9 feb. 2009

Marvin Harris – La gran locura de las brujas

 

brujaLa mayor parte de la gente no sabe que los levantamientos de índole militar-mesiánica eran tan corrientes en la Europa de los siglos XIII al XVII como lo habían sido en Palestina durante las épocas griega y romana. Ni tampoco que la Reforma Protestante constituye en muchos aspectos la culminación o el resultado de esta agitación mesiánica. Como sucedió con sus predecesores en Palestina, los brotes de fervor mesiánico en Europa se dirigían contra el monopolio de la riqueza y el poder que detentaban las clases gobernantes. Mi explicación de la locura de la brujería consiste en que fue en gran parte .creada y sostenida por las clases gobernantes como medio de suprimir esta ola de mesianismo cristiano.

No es accidental el que la brujería empezara a tomar un auge creciente junto con violentas protestas mesiánicas contra las injusticias sociales y económicas. El Papa autorizó el empleo de la tortura contra las brujas poco antes de la Reforma Protestante, y la locura de la brujería alcanzó su apogeo durante las guerras y revoluciones de los siglos XVI y XVII que pusieron fin a la era de unidad cristiana.

Para las masas europeas, el ocaso del feudalismo y el surgimiento de monarquías nacionales fuertes fue un período de gran tensión. El desarrollo del comercio, los mercados y la banca obligó a los propietarios de tierra y capital a desarrollar empresas orientadas hacia la maximización de los beneficios. Esto sólo se podía alcanzar poniendo fin a las relaciones paternalistas de pequeña escala características de los burgos y los señoríos feudales. Las tierras se dividieron, los siervos y criados fueron sustituidos por aparceros y arrendatarios campesinos, y los señoríos independientes se convirtieron en empresas agrícolas de cultivos comercializables. La gente del campo perdió sus parcelas de subsistencia y sus granjas familiares, y gran cantidad de campesinos desposeídos marcharon a las ciudades en busca de empleo como trabajadores asalariados. A partir del siglo XI la vida se volvió más competitiva, impersonal y comercializada, empezó a regirse más por el beneficio que por la tradición.

A medida que crecía la depauperación y la alienación, cada vez más gente empezó a hacer predicciones sobre la segunda venida de Cristo. Muchos vieron que el final del mundo se manifestaba ante sus ojos en el pecado y la lujuria de la Iglesia, la polarización de la riqueza, la escasez y las pestes, la expansión del Islam y las guerras incesantes entre facciones rivales de la nobleza europea.

El principal teórico del mesianismo de la Europa Occidental fue Joaquín de Fiore, cuyo sistema profético ha sido calificado por el historiador Norman Cohn de «el más influyente de los conocidos en Europa hasta la aparición del marxismo». Entre 1190 y 1195 Joaquín, que era un abad calabrés, descubrió cómo calcular el momento en que el presente mundo del sufrimiento daría paso al reino del espíritu. Joaquín creía que la primera edad del mundo era la Edad del Padre, la segunda la Edad del Hijo, la tercera la Edad del Espíritu Santo. La tercera edad sería el Sabbath o día de descanso, en el que no habría necesidad de riqueza o propiedad, trabajo, alimento o abrigo; la existencia sería puro espíritu y todas las necesidades materiales serían superfluas. Las instituciones jerárquicas como el Estado y la Iglesia se- rían sustituidas por una comunidad libre de seres perfectos.

Joaquín predijo que la Edad del Espíritu empezaría hacia el año 1260. Esta fecha se convirtió en el objetivo de varios movimientos de corte militar-mesiánico basados en la creencia de que el emperador Federico II (1194- 1250), iba a anunciar la Tercera Edad.

Federico desafió abiertamente el poder del Papa, lo que causó la colocación de su reino bajo un entredicho papal que prohibía el bautismo, el matrimonio, la confesión y los demás sacramentos. El ala fanática de la pobreza de la orden franciscana, conocida como los Espirituales, apoyó a Federico. Afirmaban que Federico pronto realizaría el papel de Cristo, limpiando la Iglesia de riqueza y lujo y destruyendo al clero. Federico fue proclamado en Alemania Salvador por los predicadores errantes de Joaquín, quienes denunciaron al Papa, administraron sacramentos y dieron la absolución desafiando la prohibición papal. Uno de estos predicadores, el hermano Arnoldo, dijo en Suabia que Cristo volvería en el año 1260 y confirmaría el hecho de que el Papa era el Anticristo, y el clero los «miembros» del Anticristo. Todos ellos serían condenados por vivir en el lujo, y explotar y oprimir al pobre. Federico II confiscaría entonces la gran riqueza de Roma y la distribuiría entre los pobres, los únicos cristianos verdaderos.

Como ocurrió con el mesías cristiano la muerte prematura de Federico en el año 1250 no destruyó las fantasías mesiánicas asociadas con su gobierno. Se convirtió en un «Emperador Durmiente», y en el año 1284 un hombre que afirmaba ser el Federico «despertado» atrajo seguidores en Neuss antes de ser quemado por herejía. Cientos de años más tarde, todavía serían quemados algunos Federicos salvadores.

Norman Cohn describe un documento militar-mesiánico conocido como el Libro de los Cien Capítulos escrito a principios del siglo XVI, que predecía el retorno de Federico sobre un caballo blanco para gobernar al mundo entero. El clero, desde el Papa hasta el último sacerdote, seria aniquilado al ritmo de 2.300 por día. El emperador también mataría a todos los prestamistas, los mercaderes fraudulentos y los juristas sin escrúpulos. Se confiscaría toda la riqueza para distribuirla entre los pobres; la propiedad privada sería abolida, y todas las cosas se tendrían en común: «Toda propiedad se convertirá en una sola propiedad, entonces habrá un solo pastor y un solo redil».

Como preparación para la tercera edad predicha por Joaquín de Fiore, bandas de hombres especializados en autoflagelarse con correas con puntas de hierro comenzaron a recorrer las ciudades. Al llegar a las plazas, estos «flagelantes» se desnudaban hasta la cintura y se azotaban en la espalda hasta que fluía la sangre. Inicialmente los flagelantes practicaban la penitencia como medio de «enderezar la senda» para la tercera edad. Pero sus actividades se volvieron cada vez más subversivas y anticlericales, especialmente en Alemania después del año 1260. Cuando empezaron a afirmar que el simple acto de participar en una de sus procesiones absolvía a un hombre de pecado, la Iglesia les declaró herejes y se vieron obligados a actuar en secreto. Salieron a la superficie en el año 1348 cuando la Peste Negra asolaba Europa. Los flagelantes culparon a los judíos de la Peste Negra e incitaron a las masas en todas las ciudades para masacrar a los habitantes judíos. Poniéndose por encima del Papa y del clero, afirmaban que su sangre tenía el poder de redimir y que eran un ejército de santos que salvaría al mundo de la ira de Dios. Apedreaban a los sacerdotes que intentaban detenerlos, interrumpían los oficios religiosos habituales, confiscaban y redistribuían los bienes de la Iglesia.

El movimiento de flagelantes culminó en una sublevación mesiánica dirigida por Kontad Schmid, quien afirmaba ser el Emperador Dios Federico. Schmid azotó a sus seguidores y les bañó en su propia sangre como una forma superior de bautismo. Como los creyentes en el cargo de Nueva Guinea, la gente de Turingia vendió sus posesiones, rehusó trabajar y se preparó a ocupar su puesto en el coro angélico que estaría más próximo al Emperador-Dios después del Juicio Final. Este acontecimiento estaba fijado para el año 1369. Merced a la intervención enérgica de la Inquisición, Schmid fue quemado antes de poder ultimar su obra. Años más tarde, todavía se veían flagelantes en Turingia, y trescientos de ellos fueron quemados en un solo día en el año 1416.

Una manera de librarse de los pobres alienados que provocaban disturbios era reclutar su ayuda en las Guerras Santas o Cruzadas, que pretendían reconquistar Jerusalén del Islam. No obstante varias de estas cruzadas fracasaron y se convirtieron en movimientos revolucionarios mesiánicos dirigirlos contra el clero y la nobleza. En la Cruzada de los Pastores, por ejemplo, un monje renegado llamado Jacobo afirmó haber recibido una carta de la Virgen María convocando a todos los pastores para liberar el Santo Sepulcro. Decenas de millares de pobres siguieron a Jacobo a todas partes, armados con horcas, hachas y puñales que blandían en el aire cuando entraban en una ciudad, intimidando a las autoridades para que les dieran una recepción adecuada. Jacobo tuvo visiones, curó enfermos, dio banquetes milagrosos en los que el alimento aparecía con más rapidez de la que podía ser comido, denunció al clero y mató a todos los que se atrevieron a interrumpir sus sermones. Sus seguidores marcharon de ciudad en ciudad, atacando a los clérigos o ahogándoles en el río.

La interacción entre los intereses esencialmente conservadores pero enfrentados de la Iglesia y el Estado y la amenaza de una revolución radical de las clases bajas acercaron a Europa cada vez más a la Reforma Protestante. Podemos ver cómo se realizó este proceso en el movimiento de los husitas de la Bohemia del siglo xv, Los husitas confiscaron los bienes de la Iglesia e intentaron obligar al clero a vivir una vida de pobreza apostólica. Como represalia, el Papa y sus aliados iniciaron una serie de campañas represivas conocidas en la actualidad, como las Guerras Husitas. A medida que se propagaba la violencia surgió de entre las masas depauperadas un tercer grupo de combatientes, conocidos como los taboritas, nombre derivado de Tabor en el Monte de los Olivo donde Jesús predijo su segunda venida. Para los taboritas, las Guerras Husitas marcaban el inicio del fin del mundo. Se lanzaron a la batalla para «lavar sus manos en sangre», dirigidos por profetas mesiánicos que insistían en que todo sacerdote auténtico tenía la obligación de perseguir, herir y matar a todo pecador.

Tras el exterminio del enemigo, los taboritas esperaban que se iniciaría la tercera edad de Joaquín de Fiore. No habría sufrimientos físicos ni necesidades materiales; el mundo se tornaría una comunidad de amor y paz, sin impuestos, propiedad o clases sociales. En el año 1419, millares de estos «espíritus libres» bohemios (los precursores del estilo de vida «bohemio») establecieron una comuna cerca de la ciudad de Usti en el río Luzhnica. Se ganaban la vida mediante correrías en el campo, arrebatando y llevándose como botín todo lo que podían coger, puesto que como hombres de la Ley de Dios, se creían con derecho a apoderarse de todo lo que pertenecía a los enemigos de Dios.

Movimientos similares se repitieron en Alemania durante el siglo XV. Por ejemplo, en el año 1476 un pastor llamado Hans Böhm tuvo una visión de la Virgen María, quien le dijo que de ahora en adelante los pobres deberían rehusar todo pago de impuestos y diezmos como preparación para el reino venidero. Todas las gentes pronto vivirían juntas sin distinción de rango; todo el mundo tendría igual acceso a los bosques, agua, pastos y zonas de caza y pesca. Muchedumbres de peregrinos avanzaron sobre Niklashausen desde toda Alemania para ver al «Joven Santo». Caminaban en largas columnas, se saludaban unos a otros como «hermanos», y entonaban cantos revolucionarios.

No podemos comprender la forma específica que finalmente alcanzó la reforma protestante prescindiendo de la alternativa militar-mesiánica radical que estremeció tanto a los poderes seculares como a la Iglesia. Lutero estaba convencido, al igual que muchos antes que él, que vivía en los Ultimos Días, que el Papa era el Anticristo y que el papado tendría que ser destruido antes de realizarse el Reino de Dios. Pero el Reino de Dios de Lutero no sería de este mundo; y creía que la manera adecuada de realizarlo sería mediante la predicación en vez de la sublevación armada. La nobleza alemana acogió con agrado la mezcla de piedad radical y política conservadora de Lutero. Era la combinación adecuada para liberarse del gobierno papal sin aumentar el riesgo de la agitación social.

Thomas Müntzer, al principio discípulo de Lutero, proporcionó el contrapunto radical al movimiento de Lutero. Lutero y Müntzer eligieron lados opuestos en la gran rebelión campesina del año 1525. Lutero condenó a los campesinos en su panfleto, «Contra las bandas ladronas y asesinas de campesinos» al que Müntzer replicó que las gentes que apoyaban a Lutero eran también «ladrones que utilizaban la ley para prohibir a otros robar». Müntzer insistía en que lo que Lutero llamaba ley de Dios era simplemente un dispositivo para proteger la propiedad. Los «culpables de la usura, el hurto y el robo son nuestros Señores y Príncipes». Acusó a Lutero de fortalecer el poder de los «canallas impíos, para que continúen con sus viejas costumbres». Müntzer, convencido de que la sublevación de los campesinos señalaba el inicio del Nuevo Reino, asumió el mando del ejército campesino. Comparó su papel al de Gedeón en la batalla contra los medianistas, y en la víspera del encuentro con el enemigo comunicó a sus seguidores -campesinos mal pertrechados y sin entrenamiento- que Dios le había hablado y le había prometido la victoria. Afirmó que él mismo les protegería cogiendo las balas de cañón en la manga de su capote. Dios no permitiría nunca que su pueblo elegido pereciera. Tras los primeros cañonazos, los campesinos rompieron filas y cinco mil de ellos fueron exterminados mientras huían. El propio Müntzer fue torturado y decapitado poco después.

El ala radical de la Reforma continuó con toda su fuerza durante el siglo XVI y la primera parte del XVII. Conocido como el movimiento de los anabaptistas, dio origen a no menos de 40 sectas diferentes y a docenas de levantamientos milítar-mesiánicos siguiendo la tradición de los taboritas y de Müntzer. Tanto los gobernantes católicos como los protestantes les consideraron como una conspiración herética omnipresente para destruir todas las relaciones de propiedad y redistribuir la riqueza de la Iglesia y del Estado entre los pobres. Por ejemplo, uno de los discípulos de Müntzer, Hans Hut, anunció que Cristo retornaría en el año 1528 para inaugurar el reino de Dios, con el amor libre y la comunidad de bienes. Los anabaptistas juzgarían a los falsos sacerdotes y pastores. Los reyes, nobles y grandes de la tierra serían encadenados, Melchoir Hoffman, otro seguidor ale Müntzer, predijo que el mundo acabaría en el año 1533. A Hoffman le sucedió un panadero, Jan Matthys de Haarlem, quien predicaba que el justo debía empuñar la espada y preparar activamente el camino para Cristo limpiando la tierra de impíos.

En el año 1534 Münster, Westfalia, se convirtió en el centro del movimiento anabaptista. Todos los católicos y protestantes fueron expulsados y se abolió la propiedad privada. Pronto asumió el liderazgo Juan de Leyden, quien afirmó ser el sucesor de David y exigió honores reales y obediencia absoluta en lo que los anabaptistas llamaron su «Nueva Jerusalén».

Motivos mesiánicos radicales similares animaban a las clases bajas en Inglaterra durante el siglo XVII, proporcionando gran parte de la energía para la Guerra Civil Inglesa. El ejército New Model (de nuevo cuño), de Oliver Cromwell, estaba integrado por millares de voluntarios que creían que un reino de «santos» se establecería en suelo inglés y que Cristo descendería para gobernar sobre ellos. En el año 1649 Gerrad Winstanley recibió una visión que le mandó prepararse para el fin del mundo estableciendo una comunidad de «cavadores» (diggers) en la que no habría propiedad privada, ni distinción de clases, ni forma alguna de coerción. Y en 1656, antiguos partidarios de Cromwell, los Hombres de la Quinta Monarquía, le declararon Anticristo e intentaron establecer un nuevo reino de santos por la fuerza de las armas (la Quinta Monarquía aludía al milenio durante el que Cristo reinaría).

¿Qué tiene que ver todo esto con la brujería? Como he señalado al principio del capítulo, hay una estrecha relación cronológica entre el inicio de la locura de las brujas y el desarrollo del mesianismo europeo. El sistema de caza de brujas ideado por Institor y Sprenger fue aprobado por Inocencio VIII en un momento en que Europa rebosaba de movimientos mesiánicos y profecías de la tercera edad. Alcanzó su punto culminante como consecuencia de la reforma -tanto Lutero como Calvino creían ardientemente en los peligros de la brujería- al igual que los violentos y radicales movimientos de protesta basados en las doctrinas mesiánicas revolucionarias de la tercera edad.

¿Hay una explicación práctica del desarrollo paralelo de la protesta social mesiánica y la locura de la brujería? Un punto de vista convencional consiste en que la propia brujería constituía una forma de protesta social. Por ejemplo, según el profesor Jeffrey Burton Russell, experto en la historia de la disensión medieval, la brujería, el misticismo, los flagelantes y la herejía popular corresponden todos a la misma categoría. «Todos rechazaban, en un grado u otro, una estructura institucional que se consideraba defectuosa». No estoy de acuerdo. Para explicar la locura de la brujería como protesta social, hay que ir más lejos y adoptar la visión de la «realidad» propuesta por El Martillo de las Brujas. Hay que creer que Europa estaba infestada de gentes que amenazaban el statu quo reuniéndose para rendir culto al diablo. Pero si las verdaderas brujas voladoras eran sobre todo «viajeras» del beleño, entonces no entran en la misma categoría que los taboritas o los anabaptistas, de la misma manera que los drogadictos tampoco pertenecen a la misma categoría que las Panteras Negras. El que algunas personas aquí y allá tuvieran alucinaciones de relaciones sexuales con el diablo, o hechizaran a la vaca del vecino, no representaba una amenaza para la supervivencia de las clases acaudaladas y gobernantes. Probablemente las brujas provenían de las clases frustradas y descontentas; pero esto no las convierte en elementos subversivos. Para que un movimiento constituya una protesta seria contra un orden establecido, debe tener doctrinas explícitas de crítica social o emprender una línea de acción peligrosa o amenazadora. Hicieran lo que hicieran las brujas en sus aquelarres, si es que alguna vez los hubo, no ha quedado testimonio alguno de que se dedicaran a condenar el lujo de la Iglesia o a pedir la abolición de la propiedad privada y el fin de las diferencias de rango y autoridad. Si lo hicieron, no eran brujas sino valdenses, taboritas, anabaptistas o miembros de alguna otra secta político-religiosa radical, muchos de los cuales fueron sin duda quemados por brujería en vez de por sus creencias mesiánicas.

Para comprender la locura de las brujas debemos estar dispuestos a identificar una especie de realidad que es al propio tiempo distinta y opuesta a la conciencia de estilo de vida de las brujas y de los inquisidores. Según el profesor Russell, bastaba con que el clero y la nobleza creyeran que la brujería era peligrosa y subversiva. «Lo que la gente creía que sucedía», señala, «es tan interesante como lo que sucedió "objetivamente", y mucho más cierto». Pero este es precisamente el punto sostenido por Institor y Sprenger: “¡sois responsables de lo que hacéis en los sueños de otros!”

Tenemos que decidirnos sobre ciertos sucesos. Else Gwinner no tuvo relaciones sexuales con el diablo, y esto no es una conclusión sin interés o incierta si consideramos el hecho de que fue carbonizada por haberlas tenido.

Como sucede con cada uno de los estilos de vida aparentemente extraños que hasta ahora hemos examinado, la locura de las brujas no se puede explicar en términos de la conciencia de la gente que participó en ella. Todo depende de la disposición del observador a consentir u oponerse a las fantasías de los diferentes participantes.

Si la brujería era una herejía peligrosa, como insistía la Inquisición, no hay ningún misterio en la obsesión represora del Santo Oficio. Si, por el contrario, era una actividad relativamente inofensiva, si no en gran parte alucinatoria, ¿por qué se empleó tanto esfuerzo en suprimirla, especialmente en un momento en que la Iglesia estaba siendo empujada hasta los límites de sus recursos por la gran ola militar-mesiánica del siglo XV?

Esto nos lleva a una cuestión crucial que concierne a la distinción entre lo que sucedió de verdad y lo que la gente pensaba que sucedió. ¿Es cierto que la Inquisición estaba consagrada a la represión de la herejía brujeríl? El supuesto de que la principal ocupación de los cazadores de brujas era la aniquilación de éstas se basa en la conciencia de estilo de vida que profesaban los propios inquisidores. Pero el supuesto contrario -a saber, que los cazadores de brujas hicieron un esfuerzo extraordinario para aumentar el aprovisionamiento de brujas y difundir la creencia de que las brujas eran reales omnipresentes y peligrosas- se asienta en muy sólidos elementos de juicio. ¿Por qué deben aceptar los estudiosos modernos las premisas de la conciencia de estilo de vida de los inquisidores? La situación exige que nos preguntemos no por qué estaban los inquisidores obsesionados con destruir la brujería, sino más bien por qué estaban tan obsesionados en crearla.

Prescindiendo de lo que ellos o sus víctimas pudieran haber pretendido, el efecto inevitable del sistema inquisitorial fue hacer más verosímil la brujería y, por tanto, incrementar el número de acusaciones de brujería.

El sistema de caza de brujas estaba demasiado bien diseñado, fue demasiado duradero, severo y tenaz. Y sólo se pudo sostener gracias a intereses duraderos, severos y tenaces. El sistema brujeril y la locura de las brujas tenían usos prácticos y mundanos diferentes de los fines declarados de los cazadores de brujas. No me refiero aquí a los emolumentos y pequeñas ventajas que he descrito antes: la confiscación de propiedades de los acusados y los honorarios percibidos por los gastos de tortura y ejecución. Estas recompensas ayudan a explicar por qué los técnicos de la caza de brujas realizaban su trabajo con tanto entusiasmo. Pero tales beneficios formaban parte del aparato de caza de brujas en vez de ser una de sus causas.

Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones celestiales. El resultado principal del sistema de caza de brujas (aparte de los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo agua vuestro techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió vuestro vino, tuvisteis dolores de cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era de un vecino, de ese que rompió vuestra cerca, os debía dinero o deseaba vuestra tierra, de un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obra de las brujas. ¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte de los habitantes de cada aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e infernales brujas no conocía límites. La Iglesia y el Estado montaron una denodada campaña contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las autoridades no regatearon esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los pobres podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la batalla.

El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables. El clero y la nobleza se presentaron como los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar. Aquí había, por fin, una buena razón para pagar diezmos y someterse al recaudador de impuestos. Servicios vitales que atañían directamente a la vida en este mundo y no a la de ultratumba se prestaban con ruido y furia, llama y humo. Los esfuerzos de las autoridades por hacer la vida algo más segura eran hechos palpables; se podía oír realmente los gritos de las brujas cuando bajaban al infierno.

¿Quienes fueron los chivos expiatorios? El singular estudio de H. C. Erik Midelfort sobre 1.258 ejecuciones por brujería en el suroeste de Alemania entre 1562 y 1684 muestra que el 82 % de las brujas eran mujeres. Ancianas indefensas y parteras de la clase baja eran normalmente las primeras en ser acusadas en cualquier brote local. Cuando se arrancaban nuevos nombres a las primeras víctimas, destacaban los niños de ambos sexos y los hombres. Durante la fase culminante de pánico caracterizada por ejecuciones en masa, solían morir mesoneros, unos pocos mercaderes acaudalados y algún que otro magistrado y maestro. Pero cuando las llamas rozaban los nombres de las gentes que gozaban de alto rango y poder, los jueces perdían confianza en las confesiones y cesaba el pánico. Rara vez se amenazaba a los médicos, juristas y profesores de universidad. Evidentemente los propios inquisidores y el clero en general también estaban totalmente a salvo. Si en alguna ocasión una pobre alma desorientada era lo bastante necia para haber visto al Obispo o al príncipe heredero en un aquelarre reciente, sin duda se ganaba torturas inenarrables. No es de extrañar que Midelfort sólo pudiera encontrar tres casos de acusaciones de brujería contra miembros de la nobleza, y que ninguno de ellos fuera ejecutado.

Lejos de ser «el reflejo de una estructura institucional que se consideraba defectuosa», la manía de las brujas era parte integral de la defensa de esa estructura institucional. Podemos comprender mejor esto comparando la manía de las brujas con su antítesis contemporánea, el mesianismo militar. La manía de las brujas y los movimientos militar-mesiánicos incorporaban temas religiosos populares que en parte eran aprobados por la Iglesia establecida. Ambos se basaban en la conciencia de estiló de vida existente, pero con consecuencias radicalmente diferentes. El mesianismo militar reunió a los pobres y desposeídos. Les proporcionó un sentido de misión colectiva, disminuyó la distancia social, les hizo sentirse «hermanos». Movilizó a las gentes en todas las regiones, focalizó sus energías en un tiempo y lugar concretos, y llevó a batallas campales entre las masas desposeídas y depauperadas y las clases situadas en la cima de la pirámide social. Por el contrario, la manía de la brujería dispersó y fragmentó todas las energías latentes de protesta. Desmovilizó a los pobres y desposeídos, aumentó la distancia social, les llenó de sospechas mutuas, enfrentó al vecino contra el vecino, aisló a cada uno, hizo a todos temerosos, aumentó la inseguridad de todo el mundo, hizo a cada uno sentirse desamparado y dependiente de las clases gobernantes, centró la cólera y frustración de todo el mundo en un foco puramente local. De esta manera evitó que los pobres afrontaran al establishment eclesiástico y secular con peticiones de redistribución de la riqueza y nivelación del rango. La manía de las brujas era el reverso del mesianismo radical militar. Era la bola mágica de las clases privilegiadas y poderosas de la sociedad. Este era su secreto.

Marvin Harris, Los enigmas de la cultura

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