4 abr. 2009

James Frazer – Nombres tabuados de los dioses

 

El hombre primitivo se crea dioses a su propia imagen. Xenófanes señaló hace tiempo[1] que la tez de los dioses de los negros era negra y su nariz chata; que los dioses de Tracia eran rubicundos y de ojos azules, y que si los caballos, bueyes y leones creyeran en dioses y tuvieran manos con que retratarlos, indudablemente darían a sus deidades la forma de caballos, bueyes y leones. Por eso, del mismo modo que el salvaje latebroso oculta su verdadero nombre propio porque teme que los hechiceros puedan hacer un mal uso de él, así también imagina que, de igual manera, sus dioses deben guardar secreto su verdadero nombre, temiendo que otros dioses y aun hombres aprendan su místico sonido y puedan conjurarles con ellos. En ninguna parte se mantuvo más firme o más plenamente desenvuelto este concepto tosco del misterio y la virtud mágica del nombre divino que en el antiguo Egipto, donde las supersticiones de un pasado ignoto se momificaron en los corazones de las gentes con tanta eficacia como los cadáveres de gatos, cocodrilos y toda la serie de animales divinos en sus tumbas de roca viva. El concepto está bien esclarecido en una leyenda que nos cuenta cómo la astuta Isis consiguió de Ra, el gran dios egipcio del sol, su nombre secreto. Isis, según la leyenda, era una mujer de poderosa palabra, hastiada del mundo de los hombres y ansiosa del mundo de los dioses. Ella meditó en su corazón, diciéndose: ¿Por qué no puedo, por la virtud del gran nombre de Ra, hacerme diosa y reinar lo mismo que él en el cielo y en la tierra? Porque Ra tenía muchos nombres, pero el gran nombre que le daba poder sobre todos los otros dioses y sobre los hombres, sólo era conocido por él mismo. El dios se iba haciendo viejo, su boca baboseaba y la saliva caía al suelo. Así, Isis recogió el salivazo y tierra con él y la amasó moldeando una serpiente que dejó en el sendero por donde el gran dios pasaba todos los días a su doble reino según los deseos de su corazón. Y cuando él llegó, como de costumbre, seguido de toda la compañía de los dioses, la serpiente sagrada le mordió y el dios abrió su boca y su grito llegó al cielo. Los que le acompañaban preguntaron: "¿Qué le duele?" Y la compañía de los dioses dijo: "He aquí, mirad". Pero él no podía responder; sus mandíbulas rechinaban, sus labios temblaban, el veneno corría por su carne como el Nilo inundaba el país. Cuando el gran dios hubo aquietado su corazón, gritó a sus acompañantes: "Venid a mi, ¡oh criaturas mías, nacidas de mi cuerpo! Soy príncipe, hijo de príncipe, la estirpe divina de un dios. Mi padre inventó mi nombre; mi padre y mi madre me dieron mi nombre y ha permanecido oculto en mi cuerpo desde mí nacimiento para que ningún mago pudiera tener poder mágico sobre mí. He ido a contemplar lo que he creado. He paseado por los Dos Países,[2] que yo hice y ¡ved! algo me ha mordido. ¿Qué era? Yo no lo sé. ¿Era fuego? ¿Era agua? Mi corazón arde, mi carne tiembla, todos mis miembros están convulsos. Traedme todas las criaturas de los dioses con sus palabras saludables y sus labios inteligentes, cuyo poder alcanza el cielo". Entonces llegaron a él las criaturas de los dioses y todas estaban muy apenadas, cuando llegó, con sus astucias, Isis, cuya boca está llena de aliento de vida,[3] cuyos conjuros alejan el dolor, cuya palabra hace revivir a los muertos. Y dijo: "¿Qué es, divino padre? ¿Qué es eso?" El sagrado dios abrió su boca y habló así: "Iba por mi camino. Caminaba paseando a gusto por las dos regiones, contemplando lo que he creado, cuando ¡he aquí que una serpiente que no vi me mordió! ¿Es esto fuego? ¿Es agua? Estoy más frío que el agua, estoy más abrasador que el fuego; todos mis miembros sudan. Tiemblo, mi vista se desvanece, no veo el cielo, la humedad baña mi cara como en el estío." Entonces habló Isis: "Dime tu nombre, Padre divino, pues vivirá aquél a quien se le llame por su nombre". Entonces Ra respondió: "He creado los cielos y la tierra. He ordenado surgir las montañas. He hecho el grande y ancho mar. He tendido como una cortina los dos horizontes. Soy quien abre sus ojos, y hay luz, y quien los cierra, y todo es oscuridad. A mi mandato, el Nilo se desborda, pero los dioses no saben mi nombre; Khepera en la mañana, Ra mediodía, Tum en la tarde". Pero la ponzoña no se le quitó; penetró aún más hondo y el gran dios no podía andar. Entonces le dijo Isis: "No es tu nombre el que me has dicho, ¡oh! dímelo para que la ponzoña salga, pues vivirá aquel cuyo nombre sea pronunciado." Ya el veneno quemaba como fuego; él estaba más ardiente que las llamas del fuego. El dios dijo: "Consiento que Isis busque dentro de mí y que mi Nombre pase de mi pecho al suyo." Entonces el dios se ocultó de los demás dioses y su lugar en la barca de la eternidad quedó vacío. Así le fue quitado al gran dios su nombre e Isis la hechicera habló: "Fluye fuera, ponzoña, ¡sal de Ra! Soy Yo, Yo misma la que vence al veneno y lo tira al suelo; porque el nombre del gran dios le ha sido arrebatado a él. Deja a Ra vivir y que muera el veneno." Así habló la gran Isis, la reina de los dioses, la que conoce a Ra y su nombre verdadero. De esta leyenda se deduce que el verdadero nombre del dios, con el cual estaba unido inextricablemente su poder, se suponía situado, en sentido casi físico, en algún sitio de su pecho, del que Isis lo extrajo por una especie de operación quirúrgica y lo transfirió a sí misma con todos sus poderes sobrenaturales. En Egipto, intentos semejantes a los de Isis para apropiarse el poder de un gran dios, apoderándose de su nombre, no fueron únicamente leyendas referentes a los seres míticos de un pasado remoto; cada mago egipcio aspiraba a ejercer poderes semejantes por medios similares. Se creía que el que poseyera el verdadero nombre propio, poseía al verdadero ser del dios o del hombre y podría forzar incluso a una deidad a que obedeciera como un esclavo obedece a su amo. Así el arte del mago consistió en obtener de los dioses una revelación de sus nombres sagrados y no dejar sin mover una sola piedra hasta conseguirlo. Cuando en un momento de debilidad o de olvido comunicaba la deidad al hechicero su pasmoso secreto, la deidad no podía hacer ya otra cosa que someterse humildemente al hombre o pagar la penalidad de su contumacia.

La creencia en la virtud mágica de los nombres divinos fue compartida por los romanos. Cuando emprendían el asedio de una plaza, los sacerdotes romanos se dirigían a la deidad guardiana de la ciudad con oraciones o conjuros, invitándola a abandonar la ciudad sitiada y venir a los romanos, que la tratarían tan bien o mejor que pudiera haberlo sido en su antigua patria. Por eso, el nombre de la deidad protectora de Roma se conservaba en profundo secreto por miedo a que los enemigos de la república pudieran atraerla de igual modo que los romanos habían inducido a muchos dioses a desertar como ratas, en días de desgracia, de las ciudades que los habían acogido en días de fortuna. No sólo el nombre verdadero de la deidad protectora, sino el nombre de la ciudad mismo quedaban guardados en el misterio y no podían ser nunca pronunciados ni aun en los ritos sagrados. Un tal Valerio Sorano, que se atrevió a divulgar el secreto inapreciable, fue muerto o termino de mala manera. De igual modo, parece que los antiguos asirios tenían prohibida la mención de los nombres místicos de sus ciudades y hasta los tiempos modernos los cheremís del Cáucaso mantienen secretos, por motivos supersticiosos, los nombres de sus aldeas comunales.


[1] Seis siglos a. c. y algún tiempo antes que Feuerbach afirmase que el hombre venera en Dios su propia naturaleza.

[2] Alto y Bajo Egipto.

[3] Génesis, u: 7: ". .y alentó en su nariz soplo de vida".

 

La rama dorada, capítulo XXII 5

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