31 de ago. de 2008

Diógenes Laercio – Heráclides

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1. Heráclides, hijo de Eutifrón, fue natural de Heraclea, en el Ponto, y hombre rico. Pasó a Atenas, donde primero oyó a Espeusipo, luego a los pitagóricos, e imitaba a Platón, y, finalmente, fue discípulo de Aristóteles, como dice Soción en las Sucesiones. Usaba vestido muy blando y era tan hinchado de cuerpo, que los atenienses no lo llamaban Póntico, sino Pómpico. Su andar era modesto y grave.

 

2. Nos quedan de él bellas y excelentes obras. Primeramente sus Diálogos, de los cuales los morales son: tres De la justicia, uno De la templanza, otro De la piedad, otro De la fortaleza, otro De la virtud en común, otro De la felicidad, otro Del principado, otro De las leyes y de otras cosas análogas a éstas. Un libro acerca de los nombres, otro intitulado Pactos, otro el Involuntario amoroso y Clinias. Los físicos son: De la mente, Del alma. Del alma en particular, De la naturaleza y de los simulacros, Contra Demócrito, De lo que hay en el cielo, De lo que hay en el infierno; dos libros de Vidas, uno intitulado Causas de las enfermedades, otro De lo bueno, Contra Zenón, y otro Contra Metrón. Los libros gramáticos son: dos acerca de la edad de Homero y Hesíodo, y dos De Arquíloco y Homero. Los de música son: tres De cosas contenidas en Eurípides y Sófocles, dos De música, dos De soluciones homéricas, uno Teoremático, otro De los tres poetas trágicos, otro intitulado Caracteres, otro De la poesía y poetas, otro De la conjetura, otro De la previsión, cuatro De narraciones acerca de Heráclito, uno De narraciones acerca de Demócrito, dos De soluciones en las controversias, uno intitulado Axiomas, otro De las especies, otro intitulado Soluciones, otro Amonestaciones, otro A Dionisio. Sobre la Retórica escribió: Del orar, o sea Protágoras. Y de Historia escribió acerca de los pitagóricos y de los inventos. Algunas de estas obras las compuso por estilo cómico; verbigracia, la Del deleite y la De la prudencia. Otras por estilo trágico, como la De lo que hay en el infierno, la De la piedad y la Del poder. Usa también cierta medianía en el lenguaje, a imitación de los filósofos, capitanes y ciudadanos que comunican entre sí. Existen además obras suyas De Geometría y Dialéctica. En todas ellas es su estilo vario y conciso, y muy poderoso para captar los ánimos.

 

3. Parece también que libertó a su patria tiranizada, quitando la vida al tirano, según afirma Demetrio de Magnesia en sus Colombroños, el cual trae la historia siguiente. Dice que crió un dragón desde pequeñito hasta la magnitud justa, y hallándose ya cercano a la muerte, llamó a un confidente suyo y le encargó que luego que muriese, escondiese su cadáver y pusiese el dragón en la cama, para que pareciese había él ascendido a los dioses. Ejecutóse todo. Luego después, al sacar a entierro los ciudadanos a Heráclides, y celebrando su buena memoria, como el dragón oyó las voces, salió de entre la ropa y asustó a muchos. Últimamente se descubrió todo, y Heráclides compareció, no como creía, sino como era. Hay unos versos míos a él, que dicen así:

 

Dejar querías a los hombres todos

opinión, oh Heráclides,

que muriendo en dragón te transformaste;

mas saliste engañado, pues la bestia

dragón era, por cierto

y tú la bestia fuiste antes que sabio.

Esto lo refiere también Hipoboto.

 

4. Pero Hermipo dice que, afligiendo el hambre a la provincia de Heraclea, consultaron los heracleotas a la pitonisa para el remedio. Que Heráclides corrompió con dinero a los consultores del oráculo, y aun a la misma profetisa a fin de que dijesen que el daño cesaría si coronaban a Heráclides, hijo de Eutifrón, con una corona de oro. vivo todavía entre ellos, y después de muerto lo honraban como a héroe. Vino finalmente el oráculo, pero nada ganaron los que lo fingieron, pues luego que fue coronado Heráclides en el teatro, le dio una apoplejía, y los consultores del oráculo se cayeron muertos. Aun la misma pitonisa, habiendo ido al ádito[1] en aquella misma hora y puesto el pie sobre un dragón, fue mordida de él y murió luego. Esto es cuanto se refiere acerca de la muerte de Heráclides.

 

5. Aristójeno, músico, dice que también componía tragedias y las publicaba con el nombre de Tespis. Camaleón dice igualmente que Heráclides le robó a él lo que escribió sobre Hesíodo y Homero. No menos Autodoro lo carga contradiciéndole a lo que escribió de la justicia. Finalmente, habiendo Dionisio, el llamado Desertor (o según algunos, Espintaro), escrito su Partenopeo, y publicándolo con el nombre de Sófocles, lo creyó de este Heráclides, y en algunos lugares de sus Comentarios se sirve de las autoridades de él como verdadero escrito de Sófocles. Advirtiendo esto Dionisio, avisó del hecho a Heráclides; mas como éste lo negase y no quisiese creerlo, le escribió aquél los primeros versos, cuyas letras iniciales decían Pagka/lwv (Pagcalos). Este Pancalo era bardaja de Dionisio. Como todavía no lo creyese, y dijese podía haber ello sido obra del acaso, le volvió a escribir Dionisio diciendo que también hallaría en la misma obra lo siguiente:

 

No se coge con lazo mona vieja;

y si acaso se coge,

se coge con trabajo y mucho tiempo.

 

Como también hallaría en los mismos versos:

Heráclides no conoce las letras, y no se avergüenza.

6. Hubo catorce Heráclides: el primero, este de quien hablamos; el segundo, paisano suyo, el cual compuso pirriquias y cosas de poca monta; el tercero fue cumeo, y escribió en cinco libros las cosas de Perita; el cuarto, también cumeo, fue retórico y escribió de este arte: el quinto fue calaciano o alejandrino, el cual escribió las Sucesiones en seis libros, y la Oración lembéutica, por la cual era llamado Lembo; el sexto fue alejandrino y escritor de los idiomas pérsicos;[2] al séptimo fue bargileíta, y escribió contra Epicuro; el octavo, médico hicesio; el noveno, médico empírico, natural de Taranto, el décimo escribió reglas de poesía; el undécimo fue escultor foceo; el dudodécimo, un hábil poeta epigramático; el decimotercero fue de Magnesia, y escribió las cosas de Mitrídates, y el decimocuarto escribió de astrología.

 


[1] Al lugar secreto del santuario, de donde daba los oráculos.

[2] Otros traducen De las propiedades pérsicas.

En Vidas de los filósofos más ilustres

Trad. del griego José Ortiz y Sanz

 

Marco Aurelio - Inasibles

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Las cosas están de alguna manera tan veladas que pareció a no pocos filósofos, y no a unos cualesquiera, que son inasibles, incluso los propios estoicos opinan que son difíciles de asir. Cualquier aquiescencia nuestra está sujeta a cambio. ¿Dónde está el infalible? Acércate después a los objetos concretos como a algo perecedero, de poco valor y susceptible de ser propiedad de un canalla, una puta o un pirata. Tras eso aproxímate a las conductas de tus congéneres, que son soportables a duras penas incluso la del más agraciado, por no hablar de que con dificultad se soporta uno a sí mismo. Por tanto en tales tinieblas, en tal basura, en tan gran flujo, ¿qué es lo que hay que estimar especialmente o puede sin más tomarse en serio de la realidad, del tiempo, del movimiento, de lo que se mueve? Ni siquiera lo intuyo. Por el contrario hay que esperar con ánimo la descomposición natural y no desesperar en la demora, es más, descansa en los siguientes preceptos: uno, no me ocurrirá nada que no es conforme a la naturaleza del todo; dos, me es posible no hacer nada contra mi dios y espíritu, porque no hay quien me obligue a ir contra él


Meditaciones 5.10


30 de ago. de 2008

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Colectivo Ruben Vizcaino Valencia

Somos un colectivo, organizado en memoria del Maestro Ruben Vizcaíno Valencia, y nos declaramos partidarios de la generosidad, la solidaridad y la entrega anonimas. En este espacio se utilizan, de manera extensa, los archivos que generosamente mantiene en la red ElCuervoLopez.



29 de ago. de 2008

Aulo Gelio - Atenta y prudente respuesta de Olimpias a su hijo Alejandro

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He leído en muchas historias de la vida de Alejandro, y muy recientemente en el libro de M. Varron intitulado Orestes o de la locura, una contestación muy amena de Olimpias, esposa de Filipo, a su hijo Alejandro. Este había escrito al frente de sus cartas: "Alejandro, hijo de Júpiter Ammón, a su madre Olimpias, salud". La madre le respondió sobre poco más o menos: "Ruégote, hijo mío, que calles; no vayas a denunciarme a Juno, que descargará su cólera sobre mí, si reconoces que soy su rival". De esta manera aquella prudente y sabia mujer advertía atentamente y con finura a su soberbio hijo que desechase una creencia que le habían imbuido la embriaguez de la victoria, la adulación de los cortesanos y los halagos de la fortuna.


Noches áticas
Traducción del latín de Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952




Estela de un tesorero de una dama de la corte

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Yo era el perro que duerme en la tienda,

el lebrel preferido en el dormitorio de su dueña.

En Cantos de amor del antiguo Egipto
Traducción de Borja Folch

28 de ago. de 2008

Nombrar, Nombre (Diccionario expositivo de palabras del Antiguo Testamento)

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A. Verbo

onomazo (ojnomavzw, 3687), denota: (a) nombrar, mencionar, o llamar por nombre (Hch 19.13: «invocar»); en voz pasiva (Ro 15.20: «hubiese sido nombrado»; Ef 1.21: «que se nombra»; 5.3: «se nombra»); mencionar el nombre del Señor en alabanza y adoración (2 Ti 2.19: «que invoca»); (b) nombrar, llamar, dar un nombre a (Lc 6.13, 14: «llamó»); voz pasiva (1 Co 5.11: «llamándose»; Ef 3.15: «toma nombre»). En algunos mss. aparece también en Mc 3.14. En tr aparece en 1 Co 5.1: «se nombra». Véase INVOCAR, LLAMAR, TOMAR NOMBRE.¶

B. Nombre

onoma (o[noma, 3686), se utiliza: (1) en general del nombre con el que se nombra a una persona o cosa (p.ej., Mc 3.16, 17: «puso por sobrenombre», lit. «añadió el nombre»; 14.32, lit.: «cuyo nombre es Getsemaní»); traducido en ocasiones como «llamado» (p.ej., Lc 1.5: «llamado Zacarías», lit. «de nombre»); en el mismo v.: «se llamaba Elisabet», lit. «el nombre de ella», sobrentendiéndose elípticamente «era»; Hch 8.9: «llamado Simón»; 10.1: «llamado Cornelio», lit. «por nombre Cornelio». El nombre se da en lugar de la realidad en Ap 3.1. En Flp 2.9, el nombre representa «el título y la dignidad» del Señor, como en Ef 1.21 y Heb 1.4;

(II) de todo lo que un nombre implica, de autoridad, carácter, rango, majestad, poder, excelencia, etc., de todo lo que el nombre cubre; (a) del nombre de Dios como expresión de sus atributos, etc. (p.ej., Mt 6.9; Lc 1.49; Jn 12.28; 17.6,26; Ro 15.9; 1 Ti 6.1; Heb 13.15; Ap 13.6); (b) del nombre de Cristo (p.ej., Mt 10.22; 19.29; Jn 1.12; 2.23; 3.18; Hch 26.9; Ro 1.5; Stg 2.7; 1 Jn 3.23; 3 Jn 7; Ap 2.13; 3.8); también las frases traducidas «en el nombre»; estas pueden ser analizadas como sigue: (1) representando la autoridad de Cristo (p.ej., Mt 18.5; con epi, «sobre la base de mi autoridad»); así en Mt 18.5, falsamente, y en pasajes paralelos; como acreditado por el Padre (Jn 14.26; 16.23, última cláusula); (2) en el poder de (con en, en; p.ej., Mc 16.17; Lc 10:17; Hch 3.6; 4.10; 16:18; Stg 5:14); (3) en reconocimiento o confesión de (p.ej., Hch 4.12; 8.16; 9.27, 28); (4) en reconocimiento de la autoridad de, en ocasiones combinado con el pensamiento de apoyarse o reposar sobre (Mt 18.20; cf. 28.19; Hch 8.16; 9.2, eis, hacia, hacia dentro; Jn 14.13; 15.16; Ef 5.20; Col 3.17); (5) debido al hecho de que uno sea llamado por el nombre de Cristo o a que sea identificado con Él (p.ej., 1 P 4.14, con en, en); con jeneken, por causa de (p.ej., Mt 19.29); con dia, a causa de, debido a (Mt 10.22; 24.9; Mc 13.13; Lc 21.17; Jn 15.21; 1 Jn 2.12; Ap 2.3). Para 1 P 4.16, véase Nota más abajo;

(III) significando personas, por metonimia (Hch 1.15), lit.: «la multitud de nombres», traducido en rvr como «en número»; Ap 3.4: «unas pocas personas», lit.: «unos pocos nombres»; 11.13: «siete mil hombres», lit. «nombres de hombres siete mil».

Nota: En Mc 9.41, la utilización de la frase en junto con el caso dativo de onoma (como aparece en los mss. más comúnmente aceptados) sugiere la idea de «por razón de» o «sobre la base de»; esto es, «debido a que sois mis discípulos»; 1 P 4.16: «en este nombre», véase vm, siguiendo los mss. más comúnmente aceptados, puede tomarse de la misma forma.

C. Adjetivo

eufemos (eu[fhmo", 2163), «de buen nombre» (Flp 4.8), se trata bajo BUENO, C, Nº 6.¶

Nota: juper, con el genitivo, se utiliza en 2 Co 5.20 en sentido de «en representación», traducido «en nombre de Cristo». En otros pasajes esta misma construcción se traduce «por» (p.ej., Mt 5.44; Mc 9.40; 14.24, etc.); «por causa» (Hch 5.41); «por amor de» (Ro 1.5); «por causa de» (1 Co 4.6); «por amor a» o «por amor de» (2 Co 12.10, 15); «en lugar» (Flm 3); «a favor» (Heb 5.1, etc.).

 

Edición: Merrill F. Unger - William White

Traducido y revisado por Guillermo Cook

Hippokámpê

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Michel Clement USA Michel Clement, USA 2007

24 de ago. de 2008

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VERDON JEAN - Sombras y luces de la edad media
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23 de ago. de 2008

Proclo - Himno común a los dioses e Himno a Dios

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IV - Himno común a los dioses



Oídme, oh Dioses, vosotros que gobernáis el timón
De la sagrada sabiduría, y que, encendiendo en las
Ánimas de los hombres la llama del deseo del retorno,
Las atraéis hacia los Inmortales, dándoles,
Por las indecibles iniciaciones de los himnos,
El poder de evadirse de la oscura caverna
Y de purificarse. ¡Oídme, poderosos liberadores!
Concededme, por la comprensión de los libros divinos
Y disipando la tiniebla que me rodea, una luz
Pura y santa a fin de que pueda comprender con claridad
Al Dios incorruptible y también al hombre que yo soy.
Que un Daimon perverso jamás,
Asediándome de males, me retenga,
Eternamente cautivo en oleaje del olvido,
¡Alejándome de los Dioses!
Que jamás, una expiación aterradora,
Me encadene en la prisión de la vida (del cuerpo)
Cayendo mi alma en las heladas olas de la generación
Y en las que no quisiera errar demasiado tiempo!
Oídme, vosotros, oh Dioses, soberanos de deslumbrante sabiduría,
Revelad al que se apresura en el sendero ascendente
Del retorno, los santos éxtasis y las iniciaciones
¡Que residen en el corazón de las sagradas palabras!




IX - Himno a Dios



Oh Tú, que todo lo trasciendes, que estás más allá de todo,
¿Acaso me es permitido cantarte llamándote de otra manera?
¿Cómo celebrarte, oh Tú, que eres trascendente a todo?
¿Con qué palabras dirigirte alabanzas?
Con ninguna palabra, en efecto, puedes ser nombrado,
Siendo el único sin nombre, engendras, sin embargo,
Todo lo que puede enunciar el verbo.
¿Cómo puede contemplarte la inteligencia?
Pues Tú no puedes ser abarcado por ninguna inteligencia.
Siendo el único Desconocido,
Engendras, sin embargo, todo lo que el espíritu puede co¬nocer.
Todo lo que puede decir la palabra y todo lo que no puede decir la palabra
Te proclama.
Todo lo que puede concebir el espíritu y todo lo que no puede concebir,
Te glorifica.
Los deseos de todos y las dolorosas aspiraciones de todos
Giran alrededor de Ti.
Delante de Ti todo está en adoración
Y todo el que posee el conocimiento del signo
Mediante el cual se Te puede reconocer
Te canta un himno silencioso.
Todo procede de Ti mas Tú no procedes de nada
Y por ello eres solo.
En Ti todo es inmóvil pero todas las cosas
Se unen para precipitarse hacia Ti.
Eres el fin de todo; único y total,
Lo abrazas todo no siendo ni Uno ni Todo.
¡Oh Tú, a quien se invoca bajo nombres tan diversos,
¿Cómo podré llamarte?
¡Oh Tú, que eres el único a quien no puede llamarse!
¿Qué celeste inteligencia podrá deslizarse bajo los velos
Que Te recubren con deslumbrante luz?
Ten piedad de mí, oh Tú, que estás más allá de todo;
¿Acaso me es permitido cantarte llamándote de otra manera?



Traducción: Josep Soler




Proclo (412-485 d. C.), sucesor de sus maestros Jámblico y Siriano al frente de la Academia de Atenas, la presidió durante más de 40 años, en tanto que diádokos o sucesor de Platón. De su obra inmensa se ha conservado varios libros que representan la que se llamaba Teología platónica, pues se consideraba divina la obra de Platón, mientras que la de Aristóteles se estudiaba como una introducción a ella. En castellano se encuentran fragmentos de sus comentarios a los Oráculos Caldeos, incorporados en la edición de Ed. Gredos, así como unos himnos incluidos en la publicación de Dionisio Areopagita, Los Nombres Divinos y otros escritos, Antoni Bosch Editor, Barcelona 1980, hoy agotado y de los que reproducimos dos Himnos.


20 de ago. de 2008

Mircea Eliade – Un episodio de Parsifal

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La leyenda de Parsifal contiene uno de los episodios más significativos: el Rey Pescador (li reis peschëors) está enfermo y nadie lo puede curar. Es una enfermedad muy extraña: desgano, envejecimiento, debilidad extrema. Se han urdido numerosas hipótesis a este respecto. Según ciertos textos medievales, sobre el Grial prevalecía o tenía, como sea, una relación directa con el sagrado cáliz llevado a Europa - dice la leyenda- por José de Arimatea. No es este el lugar adecuado para estudiar el sentido simbólico del "título" de Rey Pescador (li riche pescheür). Baste recordar que el pez simbolizaba la renovación, la resurrección, la inmortalidad. El cáliz del Santo Grial se confunde a veces con el pescador rico, como en el José de Arimatea de Robert de Boron. Por otra parte, elementos nórdicos, celtas, intervinieron también en la leyenda. La tradición céltica habla de un "pez de la sabiduría" (salmon of wisdom) que se puede asociar al Grial o al Rey Pescador (A. Nutt, Studies on the Legend of the Holy Grail, Londres, 1888).

La enfermedad del Rey Pescador implica la esterilidad en los alrededores del castillo donde muere el misterioso soberano. Los ríos no corren más en su lecho, los árboles ya no reverdecen, la tierra no da más frutos, los granos ya no germinan. Resulta terrible e incomprensible que las aves ya no se apareen, que las palomas languidezcan y se desplomen tocadas por el ala de la muerte. El castillo mismo amenaza con quedar en ruinas. Las murallas crujen lentamente carcomidas por una potencia invisible: los puentes levadizos se pudren, las piedras se desprenden de las murallas y caen hechas polvo, como si los siglos fueran instantes.

Desde los cuatro rincones del mundo llegan sin cesar los caballeros, atraídos por el renombre del Rey Pescador. Pero el estado de abandono del castillo y la misteriosa enfermedad del rey los sorprende tanto, que se olvidan de la cuestión que los había llevado allí: en lugar de indagar sobre el Grial, del lugar en dónde encontrarlo, se acercan confundidos al enfermo, lo cuestionan y lo reconfortan. Con cada visita de un caballero, el mal del rey empeora y el reino queda un poco más devastado. Cuando los caballeros pasan la noche en el castillo, se les encuentra muertos a la mañana siguiente.

Así, Parsifal va a ver en su torre al Rey Pescador sin saber que está enfermo. Entre paréntesis, añadamos que Chrétien de Troyes en su Parsifal se obstina en volver tonto a su héroe. Para tratar de exaltar la gracia divina que transfigura al paladín, se esfuerza en describir a Parsifal el sencillo o, dice Nutt, al Great Fool, un tipo bien conocido del folklore universal (cfr. Eugène Anitchkof, Joachim de Fiore et les miliueux courtois, Roma, 1931). La partida de Parsifal es risible: los demás caballeros se burlan al verlo montar su caballo y pasar atiborrado. ¿No hay nada más ridículo para un caballero que valerse de un fuete, de una rama, para hacer avanzar a su caballo? En el castillo, sus toscas maneras lo vuelven cómico y divierten a la corte. No solamente es rústico, sino francamente tonto. Cuando encuentra a una joven, se precipita para abrazarla y le dice que estaba obligado por la courtoisie.

¿No es el Parsifal visto por Chrétien de Troyes un admirable prototipo del Don Quijote? Tienen aventuras idénticas y sus psicologías se corresponden. Así, por ejemplo, el rocín de Parsifal y su grotesca partida (su madre intenta detenerlo, ¡para que el ridículo no lo cubra en la corte del rey!), o la escena donde abraza a la joven. Pero lo más revelador es la estupidez de los dos caballeros errantes. Detrás de tal estupidez y ridículo, vemos operar a la Gracia (con Parsifal) y al Sueño (con Don Quijote). ¡Qué lástima que Unamuno, que había leído todo, no hubiera conocido las deliciosas descripciones de Chrétien de Troyes! El caballero de la triste figura habría encontrado a un admirable compañero en este Parsifal el sencillo - quien no obedece a todas las reglas de la caballería, pero la Gracia que lo habita transfigurará a la caballería medieval en un nuevo tipo humano.

Regresemos mientras tanto al castillo del Rey Pescador, a cuya torre llega Parsifal. En su primera visita, se conduce como los otros, como un "enviado". Vuelve a partir pero se le dice que debería haberle preguntado al Rey Pescador sobre el Grial. "Si tan sólo le hubieras preguntado lo que debía hacerse, lo que ayudaría al rey a salir de su enfermedad y a devolverle su juventud". En efecto, en la segunda ocasión, cuando le hace al rey la pregunta correcta, la pregunta necesaria, éste sana y se rejuvenece milagrosamente. "El Rey Pescador mejora y su naturaleza vuelve a su plenitud". Al mismo tiempo, las murallas del castillo se reconstruyen y el reino se regenera.

En una leyenda paralela, cuando sir Gawain se lanza a la búsqueda de la lanza sangrante, la que traspasó el costado del Redentor en la cruz (y en consecuencia, un sustituto o complemento del Grial), "los ríos vuelven a correr en su lecho y los bosques reverdecen".

Falta sólo una pregunta para que los milagros se cumplan, pero ésta no es hecha. Nadie la hace; ningún caballero del Grial sería tan tonto como para ignorar la decencia (¿quién quiere interrogar a un enfermo en tal estado?) para sumergirse en el misterio del Santo Cáliz; la enfermedad del rey empeoraría y el ritmo de la vida cósmica se alteraría. Esta no sería una pregunta banal como todas las que hacen los caballeros ante Parsifal, sino la pregunta correcta, la única que se espera, la única que puede dar frutos. Las preguntas previas habían nacido de la sorpresa o de la cortesía, no de la necesidad inmediata de conocer la verdad y la salvación - y es esto lo que simbolizaba el Santo Grial en el mundo medieval: la verdad y la salvación. Parsifal, instalado en el castillo para emprender la búsqueda del Grial, hace una sola pregunta: la correcta, aquella que tiene por único efecto precisar. Ahora bien, antes de que se le responda, que se le diga dónde se encuentra el cáliz, el simple enunciado de la pregunta correcta entraña ya una regeneración cósmica en todos los niveles de la realidad: los ríos corren, los bosques reverdecen, la tierra recupera su fertilidad y el rey su virilidad y su juventud.

Este episodio de la leyenda de Parsifal es significativo de la condición humana. Nuestro destino se obstina en que no hagamos la pregunta correcta, la que es necesaria y urgente, la única que cuenta y que puede rendir frutos. En lugar de preguntarnos - en términos cristianos- dónde se encuentra la verdad, el camino y la vida, preferimos perdernos en un laberinto de preguntas y reflexiones que efectivamente poseen algún encanto e incluso ciertas cualidades, pero que no enriquecen realmente nuestra vida espiritual.

Este episodio explica admirablemente lo siguiente: incluso antes de que se haya obtenido una respuesta satisfactoria, una pregunta correctamente hecha regenera y fertiliza, y no solamente al ser humano sino al Cosmos entero. Nada ilustra mejor la quiebra del hombre al rehusar interrogarse sobre el sentido de su existencia que esta imagen de la naturaleza sufriendo en espera de una pregunta adecuada. Tenemos la creencia de que naufragamos solos, uno a uno, porque no queremos preguntarnos dónde está la verdad, el camino y la vida. Creemos que nuestra salvación o nuestro naufragio dependen personalmente de cada uno. Pensamos que nuestra problemática, buena o mala, no compete a nadie más que a nosotros; pero esto es falso. La solidaridad de los hombres existe en niveles muy ínfimos, en sus instintos o en sus intereses económicos, pero también existe en su destino espiritual. Para una persona que vive entre los hombres le resultará difícil buscar la salvación sola si quienes lo rodean no piensan lo mismo. Un pensador tan profundo y original como Orígenes, no dudaba en afirmar que los hombres se redimirían juntos (apokathastasis) y no aisladamente cada uno. Sobre este punto es difícil decir si tenía razón o no; como sea, el ecumenismo permanece como el ideal de cualquier forma de vida cristiana.

Interpretando este episodio de Parsifal, podríamos decir que toda la naturaleza padece la indiferencia del hombre debido a esta pregunta central. La solidaridad sobrepasaría todo el conjunto de la comunidad humana de la que formamos parte, para extenderse a la vida cósmica que nos circunda, sea animada o aparentemente inanimada. La paideurna sufre y se altera a causa de nuestra insignificante quiebra. Cuando perdemos el tiempo debido a futilidades y a cuestiones ociosas, no nos matamos nosotros solamente, a semejanza de los caballeros frívolos en el castillo del Rey Pescador; también matamos un poco una parcela del Cosmos. Cuando el hombre olvida preguntarse dónde se encuentra la fuente de su salvación, las cosechas desaparecen y - calladas- las aves se afligen. ¡Qué supremo símbolo de la solidaridad del hombre con el Cosmos!

A la luz de este episodio de Parsifal, los hombres que no dudan en interrogarse y preguntarse por la verdad y la vida adquieren súbitamente una importancia fundamental. Las cuestiones que turban los sueños y los dramas que atormentan sus almas sostienen y nutren a una nación entera. Gracias al sufrimiento de estos extraños elegidos, la cultura de cada nación se vuelve fecunda y victoriosa, y la historia se abre camino a través del tiempo. Los hombres viven con buena salud gracias a las preguntas que se hacen aquellos que, como Parsifal, padecen por nuestra pereza espiritual. Además, sin ellos, la naturaleza se empobrecería, desecada por nuestra falta de inteligencia, de generosidad y de audacia. Quiero creer -como me lo ha hecho entender Parsifal- que nos encontraríamos infecundos y enfermos el día de mañana, a imagen de la vida en el reino del Rey Pescador, si no existieran en cada país, en cada momento histórico, algunos hombres intrépidos, espíritus iluminados que se hacen la pregunta correcta.

18 de ago. de 2008

Sagunto (Lucio Anneo Floro, Gestas romanas, Cap. V)

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Cuatro años escasos de reposo disfrutaba Roma, terminada la primera guerra púnica, cuando estalló la segunda, menos duradera, pues no pasó de dieciocho años, pero tan funesta por sus grandes desastres, que comparados los daños que por una y otra parte se experimentaron, puede considerarse como vencido el mismo pueblo vencedor.

Montaba en cólera al noble Cartaginés (una vez que se le despojó del predominio marítimo) haber perdido la Sicilia y verse precisado a pagar tributos, él, que hasta entonces estaba acostumbrado a exigirlos.

Aníbal, niño aún, juró a su padre ante el ara de los Dioses vengar a su pueblo, y por cierto que no tardó mucho en cumplir su juramento.

Como pretexto para reanudar la guerra eligió a Sagunto, antigua y opulenta ciudad de España, ilustre sí, pero ejemplo triste de lealtad para con los Romanos. Su independencia estaba garantida por un tratado celebrado entre Cartago y Roma; mas Aníbal, buscando ocasión de nuevos disturbios, la destruyó con sus manos y las de sus mismos pobladores, para que conculcando el convenio le quedara expedito el camino de Italia.

(...)

Fatigados los Saguntinos, después de nueve meses de sitio, por el hambre, por las máquinas de batir y las armas enemigas, convierten la defensa en desesperación, encienden en medio de la plaza una gran pira, y arrojándose en ella con sus familias y riquezas, sucumben al impulso de la espada y el fuego.

Roma pidió que se le entregara a Aníbal, autor de este desastre; mas tratando el Senado cartaginés de excusar el hecho, Fabio, jefe de la embajada, dice a los senadores: "¿Qué indecisión es ésa? En el seno traigo la paz y la guerra. ¿Qué elegís? - ¡La guerra!, exclamaron aquéllos. -Pues tomad la guerra", respondió aquél; y desplegando la toga en medio de la asamblea, declaró la guerra, con gran consternación de los circunstantes, como si realmente la hubiera llevado oculta en su seno.

No bien se había formado en España, por segunda vez, la horrible y desastrosa tempestad de la segunda guerra púnica y se encendió con el fuego de Sagunto el rayo destinado tiempo atrás para herir a los Romanos; cuando arrastrada súbitamente con vertiginoso ímpetu rompió por medio de los Alpes, y desde sus nieves, de fabulosa elevación, se desplomó sobre la Italia como si arrojada hubiera sido por los cielos.

(...)

Tercer rayo del furor de Aníbal fue el lago Trasimeno. Flaminio mandaba las fuerzas romanas. En esta ocasión dio al Cartaginés nueva muestra de su estrategia. Ocultó su caballería a favor de la densa niebla del lago y de los juncos pantanosos, y cayó repentinamente sobre nuestro ejército atacándolo del revés.

No podemos quejarnos de los Dioses: vaticinaron el desastre al temerario caudillo el enjambre de abejas que se posó sobre las banderas, la resistencia que las águilas opusieron a ser arrancadas del suelo y el gran terremoto que se dejó sentir al dar principio a la lucha: tal vez la vehemencia de aquella conmoción terrestre se produjera a impulso del movimiento de los hombres, de los caballos y del choque de las armas.

(...)

Todo se conjuró para aniquilar a aquel desgraciado ejército: el general enemigo, la tierra, el cielo, el día, en una palabra, la naturaleza toda. No satisfecho Aníbal con haber despachado falsos tránsfugas al campo romano, los que no tardaron en atacar por la espalda a nuestros soldados; luego que hubo observado que el campo de batalla era una vasta llanura abrasada por el sol, cubierta de arena y en la que sopla con frecuencia el Euro, que procede del Oriente, colocó de tal manera su hueste, que viéndose precisados los romanos a dar la cara, tuvieron en contra suya todos estos obstáculos. Parecía que Aníbal, manejando a su antojo el cielo, constituía en sus auxiliares al sol, al polvo y al viento.

(...)

Trad. J. Eloy Díaz Jiménez
Trascripto de la segunda edición de Espasa-Calpe
Buenos Aires, 1953










Claudio Eliano - Historia de los animales, 21

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El lugar magnífico y anhelado que cantó Homero llamándolo Océano, sitio en el que las divinidades toman sus baños, se halla en Etiopía, la tierra de las serpientes más grandes que existen: llegan a medir hasta treinta brazas y no tienen nombre de ningún tipo, pero, según se dice, pueden matar a un elefante y son capaces de vivir tanto como el más longevo de los animales. Así lo afirman los relatos que se transmiten en Etiopía. Ahora bien, los frigios, en sus consejas, dan testimonio de que en Frigia también existen serpientes de hasta diez brazas de largo que, en época estival, salen cotidianamente de sus cuevas a tomar el sol del mediodía. A orillas del río llamado Ríndaco, las sierpes dejan asentados en tierra parte de sus cuerpos, mientras los demás anillos se elevan; estiran el cuello sin moverlo y en silencio abren las fauces y con su aliento, que tiene algo de mágico, atraen a los pájaros. Así es que éstos, enteros, con plumas y todo, cautivados por el aliento hechizador, van a dar al estómago de los ofidios. Los reptiles persisten en estas actividades hasta que se produce el crepúsculo, después del cual se esconden para aguardar a los rebaños, sobre los que se arrojan cuando regresan de sus campos de pastoreo a los rediles; así producen muchas víctimas entre los animales y hasta llegan a matar a los pastores, con lo que obtienen alimentos en abundancia.





16 de ago. de 2008

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Anónimo - Libro de Alexandre
Hobsbawn Eric - Rebeldes primitivos
Jitrik Noé - Historia e imaginación literaria
Márquez Villanueva Francisco - Personajes y temas del Quijote
Russell Bertrand - El ABC de la teoría de la relatividad
Sartori Giovanni - Homo videns
Walser Robert - El paseo
Washington Peter - El mandril de Madame Blavatsky
Yourcenar Marguerite - El tiempo, gran escultor



Baquílides - Los jóvenes o Teseo (Ditirambo 17)

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Estrofa 1


Una nave de azulada proa que llevaba a Teseo, firme ante el estrépito del combate, y a dos veces siete espléndidos muchachos de entre los jonios, cortaba el mar de Creta; pues su trapo, de lejos reluciente, las brisas del Bóreas caían gracias a la ilustre Atenea que agita la égida. Le mordieron a Minos el corazón los santos dones de la diosa de adorable diadema, de Cipris, y su mano no pudo retener lejos de una doncella, sino que tocó sus blancas mejillas. Gritó Eribea llamando al descendiente de broncínea coraza de Pandión; lo vio Teseo, negros bajo las cejas giraron sus ojos, cruel dolor le desgarró el corazón y dijo: "Hijo del poderosísimo Zeus, puro ya no gobiernas dentro de tu pecho el ánimo; retén, héroe, tu dominante violencia.


Antístrofa 1

Lo que el destino todopoderoso que viene de los dioses nos ha asignado y hace inclinar la balanza de la Justicia, nuestra suerte prefijada cumpliremos, cuando llegue. Pero tú contén tu oneroso propósito. Si a ti como el más poderoso de los mortales una mujer noble te dio a luz, cuando participó del lecho de Zeus bajo las cumbres del Ida, la hija de amable nombre de Fénice, con todo también a mí la hija del rico Píteo me dio a luz, cuando yació con el marino Posidón, y le dieron las Nereidas coronadas de violetas un velo de oro. Por eso te exhorto, caudillo de los cnosios, a que reprimas tu insolencia, causa de muchos lamentos; pues no querría yo ver la inmortal amable luz de la Aurora una vez que a algunos de los otros jóvenes tú hubieras sometido contra su voluntad. Antes mostraremos la fuerza de nuestras manos; y lo que haya de suceder, la divinidad lo decidirá."


Epodo 1

Tales cosas dijo el héroe valiente con la lanza. Se asombraron los marineros ante la orgullosa audacia de aquel mortal; y al yerno del Sol irritó su corazón, tejió este un inaudito plan y dijo: "Padre Zeus de gran fuerza, escucha: si en verdad a mí la doncella fenicia de blancos brazos me dio a luz para ti, ahora envía desde el cielo un rápido relámpago de ígnea cabellera, señal reconocible; y así también a ti una mujer trecenia para el que sacude la tierra te engendró, Etra para Posidón,, este áureo adorno espléndido de mi mano tráeme desde las profundidades del mar, tras arrojar con audacia tu cuerpo hacia las mansiones de tu padre. Y sabrás si oye mi súplica el hijo de Crono, señor del trueno, que todo lo rige."


Estrofa 2

Oyó su irreprochable súplica Zeus de gran fuerza; para Minos, su hijo querido, hizo brotar preeminente honor que quería hacer visible a todos, y envió un relámpago. Él, el héroe firme en la guerra, al ver el prodigio grato a su corazón, sus manos extendió hacia el ilustre éter y dijo: "Teseo, estos dones que Zeus me concede los observas claramente; tú, por tu parte, lánzate al mar atronador, y el hijo de Crono, el soberano Posidón, tu padre, te procurará el más alto renombre sobre la tierra bien arbolada". Así dijo; pero a él no se le doblegó el ánimo, sino que, apostado sobre la bien trabada cubierta, saltó y lo acogió de buen grado el recinto marino. Se asombró el hijo de Zeus dentro en su corazón, y ordenó mantener a favor del ciento la bien trabajada nave. Pero el destino preparaba otro camino.


Antístrofa 2

Avanzaba con velos movim,iento el barco; lo impulasaba el viento Bóreas, coplando desde atrás. Se estremeció... (*) el grupo de jóvenes atenienses después que el héroe salto al mar, y de sus ojos brillantes como lirios vertían lágrimas, pues esperaban onerosa fatalidad. Mas unos delfines, habitantes del mar, llevaban rápidamente al gran Teseo a la mansión de su padre, señor de caballos; y llegó al palacio de los dioses. Allí tuvo miedo al ver a las ilustres hijas del dichoso Nereo; pues de sus espléndidos miembros brillaba un resplandor como de fuego, y en torno a sus cabellos remolineaban cintas trenzadas en oro; y danzando deleitaban su corazón con húmedos pies. Vio la querida esposa de su padre, a la venerable diosa de venerables ojos, en sus amables mansiones, Anfítrite; ella lo vistió con túnida purpúrea,


Epodo 2

y en sus ensortijados cabellos colocó una impecable corona, que antaño en sus bodas la taimada Afrodita le había dado, sombreada de rosas. Nada que los dioses quieran es increíble para los mortales de mente sensata. Junto a la nave de fina popa apareció. ¡Ph
êu!, en qué pensamientos frustró al caudillo cnosio, cuando llegó seco del mar, asombro para todos, y brillaban en torno a sus miembros los regalos de los dioses; las muchachas de espléndidos tronos gritaron con recién nacida alegría y resonó el mar. Y los jóvenes, a su lado, entonaron un peán con encantadora voz. Señor de Delos, regocijado en tu espíritu con los coros de los ceyos, concédenos obtener las dichas que envían los dioses.



(*)
Parece faltar una palabra monosilábica

Metro: de origen yámbico

Transcripto de Baquílides, Odas y fragmentos
Traducción Fernando García Romero
Madrid, Editorial Gredos, 2002




Ikkyu Sojun (1394 -1481) – Poema sin título

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Bajo los árboles, entre rocas, una rústica choza.
Mano a mano, poemas y sutras.
Podría quemar las páginas que guardo bajo mi hábito,
pero, ¿cómo olvidar las canciones escritas en mi corazón?

Traducción: Pedro Castro Sánchez
Madrid, Miraguano Ediciones, 2001



14 de ago. de 2008

Bertrand Russell - La pesadilla del matemático

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La visión del profesor Squarepunt

Explicación preliminar

 

Mi recordado amigo el profesor Squarepunt, el eminente matemático, fue durante toda su vida amigo y admirador de sir Arthur Eddington. Sin embargo, existía un punto en las teorías de sir Arthur que siempre turbaba al profesor Squarepunt, y era aquel el poder místico, cósmico, que sir Arthur confería al número 137. Si las propiedades que a dicho número se le suponían hubieran sido meramente aritméticas, no habría surgido dificultad alguna. Pero era, sobre todo en física, donde el 137 mostraba toda su virtualidad, la cual no era desemejante a la atribuida al número 666. Resulta evidente que las conversaciones con sir Arthur influyeron en la pesadilla del profesor Squarepunt.

El matemático, agotado por un día completo de estudio de las teorías de Pitágoras, se durmió finalmente en un sillón, donde un singular drama visitó sus dormidos pensamientos. Los números, en este drama, no eran las inermes categorías que él había considerado previamente, sino seres vivos, con aliento, dotados de todas las pasiones que estaba acostumbrado a comprobar en sus colegas, los matemáticos. En su sueño, se hallaba él en pie en el centro de una infinidad de círculos concéntricos. El primer círculo contenía los números del 1 al 10; el segundo, del 11 al 100; el tercero, del 101 al 1.000, y así sucesivamente, sin límite alguno, sobre la superficie infinita de una llanura sin confines. Los números impares eran varones, los pares hembras. Junto a él, en el centro, se hallaba Pi, el maestro de ceremonias. El rostro de Pi estaba enmascarado, pues era sabido que nadie podía mirarlo y sobrevivir; pero ojos penetrantes miraban a través del antifaz, inexorables, fríos y enigmáticos. Cada número tenía su nombre claramente señalado sobre su uniforme. Las diferentes clases de números tenían diferentes uniformes y diferentes formas: los cuadrados eran tejas, los cubos eran dados, los números redondos eran bolas, los primos indivisibles cilindros, y los números perfectos llevaban corona. Además de la diferencia de formas, los números eran también diferentes en cuanto a color. Los siete primeros círculos concéntricos poseían los siete colores del arco iris, excepto los formados por el 10, 100, 1.000, y así sucesivamente, que eran blancos, mientras el 13 y el 666 eran negros. Cuando un número pertenecía a dos de estas categorías —por ejemplo si, como el 1.000, era a la vez número redondo y cubo— llevaba un uniforme más honroso, y los más honorables eran los más escasos entre el primer millón de números.

Los números bailaban alrededor del profesor Squarepunt y de Pi un vasto y complicado ballet. Los cuadrados, los cubos, los primos, los números piramidales, los números perfectos y los redondos, se agitaban, entretejiendo cadenas, en una danza infinita y abrumadora; y mientras bailaban entonaban una oda a su propia grandeza:

Somos los números finitos.

Somos la materia del mundo.

Cualquier confusión que aflija a la Tierra

por nosotros es resuelta.

Reverenciamos a nuestro maestro Pitágoras

y profundamente despreciamos a las brujas y a los asnos.

Ni la bruja de Endor, ni al monte de Balaam

reconocemos como fuentes de sabiduría.

Mas, circularmente, en inacabable ballet

nos movemos, como cometas vistos por Halley.

Y honrados por el inmortal Platón

no creemos en la grandeza posterior de ningún mortal

Seguimos las leyes

sin una pausa,

pues somos los números finitos.

A una señal de Pi cesó el ballet, y, uno por uno, los números fueron presentados al profesor Squarepunt. Cada uno hizo un breve discurso, explicando sus méritos peculiares.

1: Soy el padre de todos, el padre de infinita progenie. Ninguno existiría sin mí.

2: No te estires tanto. Sabes que se necesitan dos para hacer más.

3: Soy el número de los triunviros, de los sabios orientales, de las estrellas del cinturón de Orión, de los Hados y de las Gracias.

4: Pero sin mí nada tendría cuatro esquinas; en el mundo no habría honestidad. Soy el guardián de la Ley Moral.

5: Soy el número de los dedos de una mano. Hago pentágonos y pentagramas. Sin mí, el dodecaedro no podría existir, y, como sabe todo el mundo, el universo es un dodecaedro. Así, sin mí, no habría universo.

6: Soy el número perfecto. Sé que tengo rivales advenedizos: el veintiocho y el cuatrocientos noventa y seis pretenden a veces ser iguales a mí. Pero están situados demasiado abajo en la escala jerárquica para contar contra mí.

7: Soy el número sagrado: el número de los días de la semana, el número de las Pléyades, el número de los candelabros de siete brazos, el número de las iglesias de Asia y el número de los planetas, pues no reconozco a ese blasfemo de Galileo.

8: Soy el primero de los cubos, exceptuado el pobre viejo Uno, que hoy día ya no se usa.

9: Soy el número de las musas. Todos los encantos y refinamientos de la vida dependen de mí.

10: Bien está, miserables unidades, que alardeéis; pero soy el dios-padre de las infinitas mesnadas que me siguen. Toda unidad me debe su nombre, y sin mí reinaría el desorden en vez de una estricta jerarquía.

En este momento el matemático, aburrido, se volvió hacia Pi y le dijo:

—¿No cree usted que el resto de las presentaciones deberían darse como efectuadas?

Ante esto, se elevó un griterío general:

11: Sí, yo he sido el número de los apóstoles, después de la defección de Judas.

12, que exclamó:

—Fui el dios-padre de los números en tiempo de los babilonios, y fui un dios-padre superior a ese miserable Diez, que debe su posición a un accidente biológico antes que a excelencia aritmética.

13: Soy el señor de la adversidad. Si se muestra grosero conmigo, le pesará.

Se elevó tal alboroto que el matemático se tapó los oídos con las manos y dirigió una implorante mirada en dirección a Pi. Éste agitó su vara de mando y gritó con voz de trueno:

—¡Silencio!, u os trocaréis en números inconmensurables.

Todos se pusieron lívidos y se sometieron.

Mientras duró el ballet, el profesor había estado observando un número, entre los primos, el 137, que parecía indómito y remiso a aceptar su sitio dentro de la serie. Repetidamente, intentó colocarse delante del 1, del 2 y del 3, haciendo gala de una agresividad que amenazaba destruir la armonía del ballet. Lo que pasmó al profesor Squarepunt aún más que esta desordenada conducta fue la aparición del confuso espectro de un caballero de Arturo, el cual insistía murmurando al oído del 137:

—¡Vamos, ve! ¡Ponte a la cabeza!

Si bien los nebulosos rasgos del espectro hacían difícil la identificación, el profesor reconoció al fin la oscura figura de su amigo sir Arthur. Esto le hizo simpatizar con el 137, pese a la hostilidad de Pi, que trataba de reducir al rebelde número primo.

Por fin, el 137 exclamó:

—Es una maldición el exceso de burocracia que hay aquí. Lo que yo deseo es la libertad para el individuo.

La máscara de Pi contrajo el entrecejo, pero el profesor intercedió diciendo:

—No sea demasiado severo con él. ¿No ha observado que está regido por un Familiar? Conocí en vida a este Familiar y, por lo que veo, puedo garantizar que es él quien inspira los sentimientos antigubernamentales del Ciento Treinta y Siete. En cuanto a mí, me gustaría oír lo que el Ciento Treinta y Siete tenga que decir.

Un tanto recelosamente, Pi dio su consentimiento. El profesor Squarepunt dijo:

—Dime, Ciento Treinta y Siete: ¿cuál es el motivo de tu rebelión? ¿Es una protesta contra la desigualdad lo que te inspira o simplemente que tu ego se ha desbordado por las alabanzas de sir Arthur? ¿O se trata, como intuyo a medias, de una profunda repulsa ideológica de la metafísica que tus colegas han absorbido de Platón? No temas decirme la verdad. Haré de intermediario con Pi, acerca de quien sé tanto, por lo menos, como él de sí mismo.

Ante éstas, el 137 prorrumpió en vehemente discurso:

—¡Tiene usted razón! Es su metafísica lo que no puedo soportar. Pretenden aún ser eternos cuando su propia conducta muestra que no creen en tal cosa. Todos nosotros encontrábamos triste el cielo de Platón y decidimos que gobernar el mundo sensible sería mucho más interesante. Desde que bajamos del Empíreo hemos sentido emociones semejantes a las vuestras: Cada número impar ama a su correspondiente número par, y cada uno de éstos se comporta con afecto hacia los impares, pese a encontrarlos muy extraños.1

Nuestro imperio, ahora, es de este mundo, cuya suerte será también nuestra suerte.

El profesor se halló de completo acuerdo con el 137, pero todos los demás, incluyendo a Pi, le consideraron un blasfemo, y se abalanzaron sobre ambos, número y profesor. La infinita hueste, que se extendía en todas direcciones más allá de lo que la vista podía alcanzar, se precipitó también sobre el profesor, con un furioso zumbido. Por un momento se sintió aterrorizado, pero después se recobró, y reuniendo súbitamente su reanimada sabiduría, gritó con voces estentóreas:

—¡Atrás! ¡No sois más que convivencias simbólicas!

Con un lamento de premonición y muerte, el conjunto de la vasta hueste se disipó en la niebla. Al despertarse, el profesor se oyó a sí mismo las siguientes palabras:

—¡Y otro tanto digo de Platón!

 


1 Juego de palabras intraducible. Odd, impar en inglés, significa también raro, extraño. (N. del T.)

 

Pesadillas de personas inminentes

Trad.: Juan Gómez Casas

Ilustraciones: Charles Stewart

Barcelona, 1989

13 de ago. de 2008

Juan de Mandeville - De la isla de Rodas y de una cabeça de un hombre que salió del sepulchro de una donzella.

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Grab20

Aquesta isla tomaron por fuerça al emperador de Constantinopla, la qual isla solía ser llamada Colos. D´esto es buen testigo sant Pablo y lo muestra en sus epístolas escriviendo a los d´esta isla ad colosenses. Llámase oy en día Rodas porque, según escrive Eusebio, dize que cuando los fundamentos d´esta ciudad se hazían fue hallado un ramo de rosas tan fresco como si entonces se cogiera: por eso la llamaron "Rosas", y andando el tiempo, se ha corrompido el vocablo y llámase oy en día "Rodas". Esta isla es oy casi toda la llave de la christiandad; el gran Turco la ha tenido muchas vezes cercada en gran trecho con todo su poder, y por voluntad de Dios nunca la ha podido ganar. Y tiene, entre las otras cosas de su guarda, una cosa milagrosa, y es que en el castillo crían muchos perros, los quales como quiere anochecer los embían a guardar la isla; y tienen tal conocimiento que si encuentran con algún moro lo hazen pedaços, y si encuentran con algún cativo christiano, lo halagan y le hazen muchas fiestas y le muestran el camino para yr a la ciudad. Es muy abundosa la tierra, y muy fértil de toda manera de frutas y muchas maneras de drogas que de ella sacan. De Constantinopla a aquella isla ay trezientas leguas yendo por la mar.

De Rodas van a Chipre, donde se hazen buenos vinos y fuertes, y primero son bermejos y después se tornan blancos, y tanto quanto más viejos son se hazen más blancos. Aquí solía haver una hermosa ciudad la qual se llamava Sietelias, y es perdida por la locura de un mancebo: porque allí havía una donzella y fue muerta súbitamente, y fue puesta en una tumba de mármol, y por grande amor que el dicho mancebo le tenía, se fue a la tumba y la abrió y se echó con ella. Después de nueve meses oyó una boz el dicho mancebo que le dixo: "Vete a la tumba de aquella donzella y mira bien aquello que tú has engendrado en ella, y guárdalo bien; haz que no dexes nada, porque si no vas no te lo ternía en bien". El qual, yendo a la tumba, abrióla y luego boló encima d´él una cabeça muy desfigurada fuerte y cruel de mirar, la qual cercó toda la ciudad y tierra, y luego la ciudad se tornó en abismo. Y  assí en aquel lugar es muy peligroso passo, porque es tornada en agua y no es muy honda. Y de Rodas a Chipre ay bien cien leguas, aunque bien puede yr hombre a Chipre sin passar por Rodas dexando a Rodas a una parte.

 

En Libro de las Maravillas del mundo, Capítulo VI

Voltaire - Abuso de las palabras (Diccionario filosófico)

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Las conversaciones y los libros raras veces nos proporcionan ideas precisas. Se suele leer en demasía y conversar inútilmente. Es, pues, oportuno recordar lo que Locke recomienda: Definid los términos.
Una dama que come con exceso y no hace ejercicio cae enferma El médico le dice que domina en ella un humor pecante, impurezas, obstrucciones y vapores, y le prescribe un medicamento que le purificará la sangre. ¿Qué idea exacta puede tener de todas esas palabras? La paciente y la familia que las oyen no las comprenden; ni el médico tampoco. Antiguamente, el facultativo recetaba buenamente una infusión de hierbas caliente o fría.
Un jurisconsulto, en el ejercicio de su profesión, anuncia que por la inobservancia de las fiestas y los domingos se comete crimen de lesa majestad divina en la persona del Hijo, esto es, el segundo jefe. La expresión majestad divina nos da la idea del más enorme de los crímenes y, desde luego, del más horrendo de los castigos. Pero, ¿a propósito de qué la pronunció el jurisconsulto? Por no haber observado las fiestas de guardar, lo que puede suceder al hombre más honrado del mundo.
En todas las polémicas que se entablan acerca de la libertad, uno de los argumentadores entiende casi siempre una cosa y su adversario otra. Luego surge un tercero en discordia, que no entiende al primero ni al segundo, pero que tampoco lo entienden a él. En las disputas sobre la libertad, uno posee la potencia de pensamiento de imaginar, otro la de querer y el tercero el deseo de ejecutar; corren los tres, cada uno dentro de su círculo, y no se encuentran nunca. Igual sucede en las quejas sobre la gracia. ¿Quién puede comprender su naturaleza, sus operaciones, la suficiente que no basta y la eficaz a la que nos resistimos? Hace dos mil años que se viene pronunciando la frase «forma sustancial» sin tener la menor noción de ella; esta frase se ha sustituido ahora por la de «naturaleza plástica», sin ganar nada en el cambio.
Se detiene un viajero ante un torrente y pregunta a un labriego que ve al otro lado por dónde está el vado: «Id hacia la derecha», contesta el buen hombre. El viajero toma la derecha y se ahoga. El labriego va corriendo hacia él y le grita: «No os dije que avanzarais hacia vuestra mano derecha, sino hacia la mía». El mundo está lleno de estas equivocaciones.
Al leer un noruego esta fórmula que usa el papa: servidor de los servidores de Dios, ¿cómo ha de comprender que el que la dice es el obispo de los obispos y el rey de los reyes?
En la época en que los papeles fragmentarios de Petronio gozaban de fama en la literatura, Meibomins, sabio de Lubeck, leyó en una carta que imprimió otro sabio de Bolonia lo siguiente: «Aquí tenemos un Petronio completo, y lo he visto y lo he admirado». Ni corto ni perezoso, Meibomins emprende viaje a Italia, se dirige a Bolonia, busca al bibliotecario Capponi y le pregunta si es verdad que tiene allí el Petronio completo. Capponi le responde que es público y notorio, y acto seguido le conduce a la iglesia donde descansa el cuerpo de san Petronio. Meibomins toma la diligencia y huye.
Si el jesuita Daniel tomó a un abad guerrero, martialem abbatem, por el abad Marcial, cien historiadores han incurrido en mayores errores. El jesuita Dorleans, en su obra Revoluciones de Inglaterra, habla indiferentemente de Northampton y de Southampton, no equivocándose más que de Norte a Sur.
Frases metafóricas tomadas en un sentido propio han decidido muchas veces la opinión de muchas naciones. Conocida es la metáfora de Isaías: «¿Cómo caíste del cielo, estrella brillante que apareces al rayar el alba?» Supusieron que en esa imagen aludían al diablo, y como la voz hebrea que corresponde a la estrella de Venus se tradujo en latín por la palabra Lucifer, desde entonces se ha llamado siempre Lucifer al diablo.
El ejemplo más singular del abuso de las palabras, de los equívocos voluntarios y de los errores que han producido más trastornos, nos lo ofrece la voz Kin‑Tien, de China. Varios misioneros de Europa disputaron acaloradamente sobre la significación de esa palabra y Roma envió un francés llamado Maigrot, nombrándolo obispo imaginario de una provincia de China, para que decidiera el sentido de tal palabra. Maigrot desconocía por completo el idioma chino. El emperador se dignó explicarle lo que en su lengua significaba Kin‑Tien, Maigrot no lo quiso creer y logró que Roma excomulgase al emperador de China.
No acabaríamos nunca si hubiéramos de referir todos los abusos de palabras que nos acuden a la mente.




12 de ago. de 2008

Mahmud Darwish -La muerte de Fénix

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En los himnos que cantamos
hay una flauta,
en la flauta que nos habita
un fuego
y en el fuego que encendemos
un Fénix verde.
En su elegía no he distinguido
mi ceniza de tu polvo.

Una nube de lilas basta para ocultarnos la
jaima del pescador.
Camina, pues, sobre las aguas como el Señor.
Ella me ha dicho:
El recuerdo que llevo de ti no está
desierto
y ya no hay enemigos para las rosas que
surgen de los escombros de tu casa.

Un anillo de agua rodeaba la elevada
montaña
y el Tiberíades era el patio trasero del primer
Paraíso.
Le dije: la imagen del universo se ha completado
en unos ojos verdes.
Ella me respondió: Oh, mi príncipe y mi cautivo,
guarda mis vinos en tus jarras.

Los dos extraños que se han consumido en
nosotros son
esos que hace un instante han intentado
matarnos,
los que volverán a sus espadas dentro de poco,
los que nos preguntan: ¿Quiénes sois?
- Dos sombras de lo que fuimos aquí,
dos nombres del trigo que crecen en el pan de
las batallas.

No quiero regresar ahora, como
los Cruzados de mi casa. Soy
todo este silencio entre los dioses y los que
se inventaron un nombre.
Soy la sombra que camina sobre las aguas,
la escena y el testigo,
el adorador y el templo
en la tierra de mi asedio y del tuyo.

Sé mi amado entre dos guerras
en el espejo -dijo ella-.
No quiero regresar ahora a la
fortaleza de mi padre.
Llévame a tu viña y reúneme con
tu madre.
Perfúmame con agua de albahaca, espárceme
sobre la vasija de plata, péiname,
enciérrame en la cárcel de tu nombre, mátame
de amor. Cásate conmigo.
Despósame por los ritos agrarios,
adiéstrame en la flauta y quémame para que
nazca
como el Fénix, de mi fuego y del tuyo.

Una forma semejaba al Fénix llorando
ensangrentado
antes de caer al agua
cerca de la jaima del pescador.

¿De qué sirve mi espera y la tuya?



Trad.: María Luisa Prieto
Colaboración de Daniel Montoly en Factor Serpiente



11 de ago. de 2008

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10 de ago. de 2008

Jorge Luis Borges - Alejandría, 641. a.C.

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Desde el primer Adán que vio la noche
y el día y la figura de su mano,
fabularon los hombres y fijaron
en piedra o en metal o en pergamino
cuanto ciñe la tierra o plasma el sueño.
Aquí está su labor: la Biblioteca.
Dicen que los volúmenes que abarca
dejan atrás la cifra de los astros
o de la arena del desierto. El hombre
que quisiera agotarla perdería
la razón y los ojos temerarios.
Aquí la gran memoria de los siglos
que fueron, las espadas y los héroes,
los lacónicos símbolos del álgebra,
el saber que sondea los planetas
que rigen el destino, las virtudes
De hierbas y marfiles talismánicos,
el verso en que perdura la caricia,
la ciencia que descifra el solitario
laberinto de Dios, la teología,
la alquimia que en el barro busca el oro
y las figuraciones del idólatra.
Declaran los infieles que si ardiera,
ardería la historia. Se equivocan.
Las vigilias humanas engendraron
los infinitos libros. Si de todos
no quedara uno solo, volverían
a engendrar cada hoja y cada línea,
cada trabajo y cada amor de Hércules,
cada lección de cada manuscrito.
en el siglo primero de la Hégira,
yo, aquel Omar que sojuzgó a los persas
y que impone el Islam sobre la tierra,
ordeno a mis soldados que destruyan
por el fuego la larga Biblioteca,
que no perecerá. Loados sean
Dios que no duerme y Muhammad, Su Apóstol.




En Historia de la noche
Obra poética, Buenos Aires, Emecé, 1977

9 de ago. de 2008

Mahmud Darwish (13/3/1942 – 9/8/2008) – Sonata I

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mahmoud_darwish

 

Si eres la última palabra que me ha dicho Dios,

seamos dos en uno y dichosos

ahora que los almendros se han iluminado sobre los pasos de los caminantes, aquí

en tus dos riberas, y revolotean sobre ti las perdices y las palomas.

 

Has apuñalado al cielo con el cuerno de la gacela y las palabras han fluido

como rocío en las venas de la naturaleza. ¿Cuál es el nombre del poema

ante la dualidad de la Creación y la Justicia, entre el cielo lejano

y el cedro de tu lecho, cuando la sangre anhela otra sangre y el mármol gime?

Un mito necesitará broncearse en torno a ti. Esta hilera son

las diosas de Egipto y Sumer que, bajo las palmeras, cambian su ropa

y los nombres de sus días, y concluyen el viaje hacia el fin de la rima.

 

Mi canto necesita respirar: la poesía no es poesía

ni la prosa es prosa. He soñado que eres la última palabra que me ha dicho

Dios cuando os he visto en sueños, y se hizo el Verbo.



5 de ago. de 2008

Jorge Luis Borges - Conferencia La ceguera

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Jorge Luis Borges, conferencia La ceguera. Teatro Coliseo, Buenos Aires, 1977


4 de ago. de 2008

Ultimos libros incluidos en la biblioteca

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Arendt, Hannah - Qué es la política
Boccaccio Giovanni - De las mujeres ilustres en romance
Deleuze Gilles - Curso sobre Leibniz
Dogen - Shobogenzo (extractos)
Gadamer Hans Georg - Hegel y Heidegger
Habermas Jürgen - Problemas de legitimación en el capitalismo tardío
Hawkins Stephen - Agujeros negros y pequeños universos
Hume David - Escritos políticos (selección)
Miller Henry - El ojo cosmológico
Russell Bertrand - Elogio de la ociosidad



1 de ago. de 2008

Olga Orozco - Canto a Berenice, XVI en su voz

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No invento para ti un miserable paraíso de momias de ratones,
tan ajeno a tus huesos como el fósil del último Kinvierno en el desván;
ni absurdas metamorfosis, ni vanos espejeos de leyendas doradas.
Sé que preferirías ser tú misma,
esa protagonista de menudos sucesos archivados en dos o tres memorias
y en los anales azarosos del viento.
Pero tampoco puedo abandonarte a un mutilado calco de este mundo
donde estés esperándome, esperando,
junto a tus indefensas y ya sobrenaturales pertenencias
-un cuenco, un almohadón, una cesta y un plato-,
igual que una inmigrante que transporta en un fardo el fantasmal resúmen del pasado.
Y qué cárcel tan pobre elegirías
si te quedaras ciega, plegada entre los bordes mezquinos de este libro
como una humilde flor, como un pálido signo que perdió su sentido.
¿No hay otro cielo allá para buscarte?
¿No hay acaso un lugar, una mágica estampa iluminada,
en esas fundaciones de papel transparente que erigieron los grandes,
ellos, los señores de la mirada larga y al trasluz,
Kipling, Mallarmé, Carroll, Eliot o Baudelaire,
para alojar a otras indescifrables criaturas como tú,
como tú prisioneras en el lazo de oscuros jeroglíficos que las ciñe a tu especie?
¿No hay una dulce abuela con manos de alhucema y mejillas de miel
bordando relicarios con aquellos escasos momentos de dicha que tuvimos,
arrancando malezas de un jardín donde se multiplica el desarraigo,
revolviendo en la olla donde vuelven a unirse las sustancias de la separación?
Te remito a ese amparo.
Pero reclamo para ti una silla en la feria de las tentaciones;
ningún trono de honor,
sino una simple silla a la intemperie para poder saltar hacia el amor:
esa gran aventura que hace rodar sus dados como abismos errantes.
El paraíso incierto y sin vivir.



Colaboración de Alejandra Correa