8 abr. 2009

Lin Yutang – De tenderse en la cama

 

Parece que estoy en camino de ser un filósofo de mercado, pero no lo puedo remediar. La filosofía, en general, me parece la ciencia de hacer que las cosas sencillas sean difíciles de comprender, pero puedo concebir una filosofía que sea la ciencia de hacer sencillas las cosas difíciles. A pesar de nombres como "materialismo", "humanismo", "trascendentalismo", "pluralismo" y todos los otros "ismos" muy largos, sostengo que esos sistemas no son más profundos que mi propia filosofía. La vida, después de todo, está hecha de comer y dormir, de encontrar y decir adiós a los amigos, de reuniones y fiestas de despedida, de lágrimas y risas, de hacerse cortar el cabello una vez cada dos semanas, de regar la flor en una maceta y ver cómo cae desde el techo la del vecino; y vestir nuestras nociones relativas a estos simples fenómenos de la vida con una jerga académica, no es más que una treta para ocultar una extrema escasez o una extrema vaguedad de ideas por parte de los profesores universitarios. La filosofía, por lo tanto, ha pasado a ser una ciencia por cuyo medio empezamos cada vez más a comprender cada vez menos lo que somos. Lo que han conseguido los filósofos es esto: cuanto más hablan, más confusos quedamos.

Sorprende ver cuan pocas personas tienen conciencia de la importancia del arte de tenderse en cama, aunque en realidad, a mi juicio, las nueve décimas partes de los descubrimientos más importantes del mundo,-tanto científicos como filosóficos, son realizados cuando el hombre de ciencia o el filósofo se halla acostado en su cama, a las dos o a las cinco de la mañana.

Algunos se acuestan de día y otros se acuestan de noche. Me refiero a la vez a acostarse, a tumbarse o tenderse física y moralmente, porque los dos aspectos coinciden. He notado que quienes convienen conmigo en la creencia de que estar tendido en cama es uno de los más grandes placeres de la vida, son los hombres honestos, en tanto que quienes no creen en la bondad de tenderse en cama, son mentirosos, y en realidad están mucho tiempo tumbados de día, moral y físicamente. Quienes se tienden de día son los que persiguen la elevación moral, los maestros de Jardín de infantes y los lectores de las Fábulas de Esopo, en tanto que quienes admiten francamente que se debe cultivar conscientemente el arte de tenderse en cama son los hombres honrados, que prefieren leer cuentos sin moraleja, como Alicia en el País de las Maravillas. ¿Cuál es, pues, el significado de tenderse en cama, física y espiritualmente? Físicamente, significa retirarse consigo mismo, cerrarse al mundo exterior, cuando uno asume la postura física más indicada para el descanso y la paz y la contemplación. Hay cierto modo adecuado y lujoso de estar tendido en la cama. Confucio, ese gran artista de la vida, "nunca yacía derecho" en la cama "como un cadáver", sino doblado hacia un lado.  Creo que uno de los mayores placeres de la vida es enroscar o cruzar las piernas en la cama. La postura de los brazos es también muy importante, a fin de lograr el más alto grado de placer estético y poder mental. 'Creo que la mejor postura no consiste en tenderse largo a largo en la cama, sino en apoyarse en grandes y suaves almohadones a un ángulo de treinta grados, con uno o los dos brazos colocados detrás de la nuca. En esta postura, cualquier poeta puede escribir poesía inmortal, cualquier filósofo puede revolucionar el pensamiento humano, y cualquier hombre de ciencia puede realizar descubrimientos que hagan.

Es sorprendente ver cuan pocas personas se hallan advertidas del valor de la soledad y la contemplación. El arte de estar tendido en la cama significa algo más que el descanso físico después de haber pasado un día de esfuerzo, y de completo aflojamiento de los nervios después de que toda la gente que ha encontrado uno, todos los amigos que han de decir chistes tontos, y todos los hermanos y hermanas que han tratado de corregir el comportamiento de uno y de llevarle al cielo, le han arruinado del todo los nervios. Es todo eso, lo admito. Pero es algo más. Si se cultiva debidamente este arte, debe resultar una especie de limpieza mental. En realidad, muchos hombres de negocios que se vanaglorian de marchar a gran paso por la mañana y la tarde, y de tener siempre ocupados tres teléfonos en el escritorio, no alcanzan a comprender que podrían ganar el doble de dinero si se dieran una hora de soledad, despiertos, en la cama, a la una o aun a las siete de la mañana. ¿Qué importa, aunque se quede uno en cama hasta las ocho? Mil veces mejor sería que se proveyera de una buena caja de cigarrillos sobre la mesita de noche, y que dedicara mucho tiempo a levantarse de la cama y a resolver todos sus problemas del día antes de limpiarse los dientes. Allí, cómodamente estirado o encogido, en pijama, libre de la picante ropa interior de lana o la irritación del cinturón o los tiradores, y de la sofocación de los cuellos y los duros zapatos de cuero, cuando los dedos de los pies están emancipados y han recobrado la libertad que pierden inevitablemente durante el día, puede pensar la verdadera cabeza de los negocios, porque solamente cuando están libres los dedos de los pies se halla libre la cabeza, y solamente cuando está libre la cabeza es posible pensar de verdad. En esa cómoda posición puede ponderar sobre sus aciertos y errores de ayer, y desbrozar lo importante de lo trivial en el programa del día que tiene por delante. Sería más conveniente llegar a las diez a la oficina, dueño de sí mismo, que aparecer puntualmente a las nueve, o aun un cuarto de hora antes para vigilar a sus subordinados como un patrón de esclavos, y "atarearse por nada", como dicen los chinos.

Pero para el pensador, el inventor y el hombre de ideas, significa aun más tenderse tranquilamente en la cama durante una hora. Un escritor puede obtener más ideas para sus artículos o su novela en esta posición que sentándose tercamente ante el escritorio toda la mañana y la tarde. Porque allí, libre de los llamados telefónicos y de los visitantes bien intencionados y las comunes trivialidades de la vida cotidiana, ve la vida a través de un cristal o de una cortina de cuentas, diríamos, y se tiende una aureola de poética fantasía en torno al mundo, al que imparte una mágica belleza. Allí ve la vida, no en su crudeza, sino transformada de pronto en un cuadro más real que la vida misma, como las grandes pinturas de Ni Yünlin o Mi Fei.

Lo que realmente ocurre en la cama es esto: Cuando uno está en la cama los músculos descansan, la circulación se hace más suave y más regular, la respiración cobra tranquilidad, y todos los nervios ópticos, auditivos y vasomotores se encuentran más o menos en descanso completo, produciendo una quietud física más o menos total, y con ello se,, hace más absoluta la concentración mental, sea sobre las ideas o sobre las sensaciones. Aun con respecto a las sensaciones, las olfativas o auditivas por ejemplo, nuestros sentidos están más agudizados en ese momento. Toda buena música debe ser escuchada tendido en cama. Li Liweng dice en su ensayo sobre "Sauces" que se debe aprender a escuchar tendido en la cama el canto de los pájaros al amanecer. ¡Qué mundo de belleza nos espera si aprendemos a despertarnos al alba y escuchar el celestial concierto de los pájaros! En verdad, hay una profusión de música de los pájaros en casi todas las ciudades, aunque estoy seguro de que muchos residentes no lo notan. Por ejemplo, esto es lo que he escrito sobre los sonidos que escuché una mañana en Shanghai:

Esta mañana desperté a las cinco después de dormir muy bien y escuché un glorioso festín de sonidos. Lo que me despertó fue el sonido de las sirenas de las fábricas en una gran variedad de tonos y de fuerza. Al rato oí un distante repiqueteo de cascos de caballos: debía ser una fuerza de caballería que pasaba por la calle de Yuyuen; y en ese tranquilo amanecer me causó más deleite estético que una sinfonía de Brahms. Hubo luego algunos gorjeos tempranos de cierta especie de pájaros. Lamento no conocer la ciencia de los pájaros, pero gocé lo mismo de los gorjeos.

Hubo otros sonidos, es claro: el "boy" de algún extranjero, seguramente al cabo de una noche de juerga, apareció a eso de las cinco y media y comenzó a golpear una puerta. Se oyó después a un basurero que barría una calleja vecina con el bisbiseo de su escoba de bambú. De pronto, un pato salvaje, supongo, surcó el cielo, dejando ecos de su ku.ng-tu.ng en el aire. A las seis y veinticinco escuché el distante trueno de la máquina del tren de Shanghai-Hangchow que llegaba a la Estación Jessfield. Hubo uno o dos sonidos de los niños que dormían en el cuarto vecino. Empezó a agitarse entonces la vida y un distante murmullo de actividades humanas en la vecindad cercana y lejana aumentó gradualmente en volumen e intensidad. En la planta baja de la casa se habían levantado ya los sirvientes. Se abrían las ventanas. Se colocaba un gancho en una puerta. Una tosecilla. Un suave ruido de pisadas. Un golpeteo de tazas y platillos. Y de pronto el bebé gritó: "¡Mamá!"

Este fue el concierto natural que escuché aquella mañana en Shanghai.

Durante toda la primavera, aquel año, mi mayor placer fue escuchar a una especie de ave que se llama, probablemente, codorniz o perdiz en este idioma. Su llamado de amor consiste en cuatro notas (do . mi : re \ — : — . si), de las cuales el re dura dos o tres compases y termina en el medio de un compás, seguido por un si abrupto, entrecortado, en la octava más baja. Es la canción que yo solía escuchar en las montañas daban los lugares comunes confucianos. Sucedió, empero, que se tradujo la frase "estilo familiar" por una frase china que significa "estilo cachaciento". Esta fue la señal para un ataque del campo comunista, y ahora tengo la indiscutible reputación de ser el más ocioso de todos los escritores ociosos de China y, por ende, el más imperdonable, "mientras vivimos este período de humillación natural".

Admito que me apoltrono en las salas de mis amigos, pero los demás también lo hacen.

¿Para qué son los sillones, de todos modos, sino para que se apoltrone la gente? Si los caballeros y las damas del siglo XX tuvieran que sentarse erguidos todo el tiempo, con absoluta dignidad, no habría sillones en las salas modernas, sino que nos sentaríamos en tiesos muebles de madera, y los pies de la mayoría de las señoras colgarían a buena distancia del suelo.

En otras palabras, hay una filosofía en repantigarse en el asiento. La mención de la palabra "dignidad" explica exactamente el origen de la diferencia en los estilos de sentarse que tenía la gente de antaño y la moderna. La gente de antes se sentaba con el fin de parecer digna, mientras la gente moderna se sienta a fin de estar cómoda. Hay un conflicto filosófico entre las dos porque, según las nociones antiguas que existían hace medio siglo, la comodidad era un pecado, y estar cómodo era ser irrespetuoso. Aldous Huxley la ha expuesto con suficiente claridad en su ensayo sobre "Comodidad". La sociedad feudal que hizo imposible el nacimiento del sillón hasta los días modernos, según la describe Huxley, era exactamente lo mismo que la que existió en China hasta hace una generación. Hoy, todo hombre que se diga amigo de otro no debe tener miedo de poner las piernas sobre el escritorio en el cuarto de su amigo, y tomamos esto como muestra de familiaridad, en lugar de falta de respeto, aunque poner las piernas sobre el escritorio en presencia de un miembro de la generación mayor sería cosa diferente.

Hay una relación más íntima de lo que sospechamos entre la moral y la arquitectura y la decoración de interiores. Huxley ha señalado que las damas occidentales no se bañaban frecuentemente porque temían verse el cuerpo desnudo, y este concepto moral postergó durante siglos el nacimiento de las modernas bañaderas esmaltadas. Podemos comprender por qué en el diseño del antiguo moblaje chino se prestaba tan poca consideración a la comodidad humana, sólo cuando advertimos el ambiente confuciano en que vivía la gente. Los muebles chinos de caoba fueron ideados para que la gente se sentara erguida, porque ésa era la única postura aprobada por la sociedad. Hasta los emperadores chinos tenían que sentarse en un trono en el cual yo no querría quedarme más de cinco minutos, y en cuanto a eso los reyes ingleses no lo pasaban mejor. Cleopatra solía andar por ahí reclinada en un canapé llevado por sirvientes, porque, al parecer, jamás había oído hablar de Confucio. Si Confucio le hubiese visto hacer tal cosa, de seguro que le habría "golpeado los tobillos con un bastón", como hizo con uno de sus viejos discípulos, Yüan Jang, a quien encontró sentado en una postura incorrecta. En la sociedad confuciana en que vivíamos, las damas y los caballeros tenían que mantenerse perfectamente erguidos, al menos en ocasiones formales, y el menor intento de levantar una pierna habría sido interpretado en seguida como muestra de vulgaridad y falta de cultura. Es más: para demostrar mayor respeto, al ver a un funcionario superior, uno tenía que sentarse delicadamente en el borde de la silla, haciendo un ángulo oblicuo, lo cual era una muestra de respeto y la cumbre de la cultura. Hay también una íntima conexión entre la tradición confuciana y las incomodidades de la arquitectura china, pero no entraremos ahora en eso.

Gracias al movimiento romántico de final del siglo XVIII y principios del XIX, esta tradición de clásico decoro se ha perdido, y estar cómodo ya no es pecado. En cambio, ha ocupado su lugar una actitud más veraz hacia la vida, debida tanto al movimiento romántico como a una mejor comprensión de la psicología humana. El. mismo cambio de actitud que obligó a que se cesara de considerar inmorales las diversiones teatrales, y "bárbaro" a Shakespeare, ha hecho posible también la evolución de los trajes de baño de las mujeres, de las bañaderas limpias y de los sillones y divanes cómodos, y un estilo de vivir y de escribir más veraz y a la vez más íntimo. En este sentido hay una verdadera relación entre mi costumbre de apoltronarme en un sofá y mi intento de introducir una escritura más íntima y fácil en el moderno periodismo chino.

Si admitimos que la comodidad no es un pecado, debemos admitir también que cuanto más cómodamente se disponga •un hombre en un sillón, en la sala de un amigo, tanto mayor respeto muestra por su huésped. Después de todo, estar como en su casa y parecer cómodo en casa ajena no es más que ayudar al dueño o dueña de la casa a que tenga feliz éxito en el difícil arte de la hospitalidad. ¡Cuántas dueñas de casa han temido, han temblado ante la posibilidad de una fiesta en que los invitados no se muestren dispuestos a estar a sus anchas! Siempre he ayudado a los dueños de casa, poniendo una pierna sobre una mesita de té, o cualquier otro objeto cercano, y de ese modo he obligado a todos los demás a desprenderse de la capa de falsa dignidad.

Yo he descubierto una fórmula relativa a la comparativa comodidad de los muebles. Esta fórmula puede ser expuesta en términos muy sencillos: cuanto más baja es una silla, tanto más cómoda resulta. Muchas personas se habrán sentado en cierta silla de la casa de un amigo, extrañados de que fuera tan cómoda. Antes del descubrimiento de esta fórmula solía pensar yo que los peritos en decoración interior tenían probablemente una fórmula matemática que les daba la proporción entre la altura y el ancho y el ángulo de inclinación de las sillas, para procurar el máximo de comodidad a los que se sientan. Desde el descubrimiento de esta fórmula he visto que era más sencillo. Tómese cualquier mueble de pino de China y córtesele unos centímetros de las patas, e inmediatamente se hace más cómoda; y si se le cortan otros pocos centímetros, más cómoda aun se hace. La conclusión lógica es, claro está, que uno se siente más cómodo cuando está tendido en cama. Sí, es tan sencillo como eso.

Desde este principio fundamental podemos ir al corolario de que cuando nos vemos sentados en una silla demasiado alta y a la que no le podemos cortar las patas, todo lo que tenemos que hacer es buscar algún objeto sobre el cual podamos descansar las piernas y disminuir así teóricamente la diferencia de nivel entre las caderas y los pies. Uno de los sistemas más comunes que empleo es el de abrir un cajón del escritorio y apoyar en él los pies. Pero dejo al sentido común de cada uno la aplicación inteligente de este corolario.

Para corregir cualquier falsa idea de que acostumbro a estar repantigado durante la dieciséis horas que paso despierto en el día, debo apresurarme a explicar que soy capaz de estarme empecinadamente sentado ante el escritorio o frente a una máquina de escribir durante tres horas seguidas. Cuando quiero exponer claramente que el aflojamiento de nuestros músculos no es necesariamente un crimen, no pretendo decir que debemos tener los músculos flojos todo el tiempo, o que es la postura más higiénica que podemos asumir durante todo el día. Muy otra es mi intención. Al fin y al cabo, la vida humana se cumple en ciclos de trabajo y de juego, de tensión y aflojamiento. La energía cerebral del hombre y su capacidad para el trabajo se presenta en ciclos mensuales, como el cuerpo de la mujer. William James dijo que cuando se ajusta demasiado la cadena de una bicicleta no se consigue que corra mejor, e igual ocurre con la mente humana. Todo, al fin y al cabo, es cuestión de costumbre. En el cuerpo humano hay una capacidad infinita para nuevos ajustes. Los japoneses, que tienen la costumbre de sentarse en el piso con las piernas cruzadas, deben sufrir calambres, supongo, si se les hace sentar en sillas. Sólo si alternamos entre la postura absolutamente erecta, del trabajo en las horas de oficina, y la postura de tendernos en un sofá después de un duro día de trabajo, podemos lograr la más alta sabiduría de la vida.

Una palabra para las señoras: cuando no hay nada cerca para descansar los pies, pueden encoger las piernas y enroscarlas sobre un sofá. Nunca parecen ustedes tan encantadoras como cuando están en esa actitud.

 

La importancia de vivir, capítulo IX

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