8 de abr. de 2009

Isidoro Blaisten - Las cosas que nunca nadie me explicó

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Esta historia de las cosas que nunca nadie me explicó empieza en la escuela primaria cuando cantábamos a coro “Feguasoma ya sus rayos iluminan el histórico convento...” Cantábamos con ge, cantábamos con efe, cantábamos todo junto “Feguasoma”. Lo de Febo asoma fue una revelación posterior cuando ya la magia estaba rota. Pero por esa época yo como tantos, como todos, confundía abeja con oveja y me imaginaba el panal de miel pegoteado de vellones de lana. Yo, como todos, vivía sumido en hondas cavilaciones mustias, atormentado por graves interrogantes. Por ejemplo: me paraba frente a las vidrieras que tenían la inscripción “Blanco y Mantelería”, pero los manteles no eran blancos, eran de colores y a cuadros. Entendía que toda mi vida estaba marcada por una angustia permanente.
En un reciente y único viaje a Israel, llegué a averiguar que el extinto David Ben Gurion se denomina en hebreo Duvet Ben Gurion. Fue todo lo que llegué a comprobar. También en Israel averigüé por aproximación lo de “Menaje”. Beguin se llama Menajem, pero no me aclaró lo de menaje, sin la eme final. Por que a mí me tenía obsesionado lo de “bazar y menaje”. ¿Qué era el menaje? Aún hoy, después de algunas cosas en la vida, no lo sé. Como no sé tampoco por qué nunca vi bonetes en las boneterías ni marroquíes en las marroquinerías.
La posibilidad traslaticia de las vainillas, por ejemplo, me dejaba más frustrado que perplejo. Yo, cuando me portaba bien y me daban los veinte centavos, solía ir a tomar una leche fría con crema y vainillas. Era todo un rito, un ritual. Los altos taburetes, la mesada de mármol, las paredes de azulejos, el afiche en la pared de la vaca que sonreía, todo el encanto y la limpieza de la red de lecherías de La Vascongada. Últimamente descubrí que los Países Vascongados se refieren a los vascos, a los separatistas, y no al Vascolet.
Pero todavía sigo hurgando en mi desconsuelo y en mi memoria sin poder encontrar aquellas vidrieritas misteriosas, aquellos escaparates con hilos, con aquellas muestras de telas perforadas: las vainillas. Porque las otras vainillas, esas chauchitas negras y arrugadas que mi hermana Paulina me mandaba a comprar para hacer el dulce de leche, eran otra cosa. Tenían un aroma de gloria, un olor de mujer y un gusto de ausencia. Esas vainillas había que ir a comprarlas a Al Gran Visir. En el cartelón del frente estaba escrito Cafés y Tés Al Gran Visir, y estampado en oro y escarlata, pintado como un santo en la vidriera, un turco gordito, de chaleco y babuchas, fumando un nargilé, luciendo su turbante, sonreía.
Nunca pude entender eso de “el Al”. ¿Por qué no El Gran Visir y porqué sí Al Gran Visir? Esto de “el Al” tampoco lo pude resolver en Israel. Y así como, cuarenta años atrás, me quedaba parado frente a la vidriera de Al Gran Visir, tratando de resolver el problema de “el Al”, así me quedé parado en Jerusalén mirando la vidriera de El-Al, la compañía de aviación de Israel, pensando en los curiosos caminos del Señor en su infinito designio.
Pero en aquellos años todos los chicos estaban enfermos de tos convulsa y las madres metían a los hermanitos en la misma cama para “que se contagien” y así poder atenderlos a todos juntos. La tos convulsa me fascinaba. ¿Qué era la vulsa? La tos convulsa era, para mí, tos con otra cosa. Una cosa llamada “vulsa”. Una cosa revulsiva como un vacuolo, que iba pegada a la tos como una sombra.
Nosotros, los chuscos del barrio, los procaces muchachones, solíamos decir tilinguerías, chascarrillos referidos al mundo del cine. Solíamos decir, por ejemplo “Macarrone” en lugar de Mickey Rooney, “Jugo del barril”, en lugar de Hugo del Carril, y “Tirame del pulóver” en lugar de Tyrone Power. Creo que ahí descubrí la literatura, el lenguaje y sus acechanzas, la ambigüedad y coherencia de la lengua. Mi madre, mis cinco hermanas y la tía Fermina se estaban riendo de alguien a quien el saco le había quedado corto como una torera, como una torerita. A Tyrone Power, que lucía la torera, la torerita, había que tirarle del pulóver.
Cuarenta años atrás había descubierto que era mucho más lindo ver marroquíes en la marroquinería que carteras de cocodrilo, que era mucho más lindo ver zíngaros en la zingería que pedazos de hojalata en las vidrieras, y que no importaba el verdadero significado de la palabra torera, el verdadero significado de la verdad, porque la literatura es eso, la más hermosa de todas las mentiras.
Creo que me he hecho escritor gracias a las cosas que nunca nadie me explicó. Siendo adolescente, por ejemplo, comenzaron a llamarme la atención algunos refranes. Yo oía a la gente decir: “Aprovechá gaviota, que no te verás en otra”. Y pensaba: “Qué tiene que aprovechar la gaviota”. He mirado gaviotas en varios lugares del mundo, las observé detenidamente. Nunca encontré una gaviota aprovechadora.
Otro refrán era: “A lo hecho, pecho”. La verdad, nunca lo entendí. Tejí historias lujuriosas; fue lo máximo que alcancé a tejer. Pero el refrán que más me desconcertaba era el siguiente: “Al freír será el reír”. Había visto a mi madre freír buñuelos y torrejas, croquetas y albondiguillas. Nunca se reía. La tía Fermina también freía, pero nunca la sorprendí riéndose. En cambio, las dos se reían de la torera. Este refrán, “Al freír será el reíar”, me sigue persiguiendo. Primero, qué es lo que freía el que se reía. Segundo, de qué se reía. Sólo pude imaginar la siguiente escena: un cocinero sardónico con una sartén en la mano y alguien muy puro que pregunta: “¿De qué te reís?”, y el cocinero sardónico que contesta: “De lo que estoy friendo”. No sé por qué estos refranes me hicieron recordar siempre a las novelas del realismo socialista.
Otro refrán torturante era “Nobleza obliga”. ¿A qué, a quién, obligaba la nobleza? Por aquel entonces, nosotros fumábamos a escondidas los cigarrilos Caravanas, fabricados por la Compañía Nobleza de Tabacos. La propaganda era: “Y no se quede con las ganas. Fúmese un Caravanas.” Entonces yo juntaba la Compañía Nobleza que obligaba, juntaba el tango “Tomo y obligo”, y obtenía una nobleza viciosa que bebía y fumaba y que nunca me aclaró el refrán. Siempre supuse que las propagandas eran medio sádicas por aquella época. La de los cigarrillos 43 propendía a una legión de mutilados. Decía: “Hasta quemarme los dedos. Siendo un 43”.Así transcurrió mi adolescencia.
Más tarde, en la ardorosa juventud, las cosas que nunca nadie me explicó en vez de metafóricas se volvieron metonímicas. Entonces, Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti y Antonio di Benedetto fueron para mí una sola persona. Y el doctor Johnson, las curitas Johnson y las técnicas sexuales de Masters y Johnson se juntaron en un solo haz. Y Jardiel Poncela, Camilo José Cela y Arturo Cancela fueron para mí una única y sola persona, un escritor triple, una santísima trinidad. Después avancé: confundía de a dos: André Malraux y Francois Mauriac. Esta cuestión especular también venía de lejos, de cuando yo era chico y oía deambular a mis cinco hermanas entre los altos cortinados de macramé con angelotes y rosetas cuadriculadas. Una tarde, mientras yo caminaba por los rincones tratando de desentrañar la diferencia entre el carbuncio y la peste bubónica, sorprendí un retazo de conversación: “Lleva una doble vida”. Ahí entendí. La vida es doble. La dialéctica era eso. Hegel era una humorada del destino y yo había descubierto qué hay detrás del espejo. Detrás del espejo hay otro espejo que nos devuelve la imagen del espejo que estamos mirando. Ahí comprendí porqué en la lata de café de Al Gran Visir hay un visir sentado que a su vez tiene un visir sentado que a su vez tiene una lata con el mismo visir sentado que a su vez tiene una lata con el mismo visir sentado y así hasta el infinito, y entonces lo descubrí todo. Descubrí el gato en la sartén. El envase de Puloil, el infinito universo, las cosas que no sucederán, el Aleph en la cocina de mi madre y aprendí a acariciar detalles.
“En literatura hay que acariciar los detalles”, dice Nabokov. Pero esto yo ya lo sabía. Lo que no sabía era lo que había dicho Lenin, Lenin había dicho: “Las grandes cosas se hacen de pequeños detalles”. Lo curioso es que Nabokov es echado de Rusia por la revolución de Lenin. Lo curioso es que Lenin había dicho en política lo mismo que Nabokov había dicho en literatura. La teoría del espejo se cumple y se resuelve y entonces confabula y configura una de las formas más aviesas de la literatura: el hecho poético.
Uno puede lograr todo en la vida, pero si uno llega a explicarse las cosas que nunca nadie le explicó, está perdido. Veamos un ejemplo: en mi infancia yo nunca logré saber qué era el cisne de Avon. Yo buscaba un cisne en los cuadernos Avon pero sólo encontraba una espiral de alambre en la tapa. En cambio, había un cisne majestuoso en la tapita de la Indian Tonic Cunnington. ¿Qué hacía allí? Después había una cosa peluda que usaban mis hermanas para ponerse el colorete y a la cual llamaban “cisne”; nunca entendí nada. Sin embargo, aunque yo no haya escuchado el canto del cisne, entendía, entendí y entenderé, todos entenderán eso de “viejo muere el cisne”. Entenderán, aunque nunca lo hayan visto, aunque el cisne nunca cante, por qué canta hasta morir. Simplemente porque eso es la literatura.
Ciertas tardes, todavía, suelo escuchar la música de un mundo que ya no está: escucho la corneta del manisero, el triángulo del vendedor de barquillos, la hermosa y permanente música de la siringa del afilador; de esa época recuerdo la mano de mi madre y mis ojos a la altura exacta de su mano, a la altura exacta de las mesas de saldos de Al Encaje de Bruselas. El sonido irreal del dril y del percal, el tisú y la percalina. Nunca entendí estas palabras, pero las sigo escuchando como la música de la siringa. Y siempre voy a recordar el gesto impecable del vendedor formando la cascada impecable del casimir sobre los mostradores y voy a pensar en el fil-a-fil y el afilador. Y aunque nadie me haya explicado por qué Aída era celeste en “Celeste Aída”, aunque no haya podido averiguar todavía qué contrabandeaban los contrabandistas de Carmen, aunque ignore por qué no llovía en toda la lata de Terrabussi, la nena seguirá bajo el paraguas y la muselina del tarlatán que compraba mi mamá seguirá sonándome en el oído como el sable del sarraceno, los brahamanes de la India, la cimitarra de Sandokán. En definitiva, no quiero que me expliquen las cosas que nunca nadie me explicó. Porque las cosas que quedaron ahí, en la lejanía del moño de Carlos Gardel y de las medias Morley son para mí la literatura. Prefiero no saber de qué trabajaba el hortelano de “El perro del hortelano”; prefiero pensar como pensaba hace cuarenta años que algo espurio debe de haber en aquella palabra. Prefiero seguir contemplando la ambigüedad de aquel perro chiquito ladrándole a una victrola enorme de la RCA Víctor. El que ladraba era un perro, pero la leyenda decía: “La voz del amo”.
Yo, ahora que ya soy grande, ahora que ya no hay madre, pienso que escribir es eso: tratar de volver a aquella casa, con Sandokán, Gaboto, el mapamundi, junto a las cosas que nadie me explicó, para ver si regresa la fragata desde aquel mapa antiguo.

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