.


En Oriente, Occidente
Trad. Miguel Sáenz
Barcelona, Plaza & Janés, 1997
Foto: Salman Rushdie por Sally Soames, 1988


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