12 ene. 2009

Claudio Eliano - Historias de los animales, Libro VIII 15 y 17 - Los elefantes





15

Si los elefantes no son capaces de cruzar una zanja, el más grande del grupo se mete dentro y se sitúa de través, como si se tratara de un puente; los demás pasan por encima de su lomo hasta el otro lado y, antes de continuar la huida, sacan de la zanja al que está en ella. Y lo hacen de esta forma: desde arriba, uno le ofrece la pata para que enrolle allí la trompa; los otros elefantes llevan hierbas y ramas y el que está en la zanja se sube a las ramas , siempre bien agarrado de la pata de su compañero, y así sale sin demasiados inconvenientes.

En la India existe una región denominada Falacra, así llamada porque todo ser vivo que prueba las hierbas del lugar pierde el pelo o los cuernos. Por tal razón, los elefantes jamás se aproximan por su voluntad a esas tierras y, si lo hacen, se apartan, ya que, como cualquier persona sensata, no buscan las cosas dañinas.


17

Ya hablé en especial de los elefantes, pero me parece oportuno añadir algo más. Está bien justificado afirmar que son capaces de mantener su continencia. Nunca van en busca de una hembra para copular como si quisieran infligir una ofensa o como si sólo los guiase el ansia de placer, sino que lo hacen con la idea de que es imprescindible perpetuar la especie engendrando hijos, para que haya una prole y no se extinga la simiente, dado que una sola vez en la vida se entregan al amor, cuando la hembra accede al apareamiento. A continuación, cuando la compañera ya está preñada, se desentienden por completo de ella. Se aparean en sitios apartados, huyendo de la observación de los demás. se ocultan entre el follaje de los árboles, entre los matorrales densos o bien en alguna hondonada poco accesible, que les brinde la oportunidad de un buen escondite.

Antes referí que son animales ecuánimes y provistos de gran valor. Ahora, aludí a su carácter sobrio. Quien desee emplear su tiempo en conocer cuánto detestan la maldad pueden abrir sus oídos y escuchar.

El cornac de un elefante domesticado tenía por mujer a una vieja poseedora de bastante riqueza. El hombre, al cabo de un tiempo, se prendó de otra; con la idea de que los bienes de su mujer legítima pasaran a poder de su amante, aquel hombre impulsivo estranguló a aquélla, la enterró junto al corral del elefante y se casó con su amada. El elefante enlazó con su trompa a la nueva ama y la llevó cerca de la sepultura; de inmediato, con los colmillos cavó hasta dejar el cadáver al descubierto, con lo que, a través de la acción misma, hizo conocer lo que no podía expresar con otro lenguaje; el elefante, que detesta la maldad, indicaba a aquella mujer la índole moral de su marido.



Véase más de Claudio Eliano
Buenos Aires, Ediciones Nuevo Siglo, 1997