28/7/2008

Borges como actor - Un destino sudamericano

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Jorge Luis Borges en Un destino sudamericano, film de José Luis Di Zeo, 1975


MADRID.- Ocurrió hace más de un cuarto de siglo, pero se sabe ahora: a los 76 años y ciego ya, Jorge Luis Borges se convirtió en actor de cine; uno que nunca pudo verse a sí mismo en la pantalla, pero que mantuvo la ilusión suficiente como para madrugar y llegar bien temprano al escenario de filmación, en la localidad bonaerense de Escobar.

Fue en la madrugada del 24 de junio de 1975. Hacía mucho frío y la locación, en pleno campo, estaba perdida en la niebla.

Pero, según recuerdan quienes trabajaron en el rodaje, lo primero que soportó Borges no fue el frío, sino el miedo escénico; le costaba actuar. Lo segundo, un accidente: metió el eterno bastón en lo que posiblemente haya sido una vizcachera. Casi se cae, pero no se cayó. Salió adelante e hizo su papel.

Y, junto con todo eso, ahora también se sabe que, en su fugaz faceta como actor, el máximo exponente de la literatura argentina exhibió un temperamento "nervioso, obediente, asustadizo y bien dispuesto". Y, también, generoso. Lo único que pidió a cambio de tres días de trabajo en filmación fue una botella de licor Pernod.

"Y, por supuesto, se la conseguimos", dijo José Luis Di Zeo, director de Borges, un destino sudamericano, la película documental inédita en la que, cuchillo en mano, el escritor se planta frente a la cámara y, en una sola toma, "lucha contra el destino" para representar un papel que, sin necesidad de ensayarlo, se sabía de memoria.

Ocurre que Borges aceptó asumir en esa toma el papel del alemán Juan Dahlman, protagonista de su cuento "El Sur", sobre el que se basa la película y al que Borges consideraba "el más autobiográfico" de sus relatos. Así, en la pantalla, el escritor revela la forma en que el personaje lucha en desigual combate contra la muerte, que termina alcanzándolo a cuchilladas.
Un trabajo serio

De poco más de media hora de duración, la película, de carácter documental, acaba de despertar de un letargo de tres décadas, en que permaneció dormida en un placard de Olivos. Ayer fue exhibida en una función privada, a la que tuvo acceso LA NACION. Y mañana será proyectada en la Casa de América, como escalón inicial de una gira europea.

Borges nunca quiso opinar sobre ella. "¿Qué puede decir un ciego sobre una película?", dicen que bromeó, al requerírsele su opinión sobre la cinta, tras su proyección privada en Buenos Aires. Ayer, el director Di Zeo reveló aspectos de esa aventura con el autor de Ficciones.

-¿Cómo fue que Borges aceptó convertirse en actor? -preguntó LA NACION.

-En realidad, él quería hacerlo, pero puede que nadie se lo haya propuesto antes. Borges, más que actuar, jugó con un cuchillo, pero se lo tomó muy en serio. Ese día, se levantó a las cinco de la mañana en su casa de Maipú, esperando que pasáramos a buscarlo. Estuvo nervioso, se peleó con la maquilladora y pidió perdón por tartamudear un poco. Fue extraordinario.
-¿Qué dijo Borges sobre el producto final?

-Bromeó con la idea de lo que puede llegar a decir un ciego sobre una película. Pero sí le llamó la atención su voz y dijo que había visto algunas sombras amarillas, que fue el último color que distinguió.

-¿Por qué no aprovechó su disposición para lograr más tomas?

-Porque me asusté. Al llegar al lugar de filmación, Borges tuvo miedo y al principio no quiso bajar del auto. Luego accedió, pero, apenas empezó el trabajo, metió el bastón en un agujero en la tierra y casi se cae. De modo que cuando hizo lo que el relato exigía no le pedimos más. Ya estaba. Había dado mucho. No hacía falta más.
-¿Se prestó Borges de buena manera?

-Al principio decía que no a todo; todo le parecía mal. Luego, lo fue haciendo. Jugó.

-¿Dijo él algo sobre el sitio donde debía filmarse?

-Sí. El me dijo que el almacén en el que transcurre el cuento estaba situado en una esquina de Lomas de Zamora y me dio las calles precisas. Pero cuando fui, allí había un edificio. Me dijo que podía ser, que él había visto el almacén muchos años antes y que lo había registrado, hasta que lo usó para el cuento.

-¿Cómo puede ser que la película haya estado tres décadas arrumbada?

-Es que en la Argentina de aquel entonces Borges no interesaba. La gente lo tenía en la biblioteca, pero no lo leía. La película sí se dio en algunos colegios secundarios y siempre vi entre los jóvenes fascinación por Borges y por cómo era. Creo que ahora las cosas han cambiado y que se abren nuevas perspectivas para este documental, al que aspiramos a convertir en largometraje con el añadido de material que aún no fue editado.

Por Silvia Pisani
Corresponsal en España
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?n...


27/7/2008

Las momias de los pantanos, 2

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Hombre de Tollund
ahorcado con una cuerda de piel en un sacrificio
y arrojado a una ciénaga danesa
Edad de Hierro




Poco después del descubrimiento del Hombre de Tollund en 1950,
los curadores le cortaron el pie y, para preservarlo,
lo remojaron en una sustancia que le ennegreció la piel.




Se han descubierto otras momias de los pantanos
con capas de piel, mallas de lana y zapatos de diseño complejo.



Niña de Yde
La cinta en torno a su cuello sugiere estrangulación en un sacrificio
Pantano de Dinamarca




Hombre de Grauballe
En la garganta, una herida de cuchillo




Hombre de Oldcrogham

Las curvas y espirales de las yemas son tan nítidas
como para registrar sus huellas.
Quizá sacrificado al coronarse monarca



26/7/2008

Ilya Prigogine - La novela del universo

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Entrevista con Ilya Prigogine realizada por Christiane Raczynsk

En esta conversación, el Premio Nobel de Química 1977 habla del acercamiento entre la ciencia occidental, determinista y lineal, y aquella que incorpora probabilidades e incertidumbres, el tiempo, el caos y el desequilibrio. Se trata de una concepción del cosmos que encierra un aspecto insólitamente narrativo.


Un universo en el cual el devenir era consecuencia inevitable del presente constituía hasta hace poco la visión imperante en Occidente. Ilya Prigogine, Premio Nobel de Química 1977, postula, sin embargo, que también son realidad el tiempo, los desequilibrios y las incertidumbres. Sus investigaciones en los campos en desequilibrio lo han llevado a este convencimiento. Su teoría ha encontrado ecos insospechados: el libro El fin de las certidumbres, distribuido en todo el mundo de habla hispana por Editorial Andrés Bello, ya lleva cinco ediciones. Texto especializado y difícil, pero que refleja una ciencia y un mundo sugerentes y nuevos.
"La física estaba aislada y aún existen muchos científicos orgullosos de esa situación. O algunos que postulan que ciencia y cultura no tienen nada en común, que en la primera todo está determinado y todo es certeza", argumenta Prigogine. El científico piensa, en cambio, que la ciencia tiene la influencia sobre el modo de concebir el mundo y la cultura, y que sería bueno un acercamiento entre Occidente y otras tradiciones culturales en las cuales no existió esta dicotomía, como Japón, China o la India, países en los cuales nunca se aceptó que pasado y futuro fueran equivalentes o irrelevantes.


-¿A qué atribuye usted la atracción que ejercen sus descubrimientos y teorías sobre la gente común y corriente?

-Tal vez se debe a que vuelvo al sentido común. Ha existido una visión científica muy alejada de la experiencia cotidiana, una física muy extraña. En ella el pasado y el futuro representaban el mismo papel, es decir ninguno: todo lo que iba a ocurrir en el futuro lo que había ocurrido en el pasado, estaba contenido, predeterminado, en las condiciones iniciales. Ése, obviamente, no es nuestro universo. En él, el pasado y el futuro representan distintos papeles. Por lo tanto, la ciencia que yo hago es más cercana a lo que todo el mundo siente. Me gusta mucho una frase de Schopenhauer: "La tarea no es tanto la de ver cosas que nadie ve, como la de pensar cosas nuevas, sobre cosas que todos han visto, pero no de esa manera". Por ejemplo, todos han experimentado el tiempo. Sin embargo, la física lo ignoraba. Era una ciencia en la que se hablaba de un universo idealizado, muy ajeno a algunas experiencias humanas. Se puede enviar una persona a la luna y ella volverá de acuerdo con la teoría de Newton. Pero hay algo más, hay una evolución del sistema planetario, una evolución Cosmológica. El universo tiene un elemento narrativo, que yo destaco. De este modo se pasa de una visión geométrica del universo a una narrativa. Creo que ése fue siempre el punto de vista de la filosofía, especialmente la del siglo XX. Ésa es realmente una de las razones por las cuales la ciencia y la filosofía se distanciaron y la filosofía se volvió anticientífica. Yo estoy tratando de acercar y reunir diferentes aspectos del esfuerzo humano.

A los ochenta años Prigogine aún recorre el mundo, visitando los cinco institutos, en Rusia, Grecia, Chile, Argentina y Estados Unidos, en los cuales se continúa hoy su línea de investigación y se trata de alcanzar la formulación matemática de sus teorías. En Chile trabaja en este tema el Centro de Física No Lineal y Sistemas Complejos (CFNL), del cual Prigogine fue nombrado presidente honorario.



Ciencia y creatividad

-Hay algo sumamente intuitivo en sus postulaciones. En este sentido, ¿qué influencia tuvieron en su pensamiento artes o disciplinas a las que es aficionado, como la música y la arqueología? ¿Cuál es la relación entre el trabajo científico y la creatividad?

-La principal diferencia entre el punto de vista clásico y el que yo propongo, según el cual las leyes de la naturaleza expresan sólo posibilidades o potencialidades, es que ahora uno puede incluir en ellas la creatividad. Vemos aparecer en la naturaleza cosas novedosas, como reptiles que vuelan, mamíferos que viven en el mar, monos que se convierten en humano y luego, naturalmente, en la historia de la humanidad, tenemos distintas civilizaciones o gente excepcional como Mozart o Miguel Ángel. Por lo tanto existe una especie de tendencia general de la vida a la novedad, que sólo puede tener sentido en un universo en el que haya una orientación en el tiempo. Yo diría que el punto de vista que desarrollo incluye no sólo la experiencia de la repetición, de acuerdo con la cual el sol siempre vuelve a salir y las mareas se suceden unas a otras, sino también la creatividad, la novedad. El filósofo francés Henri Bergson expresó esto de manera muy bella: "La creatividad es algo que puedo experimentar a diario". Hasta cierto punto, todos la han experimentado, al tomar decisiones, por ejemplo. Hacerlo sólo tiene sentido en un mundo que no es determinista. En mi último libro, El fin de las certidumbres, recuerdo una extraña frase de Einstein, en la que afirma que si él le preguntara a la luna por qué se mueve, ella le respondería:"Porque me gusta moverme". Ahora bien, eso no es satisfactorio, no está de acuerdo con nuestra experiencia.

-Entonces, ¿cuál es nuestra opción?

-Puede ser una postura tan extrema como la de Einstein o Spinoza, o un dualismo como el de Kant o Descartes. Francamente, creo que el tipo de teoría que yo trato de desarrollar puede evitar ambas posibilidades, porque la naturaleza se vuelve cada vez más creativa en su conjunto y nosotros somos parte de ella. Por lo tanto podemos ir más allá de este dualismo y más allá de este extraño monismo en el que sólo seríamos autómatas. Las matemáticas son cada día más claras y estoy profundamente convencido de que iremos poco a poco superando los distintos obstáculos.

-Sin embargo, si el mundo son meras posibilidades, ¿qué lugar ocupa el futuro?

-¿El futuro ya está dado o hay un futuro abierto? Éstas son preguntas que la humanidad siempre se ha hecho. De alguna forma sentimos que nuestro futuro no está determinado. Puede ser bueno, puede ser malo, pero no está determinado. El futuro es construcción. La naturaleza es construcción y el futuro del hombre es parte del futuro de la naturaleza. Mientras predominó el dualismo (el hombre libre y ético y una naturaleza autómata), el ser humano quedaba fuera de la naturaleza, eso es un poco extraño, incluso si uno tiene una creencia.

-Usted hace extrapolaciones desde sus experiencias y teorías, que proceden de la química. ¿No es un poco arriesgado?

-Hay dos aspectos en mi investigación. Uno es el microscópico, el fenomenológico, la descripción de reacciones químicas no lineales, el caos. Luego, naturalmente, esas mismas ecuaciones no lineales se pueden aplicar en cierta medida a la economía, a la sociología, a la dinámica de la población, claro que con cierto cuidado, porque después de todo la toma de decisiones que resulte de cada interpretación es muy distinta en cada caso. En la sociedad humana, ella se basa en la memoria del pasado y también en las diversas utopías que puedan existir para el futuro. Esto es muy distinto de las moléculas, pero aun así no hay linealidades sino efectos cooperativos, y esto es algo que se nota claramente en nuestro mundo, debido a las comunicaciones, a las redes. Estos efectos no lineales son muy importantes y se pueden observar bien en los mercados de valores, en la economía. Pero mi interés principal está en saber cuál es la estructura básica que permite la existencia de estas estructuras en el mundo macroscópico. Esto es en lo que he estado trabajando, es realmente lo que más me interesa. Debemos cambiar, ampliarla física newtoniana, la física cuántica la relatividad, para incluir en ellas las fluctuaciones, la posibilidad de que a nivel macroscópico aparezcan opciones, y que no siga habiendo determinismo. Lo que he demostrado a nivel microscópico es que uno de los mecanismos básicos que hay en este nivel es una especie de mecanismo difusivo, que quiebra el determinismo a escala microscópica.

-En una entrevista con Artes y Letras, el fisicocuántico John Archibald Wheeler afirmó que "la física cuántica ha sido el acontecimiento más revolucionario en la historia del pensamiento. Antes se consideraba en general que la física era como una gran máquina que revelaba la realidad". ¿Cuál es su opinión con respecto a esta afirmación?

-Creo que hay algo de cierto en ella. Sin embargo, estimo que la relación entre la física cuántica y la realidad es muy difícil. La física cuántica no ha dicho todavía todo lo que tiene que decir. En primer lugar, existió la visión clásica de la realidad: las cosas simplemente nos son dadas y el mundo es un autómata; luego llegó la mecánica cuántica y ahí la realidad comenzó a escaparse. Wheeler, por ejemplo, imagina que nosotros creamos una realidad a través de nuestras mediciones, que no habría realidad sin la intervención humana, y eso cuesta creerlo. En otras palabras, nuestras mediciones crearían la realidad. Wheeler incluso ha abogado por teorías tan extrañas como la teoría de muchos mundos de Everett. Creo que son fantasías e incluso diría que son fantasías de mal gusto, porque están tan apartadas de lo que podemos verificar o de lo que puede ser cierto. Yo no veo a este universo como universos paralelos que aparecen. Por lo tanto, creo que la postura de Wheeler sobre la realidad cuántica es una postura muy difícil. Mi postura con respecto a la realidad es mucho más realista. Ya no hay una transición de potencialidades a actualidades sino que la actualidad es más compleja, es probabilística. El universo se está construyendo todo el tiempo, en cierto sentido, está haciendo opciones. Como un compositor que elige entre posibles tonalidades. Así volvemos a una visión más realista de la naturaleza pero más complicada. El universo evoluciona, fluctúa mucho más y es mucho más violento de lo que habíamos pensado.



El no equilibrio


-¿Usted considera que los que no incluyen en sus conocimientos nociones del tiempo, del caos y de sistemas de no equilibrio están culturalmente atrasados?

-La ciencia es un campo muy amplio y estos conceptos no se necesitan en todos los campos. Si uno está interesado, por ejemplo, en descubrir el último quark que falta, no necesita el caos ni la
inestabilidad. Es un campo diferente. Si uno está interesado en cristalografia, tampoco tiene para qué hablar del caos o de la inestabilidad. Pero la mecánica cuántica tenía vacíos: son los vacíos en los que son necesarias las nuevas ideas. La vida es un proceso de no equilibrio, en todas partes se ven procesos de no equilibrio, pero éstos no están descritos en la mecánica cuántica.

-Y al aplicar su teoría a la cosmología, ¿cuál es la nueva visión que hay, por ejemplo, con respecto al Big Bang?

-El Big Bang es un asunto muy complejo porque sabemos muy poco al respecto. Para mí, es un asunto muy controversial. Paul Davies, en un libro titulado About Time ["Acerca del tiempo"], dice lo siguiente: "El mayor descubrimiento científico realizado en muchos siglos es que el tiempo es un comienzo y probablemente también sea un fin". Yo soy muy escéptico con respecto a este tipo de afirmaciones, porque no hay ningún mecanismo físico que cree el tiempo de un no tiempo. Hablar del comienzo del tiempo es una extrapolación. Ahora bien, lo que he demostrado recientemente y que aún no se ha publicado y que no tiene relación con la cosmología es que el estado básico de los campos interactuantes que son no integrables ya está orientado en el tiempo. Por lo tanto, el espacio vacío, el vacío cuántico ya ha roto la simetría del tiempo, y eso me produce un gran placer, porque ésa había sido mi opinión intuitiva desde hacía mucho. Es por eso que en un capítulo de mi libro digo que el tiempo precede a la existencia y ahora puedo demostrar realmente que el tiempo precede a la existencia, en el sentido incluso del vacío que es el punto de partida de la existencia. Naturalmente, la existencia es, en cierta medida, excitaciones del vacío. Ya en el vacío hay una simetría del tiempo rota.

-¿Eso puede demostrarse científicamente?

-Es sorprendente. No es demasiado difícil si uno toma en cuenta el gran esfuerzo que ha habido en física. En la física cuántica clásica siempre han existido sistemas integrables o campos integrables. Un aspecto muy bien desarrollado de la física moderna son los campos libres. Muchos hablan de campos electromagnéticos puros. Esto ya es muy conocido y uno sabe cuáles son las partículas que corresponden a esos campos. ¿Pero qué sucede cuando uno pone juntos dos campos? Se sabe muy poco al respecto. En situaciones muy excepcionales, uno puede integrar un sistema y, en esencia, externamente será el mismo campo libre, pero lo que hemos hecho es integrar sistemas no integrables en términos de probabilidades, y una de ellas es que se rompe la simetría del tiempo, incluso en el vacío de los campos interactuantes. Creo que ése es un punto muy interesante.



La ciencia y yo


-Si echa una mirada restrospectiva, a los ochenta años, ¿cómo ve su propia vida?

-Veo varios aspectos en ella. Un aspecto que ha sido finalmente bueno es el de mi interés tanto por la cultura humanística como por la cultura científica. En cierto sentido, fue mi interés por la cultura humanística el que me hizo sentir insatisfecho con la idea científica, pero esta insatisfacción la han sentido muchos, por ejemplo Bergson, Whitehead, Heidegger. Ellos expresaron su insatisfacción alejándose de la ciencia y refugiándose en la metafísica. Otros, como Popper, también han expresado su insatisfacción y tratado de hacer una ciencia un poco distinta, pero eso tampoco es algo muy claro, porque, después de todo, la ciencia clásica en su propio campo es muy satisfactoria. Yo no creo en una nueva ciencia en la que ya no existan las leyes de gravedad de Newton o en la que no se pueda aplicar la ecuación de Schrödinger para la bomba de hidrógeno. Uno tiene que encontrar una ciencia que contenga todo el pasado, que introduzca aspectos nuevos pero que incluya todo lo pasado que se fue creando a través de los siglos. Creo que un aspecto muy positivo fue el hecho de que yo estuviera insatisfecho con las fórmulas científicas habituales. Pero, al mismo tiempo, adopté un punto de vista más bien conservador. En otras palabras. no debemos escapar a un mundo de fantasía o a fórmulas totalmente nuevas, pero debemos tratar de conservar las fórmulas lo más semejantes posible. Eso lentamente me llevó a un nuevo punto de vista que para cierta gente puede parecer revolucionario pero que para mí ha sido más bien conservador. El punto de vista clásico de la reversibilidad se debía a nuestras aproximaciones, y yo no podía creer, porque es un aspecto demasiado importante, en el hecho de que el tiempo estuviera fluyendo en una dirección que es una aproximación de identidad entre el pasado y el futuro. Me parecía un punto de vista muy extraño y lentamente llegué a una visión más revolucionaria que fue bastante resistida. Por eso me llevó tanto tiempo, porque como lo expresó muy bien Vierack: "Una de las partes más difíciles es que uno tiene que sobreponerse a los prejuicios", y éstos son muy difíciles de vencer.

-Y usted, ¿nunca se sintió tentado por la metafísica?

-¿Qué es hoy en día la metafísica? En cierto sentido, la ciencia, como yo la veo, tiene siempre dos aspectos. Un aspecto es el diálogo con la naturaleza, el descubrimiento de quarks o del Big Bang. La otra es la posición del hombre en el universo. Ahora bien, la posición del hombre en el universo se ha vuelto muy controvertida. El universo, como lo vemos hoy en día, es muy extraño, es un universo en el que tenemos esta evolución, esta burbuja que se expande y se convierte en algo cada vez más complejo. Estamos muy sorprendidos porque es una visión muy distinta, pero tal vez la meta de la metafísica del próximo siglo sea la de ir más allá de este asombro. Pero ésa no es mi meta. Ni siquiera lo puedo concebir. Todos debemos ser muy tolerantes con respecto al modo en que cada uno ve este asombro, porque hay una gran diferencia entre una metafísica basada en un universo determinista y una metafísica basada en un universo autoorganizado. En una metafísica basada en un universo determinista tal vez necesitemos a un Dios que ponga al universo en movimiento. Si es autoorganizado, el problema es muy distinto, porque se necesita un código para hacer la autoorganización. Pero entonces uno se puede preguntar: ¿este código nos es dado por la naturaleza o por algo fuera de ella? Pero éstos so temas que no están dentro de mi campo.

-¿Cómo vislumbra, a raíz de sus teorías, la ciencia del futuro?

-Creo que hoy estamos en una desviación de la historia clásica de la física. En el acercamiento entre la física y la ciencia fundamental a otras prácticas, porque todas las demás requieren una diferencia entre el pasado y el futuro. En cierto sentido, la física estaba aislada, y aún existen muchos físicos que están muy orgullosos de ese aislamiento. Hay un artículo reciente de Stephen Weinberg en el que dice que la cultura y la ciencia no tienen nada en común, que en ella todo está determinado por las condiciones iniciales, que la ciencia trabaja con certezas y lo demás son cuentos. Yo creo que ésa es una extraña postura. La física también tiene que ver con la historia, y pienso que puede tener cierta influencia en la historia del pensamiento occidental y también acercar el pensamiento occidental a otras tradiciones culturales en las que nunca ha existido esta dicotomía. Yo voy a menudo a Japón, a la China y a la India, y allí nunca fue aceptada la idea de las leyes de una naturaleza en la que el pasado y el futuro representan el mismo papel. Incluso los científicos sencillamente la ignoraban. Trabajaban en ciencia como los demás, pero no aceptaban sus consecuencias filosóficas. Conozco a varios científicos orientales, muy exitosos, que sin embargo no pueden creer en las leyes de la naturaleza tal como fueron formuladas por el pensamiento occidental.

-¿Cuál cree que es la razón por la que Occidente ha privilegiado esta visión tan determinista?

-Ello se debe, naturalmente, al enorme éxito de la física newtoniana. Antes no se creía en el determinismo, sino en múltiples posibilidades. Luego vino el sorprendente éxito de Newton.

-¿Cuál fue la razón de ese enorme éxito?

Ah, ése ya es un problema para un historiador de la ciencia. No para mí. Una idea que he oído a menudo es que en la tradición occidental, Dios es racional y el ser humano es un intermediario entre Dios y la naturaleza. Puede participar de la razón de Dios y puede empezar a comprender las razones, la racionalidad que hay en el universo. Ésa también fue la idea de Leibniz. La idea de la racionalidad del universo es una idea occidental Es un punto muy interesante. En China hubo un gran desarrollo científico pero no del tipo racional, en el cual uno hace modelos y se deducen consecuencias. En China la ciencia era más descriptiva. La ciencia racional, por un lado, trae mucho progreso, pero por el otro, olvidamos esa otra forma de hacer las cosas. Yo no critico la racionalidad occidental, porque ha traído un enorme progreso, pero, al mismo tiempo, ha llevado a una extraña mentalidad con respecto a la naturaleza. Yo creo que lo que debemos hacer ahora es tratar de acercar estas dos mentalidades.


La Nación (1998)


25/7/2008

Las momias de los pantanos

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El Hombre de Tollund, ahorcado con una cuerda de piel
Edad de Hierro









El hombre de Clonycavan
en el pantano celta como portal del mundo sobrenatural
Edad de Hierro





23/7/2008

Ichiro Ando - Una rosa

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Hay un horizonte que tiembla
en una rosa.

Hay una curva de fuego artificial
en una rosa.

Hay un zumbido de propulsión a chorro
en una rosa.

Hay un mapa horroroso de sueño
en una rosa.

Hay el brazo caído de un traje
en una rosa.

Y no hay ninguna rosa
en una rosa.

Ichiro Ando, Japón, 1907

21/7/2008

Voltaire - Cielo de los antiguos (Diccionario filosófico)

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Si el gusano de seda denominara cielo a la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que lo hicieron los antiguos dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda de nuestro capullo. Los antiguos creyeron que los vapores que exhalan los mares y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos, eran la morada de los dioses. En las obras de Homero, los dioses descienden siempre de nubes áureas y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube. Podían sentarse sobre el agua, pero era justo que el primero de los dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le concedieron un águila como atributo, porque el águila vuela más alto que las demás aves.

Viendo los primitivos griegos que los señores de las urbes vivían en ciudadelas, en las cumbres de las montañas, convinieron en que los dioses debían residir también en alguna ciudadela y la situaron en Tesalia, en las cumbres del monte Olimpo, cuya cima es tan alta que con frecuencia la cubren las nubes. Así, desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al cielo.

Las estrellas y planetas, que parecen estar tachonados en la bóveda azul de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de ellos tuvieron su planeta para residir, y los otros se alojaron donde pudieron. Los dioses celebraban consejo general en una vasta estancia a la que iban por la Vía Láctea, pues necesitaban tener una sala en el aire ya que los hombres tenían casas de reunión en la tierra.

Cuando los titanes, especie de seres fabulosos intermedia entre los hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte de la herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos o tres montañas unas sobre otras creyendo que sería suficiente para escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, la distancia desde la tierra a esos astros es de seiscientos millones de leguas, lo que no es óbice para que Virgilio diga:

Sub pedibusque videt nubes et sidera Daphnis (Dafne ve bajo sus pies los astros y las nubes). ¿Dónde estaba, pues, Dafne?

En el teatro y en otros lugares más serios hacen descender a los dioses entre nubes y truenos, o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de nuestro Globo. Tales ideas son tan conformes a nuestra debilidad que nos parecen grandes.

Esa física de niños y viejas trae su origen de la más remota Antigüedad. Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como nosotros de lo que denominamos cielo. Situaban al sol en el centro del mundo planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro Globo y sabían que la tierra y algunos planetas giraban alrededor de ese astro. Esto es lo que asegura Aristarco de Samos, y es con escasa diferencia, el sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se guardan el secreto para ellos con el fin de ser más respetados por los reyes y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.

El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía denominamos cielo a los vapores y al espacio entre la tierra y la luna. Decimos subir al cielo, como decimos que el sol sale y se pone, pese a que sabemos que el sol está fijo y no se mueve. Probablemente, la tierra será cielo para los habitantes de la luna, y cada planeta situará su cielo en el planeta más cercano.

Si hubieran preguntado a Homero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón y dónde la de Hércules, Homero no hubiera sabido qué contestar y habría salido del apuro escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de que el alma de Hércules se hubiera encontrado más a gusto en Venus, o Saturno, que en nuestro Globo? ¿Se encontraría acaso en el sol? No era presumible que debía estar en ese horno. En fin, ¿qué entendían por cielo los antiguos? No lo sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad fabulosa de esferas que ruedan en el espacio, y nuestro Globo que rueda como los demás.

Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender, pero no se asciende de un globo a otro porque los globos celestes unas veces están encima y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que la diosa Venus, habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando éste se hubiera puesto. Venus no ascendería, con relación a nuestro horizonte, sino que descendería‑ en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos no estaban tan civilizados y sólo tenían ideas vagas, inciertas, contradictorias sobre todo en física. Se han escrito gruesos volúmenes para saber lo que pensaban en cuestiones de esta índole, y sólo dos palabras hubieran sido suficientes para decir que no pensaban nada. De esa regla general deben excluirse unos pocos sabios que llegaron tarde, desarrollaron sus pensamientos y, cuando se atrevieron a sacarlos a la luz, los charlatanes del mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.

Un escritor llamado Pluche pretende demostrar que Moisés era un gran físico; otro, antes que él, llamado Juan Amerpoel, se propone conciliar a Moisés con Descartes asegurando que aquél fue el inventor de los torbellinos y de la materia sutil, pero lo asegura baldíamente, porque todos sabemos que Dios hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un profesor de física. Dictó leyes a los judíos, pero no les enseñó una palabra de filosofía. Dom Calmet, que ha compilado mucho, pero que nunca razona, se ocupa del sistema de los hebreos, pero ese pueblo tosco estaba muy lejos de tener un sistema, pues siquiera tuvo escuela de geometría e incluso desconocía ese nombre. Su única ciencia consistía en sacar sustanciosas ganancias como cambista y usurero. En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y dignas de un pueblo bárbaro en lo tocante a la estructura del cielo. Su primer cielo era el aire y el segundo el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas superiores, que se vertieron de su recipiente por puertas, esclusas y cataratas en la época del diluvio.

Encima del firmamento o de las aguas superiores existía el tercer cielo que llamaban empíreo, a donde fue arrebatado san Pablo. Dicho firmamento era una especie de bóveda que abarcaba la tierra. El sol no podía dar la vuelta a un Globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba a Occidente regresaba a Oriente por un camino desconocido y no se le veía volver, porque, como dice el barón Toeneste, volvía de noche.

Tales ideas las adquirieron los hebreos de otras naciones. La mayoría de ellas, salvo la escuela de los caldeos, creían que el cielo era sólido y la tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde el Mediodía al Norte. De aquí provienen las palabras longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que existieran los antípodas. Por eso san Agustín dice que es un absurdo creer que existanfi y Lactancio afirma categóricamente que hay gentes bastante dementes que creen que existen hombres cuya cabeza está más baja que sus pies. En el libro III de sus Instituciones, añade: «Puedo demostraros con argumentos que es imposible que el cielo rodee la tierra». San Crisóstomo asegura que yerran los que creen que los cielos son movibles y tienen forma circular.

Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar el espaldarazo de filósofo a Lactancio y a Crisóstomo, porque cualquiera podrá contestarle que los dos fueron santos, pero que para ser santos no es imprescindible ser buenos astrónomos.


20/7/2008

17/7/2008

Bertrand Russell - La pesadilla de la Reina de Saba

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No pongáis vuestra confianza en los príncipes



La reina de Saba, volviendo de una visita al rey Salomón, cabalgaba a través del desierto en un blanco jumento, acompañada por su gran visir, que montaba un asno de color más ordinario. Mientras avanzaban dejaba ella fluir sus recuerdos acerca de la riqueza y sabiduría de Salomón.

—Yo siempre he considerado —dijo la reina— que me conduzco magníficamente en lo que a real esplendor se refiere, y de antemano esperaba mantener mi preeminencia; pero cuando he visto sus dominios, el alma se me ha caído a los pies. Y, sin embargo, los tesoros de sus palacios no significan nada ante los tesoros de su mente. ¡Ah, mi querido visir, qué sabiduría, qué conocimiento de la vida, qué sagacidad despliega su palabra! Si tuvierais en todo vuestro cuerpo tanta sagacidad política como posee ese rey en su dedo meñique, no tendríamos dificultad alguna en mi reino. Pero no sólo en riqueza y sabiduría es incomparable. Es también un poeta supremo (aunque soy quizá la única privilegiada que conoce esto). Al separarnos me regaló un volumen enjoyado, escrito con su propia e inimitable escritura, en el que, en lenguaje de exquisita belleza, manifiesta la dicha que ha experimentado en mi compañía. Hay pasajes que exaltan algunos de mis más íntimos encantos, que no podría enseñarte sin enrojecer, pero hay fragmentos que debiera quizá leerte para entretener nuestras noches de viaje a través del desierto. En este exquisito volumen están no sólo sus propias palabras, tales que cualquier mujer desearía oírlas de labios amorosos, sino que, además, por una imaginaria y quintaesenciada simpatía, me ha atribuido palabras poéticas que me habría hecho feliz haber proferido realmente. Estoy persuadida de que nunca volveré a hallar una unión tan perfecta, una armonía tan total, ni una penetración igual en los escondrijos del espíritu. Mis deberes públicos, ¡ay!, me obligan a volver a mi reino, pero llevaré conmigo hasta el día de mi muerte la certeza de que existe en la Tierra un hombre digno de mi amor.

—Majestad —replicó el visir—, no entra en mi ánimo inocular la duda en vuestro real pecho, pero para todos aquellos que os sirven es increíble que, entre los hombres, pueda existir vuestro igual.
En este momento, emergiendo de las incipientes sombras, apareció a pie una figura de aspecto cansado.
—¿Quién puede ser éste? —dijo la reina.
—Algún mendigo, majestad —dijo el gran visir—. Os aconsejo encarecidamente que le evitéis.
Pero una cierta dignidad en el aspecto del desconocido que se aproximaba le pareció a la reina indicar algo más que simple condición de mendigo, y, pese a las protestas del gran visir, encaminó su jumento hacia el hombre.
—¿Quién sois? —dijo la reina.
La respuesta del desconocido esfumó inmediatamente los recelos del gran visir, pues aquél habló en el más pulido idioma de la corte de Saba:
—Majestad —dijo—, me llamo Belcebú, pero probablemente este nombre os resultará desconocido, pues rara vez me alejo del territorio de Canaán. Quién sois vos, lo sé. Y no sólo quién sois vos, sino de dónde venís, y los pensamientos que inspiran, a la puesta del sol, vuestras meditaciones. Sé que venís de visitar a ese sabio rey que es, desde hace largos años, íntimo amigo mío, aunque mi humilde apariencia parezca desmentir mis palabras. Estoy convencido de que os ha contado, en lo que le concierne, lo que él desea que conozcáis. Pero —aunque la hipótesis parezca temeraria— si deseáis saber de él algo más de lo que él mismo ha tenido a bien deciros, no tenéis más que preguntarme, pues no tiene secretos para mí.
—Me admiráis —dijo la reina—, pero veo que vuestra conversación será demasiado larga para ser mantenida convenientemente si vais a pie mientras yo cabalgo. Mi gran visir desmontará y os dará su jumento.
El gran visir obedeció de mal humor.
—Supongo —dijo la reina— que vuestras conversaciones con Salomón se referirán ante todo a los asuntos de gobierno y a cuestiones de profunda sabiduría. Yo, como reina no reputada de falta de sabiduría, conversé también con él sobre esos temas; pero una parte de nuestras charlas (de ello me ufano, al menos) reveló un aspecto de él menos conocido para vos que para mí, según imagino. Y algo de este desconocido aspecto lo expresa en un libro que me regaló en el momento de separarnos. Este libro contiene muchas bellezas; por ejemplo, una admirable descripción de la primavera.
—¡Ah! —dijo Belcebú—. ¿Y alude en esa descripción al canto de la tórtola?
—Sí, en efecto —dijo la reina—; pero ¿cómo lo adivinasteis?
—¡Oh!, es sencillo —replicó Belcebú—. Se siente orgulloso de haber observado la charla de la tórtola en la primavera y se complace en ponerlo de relieve siempre que puede.
—Algunos de sus cumplidos me agradaron especialmente —prosiguió la reina—. Había yo practicado el hebreo durante mi viaje a Jerusalén, pero no estaba segura de dominarlo debidamente. Por ello me sentí encantada cuando él dijo: «Habláis donosamente.»
—Muy amable por su parte —dijo Belcebú—, pero ¿acaso manifestó a la vez que las sienes de vuestra majestad se parecen a una porción de granada?
—Bueno —dijo la reina—, ¡esto va pareciendo raro! Lo dijo, en efecto, y me pareció más bien una singular observación. Pero ¿cómo pudisteis llegar a adivinarlo?
—¡Oh! —replicó Belcebú—. Ya sabéis que todos los grandes hombres tienen desviaciones mentales, y una de las de él es su peculiar interés por las granadas.
—Cierto es —dijo la reina— que algunas de sus comparaciones son un tanto extrañas. Por ejemplo, dijo que mis ojos son como los estanques de pesca de Hesebón.
—Le he visto hacer comparaciones aún más extrañas —dijo Belcebú—. ¿Comparó alguna vez la nariz de vuestra majestad con la torre del Líbano?
—¡Oh Dios! —dijo la reina—. ¡Esto es demasiado! El hizo esa comparación, efectivamente. Pero vos me persuadís de que debéis tener una fuente de conocimientos mucho más íntima de lo que yo había imaginado.
—Majestad —replicó Belcebú—, temo que lo que he de decir pueda causaros algún dolor, pero el hecho es que algunas de sus mujeres fueron amigas mías, y a través de ellas he llegado a conocerle bien.
—Sí, pero ¿y en lo que se refiere a este poema de amor?
—Veréis... Cuando era joven y su padre vivía aún, tenía que tomarse más molestias. Por aquellos días amó a la virtuosa hija de un granjero, y sólo consiguió vencer sus escrúpulos por medio de su talento poético. Posteriormente llegó a considerar una lástima que ese don se malgastase, y dio una copia a cada una de las mujeres que se iban sucediendo. Ya veis: era esencialmente un coleccionista, como debéis haber comprobado cuando visitasteis su casa. Con su dilatada práctica hacía creer a cada mujer de turno que era la preferida en sus afectos. Y vos, querida señora, sois su último y más señalado triunfo.
—¡Oh el malvado! —dijo la reina—. Jamás volveré a ser engañada de nuevo por la perfidia del hombre. Jamás dejaré que el halago me ciegue nuevamente. ¡Y pensar que yo, considerada en mis dominios como la más prudente de las mujeres, debería permitirme semejante extravío!
—Oh, no, querida señora —dijo Belcebú—. No os dejéis abatir, pues Salomón es no sólo el hombre más sabio de sus dominios, sino el más sabio de todos los hombres, y continuará siéndolo a través de innumerables siglos. Haber sido engañada por él, apenas puede considerarse motivo de vergüenza.
—Quizá tenéis razón —dijo ella—. Pero curar la herida de mi orgullo exigirá tiempo.
—¡Oh dulce reina! —replicó Belcebú—. ¡Qué feliz me sentiría si pudiese yo acelerar la labor curativa del tiempo! Lejos de mí el deseo de imitar los artificios de ese pérfido monarca. De mí fluirán solamente palabras simples dictadas por sentimientos espontáneos del corazón. A vos, la sin par, la incomparable, la sin rival «joya del Sur», os daría —si me lo permitís— cualquier bálsamo correspondiente a una verdadera estimación de vuestro valor.
—Vuestras palabras son sedantes —replicó la reina—. Mas ¿cómo podéis rivalizar con su esplendor? ¿Tenéis un palacio comparable al suyo? ¿O una provisión semejante de piedras preciosas? ¿O vestiduras parecidas, de las que trasciende aroma de mirra y resina perfumada? Y, más importante aún que todo eso, ¿tenéis una sabiduría igual a la suya?
—Amable Saba —replicó él—. Puedo satisfaceros en todos los aspectos. Poseo un palacio mucho más grande que el de Salomón. Tengo una provisión mucho mayor de piedras preciosas. Mis vestiduras de gobierno son tan numerosas como las estrellas del cielo. Y en cuanto a sabiduría, no es rival para mí. Salomón se sorprende de que los ríos afluyan al mar y éste, no obstante, no se colme. Yo sé por qué acontece esto, y lo expondré para vuestra majestad en alguna larga noche de invierno. Pero para volver a un lapsus más grave, fue después de veros cuando dijo: «No hay nada nuevo bajo el sol.» ¿Podéis dudar de que en un pensamiento os estaba comparando desfavorablemente con la hija del granjero de su juventud? ¿Y puede ser tenido por sabio un hombre que, habiéndoos contemplado, no percibe de inmediato una nueva maravilla de belleza y majestad? ¡No! En competición de sabiduría, no tengo nada que temer de su parte.
Con una sonrisa integrada a medias por la resignación del pasado, y una naciente esperanza de un futuro más feliz, la reina volvió los ojos hacia Belcebú y dijo:
—Vuestras palabras son seductoras. He hecho un largo viaje desde mi reino hasta el de Salomón, y pienso haber visto todo lo notable de esta Tierra. Pero si decís verdad, vuestro reino, vuestro palacio y vuestra sabiduría sobrepasan los de Salomón. ¿Puedo ampliar mi viaje con una visita a vuestros dominios?
Él le devolvió la sonrisa con otra en la cual la presencia del amor llegaba apenas a ocultar la realidad del triunfo:
—Me resulta imposible imaginar mayor placer que el que me proporcionaríais permitiéndome colocar mis pobres riquezas a vuestros pies. Vayamos, mientras la noche es aún joven, aunque el camino es oscuro y difícil y está infestado de peligrosos ladrones. Para estar segura, debéis confiar completamente en mi dirección.
—Lo haré —dijo la reina—. Me habéis dado una nueva esperanza.
En ese momento llegaron ante una inmensa caverna, en la falda de la montaña. Llevando en alto una llameante antorcha, Belcebú los condujo a través de largos túneles y tortuosos pasajes. Finalmente, llegaron a un vasto vestíbulo alumbrado por innumerables lámparas. Las paredes y el techo resplandecían con piedras preciosas cuyos centelleantes planos reverberaban la luz de las lámparas. En solemne ubicación, trescientos tronos de plata se hallaban alineados junto a las paredes.
—Esto es verdaderamente espléndido —dijo la reina.
—¡Oh! —dijo Belcebú—. Ésta es tan sólo mi segunda sala de audiencias. Ahora veréis la cámara de la Presencia.
Abriendo una hasta entonces invisible puerta, la condujo a otro vestíbulo, más de dos veces el primero en cuanto a amplitud, más de dos veces más brillantemente iluminado, doblemente, o más, rico en ornamentación. A lo largo de tres paredes de este vestíbulo se hallaban dispuestos setecientos tronos de oro. Ante la cuarta pared había dos tronos hechos totalmente de piedras preciosas, diamantes, zafiros, rubíes, enormes perlas, unidos en un conjunto por medio de algún extraño artificio que la reina no pudo descifrar.
—Éste —dijo él— es mi gran vestíbulo. En cuanto a los dos tronos enjoyados, uno es mío, el otro será vuestro.
—Pero —observó ella—, ¿quién ocupa los setecientos tronos de oro?
—Mirad —dijo él—. Esto lo sabréis a su debido tiempo.
Mientras hablaba, una majestuosa figura, casi tan espléndida como la reina de Saba, entró silenciosamente y ocupó el primero de los tronos áureos. Asombrada, la reina de Saba reconoció a la primera consorte de Salomón.
—No hubiese esperado hallarla aquí —dijo temblando ligeramente.
—Pues bien —dijo Belcebú—: ya veis que tengo poderes mágicos. Mientras os cortejaba a vos, he estado diciendo también a esta dama que Salomón no es realmente lo que parece. Ha escuchado mis palabras, igual que vos, y ha venido.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando otra dama, que la reina de Saba reconoció igualmente de cuando su visita al harén de Salomón, entró y ocupó el segundo trono de oro. Después llegó una tercera, una cuarta, una quinta, hasta que pareció que la procesión no terminaría nunca. Al fin, los setecientos tronos de oro quedaron ocupados.
—Debéis de estar interrogándoos —hizo notar Belcebú en tono almibarado— acerca de los trescientos tronos de plata. Todos ellos están ocupados, por ahora, por las trescientas concubinas de Salomón. El millar que forman las de este vestíbulo y las del otro han oído palabras mías semejantes a las que vos habéis oído; todas han quedado convencidas por mí, y todas están aquí.
—¡Pérfido monstruo! —exclamó la reina—. ¿Cómo puedo haber sido tan necia como para dejarme engañar por segunda vez? En lo sucesivo reinaré sola, y ningún hombre volverá a tener la oportunidad de engañarme. ¡Adiós, infame demonio! Si alguna vez os aventuráis en mis dominios, sufriréis la suerte que vuestra villanía ha merecido.
—No, mi buena señora —replicó Belcebú—, temo que no comprendéis correctamente la situación. Yo os indiqué el camino hasta aquí, pero sólo yo puedo hallar la salida hacia el exterior. Esta es la morada de la muerte y estáis aquí para toda la eternidad, si bien no por una eternidad a mi lado, en el trono de diamantes. Éste lo ocuparéis solamente hasta que seáis reemplazada por una reina aún más divina: la última reina de Egipto.
Estas palabras produjeron en ella tal tumulto de rabia y desesperación, que despertó.
—Temo —dijo el gran visir— que vuestra majestad haya tenido agitados sueños.




En Pesadillas de personas inminentes y otras historias
Traducción: Juan Gómez Casas
Barcelona, 1989

16/7/2008

Erica Jong – Los mandamientos

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No querrás de veras ser poet(is)a. Primero, si eres mujer, tienes que ser tres veces mejor que cualquiera de los hombres. Segundo, tienes que acostarte con todo el mundo. Y tercero, tienes que haberte muerto.
Poeta masculino, en conversación.

Si una mujer quiere ser poeta, 
debe dormir cerca de la luna a cara abierta; 
debe caminar a través de sí misma
estudiando el paisaje;
no debe escribir sus poemas con sangre 
    menstrual.
Si una mujer quiere ser poeta,
debe correr hacia atrás en torno al volcán;
debe palpar el movimiento a lo largo de sus
     grietas;
no debe conseguir un doctorado en sismografía.
Si una mujer quiere ser poeta,
no debe acostarse con manuscritos
    incircuncisos;
no debe escribir odas a sus abortos;
no debe hacer caldos de vieja carne de
    unicornio.
Si una mujer quiere ser poeta,
debe leer libros de cocina francesa y legumbres
     chinas;
debe chupar poetas franceses para refrescar su
     aliento;
no debe masturbarse en talleres de poesía.
Si una mujer quiere ser poeta,
debe pelar los vellos de sus pupilas;
debe escuchar la respiración de hombres
     durmientes;
debe escuchar los espacios entre esa respiración.
Si una mujer quiere ser poeta,
no debe escribir sus poemas con pene artificial;
debe rezar para que sus hijos sean mujeres;
debe perdonar a su padre su esperma más
     valiente.

 

Traducción: Beth Miller

Muriel Rukeyser – El poema como máscara, Orfeo

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El poema como máscara
ORFEO


Cuando hablé de las mujeres danzando, salvajes,
fue una máscara,
en la montaña, a la caza de los dioses, cantando,
orgiásticas,
fue una máscara; cuando hablé del dios
fragmentado, exiliado de sí, su vida, el amor extraviado
con el canto,
era yo, desgajada, sin habla, en exilio de mí.
No hay montaña, no hay dios, hay memoria
de mi vida desgarrada, yo misma desgajada en sueño, la
niña
rescatada de mi lado, entre médicos, y una palabra
salvadora desde los grandes ojos.
¡Basta de máscaras! ¡Basta de mitologías!
Ahora, por primera vez, el dios alza su mano,
los fragmentos en mí se unen con su propia música.

Traducción: Diana Bellessi
***
The Poem as Mask
Orpheus
When I wrote of the women in their dances and 
      wildness, it was a mask,
on their mountain, gold-hunting, singing, in orgy,
it was a mask; when I wrote of the god,
fragmented, exiled from himself, his life, the love gone
      down with song,
it was myself, split open, unable to speak, in exile from
      myself.
   
There is no mountain, there is no god, there is memory
of my torn life, myself split open in sleep, the rescued
      child
beside me among the doctors, and a word
of rescue from the great eyes.

No more masks! No more mythologies!

Now, for the first time, the god lifts his hand,
the fragments join in me with their own music.
 

12/7/2008

Jorges Luis Borges – Audio: La poesía

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Conferencia dictada en agosto de 1977 en el teatro Coliseo de Buenos Aires, en el marco del ciclo Siete noches.

La poesía (primera parte)

La poesía (segunda parte)

 

biograf

Texto completo de La poesía

 

9/7/2008

William Faulkner - Orfeo

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Aquí está, en pie, mientras la eterna noche desciende
como un sueño entre muros grises,
cayendo frágilmente, frágilmente cayendo
entre dos muros de mermada piedra
tan altos que la vista no puede alcanzar,
entre dos muros cubiertos de silencio.
Aquí está, en pie, sobre un lecho de hojas en el suelo,
en plata solemne de primaveras dispersas,
entre los suaves capullos verdes ante la puerta,
en pie, cantando.

La medianoche, desgajada en aguas siempre declinando,
pesada con flores brotadas que nunca mueren
y una voz llamando siempre, siempre llamando,
dulcemente, serenamente.

Yo soy ella, quien, entre infinitos rostros,
se inclinó hacia ti, hacia la música que dulcemente tañías,
quien caminó contigo, la mano en la mano, a través de espacios numerosos
y te siguió sin temor a través de numerosos bosques.

Yo soy ella, tejida en la lluvia,
balanceada al compás de la música que habías tocado en mí;
quien posó frías manos sobre ti, quien cantó por mil bocas...
Escucha de nuevo la voz, escucha de nuevo la voz...
¡Yo soy ella¡, ¡yo soy ella¡

La primavera despierta los muros de una fría calle,
sembrando plateadas semillas de dolor en helados parajes,
a través de praderas que semejan sencillos y callados rostros que sonríen,
a través de arrugados arroyos y hierba que conoció los pies de ella.

Estos sueños vulnerados se levantan ligeros en su mente
para caminar frágilmente junto a muros de sonido marmóreo
y, después, recostarse una vez más.

Yo soy él, quien, cercado por rostros,
miró profundamente en la espectral oscuridad de inflexibles ojos.
Levanto mi mano en la oscuridad inmóvil de rostros,
rompo hilos de lamentos de violín
mientras, débilmente, voy al lugar donde juntos caminamos y soñamos.

Yo soy él, quien, enfermo de belleza,
fluía a través de la oscuridad y la oscuridad cruzaba.
Junto a mí, inquietos miembros de sombra se revolvían y brillaban.
Soy el cerebro que, recostado en la tierra
florecía en tenebrosas briznas contra la oscuridad.

Estos sueños vulnerados se levantan, levemente, en dolor,
para caminar frágilmente junto a muros de sonido marmóreo
y, después, recostarse una vez más.

Y yo, levantado por manos de sombra,
voy dulcemente al lugar donde juntos caminamos y soñamos,
hacia una música tañida en nuestros cuerpos maridados, sosegadamente.

Miembros de sombra giran en espectrales zarabandas,
sus manos me tocan como tocaban y vagaban perdidas las manos de ella.

Yo soy él, soy él,
quien alzó las palmas de sus manos para pedir la lluvia;
cuyos sueños, caminando tan frágilmente, frágilmente declinando,
ahora se levantan y vuelven a caminar.

Y yo, quien caminó en una primavera recordada;
quien en los ojos ensombrecidos de ella y su garganta erguida,
dulcemente vio brotar la risa y desbordarse;
yo, soy las manos que apresaron este oro;
yo soy él, quien la oyó cantar;
quien la vio grabada dulcemente y va al lugar donde estos sueños,
en un tiempo aquietados, se levantan ahora, levemente, en dolor,
giran, crecen y se recuestan una vez más.


Yo soy él, soy él,
quien, a través de constante oscuridad,
tejió una fina red con hilo de dolor
para engañar al fantasma de la lluvia.
Yo soy él, quien, sin sueño, mirando profundamente hacia abajo,
vio las sombras cruzar marmóreos muros de sonido,
un mar en el que me hundo y, sin embargo, no puede ahogarme.

Yo soy él, soy él,
quien alzó las palmas de sus manos para pedir la lluvia,
cuyos sueños, caminando tan frágilmente, frágilmente declinando,
ahora se levantan y vuelven a caminar.

Aquí está, en pie, mientras la eterna noche desciende
como un sueño entre muros grises
cayendo frágilmente, frágilmente cayendo
entre dos muros de mermada piedra
tan altos que la vista no puede alcanzar,
entre dos muros cubiertos de silencio.
Aquí esta, en pie, sobre un lecho de hojas en el suelo,
en plata solemne de primaveras dispersas,
entre los suaves capullos verdes ante la puerta,
en pie, cantando


W. Faulkner,Vision in spring, 1923
Trad. Menchu Gutiérrez
Madrid, Editorial Trieste, 1987

Cortesía de Carmen Blázquez
Foto: WF recibe el Premio Nobel 1949 / Corbis

Antonio Gamoneda - Siento el crepúsculo en mis manos en su voz

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Siento el crepúsculo en mis manos. Llega a través del laurel enfermo. Yo no quiero pensar ni ser amado ni ser feliz ni recordar.

Sólo quiero sentir esta luz en mis manos
y desconocer todos los rostros y que las canciones dejen de pesar en mi corazón
y que los pájaros pasen ante mis ojos y yo no advierta que se han ido.

Hay
grietas y sombras en paredes blancas y pronto habrá más grietas y más sombras y finalmente no habrá paredes blancas.

Es la vejez. Fluye en mis venas como agua atravesada por gemidos. Van
a cesar todas las preguntas. Un sol tardío pesa en mis manos inmóviles y a mi quietud vienen a la vez suavemente, como una sola sustancia, el pensamiento y su desaparición.

Es la agonía y la serenidad.

Quizá soy transparente y ya estoy solo sin saberlo. En cualquier caso, ya
la única sabiduría es el olvido.


© Antonio Gamoneda & Tusquets Editores
En Arden las pérdidas
Barcelona, Tusquets Editores, 2004

8/7/2008

Carta oficial de aprobación del Malleus Maleficarum de la Facultad de Teología de la Honorable Universidad de Colonia

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El Documento oficial de Aprobación del Tratado Malleus Maleficarum, y las firmas de los Doctores de la Honorabilísima Universidad de Colonia, debidamente asentadas y registradas como documento público y declaración.

En nombre de nuestro Señor Jesucristo, Amén. Sepan todos los hombres por las presentes, que puedan leer, ver o conocer el tenor de este documento oficial y público, que en el Año de Nuestro Señor, 1487, un sábado, el decimonoveno día del mes de mayo, a la quinta hora después del mediodía, aproximadamente, en el afeo tercero del Pontificado de Nuestro Santísimo Padre y Señor, el Señor Inocencio, Papa por providencia divina, octavo de ese nombre, en mi real y concreta presencia, Amold Kolich, notario público, y en presencia de los testigos cuyos nombres más abajo figuran, y que fueron reunidos y en especial convocados para este fin, el Venerable y Reverendísimo Padre Heinrich Kramer, Profesor de Teología Sagrada, de la Orden de los Predicadores, Inquisidor de la depravación herética en forma directa y delegado para ello por la Santa Sede, ¡tinto con el Venerable y Reverendísimo Padre Jacobus Sprenger, Profesor de Teología Sagrada y Prior del Convento Dominico de Colonia, en especial designado como colega del ya citado Padre Heinrsch Kramer, en nombre de sí mismo y de su mencionado colega nos hizo saber y declaró que el Supremo Pontífice que ahora reina por fortuna, el señor Inocencio, Papa, como se expuso más arriba, ordenó y otorgó por Bula debidamente sellada y firmada, a los mencionados Inquisidores Heinrich y Jacobus, miembros de la Orden de Predicadores y Profesores de Teología Sagrada, por Su Suprema Autoridad Apostólica, el poder de investigar e inquirir en todas las herejías, y más en especial en la herejía de las brujas, abominación que medra y se fortalece en nuestros desdichados tiempos, y les pidió que ejecutaran con diligencia este deber en las cinco arquidiócesis de las cinco Iglesias Metropolitanas, es decir, Maguncia, Colonia, Tréveris, Salzburgo y Bremen, y les concede toda facultad de juzgar y proceder contra tales, aun con el poder de dar muerte a los malhechores, según el tenor de la Bula apostólica, que tienen y poseen, y exhibieron ante nosotros, documento que está completo, entero, intacto, y en modo alguno lacerado o perjudicado; in fine cuya integridad se encuentra por encima de toda sospecha. Y el tenor de la mencionada bula comienza así: "Inocencio, obispo, Siervo de los siervos de Dios, para eterna memoria. Nos anhelamos con la más profunda ansiedad, tal como lo requiere Nuestro apostolado, que la Fe Católica crezca y florezca por doquier, en especial en este Nuestro día...", y termina así: "Dado en Roma, en San Pedro, el 9 de diciembre del Año de la Encarnación de Nuestro Señor un mil y cuatrocientos y cuarenta y ocho; en el primer Afeo de Nuestro Pontificado".

En tanto que algunos encargados de almas y predicadores de la palabra de Dios han tenido la audacia de afirmar y declarar en público, en discursos desde el púlpito, sí, y en sermones al pueblo, que no existen los brujos, o que esos desdichados en manera alguna molestan o dañan a los humanos o a los animales, y ha ocurrido que como resultado de tales sermones, que deben ser muy reprobados y condenados, el poder del brazo secular haya sido detenido y obstaculizado en el castigo de tales ofensores, y ello resultó ser una gran fuente de estímulo para quienes siguen la horrenda herejía de la brujería, y acrecentó y aumentó sus huestes en notable medida, por lo tanto, los mencionados Inquisidores, que con toda el alma y energía desean poner fin a tales abominaciones y contrarrestar tales peligros, con muchos estudios, investigaciones y trabajos han compilado y compuesto cierto Tratado en el cual usaron sus mejores esfuerzos en beneficio de la integridad de la Fe Católica, para rechazar y refutar la ignorancia de quienes se atreven a predicar tan groseros errores, y se han tomado además grandes trabajos para exponer las formas legales y correctas en que estas brujas pestilentes pueden ser llevadas a juicio, sentenciadas y condenadas, según el tenor de la precedente Bula y las reglamentaciones de la ley canónica. Pero como es muy correcto y en todo sentido razonable que esta buena obra que elaboraron en beneficio común de todos nosotros sea sancionada y confirmada por la aprobación unánime de los Reverendos Doctores de la Universidad. no sea que por alguna mala casualidad, hombres mal intencionados e ignorantes supongan que los mencionados Rectores de la Facultad y los Profesores de la Orden de los Predicadores no coinciden en un todo, en su opinión, con estos asuntos, los autores de dicho Tratado, escrito con exactitud tal como se lo imprimirá en caracteres claros, de modo que cuando esté así impreso pueda ser recomendado y honorablemente aprobado por las buenas opiniones registradas y el juicio maduro de muchos eruditos Doctores, entregaron y presentaron ante la Honorabilísima Universidad de Colonia, es decir, ante ciertos Profesores de Teología Sagrada, a quienes se encarga y pide que actúen como representantes de la Honorabilísima Universidad, el mencionado Tratado para que lo estudien, examinen y analicen de modo que si se encontraran puntos que puedan parecer de alguna manera dudosos o en desacuerdo con las enseñanzas de la Fe Católica, esos puntos puedan ser corregidos y enmendados por el juicio de los sabios Doctores quienes además aprobarán y elogiarán oficialmente todo lo que contenga el Tratado, que convenga a las enseñanzas de la Fe católica. Y en consonancia, esto se hizo tal como se ha expuesto.

En primer lugar, el honrado señor Lamberlos de Monte por so propia mano suscribió su juicio y opinión tal como sigue: "Yo, Lamberlos de Monte profesor (aunque indigno) de Teología Sagrada, y en este momento decano de la facultad de Teología Sagrada de la Universidad de Colonia, declaro con solemnidad, y confirmo ésta, mi declaración, por mi propia mano, que he leído y con diligencia examinado y considerado este Tratado, y que, en mi humilde juicio las dos partes nada contienen que sea en manera alguna contrario a las doctrinas de la filosofía, o contrario a la verdad de la Santa Fe Católica y Apostólica, _o contrario a las opiniones de los doctores cuyos escritos son aprobados y permitidos por la Santa Iglesia. Y dadas las importantísimas y saludables materias que contiene este Tratado, que, aunque sólo fuese por la honorable condición, sabiduría y buenos oficios de estos dignísimos y honrados Inquisidores, podría muy bien ser considerado útil y necesario, es preciso ejercer todos los cuidados diligentes para que este Tratado se distribuya con amplitud entre los hombres sabios y henchidos de celo, para que con ello cuenten con la ventaja de tantas y tan bien consideradas orientaciones para el exterminio de las brujas, y que también se ponga en manos de todos los rectores de iglesias, en especial de quienes son hombres honrados, activos y temerosos de Dios, que por la lectura se vean estimulados a despertar en todos los corazones el odio contra la pestilente herejía de las brujas y sus sucias artes, de modo que todos los hombres buenos se vean prevenidos y salvaguardados, y se pueda descubrir y castigar a los malhechores, para que a la plena luz del día la merced y la bendición caigan sobre los rectos y se haga justicia con quienes hacen el mal, y así, en todas las cosas, se glorifique a Dios, a Quien vayan todos los honores, alabanzas y gloria".

Luego el Venerable Maestro Jacobus de Stralen, con su propia mano redactó su juicio y ponderada opinión: "Yo, Jacobus de Stralen, Profesor de Teología Sagrada, después de haber leído con diligencia el mencionado Tratado, declaro que en mi opinión es en todo y por completo coincidente con el juicio expuesto por nuestro Venerable Maestro Lambertus de Monte, Decano de Teología Sagrada, como escribe más arriba, y ello lo atestiguo y confirmo en mi propia firma, para gloria de Dios".

De la misma manera, el Honorable maestro Andreas de Oclisenfurt escribió por su propia mano lo siguiente: "Del mismo modo, yo Andreas de Ochsenfurt, Profesor Suplente de Teología Sagrada, dejo registrado que mi opinión ponderada sobre las materias que contiene el mencionado Tratado coinciden del todo y por completo con el juicio escrito más arriba, y para verdad de esto doy testimonio con mi firma".

Y luego, en la misma forma, el honorable Maestro Tomás de Scotia firmó de su puño y letra, y siguió: "Yo, Tomás de Scotia, Doctor de Teología Sagrada (aunque indigno de ello), me manifiesto de pleno acuerdo con todo lo que escribieron nuestros Venerables Maestros respecto de las materias que contiene el mencionado Tratado, que también examiné y estudié con cuidado, y en confirmación de esto lo atestiguo con mi firma escrita por mi propia mano'.

Aquí sigue la segunda firma con respecto a los discursos que fueron pronunciados desde el púlpito por predicadores ignorantes e indignos. Y en primer lugar parece conveniente exponer los siguientes artículos:

Artículo primero: los Maestros de Teología Sagrada que firman abajo elogian a los Inquisidores de la depravación herética, quienes, según los Cánones, han sido enviados como delegados por la autoridad suprema de la Sede Apostólica, y con humildad los exhortan a cumplir con su exaltada tarea con todo celo e industria.

Artículo segundo: la doctrina de que la brujería puede ejercerse por Permiso Divino, debido a la colaboración del demonio con hechiceros o brujas, no es contraria a la Fe Católica, sino en todo sentido coincidente con las enseñanzas de las Sagradas Escrituras; más aun, según las opiniones de los Doctores de la Iglesia, es una creencia que puede sostenerse con seguridad y mantenerse con firmeza.

Artículo tercero: por lo tanto es un grave error predicar que la brujería no puede existir, y quienes en público predican este vil error, obstaculizan de manera notable la santa obra de los Inquisidores, para gran perjuicio de la seguridad de muchas almas. No es conveniente que los secretos de magia que a menudo se revelan a los Inquisidores sean conocidos por todos en forma indiscriminada.


Ultimo artículo: debe exhortarse a todos los príncipes y católicos piadosos a que usen siempre sus mejores esfuerzos para ayudar a los Inquisidores en su buena obra de defensa de la Fe Católica.


Por lo tanto, estos Doctores de la mencionada Facultad de Teología, que ya firmaron antes y que también firmaron abajo, agregan sus firmas a estos artículos, tal como yo, Arnold Kolich. notario público, que agrego mi nombre abajo, lo conocí por la información jurada de Johann Vörde de Mechlin, hombre bueno y veraz, Bedel jurado de la Honorabilísima Universidad de Colonia, quien me declaró esto bajo juramento, y que (pues su letra, tal como aparece en las firmas de arriba y de abajo me son bien conocidas) yo mismo expongo como sigue: "Yo, Lambertus de Monte, Profesor de Teología Sagrada, Decano de la Facultad, declaro con firmeza y apruebo por entero que mantengo los artículos aquí expues tos, y de cuya verdad doy testimonio con mi firma escrita por mi propia mano. Yo, Jacobus de Stralen, Profesor de Teología Sagrada, del mismo modo mantengo y en todo sentido apruebo, las artículos expuestos más arriba, en prueba de lo cual doy testimonio agregando mi firma con mi propia mano. Yo, Udalricus Kriduiss von Esslingen, Profesor de Teología Sagrada, también mantengo y por completo apruebo los artículos antes expuestos y de cuya verdad doy fe agregando mi firma con mi propia mano. Yo, Conradus von Campen, Profesor Ordinario de Teología Sagrada, declaro que asiento y estoy en entero de acuerdo con el juicio de los profesores superiores. Yo, Cornelius de Breda, profesor suplente, mantengo y apruebo por completo los artículos expuestos más arriba, en prueba de lo cual doy testimonio agregando mi firma con mi propia mano. Yo, Tomás de Seotia, profesor de Teología sagrada (aunque indigno), estoy en todo sentido de acuerdo, mantengo y apruebo la opinión de los Venerables Profesores que firmaron arriba, y en prueba de ello agrego mi nombre por mi propia mano. Yo, Theoderish der Bummel, profesor suplente de Teología Sagrada, convengo por entero con lo que escribieron arriba los honorables maestros que firmaron sus nombres, y en prueba de ello lo atestiguo con mi firma escrita por mi propia mano. En confirmación de los artículos precedentes, declaro que soy de la misma y plena opinión que los precedentes y honorabilísimos maestros y profesores, yo, Andreas de Ochsenfurt profesor de la facultad de Teología Sagrada, miembro inferior de la junta de Teólogos de la Honorabilísima Universidad de Colonid'. Por último, el antedicho Venerable y Reverendísimo Padre Heinrich Kramer, Inquisidor, poseía y nos mostró obra carta, escrita con claridad en pergamino virgen, concedida y otorgada por el Serenísimo y Noble monarca, Rey de los romanos, cuyo pergamino ostentaba su propio sello oficial real, rojo, impreso sobre un fondo de cera azul, cuyo sello estaba suspendido y colgado del final del dicho pergamino, y estaba completo y entero, intacto, no cancelado ni sospechoso, en modo alguno lacerado o perjudicado, y por el tenor de las presentes el muy encumbrado señor, el mencionado y noble Rey de los Romanos, para que, en beneficio de nuestra Santa Fe, estos asuntos puedan ser despachados con la mayor rapidez y facilidad, en su real condición de rey muy Cristiano, deseó y desea que la misma Bula Apostólica, de la cual hemos hablado arriba, sea en todo sentido respetada, honrada y defendida, y puestas en vigor las cláusulas allí establecidas, y toma a los Inquisidores por completo bajo su augusta protección, y ordena y exige a todos y cada uno de los súbditos del Imperio Romano que muestren a los dichos Inquisidores todo el favor posible y les concedan toda la ayuda de que necesiten en cumplimiento de su misión, y que presten a los Inquisidores toda la colaboración según las cláusulas que más plenamente se encuentran contenidas y expuestas en dicha carta. Y la mencionada carta emitida por el rey comienza así y termina así, como se expone por orden, a continuación:

"Maximiliano, por Favor Divino y Gracia de Dios, Augustísimo Rey de los Romanos, archiduque de Austria, duque de Burgundia, de Lorena, de Brabante, de Limburgo, de uxemburgo y de Celderlandia, conde de Flandes . . ."; y termina así: "Dado en nuestra buena ciudad de Bruselas. por nuestra propia mano y sello, en el sexto día de noviembre, en el año de Nuestro Señor un mil cuatrocientos ochenta y seis, en el primer año de nuestro reinado". Por lo cual, respecto de todo lo que se expuso y estableció más arriba, el mencionado Venerable y Reverendísimo Padre Heinrich, inquisidor, en su nombre y los de sus mencionados colegas, me pidió a mí, notario público, cuyo nombre está escrito arriba y firmado abajo, que cada documento y todos ellos fuesen redactados en forma oficial y elaborados en la forma de instrumento o instrumentos públicos, y ello se hizo en Colonia, en la casa y vivienda del mencionado Venerable Maestro Lambertus de Monte, cuya casa se encuentra situada dentro de las inmunidades de la Iglesia de San Andrés, de Colonia, en la habitación en que el mismo Maestro Lambertus realiza sus estudios y despacha sus asuntos, en el año de Nuestro Señor, en el mes, en el día, a la hora y durante el Pontificado, todo lo cual se expuso más arriba, encontrándose presentes allí, en ese momento, el mencionado Maestro Lambertus y el Bedel ]ohann, así como también Nicolas Cuper van Venroid, notario jurado de la Venerable Curia de Colonia, y Christian Wintzen von Eusskirchen, empleado de la diócesis de Colonia, ambos hombres buenos y dignos, quienes atestiguan que este pedido se hizo y concedió de manera formal.

Y yo, Arnold Kolich van Eusskirchen, empleado de la diócesis de Colonia, notario jurado, también estuve presente mientras los hechos anteriores se ejecutaron y desarrollaban, y de ello doy prueba con los mencionados testigos; y en consonancia con lo que vi y con lo que, como más arriba digo, escuché en el testimonio jurado del mencionado Bedel, hombre bueno y digno, he escrito de mi puño y letra y sellado el presente instrumento público, que he firmado y hecho publicar, desde que lo redacté en esta forma oficial para su publicación, y porque así se me pidió y solicitó, lo firmé y sellé de acuerdo con la manera solicitada, con mi propio nombre y mi propio sello, para que pueda ser aprobado oficialmente y constituya un testimonio y prueba suficientes y legales de que todos y cada uno están aquí contenidos, expuestos y ordenados.

O bien la incapacidad sigue a la consumación de un matrimonio, y entonces no disuelve sus vínculos. Los Doctores señalen muchas cosas más en este sentido, en varios escritos en que tratan de la obstrucción debida a la brujería; pero como no son pertinentes para esta investigación, las omitimos.

Pero algunos podrán encontrar difícil entender cómo puede obstruirse esta función respecto de una mujer y no de otra. San Buenaventura responde que esto puede ser porque una bruja convenció al demonio que así lo hiciera respecto de una mujer, o porque Dios no permite que la obstrucción se aplique, salvo en el caso de esa mujer en especial. El juicio de Dios en este asunto es un misterio, como en el caso de la esposa de Tobías. Pero lo que ya se dijo muestra con claridad de qué manera provoca el demonio esa incapacidad Y San Buenaventura dice que obstruye la función procreadora, no en términos intrínsecos, dañando el órgano, sino en forma extrínseca, impidiendo su uso; y es un impedimento artificial, no natural; y por lo tanto puede hacer que se aplique a una, mujer y no a otra. O bien anula. todo deseo hacia una u otra mujer; y esto lo hace por su propio poder, o por medio de alguna hierba o piedra, o alguna criatura oculta. Y en este sentido coincide en lo sustancial con Pedro de Paludes.

El remedio eclesiástico en el tribunal de Dios se establece en el Canon, donde dice: si con el permiso del justo y secreto juicio de Dios, mediante las artes de hechiceras y brujas, y la preparación del demonio, los hombres son hechizados en su función procreadora debe instárselos a que hagan plena confesión ante Dios y Su sacerdote, de todos sus pecados, con corazón contrito y espíritu humilde; y a dar satisfacción a Dios con muchas lágrimas y grandes ofrendas y rezos y ayunos.

De estas palabras resulta claro que tales afecciones sólo se deben al pecado, y sólo ocurren en quienes no viven en estado de gracia. Luego dice cómo los ministros de la iglesia pueden efectuar una cura por medio de exorcismos y otras protecciones y curaciones que proporciona la iglesia. De este modo, con la ayuda de Dios, Abrahán curó con sus oraciones a Abimelech y su casa.

En conclusión, podemos decir que existen cinco remedios que se pueden aplicar en forma lícita a quienes se encuentran hechizados de ese modo, a saber: una peregrinación a algún altar santo y venerable; la verdadera confesión de los pecados, con contrición; el uso abundante de la Señal de la Cruz y de devotas oraciones; exorcismos lícitos por medio de palabras solemnes, cuya naturaleza se explicará más adelante; y por último, puede lograrse un remedio abordando con prudencia a la bruja, como se mostró en el caso del conde que durante tres años no pudo cohabitar carnalmente con una virgen con la cual había casado.



Heinrich Kramer - Jacobus Sprenger

Malleus Maleficarum (El martillo de los brujos)

Traducción: Floreal Maza


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