25 de nov. de 2008

Jacques Loussier Trío – Bach, Variaciones Goldberg

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Loussier goldberg variations
Personal:

Benoit Dunoyer De Segonzac, bajo
Andre Arpino, batería
Jacques Loussier, piano



23 de nov. de 2008

Frankenstein, 1910

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Director
J. Searle Dawley.

Productor: 
Thomas Alva Edison

Reparto:
Augustus Philips: Dr. Frankenstein
Mary Fuller: Elizabeth
Charles Ogle: El monstruo de Frankenstein

Rodada en Edison Studios de New York en 1910

21 de nov. de 2008

Berna Wang – La mirada oblicua (recién recibido)

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Hemos recibido de adamaRamada ediciones una cuidada antología de los poemas que Berna Wang ofreció durante más de cinco años a través de Radio Nacional de España y de su blog La mirada oblicua.


wang2


Transcribimos un texto del 28 de julio de 2008


Si se quemaran algún día
todos los libros del mundo

-si se quemaran incluso
todos los sistemas informáticos y cualquier otro medio
electrónico o mecánico, incluyendo fotocopias,
grabación magnetofónica y cualquier otro sistema
de almacenamiento de información-

quedarían ellas:
las personas libro.

Su voz que nos respira,
su memoria amante.



Ultimos títulos incluidos para descarga

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BLAGA LUCÍA - El conocimiento luciferino

CONRAD JOSEPH - Línea de sombra

COVARRUBIAS ISAÍAS - La economía medieval y la emergencia del capitalismo

KIPLING RUDYARD - Cuentos de la India

LE GOFF JACQUES - Mercaderes y banqueros de la Edad Media

MARX KARL - El capital
MARX KARL, ENGELS FRIEDRICH - Manifiesto comunista

TOCQUEVILLE ALEXIS - La democracia en América

TODOROV TZVETAN - El cruce de las culturas
TODOROV TZVETAN - La conquista de América, el problema del Otro




Angela Gheorghiu y Ruggero Raimondi en la muerte de Scarpia
(Puccini, Tosca)

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Film dirigido por Benoît Jacquot
Música: Giacomo Puccini
Libreto: Giuseppe Giacosa, Luigi Illica, Victorien Sardou
Fotografía: Romain Winding
Director de orquesta: Antonio Pappano

Intérpretes:
Angela Gheorghiu (Floria Tosca)
Roberto Alagna (Mario Cavaradossi)
Ruggero Raimondi (Il barone Vittelio Scarpia)
David Cangelosi (Spoletta)
Sorin Coliban (Sciarrone)
Enrico Fissore (Sagrestano)
Maurizio Muraro (Cesare Angelotti)
Gwynne Howell (Il carceriere)



16 de nov. de 2008

Libros completos y música: actualización

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Ultimos títulos

DIDEROT DENIS - Investigaciones filosóficas sobre lo bello
DIEZ DE VELASCO FRANCISCO - Los caminos de la muerte
DOSTOIEVSKI FEODOR - El idiota
FAULKNER WILLIAM - Mientras agonizo
GARDNER MARTIN - Los enigmas de Sam Loyd
GINZBURG CARLO - El queso y los gusanos
POPPER KARL - En busca de una teoría racional (conferencia)
SHAW GEORGE BERNARD - 16 esbozos de mí mismo
SHAW GEORGE BERNARD - Pigmalión
THORNE KIP - Agujeros negros y tiempo curvo


Música

FRESCOBALDI GIROLAMO - Works for Harpsichord (Gustav Leonhardt)
LOUSSIER JACQUES TRÍO - Baroque Favorites
PUCCINI GIACOMO - Madama Butterfly (Callas - von Karajan) Acto I
PUCCINI GIACOMO - Madama Butterfly (Callas - von Karajan) Acto II



15 de nov. de 2008

Jaques Loussier Trío – Baroque Favorites

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Escuchar online

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 Escuchar online

Intérprete:

Jacques Loussier Trío

Autores:

George Frideric Handel
Marin Marais
Domenico Scarlatti
Johann Pachelbel
Alessandro Marcello
Tomaso Albinoni

11 de nov. de 2008

Edgar Bayley - Años en libertad

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1


Decir es el potro de la invasión, la marcha exiliada, el cálido mundo, sufriente, clamoroso, vencido y triunfante; allá está tu aire desnudo, tu mar poniente, inteligible, tu deseo, tu ausencia proferida, la cisterna y el templo de tu ola, la vigilia, la cólera transparente, el pueblo de tu arena y la claridad de tus puertas. Decir esta labor de los ojos, el áspero descuido, la obsesión, la esperanza violenta. Decir es tus manos, en tu infancia, antes de mi azul, al pie de toda noche.


2

Pero cuando nuevos errores nacen y cuando nuevas sonrisas, entre la embriaguez, la ternura y el abandono, hacen innecesarios el retorno y el alojamiento, ¿a qué cristal acudir, con qué húmedo gesto medir la ráfaga de tu vuelo?


3

No recuerdo sino los años por llegar, las cicatrices por lucir en tu silencio. Mis años y los de todos los hombres (los mejores y los olvidados). Mis años premiosos, los de cuartos estrechos y los del aire libre. Mis años cavando en la tristeza, incitando las raíces, albergando la llama de todas las lágrimas; junto a su cuerpo, a su palidez y su entusiasmo, sin memoria, sin jornada (cabrón agotado, animal candoroso, amante, libre, impuro).
Decir mis años, el peso del porvenir, la pena del hombre. Mis años de la victoria común.


4

Igual a todos y a cada uno de los otros. Igual a su odio, a sus días, a sus palabras y su indiferencia. Igual a su amor, a su coraje ondulante.


5

El estímulo fraterno. La poesía te revierte en el mundo. Vienen antiguos medios días. La hora en que llego a tu voz. Decir es la noche que rechaza tu desierto, la civilización que devasta los números.




Transcripto de La vigilia y el viaje Poemas 1944-1960
Buenos Aires, 1961

8 de nov. de 2008

Witold Gombrowicz – Filifor forrado de niños

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gombro

El príncipe de los Sintéticos, reconocidos como los más gloriosos de todos los tiempos, era, sin duda, el Doctor profesor de Sintesiología de la Universidad de Leyden, Sintético Superior Fílifor, originario de las regiones meridionales de Annam. Operaba conforme al espíritu patético de la Síntesis Superior, principalmente por medio de adición + infinidad y en casos súbitos también por medio de multiplicación X infinidad. Era hombre de buena estatura, no poca corpulencia, barba hirsuta y rostro de profeta con anteojos. Mas un fenómeno espiritual de esa magnitud no pudo dejar de suscitar en la naturaleza su contra-fenómeno, de acuerdo con el principio de acción y reacción de Newton y, por tal motivo, pronto nació en Colombo un eminente analítico que obtuvo en la Universidad de Columbia el doctorado y profesorado en Análisis Superior y alcanzó rápidamente los más altos peldaños de la carrera científica. Era hombre hosco, menudo, lisamente afeitado, con rostro de escéptico con anteojos y la única misión interior de perseguir y humillar al eminente Filifor.

Operaba analíticamente y era su especialidad la descomposición del individuo en partes por medio de cálculos, especialmente por medio de papirotazos. Y así con un papirotazo en la nariz, incitábala a gozar de existencia independiente, moviéndose entonces la nariz espontáneamente de una parte a otra con gran espanto del propietario. Ese arte lo aplicaba con frecuencia en el tranvía, si se sentía aburrido. Accediendo al llamado de su más profunda vocación, lanzóse en persecución de Filifor, y en una villa de España logró obtener el título nobiliario de anti-Filifor, del cual estaba locamente orgulloso. Filifor –habiéndose enterado que aquél lo perseguía– lanzóse también en su persecución y durante largo tiempo ambos sabios persiguiéronse sin resultado, porque el orgullo no le permitía admitir a ninguno de ellos que resultaba no solamente perseguidor sino también perseguido. Por consiguiente, cuando Filifor, por ejemplo, estaba en Bremen, antí-Filifor corría de La Haya a Bremen no queriendo , o quizá no pudiendo , tomar en consideración que Filifor en ese mismo momento y con idéntico fin partía en el tren rápido de Bremen a La Haya. El choque entre los dos sabios impelidos –catástrofe de igual índole que las catástrofes ferroviarias más grandes– prodújose por absoluta casualidad en el local del restaurante de primera clase Bristol Hotel, de Varsovia. Filifor, en compañía de la profesora Filifor, horario de trenes en mano, examinaba con atención las mejores combinaciones, cuando, inmediatamente después de bajar del tren, entró jadeante anti-Filifor llevando del brazo a su analítica compañera de viaje, Flora Gente de Mesina. Nosotros, es decir los que estuvimos presentes, doctores Teófilo Poklewski y Teodoro Roklewski, y yo, dándonos cuenta de la gravedad de la situación, procedimos de inmediato a tomar notas por escrito.

Anti-Filifor acercóse a la mesita y, en silencio, atacó con la vista al profesor, que se había levantado. Se esforzaron por dominarse espiritualmente: el Analítico presionaba fríamente desde abajo; el Sintético respondía desde arriba, con la mirada llena de resistente dignidad. Al no dar el duelo de las miradas resultados decisivos, los dos enemigos espirituales iniciaron el duelo verbal. El doctor y maestro del Análisis dijo: –¡Ñoquis!–. El Sintesiólogo contestó: –¡Ñoqui!–. Anti-Filifor rugió: –¡Ñoquis, ñoquis, o sea la combinación de harina, huevos y agua!–. Filifor rebatió al momento: –¡Ñoqui, o sea el ser superior del ñoqui, el mismo Noqui supremo!–. Sus ojos lanzaban relámpagos, agitábase su barba, era claro que había obtenido la victoria. El profesor de Análisis Superior retrocedió unos pasos dominado por furia impotente, mas de inmediato acudió a su mente una idea terrible: enfermizo, achacoso en comparación con Filifor, aprestóse a proceder contra su esposa, a quien el viejo y meritorio profesor amaba por encima de todo. He aquí el transcurso sucesivo del incidente, según el protocolo:

1. La profesora Filifor, muy entrada en carnes, gorda, bastante majestuosa, se hallaba sentada, sin pronunciar palabra, ensimismada.

2. El profesor doctor anti-Filifor plantóse frente a la señora con su objetivo cerebral y empezó a observarla con una mirada que la desvestía hasta lo más íntimo. La señora Filifor tembló de frío y de verguenza. El doctor profesor Filifor la cubrió en silencio con la manta de viaje y fulminó al insolente con una mirada llena de inmenso desprecio. Sin embargo, mostró al hacerlo signos de inquietud.

3. Entonces anti-Filifor dijo quedamente:–Oreja, oreja–, y estalló en risa sarcástica. Bajo la influencia de esas palabras la oreja apareció inmediatamente en toda su desnudez y se hizo indecente. Filifor ordenó a su esposa que se cubriera las orejas con el sombrero; esto, sin embargo, no sirvió de mucho porque anti-Filifor murmuró entonces como para sí mismo:–Dos orificios de la nariz–, desnudando así los orificios de la nariz de la venerable profesora de modo a un mismo tiempo impúdico y analítico. La situación se tornó grave ya que no pudo ni hablarse de la ocultación de los orificios.

4. El profesor de Leyden amenazó con llamar a la policía. La balanza de la victoria comenzó a inclinarse claramente hacia Colombo. El maestro de Análisis dijo con intensa cerebración:–Los dedos de la mano, los cinco dedos–. Por desgracia la robustez de la profesora no era suficiente para ocultar el hecho que, repentinamente, apareció a los reunidos en toda su inaudita vivacidad, es decir el hecho de los cinco dedos de la mano. Los dedos estaban allí, cinco de cada lado. La señora Filifor, totalmente profanada, trató con los restos de sus fuerzas de ponerse los guantes pero ¡cosa absolutamente increíble!, el doctor de Colombo-le hizo al momento el análisis de orina y, riendo desmedida y estruendosamente, exclamó victorioso:–¡H20C4, TPS, un poco de leucocitos y albúmina!–. Se levantaron todos, el doctor profesor anti-Filifor se retiró con su amante que soltó una risa vulgar, mientras que el profesor Filifor, con ayuda de los abajo firmados, llevó sin demora a su esposa al hospital. Firmado: T. Poklewski, T. Roklewski y Antonio Swistak, testigos.

A la mañana siguiente nos reunimos Roklewski, Poklewski y yo, con el profesor, en derredor del lecho de la enferma, señora Filifor. Su descomposición avanzaba con mucha rapidez. Iniciada por el diente analítico del antiFilifor, la dama, en forma paulatina perdía su contextura. De tiempo en tiempo, gemía sordamente: –Yo pierna, yo oreja, pierna, mi oreja, debo, cabeza, pierna–. como si despidiera las partes de su cuerpo que ya empezaban a moverse autonómicamente. Su personalidad encontrábase en estado de agonía. Nos ensimismamos todos en busca de medios de salvación inmediata. Pero no había tales medios. Previa deliberación, con participación del docente S. Lopatkin, quien a las 7 y 40 llegó por vía aérea de Moscú, reconocimos una vez más la absoluta necesidad de métodos científicos violentísimamente sintéticos. Pero no había tales métodos. Entonces Filifor concentró todas sus facultades mentales, a tal punto, que retrocedimos un paso, y dijo: –iLa bofetada! ¡Solamente una bofetada, y bien recia, es capaz de devolver el honor a mi esposa y sintetizar los elementos dispersos en cierto sentido superior y honorable de palmada! Por lo tanto, ¡manos a la obra!

No era tan fácil encontrar en la ciudad al Analítico de fama mundial. Recién al anochecer dejóse atrapar en un bar de primera clase. En estado de sobria embriaguez vaciaba botella tras botella, y cuanto más bebía más se desembriagaba; lo mismo sucedía con su analítica amante. Hablandocon propiedad, embriagábanse más de sobriedad que de alcohol. Cuando entramos, los mozos, pálidos como el papel, escondíanse pusilánimes detrás del mostrador y los amantes, en silencio, se entregaban a orgías interminables de sangre fría. Tramamos el plan de acción. El profesor debería efectuar, primero, un ataque falso con el brazo derecho en la mejilla izquierda y luego pegar con el izquierdo en la derecha, mientras que nosotros, es decir los testigos, doctores de la Universidad de Varsovia–. Poklewski, Roklewski y yo como también el docente S. Lopatkin, deberíamos proceder sin demora a labrar el acta. El plan era sencillo, la acción nada complicada, pero al profesor se le cayó el brazo levantado. Nosotros, los testigos, quedamos estupefactos. ¡ No hubo bofetada! ¡No hubo, lo repito, bofetada! Hubo solamente dos rositas y algo así como una viñeta con palomitas!

Antifilifor había previsto con satánica destreza los planes de Filifor. ¡Ese Baco sobrio se había tatuado en las mejillas dos rositas de cada lado y algo semejante a una viñeta con palomitas! A consecuencia de eso las mejillas, y también por consiguiente la bofetada intentada por Filifor, perdieron todo sentido. En realidad, la bofetada aplicada a las rosas y a las palomitas no era bofetada, era más bien algo así como un golpe contra el papel pintado. No pudiendo admitir que el pedagogo y educador de la juventud, generalmente respetado, quedara en ridículo por golpear un papel pintado debido a hallarse enferma su esposa, le convencimos de que desistiera terminantemente de cometer acciones que podría luego deplorar.

–¡Perro! –rugió el anciano–. ¡Infame! ¡Ah, infame, infame perro!

–¡Montón! –contestó el Analítico con inmenso orgullo analitico–. ¡Eres un montón! Yo también soy montón. Si quieres, dame un puntapié en el vientre. No me aplicarás a mí el puntapié en el vientre: patearás el vientre y nada más. ¿Querías provocar mi mejilla con tu bofetada? A la mejilla puedes provocarla pero no a mí; a mí no. ¡Yo no existo en absoluto! ¡No existo! –¡He de provocarla! ¡Si Dios lo permite, la provocaré! –¡Mis mejillas son impermeables! –rió anti-Filifor. Flora Gente, sentada a su lado, soltó la risa; el doctor cósmico de Ambos Análisis le dirigió una mirada sensual y salió. En cambio, Flora Gente quedóse. Estaba sentada en un alto taburete y nos miraba con desteñidos ojos de loro completamente analizado. A los pocos instantes, exactamente a las 8 y 40, el profesor Filifor, dos médicos, el docente Lopatkin y yo procedimos a celebrar conferencia común. El docente Lopatkin mantenía asida, como de costumbre, la lapicera. La conferencia tuvo el siguiente decurso:

Los tres doctores en leyes: –En vista de lo que acontece, no vemos posibilidad de resolver la querella por vía del honor y aconsejamos al muy respetado señor profesor no tomar en cuenta la ofensa, considerándola procedente de un individuo incapaz de dar una satisfacción de honor.

El profesor doctor Filifor: –No la tomaré en cuenta, pero mi esposa se muere.

El docente S. Lopatkin: –A vuestra esposa no podremos salvarla.

El doctor Filifor: –¡No digan eso, no digan eso! ¡Oh, la bofetada, único remedio! Pero no hay bofetada. No hay mejillas. No hay medio de síntesis divina. ¡No hay honor! ¡No hay Dios! ¡Sí! ¡Hay mejillas! ¡Hay bofetada! ¡Hay Dios, Honor, Síntesis!

Yo: –Observo que al profesor le falla la lógica. O hay mejillas o no las hay.

Filifor: –Señores, ustedes olvidan que todavía quedan mis dos mejillas.

Sus mejillas no existen, pero las mías sí. Aun podemos efectuar la jugada con mis dos mejillas intactas. Señores, quieran ustedes comprender mi pensamiento: yo no puedo abofetearlo pero él puede abofetearme. Será lo mismo. ¡Siempre habrá una bofetada y habrá Síntesis!

–¡Bah! ¿Cómo obligarlo a que abofetee al profesor?

–¿Cómo obligarlo a que abofetee al profesor?

–¿Cómo obligarlo a que abofetee al profesor?

–Señores –respondió con recogimiento el pensador genial–, él tiene mejillas, mas yo también las tengo. La base consiste aquí en cierta analogía, y por eso operaré no tanto lógica como analógicamente. Será mucho más seguro, ya que la naturaleza está regida por cierta analogía. Si él es rey del Análisis, yo soy rey de la Síntesis. Si él tiene mejillas, yo también las tengo. Si yo tengo esposa, él tiene amante. ¡Si el analizó mi esposa, yo sintetizaré su amante y de esta manera le arrancaré la bofetada que se niega a entregar!

Y sin más demora hizo una señal con la cabeza a Flora Gente. Enmudecimos. Ella adelantóse, moviendo todas las partes de su cuerpo, bizqueando con un ojo en mi dirección y con el otro en dirección al profesor, mostrando los dientes en una sonrisa a Stefan Lopatkin, echando la delantera hacia Roklewski y meciendo la trasera en dirección a Poklewski. La impresión era tal que el docente dijo en voz baja: –¿De veras acometerá usted con su Síntesis Superior esos cincuenta pedazos separados?

Pero el Sintesiólogo Universal poseía esta cualidad: que jamás perdía la esperanza. La invitó a la mesita, convidándola con una copa de Cinzano, y a guisa de introducción, para sondearla, dijo sintéticamente. –Alma, alma–. Ella no contestó. ¡Yo! –dijo el profesor inquisitiva e impetuosamente, queriendo despertar en ella su Yo abismado–. Ella respondió:–¡Ah, usted! Muy bien, cinco zlotys–. –¡Unidad! –gritó Filifor con violencia–. ¡Unidad Superior! ¡Igualdad en la Unidad!–. Para mí todo es igual –dijo ella con indiferencia– anciano o niño. Mirábamos desalentados a esta infernal analítica de la noche a quien el anti-Filifor había adiestrado perfectamente a su manera, y educado para sí, quizá desde chica.

Sin embargo el Creador de las Ciencias Sintéticas no se desanimaba. Siguió un período de intensas luchas y esfuerzos. Le leyó los dos primeros cantos de Dante, por lo cual ella le pidió diez zlotys. Sostuvo una prolongada e inspirada disertación sobre el Amor Superior, amor que abarca y unifica todo, que le costó once zlotys. Le leyó dos magníficas novelas de las más conocidas autoras sobre el tema de la regeneración mediante el amor, por lo cual ella pidió ciento cincuenta zlotys y no quiso rebajar ni un céntimo. Y cuando trató de estimular su dignidad, Flora Gente exigió ni más ni menos que cincuenta zlotys.

–Por las extravagancias se paga, vejete –dijo–, para eso no hay tarifa. Y abriendo y cerrando sus fatuos ojos de buho, no reaccionaba. Los gastos aumentaban y el antiFilifor, paseando por la ciudad, reía para sus adentros de tales esfuerzos desesperados.

En la conferencia realizada con la participación del Dr. Lopatkin y tres docentes, el eminente explorador informó la derrota en los siguientes términos; –Me costó unas cuantas centenas de zlotys y no veo realmente la posibilidad de sintetizar. Recurrí en vano a las supremas unidades tales como la Humanidad, que todo lo convierte en dinero devolviendo el sobrante. Y mi esposa, mientras tanto, pierde el resto de la conexión interior. La pierna se lanza ya de paseo por el cuarto. Cuando dormita (mi esposa, naturalmente. no la pierna) tiene que sujetarla con las manos. pero las manos se niegan a obedecer. Es un terrible trastorno, una terrible anarquía.

El doctor en medicina T. Poklewski: –Y el antiFilifor hace circular rumores de que el profesor es un desagradable vicioso.

El docente Lopatkin: –¿Y no se podría sorprenderla precisamente por medio del dinero? Permítanme. Veo aun confusa la idea que cruza mi mente, pero suceden cosas asi en la naturaleza: tuve, por ejemplo, una paciente enferma de timidez. No pude curarla con audacia porque no la asimilaba, pero le apliqué una dosis tan fuerte de timidez que no la pudo aguantar. Y como no pudo soportar la timidez, se animó, y volvióse de pronto locamente audaz. El mejor método es el de "per se", arremangarse, quiero decir "sólo en sí, sólo en sí". Habría que sintetizarla con dinero, mas reconozco que no veo cómo...

Filifor: –Dinero..., dinero... Pero el dinero forma siempre una cifra, una suma, que nada tiene de común con la Unidad propiamente dicha. Sólo el céntimo es indivisible, pero el céntimo no causa ninguna impresión. Salvo... a menos que... ¡Señores! ¿Y si le diéramos una suma tan grande que la atolondrara ?

Enmudecimos. Filifor se levantó bruscamente. Su barba negra agitábase. Entró en uno de esos estados hipermaníacos en que cae el genio indefectiblemente cada siete años. Vendió dos casas y un chalet en los alrededores de la ciudad y convirtió la suma obtenida de 850.000 zlotys, en zlotys sueltos. Poklewski lo miraba con asombro: simple médico de distrito no supo jamás comprender al genio, no supo comprender y por eso precisamente no lo comprendía en absoluto. Mientras tanto, el filósofo, ya seguro de lo que hacía, envió al antiFilifor una invitación irónica, y éste. contestando la ironía con el sarcasmo. presentóse puntualmente a las 9 y 30 en un aposento del restaurante Alcázar, donde se realizaría el experimento decisivo. Los sabios no se dieron la mano. El maestro de Análisis rió, seco y malicioso: –¡Bueno, póngase contento, señor, póngase contento! Mi chica no es, que digamos, tan propensa a la composición como su esposa a la descomposición: a ese respecto estoy tranquilo–. Pero él también entraba gradualmente en estado hipermaníaco. El Dr. Poklewski empuñaba la lapicera y Lopatkin mantenía asido el papel.

El prof. Filifor procedió en esta forma: colocó primero sobre la mesa un único zloty. La Gente no reaccionó. Colocó un segundo zloty: nada. Agregó un tercer zloty: tampoco nada. Mas al poner el cuarto zloty, ella dijo: –¡Oh, cuatro zlotys!–. Al notar que eran cinco bostezó, y al ver que eran seis. preguntó con indiferencia:–¿Qué pasa, viejito? ¿Exaltación de nuevo? Recién después de colocados 97 zlotys advertimos los primeros síntomas de extrañeza y al llegar a 115 su mirada que hasta ese momento se posaba en el Dr. Poklewskí, en el docente y en mí, comenzó a sintetizarse algo sobre el dinero.

Al llegar a cien mil, Filifor jadeaba pesadamente, antiFilifor empezaba a inquietarse un poco y la hasta ese momento heterogénea cortesana consiguió cierta concentración. Miraba, fascinada, el montón creciente que en rigor dejaba de ser montón; trató de contar pero ya los cálculos no le salían bien. La suma dejaba de ser suma, convertíase en algo inabarcabl e, in conceb ible, en al go superior a la suma, hacia estallar el cerebro por su enormidad, como el firmamento. La paciente gemía sordamente. El analítico se precipitó a socorrerla pero ambos médicos lo sujetaron con todas sus fuerzas; en vano la aconsejaba cuchicheando que descompusiera el total en centenas o mediomillares pues el total no se dejaba desunir. Cuando el sacerdote triunfante de la ciencia de sintetizar desembolsó todo lo que tenía y selló el montón, o más bien la enormidad, el monte financiero de Sinaí, con un céntimo único e indivisible, pareció como si alguna Divinidad penetrara en la cortesana: levantóse e hizo aparecer todos los síntomas sintéticos, llanto, suspiro, sonrisa, pensatividad, y dijo: –Señores, yo. Yo. Algo superior–. Filifor profirió un grito de triunfo y entonces el anti-Filifor, con un alarido de terror, libróse de los brazos de ambos médicos y pegó a Filifor en la cara.

Ese golpe era el rayo, el relámpago de la síntesis arrancado de las entrañas analíticas, que disipó las sombrías tinieblas, El docente y los médicos felicitaron con emoción al Profesor gravemente deshonrado. Su encarnizado enemigo se retorcía contra la pared, aullando atribuladamente, Mas ningún aullido pudo frenar el movimiento impreso a la carrera del honor, porque el asunto, hasta ese momento no honorable, había entrado en las vías del honor).

El prof. Dr. G. L. Filifor, de Leyden, designó dos padrinos en las personas del Dr. Lopatkin y la mía; el prof. Dr. P. T. Momsen, con título nobiliario de antiFilifor, designó sus dos padrinos en las personas de ambos médicos asistentes; los padrinos de Filifor provocaron honrosamente a los padrinos de anti-Filifor, y éstos, a su vez, provocaron a los de Filifor. Y a cada uno de estos pasos de honor la síntesis iba en aumento; el Columbiano se retorcía como si estuviera sobre ascuas, mientras que el Leydeño, sonriente, acariciaba su larga barba. En el hospital municipal la profesora enferma empezaba a unificar sus partes, pidió leche con voz apenas perceptible y la esperanza nació en el corazón de los médicos. El Honor asomóse entre las nubes y sonrió dulcemente a los hombres. El combate definitivo se libraría el martes, a las siete de la manana.

La lapicera sería confiada al Dr. Roklewski, las pistolas al Dr Lopatkin, Poklewski debería tener el papel, y yo los sobretodos. El incansable luchador del signo de la Síntesis no abrigaba duda ninguna. Recuerdo lo que me decía la mañana anterior:–Hijo mío, tanto podrá caer él como yo, pero quienquiera caiga, mi espíritu saldrá siempre victorioso porque no se trata del acto de morir sino de la índole de la muerte; y la índole de la muerte es sintética. Si él cayese, rendirá con su muerte homenaje a la Sintesis; si me matase, matará de manera sintética. i Así, será mía la victoria más allá de la tumba !–. Y en su exaltación de ánimo, deseando honrar más dignamente ese momento de gloria, invitó a ambas señoras, su esposa y Flora, en carácter de simples espectadoras. Yo estaba opreso por malos presentimientos. Temía. . . ¿Qué temía yo? Ni yo mismo lo sabía: durante toda la noche me torturó el terror de desconocerlo y recién en el lugar del duelo comprendí mi temor. La mañana era seca y luminosa, como un paisaje pintado. Los enemigos de alma paráronse frente a frente; Filifor saludó a anti-Filifor y éste a aquél. Y entonces comprendí qué era lo que temía: era la simetría; la situación era simétrica y en ello consistía su vigor pero también su flaqueza.

Porque la situación tenía la propiedad de que a cada movimiento de Filifor correspondía un movimiento análogo de anti-Filifor, y Filifor tenía la iniciativa. Si Filifor saludaba, anti-Filifor debía saludar también. Si Filifor tiraba, anti-Filifor debía tirar también. Y todo, hago notar, debía realizarse en el eje que unía a ambos combatientes, que era el eje de la situación. Pero, ¿ qué sucedería si el segundo desviase hacia el costado? ¿Si descarriase, si hiciese una mala jugada para eludir las leyes férreas de la simetría y de la analogía ? ¿ Qué perturbaciones mentales, qué traiciones podría ocultar la cerebralidad del antiFilifor? Yo combatía tales pensamientos, cuando de repente el profesor Filifor levantó el brazo, apuntó recto al centro del corazón adversario y tiró, i Tiró y no dió en el blanco! Entonces el Analítico levantó a su vez el brazo y apuntó al corazón de su antagonista. Casi, casi parecía inevitable que si aquél había tirado sintéticamente al corazón, también éste tendría que tirar sintéticamente al corazón. Parecía no haber otra salida, ninguna puerta de escape intelectual. Mas. en un abrir y cerrar de ojos, el Analítico, en un esfuerzo supremo, sopló quedo, dió un alarido, apartó del eje de la situación el caño de la pistola y disparó hacia un costado. E1 tiro pegó ¿dónde?: en el dedo meñique de la profesora Filifor que, acompañada de Flora Gente, estaba parada a corta distancia ¡ Ese tiro fué la cumbre de la maestría! El dedo meñique cayó cortado. La señora Filifor, asombrada, llevó su mano a la boca, Nosotros, los padrinos, perdimos por un momento el dominio de nosotros mismos y proferimos un grito de admiración.

Y entonces ocurrió algo terrible. El Profesor Superior de síntesis no pudo aguantar. Fascinado por la puntería, la maestría y la simetría, ofuscado por nuestro grito de admiración, también desvió y disparó, haciendo impacto en el dedo meñique de Flora Gente, y rió breve, seca y guturalmente. Gente llevó su mano a la boca y nosotros proferimos el correspondiente grito de admiración.

Entonces el Analítico disparó de nuevo, cortándole el segundo dedo meñique de la profesora, que llevó su otra mano a la boca. Proferimos el grito de admiración. Un cuarto de segundo más tarde el tiro del Sintético, disparado con infalible seguridad desde la distancia de diecisiete metros, cortó el dedo análogo del Flora Gente. Gente llevó su mano a la boca; nosotros proferimos el grito de admiración. Y así siguieron las cosas. El tiroteo continuaba incesante, encarnizado, violento y magnífico como la magnificencia misma, y los dedos, las orejas, las narices, los dientes, caían como las hojas de un árbol agitado por el viento. Nosotros los padrinos no teníamos tiempo suficiente para proferir los gritos que nos arrancaba la puntería, rápida como el relámpago. Ambas señoras estaban ya privadas de todas sus extremidades y prominencias naturales y, si no cayeron muertas, fué también, simplemente, por la falta de tiempo, pues no pudieron alcanzar a morir, y sospecho, además, que gozaban cierto deleite exponiéndose a una puntería tan perfecta. Por último faltaron los cartuchos. El maestro de Colombo perforó, con su último tiro, la parte superior del pulmón derecho de la profesora Filifor; el maestro de Leyden al momento perforó en contestación la parte superior del pulmón derecho de Flora Gente. Proferimos una vez más gritos de admiración y luego reinó el silencio.

Ambos troncos murieron, cayeron al suelo, y ambos tiradores se miraron.

¿Y qué? Ambos se miraron y no sabían bien ¿qué? Efectivamente: ¿ qué ? No había más cartuchos. Los cadáveres yacian por tierra. No había nada que hacer. Se acercaban las diez. En rigor el Análisis había vencido, pero ¿qué resultó de ello? Absolutamente nada. Igualmente hubiera podido vencer la Síntesis y tampoco resultara nada. Filifor tomó una piedra y la tiró contra un gorrión, mas no dió en el blanco y el gorrión voló. El sol empezaba a quemar. El anti-Filifor tiró un terrón contra el tronco de un árbol y dió en el blanco. Mientras tanto pasó frente a Filifor una gallina; Filifor tiró, dió en el blanco, y la gallina corrió escondiéndose en un matorral. Los sabios abandonaron sus posiciones y tomaron distinto camino.

Al anochecer anti-Filifor estaba en Jeziorno y Filifor en Wawer. Uno, agazapado bajo una parva, cazaba conejos; el otro, si descubría un farol en un lugar apartado, hacía puntería desde una distancia de cincuenta pasos.

Y asi recorrieron el mundo, apuntando a lo que podían con lo que podían, Cantaban aires populares y rompían gustosos las ventanas; les placía también estarse en los balcones y salivar en los sombreros de los transeúntes, y, ihabía que ver qué alegría les proporcionaba el conseguir dar en el blanco cuando se trataba de poderosos que viajaban en coche! Filifor se especializó hasta tal punto que podía escupir desde la calle a cualquiera que estuviese en un balcón. Y anti-Filifor apagaba las velas tirando contra la llama cajitas de cerillas. Con más gusto aún cazaban ranas con escopetas de pequeño calibre, o gorriones con arco y flechas, o tiraban desde los puentes papeles y pasto al agua, Y el mayor placer era comprar un globo para niños y correr tras él, por campos y bosques– ioh! ¡oh! acechando el momento en que estallaba con ruido, como alcanzado por una bala invisible,

Y cuando alguien del mundo científico recordaba el pasado glorioso, aquellas luchas del espíritu, el Análisis, la Síntesis y toda la gloria perdida irreparablemente, contestaban con cierta ensoñación: –Sí, sí..., recuerdo ese duelo... ¡se disparaba bien!–, –¡Pero profesor! – exclamé una vez, y junto conmigo Roklewski, quien durante ese tiempo se había casado y formado su hogar en la calle Krucza–, ¡pero profesor: habla usted como un niño!. Y el aniñado anciano nos respondió: –Todo está forrado de niñadas–.

 

Ferdydurke, capítulo V

7 de nov. de 2008

Menuhin & Grappelli Play Berlin, Kern, Porter & Rodgers & Hart

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Stephan Grappelli: violín
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Director: Nelson Riddle

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6 de nov. de 2008

Chema Madoz - Island

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Bertrand Russell - La doctrina del libre albedrío

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La actitud de los cristianos sobre el tema de la ley natural ha sido curiosamente vaci­lante e incierta. Había, por un lado, la doctrina del libre albedrío, en la cual creía la mayoría de los cristianos; y esta doctrina exigía que los actos de los seres humanos, por lo menos, no estuvieran sujetos a la ley natural. Había, por otro lado, especialmente en los siglos XVIII y XIX una creencia en Dios como el Legislador y en la ley natural como una de las pruebas principales de la existencia de un Creador. En los tiempos recientes, la objeción al reino de la ley en interés del libre albedrío ha comenzado a sentirse con más fuerza que la creencia en la ley natural como prueba de un Legislador. Los materialistas usaron las leyes de la fí­sica para mostrar, o tratar de mostrar, que los movimientos del cuerpo humano están deter­minados mecánicamente, y que, en consecuencia todo lo que decimos y todo cambio de posición que efectuamos, cae fuera de la esfera de todo posible libre albedrío. Si esto es así, lo que queda entregado a nuestra voluntad es de escaso valor. Si, cuando un hombre escribe un poema o comete un crimen, los movimientos corporales que suponen su acto son sólo el resultado de causas físicas, sería absurdo levantarle una estatua en un caso, y ahorcarle en el otro. En ciertos sistemas metafísicos hay una región del pensamiento puro en la cual la voluntad es libre; pero, como puede ser comunicada a los otros sólo mediante el movimien­to físico, el reino de la libertad no podría ser jamás el sujeto de la comunicación y no ten­dría nunca importancia social.

Luego, también, la evolución ha tenido una influencia considerable en los cristianos' que la han aceptado. Han visto que no se puede hacer demandas en favor del hombre total­mente diferentes de las que se hacen en favor de otras formas de vida. Por lo tanto, con el fin de salvaguardar el libre albedrío en el hombre, se han opuesto a toda tentativa de expli­car el proceder de la materia viva en los términos de leyes físicas y químicas. La posición de Descartes, referente a que todos los animales inferiores son autómatas, ya no disfruta del favor de los teólogos liberales. La doctrina de la continuidad les hace dar un paso más allá y mantener que incluso lo que se llama materia muerta no está rígidamente gobernada en su proceder por leyes inalterables. Parecen haber pasado por alto el hecho de que, si se abolie­se el reino de la ley, se aboliría también la posibilidad de los milagros, ya que los milagros son actos de Dios que contravienen las leyes que gobiernan los fenómenos ordinarios. Sin embargo, puedo imaginar al moderno teólogo liberal manteniendo con un aire de profundi­dad que toda la creación es milagrosa, de modo que no necesita asirse a ciertos hechos co­mo prueba de la divina intervención.

Bajo la influencia de esta reacción contra la ley natural, algunos apologistas cristianos se han, valido de las últimas doctrinas del átomo, que tienden a mostrar que las leyes físicas en las cuales habíamos creído hasta ahora tienen sólo una verdad relativa y aproximada al aplicarse a grandes números de átomos, mientras que el electrón individual procede como le agrada. Mi creencia es que esta es una fase temporal, y que los físicos descubrirán con el tiempo las- leyes que gobiernan los fenómenos minúsculos, aunque estas leyes varíen mu­cho de las de la física tradicional. Sea como fuere, merece la pena observar que las doctri­nas modernas con respecto a los fenómenos menudos no tienen influencia sobre nada que tenga importancia práctica. Los movimientos visibles, y en realidad todos los movimientos que constituyen alguna diferencia para alguien, suponen tal cantidad de átomos que entran dentro del alcance de las viejas leyes. Para escribir un poema o cometer un asesinato (vol­viendo a la anterior ilustración) es necesario mover una masa apreciable de tinta o plomo. Los electrones que componen la tinta pueden bailar libremente en torno de su saloncito de baile, pero el salón de baile en general se mueve de acuerdo con las leyes' de la física, y só­lo esto es lo que concierne al poeta y a su editor. Por lo tanto, las doctrinas modernas no tienen influencia apreciable sobre ninguno de los problemas de interés humano que preocu­pan al teólogo.

Por consiguiente, la cuestión del libre albedrío sigue como antes. Se piense acerca de ella lo que se quiera como materia metafísica, es evidente que nadie cree en ella en la prác­tica. Todo el mundo ha creído que es posible educar el carácter; todo el mundo sabe que el alcohol o el opio tienen un cierto efecto sobre la conducta. El apóstol del libre albedrío mantiene que un hombre puede siempre evitar el emborracharse, pero no mantiene que, cuando está borracho, hable con la misma claridad que cuando está sereno. Y todos los que han tenido que tratar con niños saben que una dieta adecuada sirve más para hacerlos vir­tuosos que el sermón más elocuente del mundo. El único efecto de la doctrina del libre al­bedrío en la práctica es impedir que la gente siga hasta su conclusión racional dicho cono­cimiento de sentido común. Cuando un hombre actúa de forma que nos molesta, queremos pensar que es malo, nos negamos a hacer frente al hecho de que su conducta molesta es un resultado de causas antecedentes que, si se las sigue lo bastante, le llevan a uno más allá del nacimiento de dicho individuo, y por lo tanto a cosas de las cuales no es responsable en forma alguna.

Ningún hombre trata un auto tan neciamente como trata a otro ser humano. Cuando el auto no marcha, no atribuye al pecado su conducta molesta; no dice: «Eres un auto malva­do, y no te daré gasolina hasta que marches.» Trata de averiguar qué es lo que ocurre para solucionarlo. Un trato análogo a los seres humanos es, sin embargo, considerado contrario a las verdades de nuestra santa religión. Y esto se aplica incluso al trato de los niños. Muchos niños tienen malas costumbres que se perpetúan mediante el castigo, pero que pasarían pro­bablemente si no se les concediera atención. Sin embargo, las ayas, con muy raras excep­ciones, consideran justo castigar, aunque con ello corren el riesgo de producir locura. Cuando se ha producido la locura, se ha citado en los tribunales como una prueba de lo da­ñino de la costumbre, no del castigo. (Aludo a un reciente proceso por obscenidad en el Es­tado de Nueva York.)

Las reformas de la educación se han producido en gran parte mediante el estudio de los locos y débiles mentales, porque no se les ha considerado moralmente responsables de sus fracasos y por lo tanto se les ha tratado más científicamente que a los niños normales. Hasta hace muy poco se sostenía que, si un niño no aprendía las lecciones, la cura adecuada era la paliza o el encierro. Este criterio casi no se aplica ya en los niños, pero sobrevive en la ley penal. Es evidente que el hombre propenso al crimen tiene que ser detenido, pero lo mismo sucede con el hombre hidrófobo que Quiere morder a la gente, aunque nadie le considera moralmente responsable. Un hombre que tiene una enfermedad infecciosa tiene que ser ais­lado hasta que se cure, aunque nadie le considera malvado. Lo mismo debe hacerse con el hombre que tiene la propensión de cometer falsificaciones; pero no debe haber más idea de la culpa en un caso que en otro. Y esto es sólo sentido común, aunque es una forma de sen­tido común a la cual se oponen la ética y la metafísica cristianas.

Para juzgar la influencia moral de cualquier institución sobre una comunidad, tenemos que considerar la clase de impulso que representa la institución, y el grado en que la institu­ción aumenta la eficacia del impulso en dicha comunidad. A veces el impulso es obvio, otras veces está más oculto. Un club alpino, por ejemplo, obviamente representa el impulso de la aventura, y una sociedad cultural el impulso hacia el conocimiento. La familia, como institución, representa los celos y el sentimiento paternal; un club de fútbol o un partido po­lítico representan el impulso hacia el juego competitivo; pero las dos mayores instituciones sociales —a saber, la Iglesia y el Estado— tienen motivaciones psicológicas más comple­jas. El fin primordial del Estado es claramente la seguridad contra los criminales internos y los enemigos externos. Tiene su raíz en la tendencia infantil de agruparse cuando se tiene miedo, y el buscar a un adulto para que les dé una sensación de seguridad. La Iglesia tiene orígenes más complejos. Indudablemente, la fuente más importante de la religión es el mie­do; esto se puede ver hasta el día de hoy, ya que cualquier cosa que despierta alarma suele volver hacia Dios los pensamientos de la gente. La guerra, la peste y el naufragio tienden a hacer religiosa a la gente. Sin embargo, la religión tiene otras motivaciones aparte del te­rror; apela especialmente a la propia estimación humana. Si el cristianismo es verdadero, la humanidad no está compuesta de lamentables gusanos como parece; el hombre interesa al Creador del universo, que se molesta en complacerse cuando el hombre se porta bien y en enojarse cuando se porta mal. Esto es un cumplido importante. No se nos ocurriría estudiar un hormiguero para averiguar cuál de ellas no cumple con su deber formicular, y desde lue­go no se nos ocurriría sacar a las hormigas remisas y echarlas al fuego. Si Dios hace eso con nosotros, es un cumplido a nuestra importancia; y es un cumplido aún más importante el que conceda a los buenos una dicha eterna. Luego, hay la idea relativamente moderna de que la evolución cósmica está destinada a producir los resultados que llamamos bien, es de­cir, los resultados que nos dan placer. Nuevamente aquí es halagador el suponer que el uni­verso está presidido por un Ser que comparte nuestros gustos y prejuicios.

En Por qué no soy Cristiano

Traducido por Josefina Martínez Alinari

Barcelona, Edhasa, 1979

5 de nov. de 2008

Paul Johnson – Esperando el oráculo

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El número especial del suplemento literario del Times sobre filosofía que se publicó la semana pasada me dejó intrigado, como de costumbre. «¿Para qué es la filosofía?» Yo le decía a A. J. Ayer: «Freddie, enséñame algo útil». A lo cual él respondía: «Es un requerimiento tonto. En verdad, tal como lo formulas, no tiene sentido». Los filósofos por quienes siento mayor gratitud me han ayudado de maneras no filosóficas. Karl Popper me enseñó el enfoque científico del descubrimiento de la verdad, lo más importante que he aprendido. E. H. Gombrich, uno de los pocos especialistas en estética dignos de leer, me hizo comprender el fundamento físico de nuestra visión del arte. Michael Oakshott me dio una visión intuitiva -no diría más- del saber político. Karl Rahner me explicó la razón por la cual Dios no sólo existe sino que debe existir. Pero estos asuntos no son de mayor interés para los filósofos académicos, la clase de gente que escribe en el suplemento literario del Times.

Claro, que siempre pueden enseñarnos un par de palabras nuevas, algo que siempre me interesa. Así Derek Parfit, preguntándose "¿Por qué existe el universo?", nos propone axiarchy, "axiarquía". La palabra no figura en el Shorter Oxford Dictionary, así que la deduje por mi cuenta: el gobierno de la verdad manifiesta. La Declaración de la Independencia es, como quien dice, una celebración de la axiarquía. Martha Nussbaum, escribiendo sobre la virtud, usaba "eudemonista", es decir, alguien que respalda un sistema ético cuya pauta moral es la tendencia de las acciones para promover la felicidad. No creo que utilice con frecuencia ninguna de ambas palabras, pero las deposito en mi banco de vocablos. Sir Peter Strawson, hablando de los "Ecos de Kant", es más servicial porque, como muchos académicos, nos enseña cómo no escribir. Veamos esta oración, que hizo cosquillear mi pluma de corrector: "Por último, aunque es verdad que sin un altísimo grado de regularidad causal careceríamos del mismísimo concepto de aquellos objetos relativamente persistentes que sostienen la unidad espaciotemporal del mundo, la argumentación a favor del reinado universal de la causalidad natural -el determinismo absoluto- no conduce a un resultado concluyente". Primero, elimino el "finalmente", pues todavía quedan ocho párrafos, la mayoría largos; luego, ese par de innecesarios e involuntariamente cómicos superlativos. "Espaciotemporal" es ocioso. Pero estas elisiones preliminares no nos llevan lejos: la oración sigue siendo abstrusa y tendría que reescribirse ab initio. Lo que quiere decir es que las leyes de la física son útiles pero no siempre funcionan.

Yo solía discutir con una alta y elegante filósofa, con quien participaba en un programa de televisión, que a menudo me recriminaba mi falta de rigor racional. «Mi pensamiento es complicado sólo según las reglas arbitrarias de su jerga académica, la cual no apruebo. Su "filosofía", como usted la llama, no es más que el juego de salón de un profesor.» «Pamplinas -replicaba ella-. Los filósofos usamos el mismo lenguaje que los demás, con la diferencia de que somos más cuidadosos y precisos.» «En tal caso, dado que el objeto del lenguaje es la comunicación, ¿por qué a menudo es tan difícil comprender lo que quieren decir?» «Eso es un defecto, no una invalidación.» Y así sucesivamente. Bertrand Russell era el único filósofo con quien me he cruzado que siempre se expresaba con claridad y, por eso mismo, uno podía cuestionar el mérito de sus conclusiones, que habitualmente eran erróneas. Pero aunque dijera algo que era verdad, una breve investigación de sus obras revelaba que también había afirmado lo contrario, en general poco tiempo antes. Nadie discutía que Russell tenía una mente poderosa, pero nadie que estuviera en sus cabales acudiría a él para pedirle consejo sobre algo que importara.

Y a fin de cuentas, ¿un filósofo no debería ser eso, una persona a quien uno acude en busca de sabiduría, un oráculo? Recientemente John Major comentó que deseaba que Adam Smith aún viviera para poder pedirle su opinión. Es dolorosamente manifiesto que Major y Lamont no saben qué hacer con la economía inglesa, así como el presidente Bush no sabe qué hacer con la de Estados Unidos. Si todos sumaran sus fuerzas y convocaran a un sínodo de economistas de Harvard, Oxford, Yale y Cambridge, no aprenderían más pero quedarían ensordecidos por la babel de voces conflictivas. Si creyeran, como yo, que la política económica es más una cuestión filosófica que técnica, y acudieran a Ouine y Strawson, Rawls, Dworkin, Dummett y, en desesperación, a la baronesa Warnock, todavía perderían el tiempo. (Aunque una transcripción de las respuestas, corregida sin piedad, sería un entretenido artículo periodístico dominical.)

En la India, aun hoy, los hombres sagrados se acuclillan en los altares, esperando que las gentes los consulten. En los barrios negros de Washington D.C. vemos letreros que dicen "asesoramiento", pero se refieren a la astrología. El último grito de la moda urbana consiste en que las autoridades locales adopten "asesores", pero esto parece ser una treta para contratar activistas de izquierdas que de lo contrario no tendrían empleo. El gurú genuino es una especie en extinción, al menos en Occidente. La gente viajaba cientos de kilómetros para llegar a Weimar y consultar a Goethe, a Monticello para consultar a Thomas Jefferson, a Chelase para consultar a Carlyle, a Conisten Lake para consultar a Ruskin o para hacerle preguntas a Edison en su porche; no hace mucho tiempo iban a I Tatti para buscar a Berenson o a Rapallo para hablar con Max Beerbohm. Todavía buscan a Harold Acton en La Pietra. Pero nadie en el mundo soñaría con cruzar la calle para consultar a un profesor de filosofía moderno.

¿Entonces para qué sirve la filosofía? Recuerdo que a fines de los años 40 yo miraba los ciervos del parque desde la verja de hierro de Magdalen. Me acompañaba el temible Gilbert Ryle, entonces director de Mind. Una silueta elegante pasó apresuradamente por el parque. «¿Sabes quién es?», preguntó Ryle. «No.» «Es A. J. Ayer. Pudo haber sido un gran filósofo. El sexo lo arruinó.» La silueta desapareció rápidamente, como si fuera a una cita muy esperada. Años después visité la casa de Ayer en Londres por un encargo periodístico. La puerta se abrió y me atendió una joven voluptuosa, con suéter y pantalones teñidos, algo inusitado en esos tiempos. Sorprendido por esta aparición, pregunté absurdamente: ¿«Hablo con la señora Ayer?» «Ojalá fuera así», respondió con una sonrisa. Al menos Freddie sabía para qué servía la filosofía -o la reputación de gran filósofo-, y si hubo una doctrina con la que nunca estuvo de acuerdo fue el amor platónico. Sin duda la filosofía también sirve para otras cosas. Pero hoy día parece incapaz de decirnos cómo vivir, o cómo morir.

 

En Al diablo con Picasso y otros ensayos

4 de nov. de 2008

Roman Polanski - Lampa (La lámpara), 1959

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Intérpretes: Roman Polanski.
Director: Roman Polanski.
Guión: Roman Polanski.
Fotografía: Krzysztof Romanowski


Stephan Grappelli y Michel Petrucciani - Flamingo

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Stephane Grappelli :Violín
Michel Petrucciani :Piano
George Mraz :Contrabajo
Roy Haynes :Batería


2 de nov. de 2008

Thomas Bernhard – Los maestros antiguos (dos fragmentos)

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[…]

Si contemplamos un cuadro bastante tiempo, aunque sea el más serio, tenemos que caricaturizarlo, dijo, para soportarlo, y así tenemos también que convertir a nuestros padres en caricaturas, a nuestros superiores, si los tenemos, en caricaturas, al mundo entero en caricatura, dijo. Mire usted bastante tiempo un autorretrato de Rembrandt, cualquiera, y se le convertirá a la larga, con toda seguridad, en caricatura, y se apartará de él. Mire usted bastante tiempo el rostro de su padre, y se le convertirá en caricatura y se apartará de él. Lea a Kant con insistencia y con más insistencia aún y de pronto le dará un ataque de risa, dijo. Al fin y al cabo, todo original es ya en realidad, en sí, una falsificación, dijo, ya comprende lo que quiero decir. Naturalmente, hay fenómenos en el mundo, en la naturaleza, como usted quiera, que no podemos ridiculizar, pero en el arte se puede ridiculizar todo, todo hombre puede ser ridiculizado y convertido en caricatura si queremos, si lo necesitamos, dijo. Eso, si estamos en condiciones de ridiculizar, no siempre estamos en condiciones, y entonces se nos lleva la desesperación y luego el diablo, dijo. Da igual qué obra de arte, puede ser ridiculizada, dijo, que se le presenta a uno como grande y, en un instante, uno la ridiculiza, lo mismo que también a un ser humano, al que hay que ridiculizar porque no se puede hacer otra cosa. Pero la mayoría de los seres humanos son realmente ridículos, dijo Reger, y uno se ahorra el ridiculizarlos y la caricatura. La mayoría de los seres humanos, sin embargo, son incapaces de caricaturizar, lo contemplan todo hasta el final con una terrible seriedad, dijo, y no se les ocurre la idea de hacer una caricatura, dijo."

 

[…]

 

tintoretto

El mundo no es más que algo intranquilizador en donde nadie encuentra ya protección, ni uno sólo, así Reger en el Ambassador. Entonces Reger miró El hombre de la barba blanca y dijo, la verdad es que la muerte de mi mujer no es sólo mi mayor desgracia, también me liberó. Con la muerte de mi mujer me volví libre, dijo, y cuando digo libre, quiero decir totalmente libre, libre en mi totalidad, completamente libre, si sabe usted o sospecha al menos lo que eso quiere decir.  Ya no espero la muerte, vendrá por sí misma sin que piense en ella, si viene, me resulta totalmente indiferente cuándo. La muerte del ser querido es también la monstruosa liberación de todo nuestro sistema, dijo Reger entonces. Con esa sensación, la de que soy completamente libre, existe desde hace ya bastante tiempo. Ahora puedo dejar que todo me llegue, realmente todo, sin tenerme que defender de ello, ya no me defiendo, así son las cosas, así Reger entonces. Mirando El hombre de la barba blanca dijo, realmente me ha gustado siempre El hombre de la barba blanca, Tintoretto no me ha gustado pero sí El hombre de la barba blanca de Tintoretto. Desde hace más de treinta años miro ese cuadro y todavía puedo seguir mirándolo, no hubiera podido mirar ningún otro cuadro más de treinta años. Los Maestros Antiguos cansan rápidamente, si los miramos sin escrúpulos, y decepcionan siempre si los sometemos a una contemplación detallada, si, por decirlo así, los convertimos en objeto brutal de nuestro entendimiento crítico. La verdad es que esa forma de contemplación realmente crítica no la resiste ninguno de los llamados Maestros Antiguos, así Reger ahora. Leonardo, Miguel, Tiziano, se nos deshacen ante los ojos increíblemente de prisa y al final un arte de supervivencia, aunque sea genial e indigente, se revela como un indigente intento de supervivencia. […]

 

Transcripción de Los Maestros Antiguos

Versión española de Miguel Sáenz

Madrid, Alianza Tres, 1991