17 may. 2009

Emanuel Swedenborg – El cambio de estado de los ángeles en el cielo

 

 

154. Los cambios de estado de los ángeles, denotan sus cambios en lo que respecta al amor y la fe, y a la consiguiente sabiduría e inteligencia; esto es, sus cambios en lo que respecta a sus estados vitales. Los estados se refieren a la vida y a lo que es propio de la vida; y como la vida angélica es la vida del amor y la fe, y la consiguiente sabiduría e inteligencia, los estados están referidos a estas virtudes y se los designa como estados de amor y de fe, y estados de sabiduría e inteligencia. Ahora describiremos el modo en que cambian dichos estados entre los ángeles.

155. Los ángeles no experimentan constantemente un mismo esta­do de amor; y en consecuencia, tampoco experimentan un mismo estado de sabiduría; pues su sabiduría procede de su amor y armo­niza con su amor. A veces, se hallan en un estado de amor intenso; otras, en un estado de amor no intenso. Los estados decrecen por grados desde su máximo grado hasta el mínimo. Cuando se hallan en su máximo grado de amor, gozan del calor y de la luz de su vida, o de un estado diáfano y jocun­do; pero cuando se hallan en su mínimo grado, se encuentran en la sombra y padecen frío, o están en un estado de oscuridad y desazón. Desde este último grado retornan de nuevo al primero, y así sucesivamente; estas tran­siciones alternas, se suceden una tras otra y en forma variada. Tales esta­dos, se suceden como las variaciones de luz y de sombra, o de calor y de f río; o como, día tras día, se suceden en el mundo a lo largo del año, y con per­petua variedad, la mañana, el mediodía, el crepúsculo y la noche. En este ca­so, también hay correspondencias; la mañana, corresponde al estado de amor en su claridad; el mediodía, al estado de sabiduría en su claridad; el cre­púsculo, al estado de sabiduría en su oscuridad; y la noche, a un estado de carencia de amor y sabiduría. Pero debe entenderse, que no existe una co­rrespondencia entre los estados vitales de los habitantes de los cielos y la no­che; aunque sí se da una correspondencia entre aquéllos y el amanecer que antecede a la mañana; la noche, corresponde con los estados vitales de los seres infernales. Debido a estas correspondencias, en la Palabra; "día" y "año", denotan estados vitales en general; "calor" y "luz", significan amor y sa­biduría; "mañana", el grado de amor primero y supremo; "mediodía", la sabi­duría en su luz; "crepúsculo", la sabiduría en su sombra; "amanecer", la os­curidad que antecede a la mañana; y la "noche", la ausencia de amor y sa­biduría.

156. Junto con el estado de interioridad de los ángeles relativo a su amor y sabiduría, cambian de estado diversas cosas que se encuentran fuera de ellos, y que aparecen ante sus ojos; dado que las cosas que se encuentran fuera de ellos, revisten una apariencia que armoniza con las cosas que residen en su interioridad. Qué cosas son y de qué clase, es un tema que examinaremos en el capítulo referente a las Representaciones y Apariencias en el Cielo.

157. Todos los ángeles experimentan tales cambios de estado y pa­san por ellos, y lo mismo ocurre en todas las sociedades en ge­neral; pero cada ángel, pasa por ellos de un modo distinto, puesto que difie­ren según su amor y sabiduría; los que se hallan en el centro, gozan de un estado más perfecto que todos los demás que los rodean hasta llegar a la pe­riferia (ver arriba, ns43,128). Pero sería excesivamente tedioso especificar las diferencias, ya que los cambios que cada cual experimenta, concuerdan con la calidad de su amor y de su fe. Debido a ello, puede ocurrir que mien­tras uno goza de claridad y se deleita, otro, padece oscuridad y no se de­leita; y esto, de manera simultánea, y en una misma sociedad. Asimismo, los estados varían en cada sociedad; en las sociedades del reino celestial, son diferentes que en las del reino espiritual, Estas diferencias en los cambios de estado, en un sentido genérico, son similares a las variaciones de estado de los días en los diversos climas de la tierra; pues mientras en ciertos lugares, es la hora de la mañana, en otros, es la hora del crepúsculo; y en algunos la temperatura es cálida, cuando en otros es fría.

158. He recibido información desde el cielo sobre las causas de los cambios de estado que se verifican allí. Afirman los ángeles, que las causas son múltiples; en primer lugar, el deleite de la vida del cielo, que ellos reciben del amor y la sabiduría que procede del Señor, se envile­cería gradualmente si gozaran de él en forma continua, como ocurre entre aquellos que se complacen y regodean sin variedad alguna. En segundo lu­gar, los ángeles, al igual que los hombres, poseen una naturaleza propia (Proprium), que es el amor de sí mismos; todos los habitantes de los cielos son apartados de su naturaleza propia, y en tanto que son apartados de ella por el Señor, gozan de amor y sabiduría; cuando no pueden ser apartados de ella, viven en el amor de sí mismos; y como cada cual ama su naturale­za propia, y se siente atraído hacia ella, todos experimentan cambios de es­tado o transiciones alternas sucesivas. En tercer lugar, porque de esta for­ma son perfeccionados, pues se habitúan a permanecer en el amor del Se­ñor y a mantenerse apartados del amor de sí mismos; y también porque a tra­vés de transiciones alternas entre el deleite y ia ausencia de deleite, la per­cepción y el sentido del bien se tornan más exquisitos. Añadieron los ánge­les, que sus cambios de estado no son suscitados por el Señor, pues el Se­ñor como sol afluye siempre con calor y luz, es decir, con amor y sabiduría; y que la causa de dichos cambios, reside en ellos mismos, dado que aman su naturaleza propia, y esto los extravía continuamente. Este proceso fue ilustrado mediante una comparación con el sol del mundo: la causa de los cambios de estado, de calor y de frío, de luz y de sombra, año tras año y día tras día; no reside en el sol, sino en la tierra, ya que él, permanece inmu­table.

159. Me ha sido dado ver el modo en que aparece el Señor como sol ante los ojos de los ángeles; en su primer estado, en su segun­do estado, y en su tercer estado. Primero he visto al Señor como sol rutilan­do y relumbrando con inefable esplendor; y según me informaron, el Señor como sol aparece de tal modo ante los ángeles en su primer estado. Luego, apareció un enorme anillo oscuro alrededor del sol; entonces, su brillo relum­brante, de inefable esplendor, comenzó a empañarse, y me explicaron que el sol reviste tal apariencia en su segundo estado. Después, el anillo fue os­cureciéndose gradualmente, y el sol empezó a rutilar cada vez menos, has­ta que por último adquirió un aspecto de radiante blancura; y según me indi­caron, el sol aparece ante ellos de ese modo, en su tercer estado. Después, la radiante blancura comenzó a desplazarse hacia la izquierda; hacia la lu­na del cielo, asimilando su luz; casi fundiéndose con ella; y a consecuencia de ello, la luna relució con un esplendor inusitado; según me indicaron, tal es el cuarto estado de los ángeles del reino celestial, y el primer estado de los ángeles del reino espiritual; y, en ambos reinos, los cambios de estado pre­sentan tales transiciones alternas; aunque esto no se verifica de manera simultánea en todo el reino, sino en una sociedad tras otra. Por otra parte, estas transiciones alternas, no son fijas, ya que sobrevienen tarde o tem­prano sin que ellos puedan preverlas Añadieron que el sol en sí mismo, no cambia ni se desplaza, sino que adopta diversas apariencias según las su­cesivas progresiones de estado que experimentan ellos, pues el Señor aparece ante cada cual según su estado; rutilante, cuando el amor es intenso; luego, menos rutilante, revistiendo por último una radiante blancura, cosa que ocurre cuando el amor decae; la calidad del estado de cada uno, fue re­presentada a través del anillo oscuro que indujo las aparentes variaciones en el fulgor y la luz del sol.

160. Cuando los ángeles experimentan el último de estos estados, que acontece cuando se hallan inmersos en su naturaleza pro­pia, empiezan a sentirse tristes. He hablado con ellos cuando padecían di­cho estado, y he podido observar su tristeza; sin embargo, también pude oír que decían, que tenían la esperanza de retornar a su estado prístino, o sea, de regresar al cielo otra vez; puesto que, para ellos, mantenerse apartados de su naturaleza propia, es el cielo.

 

 

En El cielo y sus maravillas y el infierno, Cap. XVII

Traducido de la versión inglesa por Christian Wildner

Buenos Aires, Kier, 1991

 

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