14 mar. 2009

Isidoro Blaisten - La puntualidad es la cortesía de los reyes





A las 12 y 45 se va a matar. Son ahora exactamente las 10 y 36 de la noche. De manera que faltan dos horas y 9 minutos.


A las 12 y 39 se va a arrodillar al lado de la biblioteca y del estante de abajo va a sacar la caja de la Luger. La caja de la Luger es de caoba, con dos precintos rebatibles que se abren haciendo presión. Los va a soltar, va a levantar la tapa y antes de poner la mano abierta por debajo de la empuñadura, antes de apretar el acanalado de fieltro, va a acariciar con la yema de los dedos, como un ciego, toda la superficie de acero empavonado. "Una maravilla, una belleza, una joya mecánica". Inmediatamente va a tener una visión: se ve hablando otra vez de la Luger, contando la historia que cuenta siempre y que ya no va a volver a contar. "Una maravilla, una belleza, una joya mecánica. Fijate vos qué bien hecha estará que desde la guerra del catorce no le cambian el diseño. No, mucho antes todavía. La inventaron por... Calculá que yo vi una foto del modelo de 1896. Ahora ¿sabés que el que la inventó primero no fue Luger no?. No, fue Bochar, o Bochart, nunca me sale el nombre". Con la diferencia de que esta vez no habrá nadie para decir: "Mirá vos, yo que creía que", nadie para preguntarle: "Pero entonces ¿por qué se llama Luger?", nadie para que él pueda responder: "Se llama Luger porque la inventó el ingeniero Luger, George Luger, el inventor de la Parabellum. ¿Y sabés por qué se llama Parabellum? Porque Parabellum quiere decir en latín: para la guerra, para lo bélico, para la beligerancia. Sí, sí, podrá ser en latín germánico. Pero lo interesante del caso es esto, fijate: dos inventores que no se conocen, uno en Alemania, otro en los Estados Unidos, inventan lo mismo, el mismo año, con el mismo diseño, ¿qué me decís? ¿Y sabés quién fue Bochar? El inventor del Sharp 44. ¿Y sabés lo que es el Sharp 44? Es el fusil que usaba el coronel William Cody, Buffalo Bill. Un fusil de retroceso. Parecía un cañón. Lo apoyabas mal y te quedabas sin hombro. ¿Y qué te parece? Para matar búfalos era. Un genio de la mecánica el Bochar este. Además tenés que ver la cantidad de máquinas que inventó: mirá, inventó una máquina que lubricaba balas de plomo, una máquina para envolver balas en papel, otra para enderezar el alambre de acero, después quemadores de gas, rulemanes, un genio. Ahora, hay quien dice que Luger le copió el diseño a Bochar, pero yo no creo, porque... ". No va a haber nadie para que él pueda contar cómo fue que Luger y Bochar se conocen por fin en 1895, cómo después se enemistaron para siempre, cómo se vuelven a encontrar en 1900, en los Estados Unidos, cuando la Marina hace las pruebas para...

Nadie. Aunque por esta vez, ya sobre el filo de las 12 y 45 va a ver algo que nunca vio antes: va a estar con él, con uniforme caqui, con enormes antiparras como el mariscal Rommel, allá, en el Afrika Korps, emergiendo de la torre abierta del tanque insignia, llevando la mano hacia la funda de la Luger mientras los disparos de las bazucas atraviesan el cielo del desierto, a las 12 y 44 de la noche.

Pero todavía falta. Son ahora las 10 y 36 y apenas hace un minuto que María del Carmen bajó el último escalón y su nuca, mejor dicho el pelo de la nuca de María del Carmen, ha dejado de verse, y sólo quedó el resplandor del cartel de YPF y él acaba de cerrar el ventanuco y ha vuelto a la cama.

En la cama va a meditar siete minutos sobre si es mejor prepararse un mate o un mate cocido y se va a decidir por el mate cocido porque sería algo distinto, y en cambio, el mate ha quedado ahí, sobre la mesa baja, con la yerba oscurecida, frío, como una forma extraña y petrificada, y al pensar esto, esto de la forma extraña y petrificada, va a sentir un terror unánime, un miedo infantil. "No es propio de la hora", va a decirse, pensando que se le ha ocurrido algo muy irónico. Pero la verdad es que tiene miedo. "Esto se deja para las seis de la tarde", insiste, "cuando la humanidad agacha la cabeza, y empieza a oscurecer". Pero no, no le causa gracia, ni siquiera consigue sonreír y piensa: "Como los chicos, gracioso sin gracia", y va a la cocina y pone a calentar el agua exactamente a las 10 y 43 sintiendo el frío que se cuela por la banderola que da a la terracita.

Mientras prepara el mate cocido va a tener una sucesión de pensamientos inconexos. Son una serie de frases hechas: "Un solo día entero de paz", "la puntualidad es la cortesía de los reyes", "siempre llegando tarde a todas partes" y "atmósfera pesada". Habría que agregar "las catedrales no se reconstruyen", pero él no lo ha pensado y de cualquier forma la que importa es:"La puntualidad es la cortesía de los reyes".

Sacudiéndose el frío va a volver a meterse en la cama, pero antes va a dejar la taza en la mesa baja. Cuando mira el humo que sale de la taza como si saliera de la mesa porque ahora está al mismo nivel, porque recién se tapó hasta el mentón con la cobija y ahora está agarrándose los hombros, en una posición antigua, de feto, pensando:"Es una hora transitoria. Podría llamar por teléfono", siente que el miedo ha empezado a moverse.

Entonces, cuando son las 10 y 46, ya está vestido, parado junto al taburete del teléfono. Pero no va a llamar a Cristina. Va a mirar por todas partes tratando de recordar dónde habrá dejado la agenda aunque el número de Cristina lo sabe de memoria.

Ahora el miedo le va subiendo por la espalda.

A todo esto ya son las 11 menos 10. Lo sabe porque acaba de mirar el despertador, verde, ordinario, que cuando anda hace un ruido como si fuera La Porteña, "La Porteña en sus mejores épocas, María del Carmen, bien aceitadita, bien polenta, con el general Mitre arriba, saludando a los chantas con el chambergo y todos los opas mirando, diciendo: 'Mirá, mirá cómo anda'" y que anda porque María del Carmen lo pone en hora con el teléfono y le da cuerda y que está en el tercer estante de la biblioteca, pero no en la biblioteca donde está la Luger, en la otra, y el miedo ya está a la altura del hombro, y da la vuelta, y baja rápidamente convertido en una rata que huye perseguida por el decapitado que quiere quemarla con el fuego. "¿No estaré loco yo?" De ninguna manera. No está loco. Sólo que no sabe dónde dejó la agenda, no sabe para qué la busca, no sabe todavía que se va a matar.

Y hasta las 11 y 2 minutos el tiempo se le va a ir en esto: mirar por la ventana las hojas caídas en la terracita, volver a pensar dónde habrá dejado la agenda, llevar la taza de vuelta a la cocina, saludar militarmente a la máquina de escribir que está en la mesa, debajo de la ventana, apoyar la palma contra el intersticio del marco, meditar en cómo entra el frío y pensar seriamente en que debería hacer algo con las manos.

"Trabajo manual. Necesito trabajo manual". Acá va a recordar a su hermano Manuel, y ya el miedo ha bajado del todo y se aleja por el piso sucio hasta desaparecer por debajo de la biblioteca. Y al agacharse para ver cómo el miedo se va yendo, repara en que es verdad, que tiene razón María del Carmen, que es un buen parqué, necesitaría una buena encerada no más. "Cedro. Madera noble". Piensa que hace mucho tiempo estuvo limpio.

Está triste, parece. Para peor, debajo de la biblioteca, debajo del último estante donde está la caja con la Luger, ve algo blanco. Se arrodilla, estira la mano, y es una tiza. "De cuando la nena era chiquita, todavía. Bueno, bueno, vamos, estas cosas no, golpes bajos no, recursos facilongos no, bienes de consumo sí".

Pero la tiza, la tiza casi intacta y como envuelta, acolchada en una pelusa gris, era de aquel entonces, todavía, y a las 11 y 2 minutos, al sacudirse las rodilleras del pantalón, al soplar la tiza, al dejarla lentamente en el taburete donde está el teléfono, ya está definitivamente triste.

"Tendría que sonar el teléfono", piensa. Pero Cristina no va a llamar. Por más que él dé vueltas y vueltas alrededor del taburete.

Y entonces, al lado del teléfono, al lado de la tiza, ve que está la agenda. Ni siquiera la va a abrir. La va a tirar sobre la cama deshecha. "Como si fuera James Bond que llega a su suite privada del Waldorf Astoria y se va a dar una ducha caliente antes de encontrar una javanesa desnuda en el placard. Entonces James Bond saca todo de los bolsillos y lo tira sobre la cama porque va a cambiarse de traje", y cae la agenda entre la cobija y las sábanas revueltas, y él acaba de sentir el perfume de María del Carmen.

Ya son las 11 y 7 minutos. Tiene hambre. Meticulosamente va a buscar en todos los bolsillos. Ha encontrado tres monedas de cincuenta y las va a desparramar en el cenicero grande. "No puede ser", piensa y sigue buscando hasta que del bolsillo de adentro del gabán que está sobre la silla saca otra moneda de un peso. La pone cuidadosamente al lado de las otras. "Ah, ya me parecía que no podía ser. Dos cincuenta. Justo. Para viajar mañana".

En fin. Se está engañando. Primero, porque ya hace bastante tiempo que no tiene la menor idea de lo que va a hacer mañana; segundo, porque dentro de tres minutos el miedo va a empezar a acosarlo otra vez, y tercero, porque a las 12 y 45 se va a matar.

O sea: tiene tres minutos para darse cuenta de que el miedo le va a andar tocando la cara, para correr un poco la cobija y sentarse cerca de la agenda marrón que ni siquiera piensa abrir, a pesar de que recién pensó que quizás, abriéndola, el miedo se va a ir por donde ha venido.

Tampoco le sirve de nada que trate de ponerse contento porque descubrió los cigarrillos. Estaban debajo de los carbónicos, casi metidos entre la mesa y la máquina de escribir. El paquete ya abierto que deja siempre María del Carmen. María del Carmen siempre le deja cigarrillos, con dos o tres cigarrillos sacados previamente como si los hubiera sacado de él, como si él se hubiera dejado olvidado el atado en los lugares más insólitos.

A veces encuentra plata, también.

Y ya son las 11 y 12 minutos cuando recordó la nuca, mejor dicho el pelo de la nuca de María del Carmen desapareciendo tras el último escalón, cuando eran las 10 y 35, cuando sintió ganas de correrla por la escalera, correrla por la calle, alcanzarla antes de que tome el taxi, antes de cerrar el ventanuco, antes de ver por penúltima vez el cartel de YPF bamboleándose en el viento como un alerón caído, y que ahora ilumina (con su resplandor lívido) las hojas amontonadas en la terracita arrastrándose por los mosaicos, moviéndose con un crujido de papel y que él mira a través de la ventana un poco antes de meterse en el baño, sentir el frío que le viene desde los azulejos, mojarse un poco la nuca en la canilla de la bañadera, porque la de la pileta no funciona, la de la pileta está atada con piolines para que no pierda y el caño que baja está vendado como Tutankamón, cuyo sepulcro fue descubierto por Lord Carnavon en 1922, año en que el ingeniero Luger embarca para Bélgica mil pistolas sin la denominación original de fábrica, ya no decían "Parabellum", pero tenían esmaltado el escudo de la reina abajo de la empuñadura. ¿Te imaginás lo que era eso, no?, ¡una belleza!, y encima del vendaje la embadurnó con una pasta para calafatear botes, de apuro, una pegajosa pasta que no se secaba nunca, que tardó como cinco años en secarse, de cuando la nena era chiquita, todavía, pasaron más de diez minutos y ahora son casi las 11 y media, 11 y 25 con más precisión, porque cuando sale del baño, cuando empuja la puerta para que cierre bien y no entre el frío, ve el despertador de frente.

"Bien", dice en voz alta. Y después piensa:"Por qué será que cuando uno dice bien, siente que está roto por dentro". No obstante vuelve a decir: bien, pero ahora mirando a los costados, con picardía casi, como si alguien estuviese, aunque sin poder sonreír, porque ya el miedo le anda por la boca.

Pero, ahora que ha vuelto a recordarlo, tampoco hubiera podido correr detrás de María del Carmen: a esa hora estaba completamente desnudo. Piensa que sería lo único que faltaba para completarla: "Que los vecinos me vean correr completamente desnudo por la calle".

A continuación, y siendo ya las 12 menos cuarto, porque ha perdido veintiún minutos valiosos, como corresponde va a recordar a mamá. "¿A papá no?". "No. Ya te dije que no. No tengo ningún recuerdo. No me acuerdo de nada. Ya te lo dije más de mil veces". "Pero de tu mamá sí", insiste María del Carmen, "no puede ser que no te acuerdes nada de tu mamá". Ahora que el miedo se le ha instalado debajo de la lengua, siente la atmósfera pesada. "Atmósfera pesada", piensa, y mira la máquina de escribir llena de polvo, corre el sillón ministro, se sienta, se queda meditando, si va a apretar la letra o no no va a apretar la letra o. Y después de prender y apagar dos cigarrillos, da vuelta la moneda de un peso en el cenicero y cuando intenta decir en voz alta:"Voy a llamar yo", ve que lo único que ha conseguido es mover el miedo debajo de la lengua. Se levanta y va hasta el taburete del teléfono, se sacude concienzudamente el pantalón a la altura de las rodillas (aunque a las 12 y 39 va a ensuciárselas otra vez) y marca. Son las 11 y 58. "... Cincuenta y ocho minutos, cero segundo. Pip, pip, pip. Observatorio Naval del Ministerio de Marina. Veintitrés horas, cincuenta y ocho minutos, diez segundos. Pip, pip, pip". Y corta, pensando esto:"En general, María del Carmen, pensándolo con toda malicia, cuando uno tiene hambre, conviene pensar en un sorbete. Un sorbete de moras y tamarindo bañado al chocolate". "¿Estás loco, helados en invierno, a esta hora, con este frío, en este barrio?", diría María del Carmen. "Únicamente en el centro, mi querido. En general, los helados en invierno están reñidos con los bienes de consumo. Y además, mira a estribor: sólo tienes a estribor la heladería Faraón, donde yo suelo tomar el taxi, y no olvides que la heladería Faraón mantiene sus puertas cerradas cuando no sopla el simún, y los belfos de las bestias no se achicharran contra el viento del norte; no, mi querido, no". Y mira el despertador verde.
Las 12 de la noche. Abre el ventanuco. Ve cómo la luz de neón del cartel se gasta contra el frío, ve los plátanos en la perspectiva de los adoquines, ve subir la neblina húmeda entre las ramas peladas, y cuando cierra, por última vez, el ventanuco, en el despertador verde ve que son las 12 de la noche. "Siempre llegando tarde a todas partes", piensa, "la puntualidad es la cortesía de los reyes". Y vuelve a sentarse frente a la máquina de escribir. Son las 12 y 2 minutos y es como si recién descubriera que nunca tuvo funda. "La que nunca tuvo novio". Pero ya se dijo que no, que es inútil, que no va a poder sonreír. Lo único que puede hacer es sacar otro cigarrillo y pasarse casi dos minutos ablandándolo porque ahora los cigarrillos vienen una porquería y porque prácticamente se tira sobre el teléfono. "No", piensa, terminó. Y acá él tendría que agregar: "Las catedrales no se reconstruyen".

"Estoy seguro de que en la heladera hay dos fetas de salame y medio pancito". Porque él guardaba el pan en la heladera, decía que así se conserva mejor para mañana. Y mientras vuelve a meterse en la cama, vestido, con zapatos, pensando: "Mejor lo guardo para mañana", no sabe que se va a quedar dormido hasta las doce y treinta y ocho minutos, hora en que se va a levantar. Y caminando muy despacio es acá cuando comienza a arrodillarse junto a la biblioteca, a las doce y treinta y nueve, cuando va a sacar la Luger de la caja de caoba, va a acariciar la empuñadura, va a mirar la corredera donde tiene estampada la fecha de fabricación, que es de mil nueve cuarenta y dos, antes que la cambiaran por la Welther P-38, porque la Luger, ¿sabés cuántas operaciones de fresado lleva? Tiene quinientas operaciones de fresado. ¿Qué me decís? Toda una joya mecánica, pero ¿qué pasa? Muy lento, muy lento. Muy lento para época de guerra. Pero, así salió. Fijate vos: todavía las sigue fabricando la fábrica Mauser. ¿Y sabés cuál es el lema de la Luger? Toda una generación sin cambios. Desde mil nueve veintidós. ¡Qué mil nueve veintidós! ¡Mil novecientos cuatro! Cuando la usaron para la marina imperial, la marina de guerra alemana, nada menos.

Bien. ¿Por qué será que cuando uno dice "bien", uno siente que está roto por dentro? Bien, ha llegado la hora. Dentro de un minuto se va a matar y no habrá nadie. Nadie para preguntarle:"Pero che, ¿cómo es que sabés tanto de armas?". Nadie para decirle:"¡Pero che, yo pensaba que era más simple!".

Nadie. Hasta el miedo se ha ido definitivamente. Y mientras el mariscal Rommel lleva la mano hacia la funda de su Luger y los disparos de las bazucas atraviesan el cielo sobre los tanques, él siente la atmósfera pesada, piensa: "Atmósfera pesada", piensa: "Un solo día de paz", se dice "siempre llegaste tarde a todas partes", recuerda, como recuerda lo de las catedrales, "la puntualidad es la cortesía de los reyes", todo junto, a las doce y cuarenta y cuatro, hora en que falta un minuto para que empiece a sonreír por primera vez, hora en que mira las cachas de bakelita, la ranura donde va la culata adosada, va a levantar la uña que indica mediante la palabra geladen la recámara recargada, grabada en bajo relieve, incrustada en el acero, porque a las doce y cuarenta y cinco se va a matar. Él no lo sabe. Pero yo lo sé.



En Dublín al Sur (1980)

Cortesía: Escribirte

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