13 mar. 2009

Isidoro Blaisten - Beatriz querida




Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida,
Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges.
Jorge Luis Borges, El Aleph

Tengo que escribir un cuento. Me van a pagar trescientos veinticinco dólares. Tengo un mes para escribirlo, mejor dicho, treinta y cuatro días a partir de hoy, y tengo que respetar las leyes del juego. Las leyes del juego de la Editorial Siluetas en lo que respecta a su semanario Romance son las siguientes: sexo, poco y lo imprescindible; si hay adulterio, ella o él, según el caso, tienen que volver al redil. Final feliz. Nada de malas palabras, nada de conflictos sociales, nada.
Trescientos veinticinco dólares es una cifra. Es casi medio año de alquiler, es el sueldo anual de la señora que viene a limpiar la casa, es todo lo que puedo consumir de café durante el año.Hoy es veintinueve de agosto. Miro la máquina de escribir. Me levanto y miro por la ventana. Me vuelvo a sentar. No se me ocurre nada. Miro la biblioteca. Siempre hago lo mismo. Me levanto y voy hacia la biblioteca. Saco las Obras Completas de Borges. Voy dando vuelta las páginas, mientras pienso que en Siluetas no les gusta que cite a Borges. Me han dicho que es demasiado intelectual. Con el marcador rojo acabo de subrayar esto en la página 624: “Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges”.
No sé por qué subrayo esto, pero la mujer se va a llamar así: Beatriz Elena Viterbo. Hasta aquí vamos bien. Ahora la historia. Para evitar conflictos de adulterio lo mejor es contar la historia de un hombre y una mujer que están solos. Perfecto. Ahora supongamos que el hombre ha tenido un extraño sueño. El cuento empieza así, el hombre ha soñado con algo y recién en el final del cuento el hombre va a saber el significado del sueño. No va a saber que Beatriz Elena Viterbo existe y que en treinta y tres días se va a cruzar con ella cuatro veces.
Me levanté. Fui hasta la ventana. Las dos sombras de las torres del edificio de los atlantes se veían apenas en el cielo nublado. Volví al escritorio. Puse a un lado el marcador rojo, corrí el señalador de seda, cerré el libro y me fui a dormir. Entonces tuve el sueño. Pero lo que yo no supe, lo que yo no sabía, era que en ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo estaba dibujando el sueño que yo estaba soñando. En el sueño había cigüeñas. Muchas. Después iba a saber cuántas.
Había muchas cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes y una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos. Había una casa de pizarras antiguas. Una casa que después yo iba a conocer. La casa se incendiaba. Y el fuego que salía de dos de las tres ventanas con visillos de encaje, las cigüeñas, los lotos y los crisantemos eran un dibujo. Perfecto, cruel, luminoso. Hasta que soñé con los rectángulos. El cinco de octubre a las siete de la tarde iba a saber que en el dibujo había un hombre. Pero yo no lo había soñado.
Al día siguiente me senté a escribir. Eran las diez de la mañana. Mientras copiaba la frase de Borges,traté desesperadamente de recordar el sueño. Lo recordé todo. Menos los dos rectángulos que se superponían.
En ese mismo momento Beatriz Elena Viterbo dibujaba al hombre. El hombre que en el sueño yo no había soñado. El hombre estaba en un ángulo del dibujo, arriba, al costado de las cigüeñas. Estaba de espaldas y se perdía en una extraña calle, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.
Con la espalda encorvada sobre la enorme mesa de sastre, el guardapolvo gris moteado de óleo imborrable y aureolas de trementina, Beatriz Elena Viterbo dibuja a la luz rasante de la lámpara. Haciendo girar el lápiz entre los dedos, recorre morosamente, minuciosamente, cada poro, cada espacio imperceptible del papel. De pronto en la espalda del hombre hay algo que no debe estar. Una puerta abierta por el viento, una puerta mal cerrada, el viento que se equivocó. Entonces, empecinados y dúctiles, los dedos de Beatriz Elena Viterbo aprietan el lápiz y el grafito va cubriendo la espalda del hombre y en la superficie blanca van surgiendo las zonas del negro, los grises espaciados, las luminosidades restallantes.
Mientras tanto yo escribo. Ya escribí la frase del comienzo, ya introduje la frase de Borges, ya conté la historia, ya conté el sueño, ya llegué al final de la hoja. Tengo que ponerle el título. Hago girar el carro de la máquina. Voy a ponerle el título antes del comienzo. Beatriz, no. Beatriz Elena Viterbo, no. Beatriz querida, sí.
Escribo Beatriz querida y ahora trato de recordar qué mujer que yo he conocido se llamaba Beatriz, sin saber que durante treinta y tres días me voy a encontrar cuatro veces con Beatriz Elena Viterbo. Y mientras Beatriz Elena Viterbo deja el lápiz sobre la enorme mesa de sastre, aparta el tablero, corre la silla hacia atrás y recorre con la vista cansada las paredes del taller, la reproducción de Modigliani, los trabajos enmarcados, dados vuelta, en el piso, apoyados contra la pared, el jarroncito de terracota donde están los lápices, yo la describo. La describo así: “Beatriz Elena Viterbo tenía las manos largas, los dedos largos, la mirada altiva. Tenía los ojos atentos y la pupila grande, de un azul definitivo. A veces cuando Beatriz Elena Viterbo apartaba el tablero se quedaba mirando por la ventara. Miraba la casa de enfrente. Es una casa extraña. El techo es de pizarras antiguas, en el tercer piso el ático permanece en la oscuridad. Se ven tres ventanas con visillos de encaje”.
De dos de esas tres ventanas ahora está saliendo el fuego. Beatriz Elena Viterbo ya ha vuelto a encender la lámpara, ha vuelto a apoyar el tablero sobre la enorme mesa de sastre y va velando con el lápiz la base de amarillo, cambia el lápiz y cubre de bermellón, después el escarlata, el carmesí hasta que de pronto estalla. El fuego se expande en el papel Ingres, mientras yo voy escribiendo, pensando en los rectángulos, esos dos rectángulos del sueño que ahora voy recordando. Los dos rectángulos que se tocaban y se alejaban, se superponían y se desplazaban.
Dos días después me crucé por primera vez con Beatriz Elena Viterbo. Fue el primero de septiembre. Yo había salido a caminar mientras la señora hacía la limpieza. Nunca pude trabajar mientras limpian la casa. Siento como si me estuvieran barriendo, como si me metieran en la bolsa de residuos y me dejaran en el quemador.Era antes del mediodía y yo pensaba si en Siluetas no me rechazarían el cuento. En la calle había sol. Ellos siempre me decían lo mismo: “Cuentos lineales. Nada de complicaciones. Piense en las lectoras”.
Caminé hasta Bolívar. Trescientos veinticinco dólares era una hermosa cifra. Doblé en Belgrano. “La lectora de Romance quiere cosas románticas, simples. Nada de intelectualizar. Ser directo.” Al llegar a Perú miré las dos torres del edificio de los atlantes. Doblé en Salta, seguí por Libertad y llegué a la plaza Lavalle. Crucé, di muchísimas vueltas alrededor de la fuente y después me senté en un banco, y pensando, me puse a mirar el magnolio. Y mientras pensaba, apareció Beatriz Elena Viterbo. Llevaba una especie de tapado o de impermeable gris y miraba hacia adelante. Apretado contra el impermeable, en la mano enguantada sostenía algo envuelto. Era un envoltorio chato, rectangular. Me levanté del banco. No la había visto. Caminé, crucé la calle y casi en la esquina de Libertad y Córdoba, en la puerta de la pinturería Leidi, estaba parada Beatriz Elena Viterbo. Pasé a su lado rozando casi su mano enguantada, pensando. Pensaba en lo que me iban a decir en Siluetas. “Nada de complicaciones. Una historia de amor, simple y que se entienda. Puede haber encuentros, desencuentros, pero en el final todo tiene que resolverse. Nada de intelectualizar la cosa.” Pensaba en la estructura del cuento, pensaba en los rectángulos del sueño: dos rectángulos tocándose y alejándose, el desencuentro; dos rectángulos que se superponen hasta formar un solo rectángulo podrían ser el encuentro como ese rectángulo envuelto en papel madera verde, sostenido por una mano enguantada que casi me había tocado. Beatriz Elena Viterbo cruzó y yo seguí caminando pensando que en el cuento iba a haber un hombre y una mujer que están por encontrarse, que se van a cruzar tres veces más, todavía.
Bastante después, volví a cruzarme con ella. Fue en la calle Florida, al seiscientos, el veintidós de septiembre. Yo salía de la librería Atlántida con un libro recién comprado. Suelo ser distraído y me había quedado parado, mirando el libro envuelto, pensando en un hombre solo que ya perdió la cuenta de los cuentos que escribió para la revista Romance de la prestigiosa Editorial Siluetas. Ese hombre solo era yo. Y además pensé que ya había perdido la cuenta de les seudónimos que usé, de las situaciones de encuentro y desencuentro que escribí. “Cada día se están volviendo más exigentes. O es que a lo mejor se me acabó la cuerda.” Miré el libro. “Es un rectángulo”, pensé cuando vi una mano enguantada de mujer que sostenía otro rectángulo. Era sábado, eran cerca de las once de la mañana. La calle Florida estaba llena de gente. La mano de la mujer sostenía un paquete flexible envuelto en un papel malva muy claro. Alrededor del paquete, que no tenía consistencia, vi el estampado de la tela de un vestido violeta cuando sentí que detrás de mí alguien gritaba mi nombre. En realidad gritaban mi apellido. Me di vuelta. Era el empleado de la librería Atlántida, el que me había vendido el libro. Y mientras Beatriz Elena Viterbo con treinta hojas de papel Ingres bajo el brazo se perdía entre la gente, yo sonreía al empleado que me sonreía, que me entregaba la boleta y el vuelto que me había olvidado en la caja.
La tercera vez fue en el Tortoni. La señora ya había limpiado el estudio y yo no tenía ningún pretexto para no escribir. Sin embargo, me puse a mirar por la ventana. Desde mi ventana, desde el tercer piso de la casa, se alcanza a ver el cielo. Se ve el cielo y yo, cada vez que me siento angustiado, miro por la ventana. Miro los altos minaretes que parecen de mezquita, las dos estilizadas torres del edificio de los atlantes que está en Perú y Belgrano. Son de un verde inconcebible, un verde de cobalto, de cobre oxidado, de intemperie. Son dos torres con algo muy curioso, porque mucho más raras que la forma bizantina, que las dos insólitas banderas de metal calado, que la filigrana de misterio, son las dos coronas. La corona de un rey y la corona de una reina que rematan en la punta de las dos torres.
Esa mañana, el veintinueve de septiembre, prácticamente al mes de haber empezado a escribir el cuento, yo miraba las torres contra el cielo. Pensaba en el rey, en la reina, en un hombre, en una mujer, en los dos rectángulos. ¿Cuántos cuentos había escrito con hombres y mujeres solos? De pronto sentí que algo me tocaba la memoria. Me aparté de la ventana. Le dije a la señora que enseguida volvía. Salí a la calle y no supe qué hacer. Doblé en Bolívar y seguí hasta Avenida de Mayo. Pensaba en mi teoría de los dos rectángulos. “No hay un solo hombre en el mundo, no hay una sola mujer en el mundo que alguna vez en su vida no haya pensado en encontrarse con alguien que cambiará su destino. Un encuentro en el cruce exacto de sus dos vidas.”
También pensé en Borges y en Beatriz Elena Viterbo, en los desesperados y en los que recuerdan. Y entré en el Tortoni. Beatriz Elena Viterbo estaba allí, acodada en una mesa de mármol, sola, de espaldas, el mentón apoyado en una mano enguantada. Después, bastante después, supe que se había quedado mirando fijamente el capitel de escayola en la columna pintada. Iba a tomar un café, pero tenía que terminar el cuento. La señora había terminado con el estudio, no tenía ningún pretexto. Me volví.
La cuarta vez fue la última. Tres días después, el dos de octubre, a la tarde. Me crucé con Beatriz Elena Viterbo en Viamonte al cuatrocientos, frente a la galería Nexo. Beatriz Elena Viterbo bajaba de un taxi. Dos dibujos enmarcados que manipulaba con dificultad la tapaban casi por completo. Yo venía por Reconquista. Vi la puerta abierta de un coche, vi la parte de atrás de los marcos, vi dos rectángulos que trataban de juntarse con la mano de una mujer. Una mano larga, fina y enguantada. Me corrí evitando la puerta del taxi. Después Beatriz Elena Viterbo entró en la galería Nexo cuando yo ya había pasado.
El tres de octubre el cuento estaba llegando al final y yo, poco a poco, iba comprendiendo. Dos rectángulos se van superponiendo hasta formar uno solo. Pero eso podía durar o no durar. Alguno de los dos rectángulos podía desplazarse hacia arriba, hacia abajo, hacia cualquier costado y ya está, se terminó. Comprendí que eso era lo que me había pasado siempre: no duró. Entonces dejé de escribir. Me levanté y miré por la ventana. Las dos torres parecían más lejanas. El cielo estaba húmedo, entrecruzado de cables, antenas y palomas y algo brumoso seguía detrás de las torres. Sentí dolor.
El cuatro de octubre el cuento estaba llegando al final. El final de un cuento es decisivo. La historia puede terminar o no. Ahora él puede encontrarse con una mujer inventada, sacada de un libro o no. Puede ser que ese nombre imaginado y esa mujer imaginada existan. La mujer ha dibujado el sueño que él soñó. En el dibujo hay un hombre de espaldas. Cuatro veces se ha cruzado el hombre con la mujer. Tres veces no vio más que rectángulos y una vez la vio de espaldas. Ahora no volverán a encontrarse. O sí.
Puse a calentar el café y el café se derramó. La señora se enoja conmigo por eso. Dice que tengo que tener más cuidado. Me sirvo un café retinto y lo llevo al estudio. Lo dejo al lado de la máquina de escribir. Tengo que encontrar el final. Vuelvo a mirar por la ventana.
El cinco de octubre a las seis de la tarde todavía no había encontrado el final. Suelo ser obsesivo, pero el final no salía.
Las seis de la tarde es una hora que siempre me perturbó. Quise hacer café, pero era inútil. Me puse el saco y salí. Caminé lentamente hasta Bolívar. Doblé por Belgrano. Llegué hasta Perú. Crucé la calle y me quedé mirando el edificio de los atlantes. Visto de abajo era una mole gris y los atlantes se venían encima. “Hay que alejarse para apreciar la perspectiva. Como todas las cosas”, pensé y di la vuelta. “Hay que volver a casa", me dije, “hay que encontrar el final”. Pero sin saber por qué, doblé en Bolívar, seguí de largo. Llegué hasta Defensa y giré la cabeza. Entonces sí pude ver las torres. Después doblé, caminando muy despacio, como sabiendo. Llegué hasta Reconquista, llegué hasta Viamonte y seguí hasta la galería Nexo. A través de los cristales, entre mujeres vestidas de largo, hombres que sonreían, mozos con bandejas, alcancé a ver cinco, mejor dicho seis dibujos enmarcados colgando de las paredes. Entré.
Me deslicé entre paredes atravesadas por ángeles y hojas de tabaco, un gentilhombre rodeado de gansos, tres variaciones de mascarones de proa en distintos mares, una mujer volando entre ropa tendida, una procesión de gatos y en la pared de enfrente lo vi. Vi catorce cigüeñas con las alas plegadas destrozándose contra un muro de crisantemos inexistentes, una sola cigüeña con las alas desplegadas sumergida junto a unos lotos y el fuego saliendo de dos de las tres ventanas con visillos de encaje y yo, de espaldas, con el traje gris, perdiéndome en una calle extraña, entre dos líneas de fuga, en una falsa perspectiva.

En Isidoro Blaisten , Carroza y reina
Buenos Aires, Emecé, 1986
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