29 de jun. de 2008

Richard Dawkins - The God Delusion (video subtitulado)

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Fuente: http://www.bajarsedelmundo.com/index.php

Alejo Carpentier – Viaje a la semilla

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I

—¿Qué quieres, viejo?...

Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía. Andaba de un lugar a otro, fisgoneando, sacándose de la garganta un largo monólogo de frases incomprensibles. Ya habían descendido las tejas, cubriendo los canteros muertos con su mosaico de barro cocido. Arriba, los picos desprendían piedras de mampostería, haciéndolas rodar por canales de madera, con gran revuelo de cales y de yesos. Y por las almenas sucesivas que iban desdentando las murallas aparecían —despojados de su secreto— cielos rasos ovales o cuadrados, cornisas, guirnaldas, dentículos, astrágalos, y papeles encolados que colgaban de los testeros como viejas pieles de serpiente en muda. Presenciando la demolición, una Ceres con la nariz rota y el peplo desvaído, veteado de negro el tocado de mieses, se erguía en el traspatio, sobre su fuente de mascarones borrosos. Visitados por el sol en horas de sombra, los peces grises del estanque bostezaban en agua musgosa y tibia, mirando con el ojo redondo aquellos obreros, negros sobre claro de cielo, que iban rebajando la altura secular de la casa. El viejo se había sentado, con el cayado apuntalándole la barba, al pie de la estatua. Miraba el subir y bajar de cubos en que viajaban restos apreciables. Oíanse, en sordina, los rumores de la calle mientras, arriba, las poleas concertaban, sobre ritmos de hierro con piedra, sus gorjeos de aves desagradables y pechugonas.

Dieron las cinco. Las cornisas y entablamentos se despoblaron. Sólo quedaron escaleras de mano, preparando el salto del día siguiente. El aire se hizo más fresco, aligerado de sudores, blasfemias, chirridos de cuerdas, ejes que pedían alcuzas y palmadas en torsos pringosos. Para la casa mondada el crepúsculo llegaba más pronto. Se vestía de sombras en horas en que su ya caída balaustrada superior solía regalar a las fachadas algún relumbre de sol. La Ceres apretaba los labios. Por primera vez las habitaciones dormirían sin persianas, abiertas sobre un paisaje de escombros.

Contrariando sus apetencias, varios capiteles yacían entre las hierbas. Las hojas de acanto descubrían su condición vegetal. Una enredadera aventuró sus tentáculos hacia la voluta jónica, atraída por un aire de familia. Cuando cayó la noche, la casa estaba más cerca de la tierra. Un marco de puerta se erguía aún, en lo alto, con tablas de sombras suspendidas de sus bisagras desorientadas.


II

Entonces el negro viejo, que no se había movido, hizo gestos extraños, volteando su cayado sobre un cementerio de baldosas.

Los cuadrados de mármol, blancos y negros volaron a los pisos, vistiendo la tierra. Las piedras con saltos certeros, fueron a cerrar los boquetes de las murallas. Hojas de nogal claveteadas se encajaron en sus marcos, mientras los tornillos de las charnelas volvían a hundirse en sus hoyos, con rápida rotación. En los canteros muertos, levantadas por el esfuerzo de las flores, las tejas juntaron sus fragmentos, alzando un sonoro torbellino de barro, para caer en lluvia sobre la armadura del techo. La casa creció, traída nuevamente a sus proporciones habituales, pudorosa y vestida. La Ceres fue menos gris. Hubo más peces en la fuente. Y el murmullo del agua llamó begonias olvidadas.

El viejo introdujo una llave en la cerradura de la puerta principal, y comenzó a abrir ventanas. Sus tacones sonaban a hueco. Cuando encendió los velones, un estremecimiento amarillo corrió por el óleo de los retratos de familia, y gentes vestidas de negro murmuraron en todas las galerías, al compás de cucharas movidas en jícaras de chocolate.

Don Marcial, el Marqués de Capellanías, yacía en su lecho de muerte, el pecho acorazado de medallas, escoltado por cuatro cirios con largas barbas de cera derretida.


III

Los cirios crecieron lentamente, perdiendo sudores. Cuando recobraron su tamaño, los apagó la monja apartando una lumbre. Las mechas blanquearon, arrojando el pabilo. La casa se vació de visitantes y los carruajes partieron en la noche. Don Marcial pulsó un teclado invisible y abrió los ojos.

Confusas y revueltas, las vigas del techo se iban colocando en su lugar. Los pomos de medicina, las borlas de damasco, el escapulario de la cabecera, los daguerrotipos, las palmas de la reja, salieron de sus nieblas. Cuando el médico movió la cabeza con desconsuelo profesional, el enfermo se sintió mejor. Durmió algunas horas y despertó bajo la mirada negra y cejuda del Padre Anastasio. De franca, detallada, poblada de pecados, la confesión se hizo reticente, penosa, llena de escondrijos. ¿Y qué derecho tenía, en el fondo, aquel carmelita, a entrometerse en su vida? Don Marcial se encontró, de pronto, tirado en medio del aposento. Aligerado de un peso en las sienes, se levantó con sorprendente celeridad. La mujer desnuda que se desperezaba sobre el brocado del lecho buscó enaguas y corpiños, llevándose, poco después, sus rumores de seda estrujada y su perfume. Abajo, en el coche cerrado, cubriendo tachuelas del asiento, había un sobre con monedas de oro.

Don Marcial no se sentía bien. Al arreglarse la corbata frente a la luna de la consola se vio congestionado. Bajó al despacho donde lo esperaban hombres de justicia, abogados y escribientes, para disponer la venta pública de la casa. Todo había sido inútil. Sus pertenencias se irían a manos del mejor postor, al compás de martillo golpeando una tabla. Saludó y le dejaron solo. Pensaba en los misterios de la letra escrita, en esas hebras negras que se enlazan y desenlazan sobre anchas hojas afiligranadas de balanzas, enlazando y desenlazando compromisos, juramentos, alianzas, testimonios, declaraciones, apellidos, títulos, fechas, tierras, árboles y piedras; maraña de hilos, sacada del tintero, en que se enredaban las piernas del hombre, vedándole caminos desestimados por la Ley; cordón al cuello, que apretaban su sordina al percibir el sonido temible de las palabras en libertad. Su firma lo había traicionado, yendo a complicarse en nudo y enredos de legajos. Atado por ella, el hombre de carne se hacía hombre de papel.

Era el amanecer. El reloj del comedor acababa de dar la seis de la tarde.


IV

Transcurrieron meses de luto, ensombrecidos por un remordimiento cada vez mayor. Al principio, la idea de traer una mujer a aquel aposento se le hacía casi razonable. Pero, poco a poco, las apetencias de un cuerpo nuevo fueron desplazadas por escrúpulos crecientes, que llegaron al flagelo. Cierta noche, Don Marcial se ensangrentó las carnes con una correa, sintiendo luego un deseo mayor, pero de corta duración. Fue entonces cuando la Marquesa volvió, una tarde, de su paseo a las orillas del Almendares. Los caballos de la calesa no traían en las crines más humedad que la del propio sudor. Pero, durante todo el resto del día, dispararon coces a las tablas de la cuadra, irritados, al parecer, por la inmovilidad de nubes bajas.

Al crepúsculo, una tinaja llena de agua se rompió en el baño de la Marquesa. Luego, las lluvias de mayo rebosaron el estanque. Y aquella negra vieja, con tacha de cimarrona y palomas debajo de la cama, que andaba por el patio murmurando: «¡Desconfía de los ríos, niña; desconfía de lo verde que corre!» No había día en que el agua no revelara su presencia. Pero esa presencia acabó por no ser más que una jícara derramada sobre el vestido traído de París, al regreso del baile aniversario dado por el Capitán General de la Colonia.

Reaparecieron muchos parientes. Volvieron muchos amigos. Ya brillaban, muy claras, las arañas del gran salón. Las grietas de la fachada se iban cerrando. El piano regresó al clavicordio. Las palmas perdían anillos. Las enredaderas saltaban la primera cornisa. Blanquearon las ojeras de la Ceres y los capiteles parecieron recién tallados. Más fogoso Marcial solía pasarse tardes enteras abrazando a la Marquesa. Borrábanse patas de gallina, ceños y papadas, y las carnes tornaban a su dureza. Un día, un olor de pintura fresca llenó la casa.


V

Los rubores eran sinceros. Cada noche se abrían un poco más las hojas de los biombos, las faldas caían en rincones menos alumbrados y eran nuevas barreras de encajes. Al fin la Marquesa sopló las lámparas. Sólo él habló en la obscuridad.

Partieron para el ingenio, en gran tren de calesas—relumbrante de grupas alazanas, bocados de plata y charoles al sol. Pero, a la sombra de las flores de Pascua que enrojecían el soportal interior de la vivienda, advirtieron que se conocían apenas. Marcial autorizó danzas y tambores de Nación, para distraerse un poco en aquellos días olientes a perfumes de Colonia, baños de benjuí, cabelleras esparcidas, y sábanas sacadas de armarios que, al abrirse, dejaban caer sobre las lozas un mazo de vetiver. El vaho del guarapo giraba en la brisa con el toque de oración. Volando bajo, las auras anunciaban lluvias reticentes, cuyas primeras gotas, anchas y sonoras, eran sorbidas por tejas tan secas que tenían diapasón de cobre. Después de un amanecer alargado por un abrazo deslucido, aliviados de desconciertos y cerrada la herida, ambos regresaron a la ciudad. La Marquesa trocó su vestido de viaje por un traje de novia, y, como era costumbre, los esposos fueron a la iglesia para recobrar su libertad. Se devolvieron presentes a parientes y amigos, y, con revuelo de bronces y alardes de jaeces, cada cual tomó la calle de su morada. Marcial siguió visitando a María de las Mercedes por algún tiempo, hasta el día en que los anillos fueron llevados al taller del orfebre para ser desgrabados. Comenzaba, para Marcial, una vida nueva. En la casa de altas rejas, la Ceres fue sustituida por una Venus italiana, y los mascarones de la fuente adelantaron casi imperceptiblemente el relieve al ver todavía encendidas, pintada ya el alba, las luces de los velones.


VI

Una noche, después de mucho beber y marearse con tufos de tabaco frío, dejados por sus amigos, Marcial tuvo la sensación extraña de que los relojes de la casa daban las cinco, luego las cuatro y media, luego las cuatro, luego las tres y media... Era como la percepción remota de otras posibilidades. Como cuando se piensa, en enervamiento de vigilia, que puede andarse sobre el cielo raso con el piso por cielo raso, entre muebles firmemente asentados entre las vigas del techo. Fue una impresión fugaz, que no dejó la menor huella en su espíritu, poco llevado, ahora, a la meditación.

Y hubo un gran sarao, en el salón de música, el día en que alcanzó la minoría de edad. Estaba alegre, al pensar que su firma había dejado de tener un valor legal, y que los registros y escribanías, con sus polillas, se borraban de su mundo. Llegaba al punto en que los tribunales dejan de ser temibles para quienes tienen una carne desestimada por los códigos. Luego de achisparse con vinos generosos, los jóvenes descolgaron de la pared una guitarra incrustada de nácar, un salterio y un serpentón. Alguien dio cuerda al reloj que tocaba la Tirolesa de las Vacas y la Balada de los Lagos de Escocia. Otro embocó un cuerno de caza que dormía, enroscado en su cobre, sobre los fieltros encarnados de la vitrina, al lado de la flauta traversera traída de Aranjuez. Marcial, que estaba requebrando atrevidamente a la de Campoflorido, su sumó al guirigay, buscando en el teclado, sobre bajos falsos, la melodía del Trípili-Trápala. Y subieron todos al desván, de pronto, recordando que allá, bajo vigas que iban recobrando el repello, se guardaban los trajes y libreas de la Casa de Capellanías. En entrepaños escarchados de alcanfor descansaban los vestidos de corte, un espadín de Embajador, varias guerreras emplastronadas, el manto de un Príncipe de la Iglesia, y largas casacas, con botones de damasco y difuminos de humedad en los pliegues. Matizáronse las penumbras con cintas de amaranto, miriñaques amarillos, túnicas marchitas y flores de terciopelo. Un traje de chispero con redecilla de borlas, nacido en una mascarada de carnaval, levantó aplausos. La de Campoflorido redondeó los hombros empolvados bajo un rebozo de color de carne criolla, que sirviera a cierta abuela, en noche de grandes decisiones familiares, para avivar los amansados fuegos de un rico Síndico de Clarisas.

Disfrazados regresaron los jóvenes al salón de música. Tocado con un tricornio de regidor, Marcial pegó tres bastonazos en el piso, y se dio comienzo a la danza de la valse, que las madres hallaban terriblemente impropio de señoritas, con eso de dejarse enlazar por la cintura, recibiendo manos de hombre sobre las ballenas del corset que todas se habían hecho según el reciente patrón de «El Jardín de las Moodas». Las puertas se obscurecieron de fámulas, cuadrerizos, sirvientes, que venían de sus lejanas dependencias y de los entresuelos sofocantes para admirarse ante fiesta de tanto alboroto. Luego. se jugó a la gallina ciega y al escondite. Marcial, oculto con la de Campoflorido detrás de un biombo chino, le estampó un beso en la nuca, recibiendo en respuesta un pañuelo perfumado, cuyos encajes de Bruselas guardaban suaves tibiezas de escote. Y cuando las muchachas se alejaron en las luces del crepúsculo, hacia las atalayas y torreones que se pintaban en grisnegro sobre el mar, los mozos fueron a la Casa de Baile, donde tan sabrosamente se contoneaban las mulatas de grandes ajorcas, sin perder nunca—así fuera de movida una guaracha—sus zapatillas de alto tacón. Y como se estaba en carnavales, los del Cabildo Arará Tres Ojos levantaban un trueno de tambores tras de la pared medianera, en un patio sembrado de granados. Subidos en mesas y taburetes, Marcial y sus amigos alabaron el garbo de una negra de pasas entrecanas, que volvía a ser hermosa, casi deseable, cuando miraba por sobre el hombro, bailando con altivo mohín de reto.


VII

Las visitas de Don Abundio, notario y albacea de la familia, eran más frecuentes. Se sentaba gravemente a la cabecera de la cama de Marcial, dejando caer al suelo su bastón de ácana para despertarlo antes de tiempo. Al abrirse, los ojos tropezaban con una levita de alpaca, cubierta de caspa, cuyas mangas lustrosas recogían títulos y rentas. Al fin sólo quedó una pensión razonable, calculada para poner coto a toda locura. Fue entonces cuando Marcial quiso ingresar en el Real Seminario de San Carlos.

Después de mediocres exámenes, frecuentó los claustros, comprendiendo cada vez menos las explicaciones de los dómines. El mundo de las ideas se iba despoblando. Lo que había sido, al principio, una ecuménica asamblea de peplos, jubones, golas y pelucas, controversistas y ergotantes, cobraba la inmovilidad de un museo de figuras de cera. Marcial se contentaba ahora con una exposición escolástica de los sistemas, aceptando por bueno lo que se dijera en cualquier texto. «León», «Avestruz», «Ballena», «Jaguar», leíase sobre los grabados en cobre de la Historia Natural. Del mismo modo, «Aristóteles», «Santo Tomás», «Bacon», «Descartes», encabezaban páginas negras, en que se catalogaban aburridamente las interpretaciones del universo, al margen de una capitular espesa. Poco a poco, Marcial dejó de estudiarlas, encontrándose librado de un gran peso. Su mente se hizo alegre y ligera, admitiendo tan sólo un concepto instintivo de las cosas. ¿Para qué pensar en el prisma, cuando la luz clara de invierno daba mayores detalles a las fortalezas del puerto? Una manzana que cae del árbol sólo es incitación para los dientes. Un pie en una bañadera no pasa de ser un pie en una bañadera. El día que abandonó el Seminario, olvidó los libros. El gnomon recobró su categoría de duende: el espectro fue sinónimo de fantasma; el octandro era bicho acorazado, con púas en el lomo.

Varias veces, andando pronto, inquieto el corazón, había ido a visitar a las mujeres que cuchicheaban, detrás de puertas azules, al pie de las murallas. El recuerdo de la que llevaba zapatillas bordadas y hojas de albahaca en la oreja lo perseguía, en tardes de calor, como un dolor de muelas. Pero, un día, la cólera y las amenazas de un confesor le hicieron llorar de espanto. Cayó por última vez en las sábanas del infierno, renunciando para siempre a sus rodeos por calles poco concurridas, a sus cobardías de última hora que le hacían regresar con rabia a su casa, luego de dejar a sus espaldas cierta acera rajada, señal, cuando andaba con la vista baja, de la media vuelta que debía darse por hollar el umbral de los perfumes.

Ahora vivía su crisis mística, poblada de detentes, corderos pascuales, palomas de porcelana, Vírgenes de manto azul celeste, estrellas de papel dorado, Reyes Magos, ángeles con alas de cisne, el Asno, el Buey, y un terrible San Dionisio que se le aparecía en sueños, con un gran vacío entre los hombros y el andar vacilante de quien busca un objeto perdido. Tropezaba con la cama y Marcial despertaba sobresaltado, echando mano al rosario de cuentas sordas. Las mechas, en sus pocillos de aceite, daban luz triste a imágenes que recobraban su color primero.


VIII

Los muebles crecían. Se hacía más difícil sostener los antebrazos sobre el borde de la mesa del comedor. Los armarios de cornisas labradas ensanchaban el frontis. Alargando el torso, los moros de la escalera acercaban sus antorchas a los balaustres del rellano. Las butacas eran mas hondas y los sillones de mecedora tenían tendencia a irse para atrás. No había ya que doblar las piernas al recostarse en el fondo de la bañadera con anillas de mármol.

Una mañana en que leía un libro licencioso, Marcial tuvo ganas, súbitamente, de jugar con los soldados de plomo que dormían en sus cajas de madera. Volvió a ocultar el tomo bajo la jofaina del lavabo, y abrió una gaveta sellada por las telarañas. La mesa de estudio era demasiado exigua para dar cabida a tanta gente. Por ello, Marcial se sentó en el piso. Dispuso los granaderos por filas de ocho. Luego, los oficiales a caballo, rodeando al abanderado. Detrás, los artilleros, con sus cañones, escobillones y botafuegos. Cerrando la marcha, pífanos y timbales, con escolta de redoblantes. Los morteros estaban dotados de un resorte que permitía lanzar bolas de vidrio a más de un metro de distancia.

—¡Pum!... ¡Pum!... ¡Pum!...

Caían caballos, caían abanderados, caían tambores. Hubo de ser llamado tres veces por el negro Eligio, para decidirse a lavarse las manos y bajar al comedor.

Desde ese día, Marcial conservó el hábito de sentarse en el enlosado. Cuando percibió las ventajas de esa costumbre, se sorprendió por no haberlo pensando antes. Afectas al terciopelo de los cojines, las personas mayores sudan demasiado. Algunas huelen a notario—como Don Abundio—por no conocer, con el cuerpo echado, la frialdad del mármol en todo tiempo. Sólo desde el suelo pueden abarcarse totalmente los ángulos y perspectivas de una habitación. Hay bellezas de la madera, misteriosos caminos de insectos, rincones de sombra, que se ignoran a altura de hombre. Cuando llovía, Marcial se ocultaba debajo del clavicordio. Cada trueno hacía temblar la caja de resonancia, poniendo todas las notas a cantar. Del cielo caían los rayos para construir aquella bóveda de calderones-órgano, pinar al viento, mandolina de grillos.


IX

Aquella mañana lo encerraron en su cuarto. Oyó murmullos en toda la casa y el almuerzo que le sirvieron fue demasiado suculento para un día de semana. Había seis pasteles de la confitería de la Alameda—cuando sólo dos podían comerse, los domingos, después de misa. Se entretuvo mirando estampas de viaje, hasta que el abejeo creciente, entrando por debajo de las puertas, le hizo mirar entre persianas. Llegaban hombres vestidos de negro, portando una caja con agarraderas de bronce. Tuvo ganas de llorar, pero en ese momento apareció el calesero Melchor, luciendo sonrisa de dientes en lo alto de sus botas sonoras. Comenzaron a jugar al ajedrez. Melchor era caballo. Él, era Rey. Tomando las losas del piso por tablero, podía avanzar de una en una, mientras Melchor debía saltar una de frente y dos de lado, o viceversa. El juego se prolongó hasta más allá del crepúsculo, cuando pasaron los Bomberos del Comercio.

Al levantarse, fue a besar la mano de su padre que yacía en su cama de enfermo. El Marqués se sentía mejor, y habló a su hijo con el empaque y los ejemplos usuales. Los «Sí, padre» y los «No, padre», se encajaban entre cuenta y cuenta del rosario de preguntas, como las respuestas del ayudante en una misa. Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salla, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones: porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla, agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después, llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.

El padre era un ser terrible y magnánimo al que debla amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.


X

Cuando los muebles crecieron un poco más y Marcial supo como nadie lo que había debajo de las camas, armarios y bargueños, ocultó a todos un gran secreto: la vida no tenía encanto fuera de la presencia del calesero Melchor. Ni Dios, ni su padre, ni el obispo dorado de las procesiones del Corpus, eran tan importantes como Melchor.

Melchor venía de muy lejos. Era nieto de príncipes vencidos. En su reino había elefantes, hipopótamos, tigres y jirafas. Ahí los hombres no trabajaban, como Don Abundio, en habitaciones obscuras, llenas de legajos. Vivían de ser más astutos que los animales. Uno de ellos sacó el gran cocodrilo del lago azul, ensartándolo con una pica oculta en los cuerpos apretados de doce ocas asadas. Melchor sabía canciones fáciles de aprender, porque las palabras no tenían significado y se repetían mucho. Robaba dulces en las cocinas; se escapaba, de noche, por la puerta de los cuadrerizos, y, cierta vez, había apedreado a los de la guardia civil, desapareciendo luego en las sombras de la calle de la Amargura.

En días de lluvia, sus botas se ponían a secar junto al fogón de la cocina. Marcial hubiese querido tener pies que llenaran tales botas. La derecha se llamaba Calambín. La izquierda, Calambán. Aquel hombre que dominaba los caballos cerreros con sólo encajarles dos dedos en los belfos; aquel señor de terciopelos y espuelas, que lucía chisteras tan altas, sabía también lo fresco que era un suelo de mármol en verano, y ocultaba debajo de los muebles una fruta o un pastel arrebatados a las bandejas destinadas al Gran Salón. Marcial y Melchor tenían en común un depósito secreto de grageas y almendras, que llamaban el «Urí, urí, urá», con entendidas carcajadas. Ambos habían explorado la casa de arriba abajo, siendo los únicos en saber que existía un pequeño sótano lleno de frascos holandeses, debajo de las cuadras, y que en desván inútil, encima de los cuartos de criadas, doce mariposas polvorientas acababan de perder las alas en caja de cristales rotos.


XI

Cuando Marcial adquirió el habito de romper cosas, olvidó a Melchor para acercarse a los perros. Había varios en la casa. El atigrado grande; el podenco que arrastraba las tetas; el galgo, demasiado viejo para jugar; el lanudo que los demás perseguían en épocas determinadas, y que las camareras tenían que encerrar.

Marcial prefería a Canelo porque sacaba zapatos de las habitaciones y desenterraba los rosales del patio. Siempre negro de carbón o cubierto de tierra roja, devoraba la comida de los demás, chillaba sin motivo y ocultaba huesos robados al pie de la fuente. De vez en cuando, también, vaciaba un huevo acabado de poner, arrojando la gallina al aire con brusco palancazo del hocico. Todos daban de patadas al Canelo. Pero Marcial se enfermaba cuando se lo llevaban. Y el perro volvía triunfante, moviendo la cola, después de haber sido abandonado más allá de la Casa de Beneficencia, recobrando un puesto que los demás, con sus habilidades en la caza o desvelos en la guardia, nunca ocuparían.

Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos.

Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. Resultaban, en cambio, pretexto admirable para armar concertantes de aullidos, y provocar la compasión de los vecinos. Cuando la bizca del tejadillo calificaba a su padre de «bárbaro», Marcial miraba a Canelo, riendo con los ojos Lloraban un poco más, para ganarse un bizcocho y todo quedaba olvidado. Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas. En horas de calor, los canteros húmedos se llenaban de gente. Ahí estaba la gansa gris, con bolsa colgante entre las patas zambas; el gallo viejo de culo pelado; la lagartija que decía «urí, urá», sacándose del cuello una corbata rosada; el triste jubo nacido en ciudad sin hembras; el ratón que tapiaba su agujero con una semilla de carey. Un día señalaron el perro a Marcial.

—¡Guau, guau!—dijo.

Hablaba su propio idioma. Había logrado la suprema libertad. Ya quería alcanzar, con sus manos objetos que estaban fuera del alcance de sus manos.


XII

Hambre, sed, calor, dolor, frío. Apenas Marcial redujo su percepción a la de estas realidades esenciales, renunció a la luz que ya le era accesoria. Ignoraba su nombre. Retirado el bautismo, con su sal desagradable, no quiso ya el olfato, ni el oído, ni siquiera la vista. Sus manos rozaban formas placenteras. Era un ser totalmente sensible y táctil. El universo le entraba por todos los poros. Entonces cerró los ojos que sólo divisaban gigantes nebulosos y penetró en un cuerpo caliente, húmedo, lleno de tinieblas, que moría. El cuerpo, al sentirlo arrebozado con su propia sustancia, resbaló hacia la vida.

Pero ahora el tiempo corrió más pronto, adelgazando sus últimas horas. Los minutos sonaban a glissando de naipes bajo el pulgar de un jugador.

Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva, dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de carneros distantes. Los armarios, los bargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro, volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa.


XIII

Cuando los obreros vinieron con el día para proseguir la demolición, encontraron el trabajo acabado. Alguien se había llevado la estatua de Ceres, vendida la víspera a un anticuario. Después de quejarse al Sindicato, los hombres fueron a sentarse en los bancos de un parque municipal. Uno recordó entonces la historia, muy difuminada, de una Marquesa de Capellanías, ahogada, en tarde de mayo, entre las malangas del Almendares. Pero nadie prestaba atención al relato, porque el sol viajaba de oriente a occidente, y las horas que crecen a la derecha de los relojes deben alargarse por la pereza, ya que son las que más seguramente llevan a la muerte.


En Guerra del tiempo
Barcelona, Barral editores, 1973
Foto: Sara Facio

28 de jun. de 2008

Claudio Eliano - La esponja

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La esponja tiene por guía a una criatura diminuta, similar a la araña, más que al cangrejo. La esponja no es algo inorgánico y desprovisto de sangre, producido por las aguas marinas, sino que vive fijada a las rocas, tal como otros seres, y posee ciertos movimientos propios; sin embargo, por así decir, necesita que alguien le mantenga fresca la idea de que es un ente vivo; dada su porosidad natural, se queda quieta hasta que algo le cae dentro de los poros; en tal circunstancia, aquellla criatura parecida a la araña la pica para avisarle y la esponja apresa lo que haya caído y lo devora. Si un hombre quiere arrancar la esponja, el guía lo anuncia con su pinchazo y la esponja se infla y se contrae, cosa que hace daño al pescador y lo obliga a hacer, ¡por Zeus! no pocos esfuerzos.

Claudio Eliano, Historia de los animales, libro VIII

Edgar Bayley por él mismo - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

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Edgar Bayley - Un hombre trepa por las paredes y sube al cielo

Colgado de una soga
el hombre que escala las paredes
tiene fuertes zapatones con clavos
Escala las paredes
porque ha olvidado las llaves de su casa
y mientras escala las paredes
hasta llegar al piso trece
se detiene algunos momentos
en los balcones de cada piso
donde aspira el olor de los geranios
las madreselvas
las hortensias
y los malvones
Hay sol
gallardetes
vendedores ambulantes
y más allá está el río
y más allá los puentes
por donde se va a la pampa
Abajo están los niños
que salen de las escuelas
y por el cielo pasan aviones y pájaros
y sombreros de anchas alas
que el viento arrancó a los desprevenidos
La soga ha sido atada a la viga
que sobresale en la azotea
Un hombre la ciñó a su cintura
y asciende tomándose de la soga
con sus manos enguantadas
Usa un chaleco floreado y una gorra a cuadros
Debe llegar al piso trece
donde tiene que regar unos claveles
pisar maíz
escribir unas cartas
y preparar una cazuela
Sube lentamente
y en cada piso se detiene un rato para descansar
Entre el balcón de cada piso
y se sienta en un sillón
o se extiende sobre una reposera
y conversa con la vecina o los vecinos
y acepta un café o un mate
o deja caer un chorro de una bota de vino
en su garganta
o juega a las cartas
o escucha confidencias y da consejos
y cuenta algún episodio de su vida
hasta que saluda y se va
y sigue trepando por las paredes
colgado de una soga
Es el hombre tiene fuertes zapatones con clavos
el hombre que escala las paredes
y un chaleco floreado y una gorra a cuadros
que olvidó las llaves de su casa
y aspira el olor de los geranios
y debe llegar al piso trece
antes de que aparezcan los búhos
y se iluminen las ventanas
Están los pájaros y el río allá lejos
y el césped del parque
y los caballos que galopan por la llanura
y esta silla desvencijada
y la bañera
fuera de uso
llena de tierra y de flores
y el mar y el navío que se acerca
y la lagartija que se escurre entre las rocas
y el vendedor de diarios que desde abajo
le grita consejos y advertencias
mientras el hombre vuela
asciende
conquista cada piso con esfuerzo
y mira siempre hacia arriba
la tierra está lejos
el cielo está lejos
El hombre que trepa por las paredes
colgado de una soga
cuando entra en una casa por el balcón
es bien recibido por los vecinos
y él trata de ser útil
pero en uno de los pisos
una mujer inesperada
que es una sola
y al mismo tiempo
todas las mujeres de su vida
le pide que la lleve con él
Entonces ella se ata también con la soga
y sube con el hombre
más allá del piso trece
hacia las nubes
al aire libre
al cielo
al viento
entre los geranios
las sombrillas las reposeras
sobre puentes y puestos de diarios
y mástiles
y enredaderas
y algunas gotas
y semillas
y sueños
con su gorra a cuadros
con su chaleco floreado
con su enamorada de siempre



En Alguien llama
Buenos Aires-Barcelona, Editorial Argonauta,1983

24 de jun. de 2008

Gustavo Doré - Don Quijote

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Vanidad, Vano, Vanamente - (Diccionario expositivo de palabras del Antiguo Testamento)

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 A. Nombre

mataiotes (mataiovth", 3153), vaciedad en cuanto a resultados, relacionado con mataios (véase B, Nº 2). Se emplea: (a) de la creación (Ro 8.20), como no alcanzando los resultados para la que había sido dispuesta, debid o al pecado; (b) de la mente que gobierna la manera de vivir de los gentiles (Ef 4.17); (c) de las «palabras infladas y vanas» (lit., «de vanidad») de falsos maestros (2 P 2.18; Francisco Lacueva traduce «de necedad», véase Nuevo Testamento Interlineal).

Nota: Para mataios en plural neutro en Hch 14.15: «vanidades», véase B, Nº 2.

B. Adjetivos

1. kenos (kenov", 2756), vacío, con especial referencia a la calidad. Se traduce «cosas vanas» (Hch 4.25); «en vano» (1 Co 15.10, lit., «vana» como adjetivo, esto es, «su gracia no ha sido vana»); «vana» en v. 14, dos veces; Ef 5.6: «vanas»; Col 2.8: «vana argucia» (vm); Stg 2.20: «hombre vano»; en los siguientes pasajes la forma neutra, kenon, sigue a la preposición eis, en, y denota «en vano» (2 Co 6.1; Gl 2.2; Flp 2.16,dos veces; 1 Ts 3.5). Véase VACIAR, B, donde se enumeran las aplicaciones.

2. mataios (mavtaio", 3152), carente de resultados. Se emplea de: (a) prácticas idolátricas (Hch 14.15: «de estas vanidades»); (b) los pensamientos de los sabios (1 Co 3.20: «que son vanos»); (c) la fe, si Cristo no ha resucitado (1 Co 15.17: «vana»); (d) cuestiones, contenciones, etc. (Tit 3.9: «vanas»); (e) religión, con una lengua desenfrenada (Stg 1.26); (f) la forma de vivir (1 P 1.18). Para el contraste entre Nº 1 y Nº 2, véase VACIAR, VACÍO B.

Notas: (1) Para mataiologoi (Tit 1.10), véanse PALABRERO, B, Nº 1.

(2) periergos, ocupado en naderías, se emplea de artes mágicas en Hch 19.19 (lit., «cosas que están alrededor trabajan», y por ello superfluas), esto es, las artes de aquellos que se entremeten en cosas prohibidas, con la ayuda de espíritus malos, «vanas artes» (rv; rvr: «magia»). Véanse también 1 Ti 5.13, donde el significado es «inquisitivo», metiéndose en los asuntos de otros, «entremetidas» (rv: «curiosas»). Véanse ENTREMETIDO, MAGIA.

(3) Para kenofonia, traducido «pláticas sobre cosas vanas» (1 Ti 6.20); «vanas palabrerías» (2 Ti 2.16), véase PALABRERÍA, A, Nº 1.

(4) mataiologia, «vana palabrería» (1 Ti 1.6), se trata bajo PALABRERÍA, A, Nº 2.

C. Verbo

kenoo (kenovw, 2758), vaciar, correspondiéndose con B, Nº 1. Se traduce «vana resulta» en Ro 4.14; «no se haga vana» (1 Co 1.17); «desvanezca» (9.15; rv: «desvanezca»); 2 Co 9.3: «no sea vano». Para «se despojó» (Flp 2.7; rv: «anonado»), véase DESPOJAR, A, Nº 4.

Notas: (1) Para battalogeo, traducido «no uséis de vanas repeticiones» (rvr; rv: «no seáis prolijos») véase bajo REPETICIONES (USAR VANAS).

(2) katargeo (para lo cual véase ABOLIR), este término se traduce: «habrá hecho vana la verdad de Dios» (Ro 3.3, rv; rvr: «habrá hecho nula»). Véanse también ACABAR, DEJAR, DESHACER, DESLIGAR, DESTRUIR, HACER NULO, INUTILIZAR, INVALIDAR, LIBRE, NULO, PERECER, QUEDAR LIBRE, QUITAR, SUPRIMIR.

D. Adverbios

1. eike (eijkh`, 1500), denota: (a) sin causa, «vanamente» (Col 2.18); (b) sin objeto, «en vano» (Ro 13.4; Gl 3.4, dos veces; 4.11); en Mt 5.22 (tr), se traduce en vm: «se aíra sin causa», lectura omitida en los mss. más comúnmente aceptados.

2. maten (mavthn, 3155), propiamente caso acusativo de mate, falta, insensatez. Significa en vano, sin objeto (Mt 15.9: «en vano»; Mc 7.7: «en vano»).

Nota: Para afron, traducido «hombres vanos» en 1 P 2.15 (rv; rvr: «insensatos»), véase INSENSATO bajo INSENSATEZ, B, Nº 3.

 

Edición de Merrill F. Unger y William White

 

22 de jun. de 2008

Jean-Luc Godard entrevistado por Robert Maggiori (año 2006)

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Habitualmente púdico, el director de la Nouvelle vague habla no sólo de su nueva película, sino también de filosofía, del amor, la amistad y el suicidio, con el que alguna vez coqueteó, después de Mayo del '68. “Para evitar que hiciera algo desgraciado, me pusieron una camisa de fuerza”, recuerda.

“De Camus guardé una frase que siempre me conmovió: el suicidio es el único problema filosófico realmente serio.”

A los 76 años, Jean-Luc Godard sigue siendo uno de los cineastas más productivos y estimulantes de la actualidad, aunque sus films ya no lleguen regularmente a la Argentina. Su obra, unos cincuenta largometrajes en menos de 45 años, puede dividirse en “períodos” (como se dice de Picasso): están los “años Karina” (El soldadito, Vivir su vida, Pierrot el loco, Bande à part...), los “años Mao” (One plus One, Tout va bien...), los “años video” (Numéro deux, Ici et ailleurs...), el regreso al cine (Sálvese quien pueda: la vida, Prénom Carmen, Nouvelle vague...) y últimamente sus Histoire(s) du Cinéma, en varios capítulos, una summa de toda su obra. En el Festival de Cannes 2004 presentó Nuestra música, su largo más reciente, que se estrena hoy en dos cines de Buenos Aires y en el que Godard elabora una serie de variaciones sobre la guerra, la melancolía, el paraíso, Palestina y Sarajevo. Habitualmente púdico, aquí Godard habla no sólo de su nueva película sino también de filosofía –Sartre, Camus, Heidegger, Levinas–, del amor, la amistad y el suicidio, con el que alguna vez coqueteó.

 

–¿Cuál fue su formación? ¿Estudió filosofía?

–Fue siempre a través de la literatura que me acerqué a la filosofía. Había la efervescencia de la posguerra, el existencialismo, Sartre sobre todo y Camus, del que guardé una frase que me conmovió toda mi vida: el suicidio es el único problema filosófico realmente serio. Por mi padre, de formación más germánica, admirador de Alemania, fui introducido a la historia del Romanticismo alemán, con El alma romántica y el sueño, de Albert Beguin. Todo eso era acompañado por el descubrimiento de las películas mudas en la Cinemateca de Henri Langlois y del cine alemán, de Murnau...

–¿Lee obras de filosofía?

–Amo los libros, los libros de bolsillo, porque precisamente se pueden meter en el bolsillo (en realidad son ellos los que nos meten en el bolsillo). Pero yo no leo de manera seria, es raro que lea un libro, incluso una novela del principio al fin. Hoy releo algunos, lentamente, que me quedaron en la memoria, pero que seguramente leí mal. Como el final de Minuit, de Julien Green, donde todavía está la cuestión del suicidio: se tiene la impresión de que la chica se tira, pero en realidad es el piso que sube hacia ella a una velocidad vertiginosa... Leer libros “técnicos” de filosofía, soy incapaz. Soy incapaz de leer a Heidegger. Me gusta Caminos del bosque, pero eso pasa por la imagen...

–Sin embargo, usted cita mucho a Heidegger.

–Son puntas de pensamiento. Antes yo lo ponía como citas, ahora como situaciones. Antes hubiera ido a Sarajevo, hubiera hecho travellings y hubiera puesto a Heidegger debajo. Lo que hay en Nuestra música lo encontré en Levinas, en un libro antiguo que se llama El tiempo y el otro. Es una nota al pie de página. Me gustan mucho las notas largas al pie de página, comencé por eso. Levinas dice que la muerte es lo posible de lo imposible y no el imposible de lo posible, como había dicho Jean Wahl a propósito de Heidegger. Traté de leer las Meditaciones cartesianas, de Husserl, pero no aguanté. Deleuze, cuando se lo escucha, es absolutamente magnífico: cuando leo algunos de sus textos más difíciles, es como si hiciera matemáticas superiores. Todos los libros de filosofía deberían, como el de Kierkegaard, llamarse Migajas filosóficas, así uno se sentiría menos culpable de no poder leer más que “migajas”, justamente.

–¿Cómo definiría usted la moral?

–No me gusta definir. Soy demasiado viejo o demasiado joven, sin duda. Me gusta preparar bien los planos para la moral, pero para eso es necesario ser por lo menos dos, con un tercero en algún lado para buscarlo, un tercero excluido que introduzca la trinidad. A menudo releo por partes Cuadernos por una moral de Sartre. El ser y la nada me aburre, pero al otro lo sigo porque es una cuestión de literatura, de política, de pintura. Cuando Sartre habla de pintura, de Tintoretto, de Wols o de Jean Fautrier dice cosas que los críticos de arte no saben decir, porque escriben sobre, mientras que él escribe de, después de la pintura. Cuadernos por una moral es formidable porque de pronto Sartre habla de un filósofo y utiliza la expresión “la síntesis viscosa”, entonces se tiene la sensación de comprender sin comprender, como un niño de dos años que retiene ciertos ruidos o palabras. Pero usted me hablaba de moral. En lo de mi abuelo, que era rico, yo comía en platos que tenían las imágenes de la colonización, platos que tenían el retrato del mariscal Bugeaud. Quizá la moral comience ahí.

–En Nuestra música, usted retoma la tripartición clásica, infierno, purgatorio, paraíso. Pero la estadía en el purgatorio es la más larga. ¿Es ahí que está la moral, el trabajo lento de “purgar”?

–Habrá notado que los periodistas van siempre a los infiernos y los turistas, el paraíso. Raramente alguien va al purgatorio. ¡Hoy se pone de un lado el Mal y del otro el Bien, eso es todo! En el cine, existe la producción, la distribución y... la explotación, mientras que de un libro se habla de escritura, de edición y de difusión. Ahí está para mí la metáfora de un mundo que no es ni infinitamente grande ni infinitamente pequeño sino “infinitamente mediano”. El cine fue el responsable, luego los responsables traicionaron y el público también. En Estados Unidos, las películas basura se llaman exploitation movies... La producción, que es el rodaje, el guión, es para mí uno de los mejores momentos: se siente, y ahí hay alguna cosa de moral, algo que nos llama, digamos la estrella del pastor, poco importa, pero que todavía no se conoce. Hay que pensar, tomar algunas notas que después se dejan caer, que no se miran más. Luego está el rodaje, que para mí es un poco el comienzo del fin. La producción entonces es el paraíso, la distribución, el purgatorio, y luego viene el infierno, que es la explotación.

–¿Qué es para usted la soledad?

–En Todavía estamos todos aquí, Anne-Marie Miéville me hacía leer un texto de Hannah Arendt que decía que la soledad no es el aislamiento. En la soledad, jamás estamos solos con nosotros mismos. Siempre somos dos en uno y nos convertimos en uno solamente gracias a los otros y cuando nos hemos encontrado con ellos. A mí me gusta estar en una mesa donde se ríe y se come, pero prefiero estar en una punta de la mesa y no estar obligado a participar. Al mismo tiempo, quiero estar y aprovechar eso. El aislamiento de un prisionero es otra cosa.

–¿Usted ya pasó por una forma de aislamiento?

–Sí, una vez. Después de una tentativa de suicidio, que había hecho de manera un poco charlatanesca, para llamar la atención sobre mí. Fue después del '68, creo. Estaba en la casa de un amigo –pero mi padre, que era médico, me había puesto en una clínica psiquiátrica anteriormente– y fue mi amigo el que me llevó a Garches. Allí, para evitar que hiciera algo desgraciado, me pusieron una camisa de fuerza. Me dije: te interesa quedarte tranquilo, si no jamás te soltarán. Un libro me influyó mucho cuando era más joven, El vagabundo de las estrellas, de Jack London. Es la historia de Darrell Standing, un condenado a muerte que espera en la prisión del estado de California, en San Quintín. Le ponen una camisa de fuerza, y a él le sirve de escapatoria, lo que enloquece a su guardián: ¡más días le dan de camisa de fuerza, más contento está! Se hace su mundo y se escapa por el pensamiento, está en París bajo Luis XIII, en la Roma de Poncio Pilato. Hace poco releí un libro de London, Michael, perro de circo. Me había gustado mucho en su momento, quizá porque me veía yo en perro de circo, con un deseo de ser adoptado. El perro se encuentra solo en la playa y hay un viejo que lo llama, lo lleva y que se convierte en su amo, su patrón, su profeta. Este hombre se llamaba Dag Daughtry, y fue solamente hace unas semanas, al releerlo, que entendí al “prójimo”. Tenía necesidad del prójimo, mi familia no era el prójimo.

–Pero un pintor, un escritor, encuentran siempre un “prójimo” para sus obras, será porque les alimentan la sensibilidad, el pensamiento, el imaginario de los otros.

–Entre los artistas que se suicidan, creo que los pintores ocupan el primer lugar, los escritores el segundo. En el cine, uno no se puede suicidar. Hay excepciones, pero pocas: Jean Eustache, en Francia, por ejemplo. Como decía Bresson, una vez que uno entró en la cinematografía, no se la puede dejar. En Francia, hay uno solo que la dejó, Maurice Regamey, que hacía películas de cuarta categoría y se convirtió en representante de vinos y de licores en el Midi. En la escritura, hay momentos en que uno deja la soledad y entra en el aislamiento. Alguien como Chandler lo decía: a partir del momento en que estoy sobre una pista, todo lo que hago es la novela; prender un cigarrillo, cocinar un huevo al plato, pasearme, todo fuera de eso es aislamiento y es muy duro. A causa de esto uno se puede suicidar, el pintor también puede. En el cine no se puede, porque uno se lo hace a muchos, se hace un mal. Se toman colaboradores, empleados, asistentes, y eso es un microcosmos. La gente vive junta, hay hombres, mujeres, el dinero, el poder, hay de todo. Es por eso que pueden pasar hechos que todavía no sucedieron, que son señales, si uno las sabe ver: uno ve tal película y sabe que dentro de seis meses hay un Mayo del '68 o esto o aquello.

–La soledad es ser dos. ¿Y el amor?

–No reflexioné mucho sobre eso. Me llega al espíritu la frase de Lacan: el amor es querer dar algo que no se tiene, a alguien que no lo quiere. En realidad la palabra amor no debería utilizarse. La palabra amistad es más fuerte.

–¿Qué tiene de más la amistad?

–El amor está en la amistad, mientras que la amistad no necesariamente está en el amor. En la amistad hay prohibiciones, pero las prohibiciones no están dadas por la ley desde el principio, se constituye uno con el otro. Levinas decía que en el “pienso luego existo”, el yo de yo pienso no es el mismo que el yo de yo existo porque queda por demostrar que hay una relación entre el cuerpo y el espíritu, entre pensamiento y existencia. Si eso comienza por el amor y termina por la amistad, diría que la amistad es el “yo soy”. Y además, hay crímenes por amor, pero no hay crímenes por amistad.

–¿Qué es para usted la separación?

–En la amistad, uno se puede separar, en el amor no se puede. Una vez que uno encuentra a alguien, uno va, si se separa de los otros es porque no era amor. Tuve, con dificultad, algunas relaciones con las mujeres, a veces demasiado jóvenes: no eran mujeres que yo amara, sino el amor. Y les hice mal.

–Jankelévitch dice un poco lo mismo: un amor no termina o, mejor dicho, si algo termina, es porque no era amor.

–Quizá sea por eso que la Iglesia Católica y las otras han puesto el amor por todos lados, para estar seguras de que no terminará, ¡una verdadera garantía!

–¿De qué o de quién se separó usted?

–Me separé de mis padres, pero en realidad no hice más que dejarlos, sin separarme. Diría que yo tengo dos vidas, la que precede al momento en que comencé a hacer películas, a los 30 años, y la que siguió. Viendo la diferencia, puedo decir que cuando comencé a hacer películas, tenía 0 año: entonces hoy no tengo más que 43, lo que me permite decir, a pesar del físico, que permanezco joven. No tuve ganas de hacer cine a los 10 años, después de haber visto a Charlie Chaplin: vino más tarde, poco a poco, con la ayuda de ciertas personas, o a golpes en la sociedad, que le hacen a uno descubrir un mundo. Para empezar, empecé tarde, el psicoanálisis por ejemplo. El otro día me dije que en el momento de mi nacimiento, en 1930, mi madre no había visto jamás películas habladas. Me explico así que yo comencé a hablar muy tarde, a los 5 años, y que después todo lo que dije hasta los 25-30 años, ella no lo escuchó jamás. Luego se habla mucho, pero también por soledad. Es por eso que, tarde o temprano, hay que hacer análisis, o hacer deporte, para mí el tenis. Sé que jamás dejaré a mi analista hasta mi muerte, o la de él.

–¿Había leído a Freud antes?

–No, era un nombre. Como Marx, que yo admiro, y que leí poco, el 18 Brumario, por ejemplo. El que me hizo descubrir a Marx fue Althusser.

–¿Tiene la tentación de la escritura?

–Sí, como todo el mundo. Pero no sabría cómo continuar... Admiro siempre las primeras frases de Dostoievski, de Flaubert, ¡pero ellos sabían continuar! Probé con traducciones. Pasé un año en América del Sur, me había gustado la novela de Paulina Medeiros, Un jardín para la muerte, la traduje y la envié a Aragón. Marguerite Duras me dijo, cuando estábamos juntos y buscábamos poner todas las palabras posibles en una imagen, “pero tú estás maldito”, debe ser a causa de los libros o de lo que hay en los libros.

–A usted no le gusta definir pero, ¿qué es para usted la filosofía?

–Blanchot escribía esto: “La filosofía sería nuestra compañera, día y noche, aun si pierde su nombre, aun si se ausenta, una amiga clandestina...” Eso es la filosofía, es una amiga. Y la novela, un amigo.

–¿Y el cine?

–Es el oficial que se ocupa del espionaje.

 

Robert Maggiori es profesor de filosofía, periodista de Libération y autor, entre otros libros, de La philosophie au jour le jour
Cortesía de www.ddooss.org

Exvotos argentinos

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A Dios Gracias

Manos, pies, orejas, pero también pulmones, vísceras, cerebros: todo ha sido desde tiempos inmemoriales objeto de enfermedad, de cura y, por lo tanto, de agradecimiento. Los exvotos son esos objetos privados especialmente pensados, diseñados y realizados que los devotos ofrecen en los altares. Pero mientras en América latina son, en general, pinturas, los exvotos argentinos son casi exclusivamente de plata. Por eso, Sergio Barbieri les dedicó Exvotos argentinos: un arte popular, el excelente catálogo que reúne cientos de esos dijes, desde los clásicos hasta los más demenciales y crípticos

Por Mariana Enriquez

Fuente: Radar, Página12

 

rinones

Una figura de plata que seguramente representa

a un promesante que sufría problemas renales.

 

Sergio Barbieri, profesor e investigador de la Academia Nacional de Bellas Artes, cuenta, en la introducción a su libro Exvotos argentinos: un arte popular (Fondo Nacional de las Artes), que esta historia comenzó en 1972 cuando fue a La Rioja como jurado de un concurso fotográfico –él se especializaba en el retrato de manifestaciones folklóricas y etnográficas–. Allí fue cuando descubrió en la catedral de la ciudad capital el valor artístico de las piezas ofrendadas, cuando vio miles de exvotos de plata superpuestos y colocados por orden de llegada, figuras que representaban ojos, manos, brazos, piernas, cuerpos enteros, troncos. Desde entonces, se dedicó a documentarlos con verdadera pasión. “Me atrajeron por la calidad formal y sus diseños tan peculiares”, cuenta en charla desde Córdoba, donde vive. Y es que los exvotos argentinos son únicos en el contexto de las ofrendas de fe latinoamericanas, y el trabajo de Barbieri expuesto en el libro refleja este carácter en todo su esplendor. La gran mayoría son ofrendas de plata, que abarcan la totalidad de la experiencia humana —y cuando se habla de totalidad no se trata de una figura retórica: se puede ver una cabeza de niña con el cráneo abierto (¿quizá en agradecimiento por una cirugía de cerebro?); narices, dentaduras, orejas, penes, trompas de Falopio, intestinos, corazones, columnas vertebrales, vaginas, pulmones, mezcladoras de cemento, volantes, manubrios de bicicletas, violines, perros, molinos, vacas, carteras, casas y unas misteriosas imágenes de cuerpo entero que son un verdadero enigma, una conversación privada entre el promesante y lo sobrenatural; también, expuestos como están en las páginas del libro, o colgados de los santos, vírgenes o Cristos a quienes se les ofrenda, parecen un manual de anatomía desperdigado, entre el candor y el morbo, o un cuarto de cachivaches integrado por pequeños tesoros.

 

cadenas

¿Gracias por una liberación de prisión?

 

Los exvotos también sacan a la luz a artistas casi anónimos, como el platero sólo conocido por las iniciales de su firma, ADG, que realizaba sus elegantes diseños en chapa recortada posiblemente basado en figurines de revistas de época, la primera mitad del siglo XX. En ninguna de sus imágenes, y las suyas se encuentran por cientos en Córdoba, aparece alguna sugerencia al mal o problema que el promesante habría sufrido, y por el cual agradecía.

Si bien en otros países, notablemente en México, los exvotos solían —suelen— ser pinturas votivas, en Argentina es casi excluyente el agradecimiento realizado en plata. Barbieri explica: “Creo que había abundancia de metal y muchos plateros en pueblos y ciudades. Los censos del siglo XIX y principios del XX así lo demuestran. Todas las crónicas de viajeros narran la existencia de ofrendas de plata y oro. Nadie comenta si también había pinturas. Si las hubo fueron pocas comparadas con los exvotos de plata. Las pinturas votivas antiguas que aparecen en el libro son las únicas que existen en lugares públicos. Los exvotos de plata de nuestro país son los mejores de América en cuanto a su calidad artesanal y concepción estética. No hay en ningún país una pieza tan compleja como la maqueta de la fábrica de vidrio que se conserva en Luján. Las ofrendas de México, Puerto Rico, República Dominicana, Perú o Bolivia y también de otros países de la región son muy pequeñas, a veces del tamaño de un dije, fundidas o de troquel y de producción serializada”.

 

tapa

Cabeza de niña, seguramente alusión de una operación de cerebro.

 

La pasión de Barbieri lo llevó a, entre otros proyectos, refuncionalizar los museos de arte religioso en Luján y en Itatí, Corrientes. Ahora mismo está creando, organizando y dirigiendo el Museo de la Altagracia en el santuario de Higuey, en República Dominicana. Allí hay un patrimonio de platería de uso para el culto y pinturas de los siglos XVII al XX. “En cuanto a los exvotos metálicos ya conté 16.300 y hallé 120 tipologías”.

Cada exvoto guarda una historia de sufrimiento y redención, pero también un índice sociológico: “Suelen ser una síntesis muda de las afecciones o epidemias que sufren las personas de distintas zonas. El bocio en el noroeste; la tuberculosis en todos lados; manos, brazos y piernas por accidentes de trabajo y también la sífilis y otras enfermedades tan comunes antes de la era antibiótica”. ¿Un especialista puede tener una pieza que lo obsesione? No es el caso de Barbieri, pero reconoce que hasta hoy se siente desorientado por algunos: “Hay un exvoto ofrendado en Itatí que representa una mano con una flor y empuñando un puñal o facón. No sé qué es, no pude nunca comprenderlo. Los zapatos, las carteras y los sombreros también tienen un mensaje críptico. Como los motivos de agradecimiento son variadísimos, los zapatos pueden significar que alguien los obtuvo por primera vez o la ofrenda de un fabricante de calzado”.

 

pitoconcha

Aparatos genitales de plata, ¿cuáles serían los agradecimientos?

 

La intención de Barbieri es demostrar que el sistema de diálogo con lo sobrenatural de los exvotos es también un arte que debe ser valorado y preservado debidamente. Pero, confiesa, su deformación profesional como profesor de Bellas Artes siempre le tira más. Y los exvotos finalmente se lo ganaron por su belleza. “Mi interés por el arte popular nace de una vivencia que tuve en Buenos Aires cuando era adolescente, con mi abuela calabresa. Ella estaba en el jardín-huerta-gallinero de su casa con un tenedor en la mano, decorando un banco de mampostería que acababan de revocar. Con el tenedor le estaba haciendo un diseño de ondas entrecruzadas. Cuando me vio me dijo: lo importante e’ l’ estética. Esa es, creo, mi gran anécdota iniciática”.

 

Aparecido en Radar, 22 de junio 2008



Muto a wall-painted animation by Blu

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Filmado en Buenos Aires y en Baden
Música: Andrea Martignoni


21 de jun. de 2008

Mozart - Concierto para piano y orquesta nº 23 en La mayor K. 488 - Adagio

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Facsímil del autógrafo del Concierto para piano en La mayor K.488
conservado en la Biblioteca Nacional de París,
publicado en honor del 250º aniversario del nacimiento de Mozart (1756-2006)




Audio - Edgar Bayley, La sola solución

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Me voy hasta la esquina a ver si pasa
por allí por acaso algún tranvía,
y miro varias veces; voy mirando
qué sucede
allá arriba
en esa casa.
Al balcón
tan florido
y su cornisa
nadie asoma
ni mira ni me llama.

Con desatino y mucha persistencia,
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé
mas no espero de verdad
y seriamente.
Mi sola
solución
es la partida
Camino hasta la esquina,
a la siguiente,
a ver si pasa por allí,
por un acaso,
la carreta colmada de alelíes.
No dejo de aguardar
-aguardo mucho-
que alguien diga mi nombre y me convoque
cuando pase
lentamente
la carreta.
Me doy cuenta claramente que estoy solo;
estoy solo claramente en esta esquina;
me digo por decirme y en silencio:
ella vendrá por cierto
-estoy seguro-
para marchar muy juntos
hacia arriba
y llegar
al florido balcón
y a su cornisa;
para llegar muy juntos
hasta arriba,
hasta el monte, el pastizal,
piedra y llanura,
hasta la choza
adonde va el tranvía.

Cuando la noche poco a poco va llegando,
de esquina voy mudando poco a poco.
Por aquí ha de pasar
-estoy seguro-
una comparsa que lleva un estandarte
y un tamboril
y, encadenado, a un oso.
Por aquí ha de pasar
vestida de amazona:
mi nombre ella dirá
muy levemente.

Y tranvía, carreta, la comparsa,
el oso liberado y la amazona
(vencida ya, por fin, su reticencia)
me traerán el destello que faltaba,
todo el color del mundo y su perfume
y la gracia y el perdón, la transaparencia.
No habré esperado en vano
en tanta esquina,
ni en vano habré vivido,
ni llamado
a tanta puerta en vano.

Con desatino y mucha persistencia
sigo esperando no sé qué
ni a quién en esta esquina;
quizá lo sé,
mas no espero de verdad
y seriamente.
Estoy fingiendo
y me quedo
por quedarme:
De nada me ha servido
el tanto,
ni mi altivez
la armónica
ni el ruido.
Mi sola
solución
es el olvido.
La sola solución es el encanto.


La Nación. Buenos Aires, 1989


20 de jun. de 2008

Manuel Mujica Láinez - El lobizón (1633)

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Por el camino de la costa, viene la cabalgata. Pica sol. Pican también los terciopelos fatigados. La polvareda hace toser a los viajeros. El calor cruel del mediodía los tábanos voraces, la reverberación de la planicie, vegetación calcinada, prolongan la tortura. No ha llovido en dos meses. A la izquierda, el río del cual le separa la altura de la barranca, parece de estaño. Se dije que vibra, con sorda crepitación de lava. Los caballeros han encontrado pobre socorro en su líquido fangoso, tibio, impuro. Callan todos. Don Pedro Esteban Dávil gobernador del Río de la Plata, se desabrocha el jubón en el que la cruz de la orden de Santiago añade su llama roja a la hoguera del estío.
Todavía faltan cinco leguas, cinco mortales leguas, para alcanzar el alivio de tapias y aleros en la ciudad. Ha andado desde la madrugada por el lado del río de Luján, donde cuentan que hay cuatreros. En Buenos Aires se susurra que el viaje obedeció, en verdad, a contrabando del propio gobernador, avezado mercader. ¡Tantas cosas se dicen de Don Pedro, que si las consignáramos tendríamos para rellenar varios memoriales! Que si tiene cinco mujeres, que si introduce esclavos sin permiso, que si las matemáticas de su administración han revolucionado las cuatro operaciones. . . A Don Pedro no le hacen mella los escándalos. ¿Acaso no es hermano del Marqués de las Navas y pariente de los Alba de la casa ducal? ¿Acaso no ha luchado treinta años por el Rey, en Italia, en Flandes?
Ahora, mientras el sudor le empapa el cuello rígido, sus pensamientos vuelan hacia esas comarcas de frescura. Negros cipreses, fontanas con estatuas mitológicas, se levantan en la carretera, en vez de los espinillos inflamados. ¡Y aquellos mesones, en los caminos de Holanda, aquellos jarros de cerveza helada que se bebían de un golpe! ¡Y las hembras, las mozas de Napoles, de Sicilia, de Amberes! Sobre todo las italianas. . . Le enloquece la tez levantina, dorada por el Mediterráneo. Se pasa la lengua por los labios secos. Prefiere no pensar en su hermano, el Marqués, porque entonces iodo se le antoja más negro y más rojo. Estará muy repantigado, con sus pantuflos, en el palacio de Castilla. Le traerán el vino en cristales de Venecia. De nuevo la lengua moja los labios partidos. ¡Mala suerte, la de los segundones! Para eso dio treinta años de su vida a un soberano indiferente. .. Pero no. . . Esta vez se terminarán las penurias. Regresará de Buenos Aires con las arcas henchidas y ya verán quién es Don Pedro Esteban Dávila, el indiano.
En el séquito de tormentos toca el turno a los mosquitos. Una nube persigue a la tropa abrasada. Los soldados se dan palmadas feroces. El sol. . . el sol. . . Cruje el verano.
Ya van entrando en la zona de los Montes Grandes. A la vera del camino, avístase una choza de barro y paja. Más allá, los talas grises, casi neblinosos, entrecortan la lámina fluvial con su ramaje de espinas. Durazneros, algunos sauces, cuecen en la barranca. Hay una pequeña huerta Junto a la .habitación.
—Por aquí —dice Don Pedro a Felipe Medrano, que a su lado cabalga— debió darse el combate en el cual murió Don Diego de Mendoza, ha medio siglo.
El otro no lo cree. Para él, el combate contra los querandíes se libró más arriba, en la ribera del Luján, aunque hay quien sostiene que tuvo lugar en la región de la Matanza.
Una mujer, que ha salido a la puerta de la casa atraída por el estrépito de las armas y de los caballos, pone punto a la conversación. Es una mestiza, casi una adolescente. Va medio desnuda, con la ropa llana desceñida por el calor. Queda inmóvil, pues no imaginó que toparía con tantos hombres. Por lo menos son quince, entre caballeros y soldados. Sus mosquetes y sus lanzas llamean sobre los morriones.
Don Pedro ha quedado atónito también. Le parece que esa visión es trampa de la temperatura y de la sed que le quema la garganta. ¿No será un espejismo como los que acosan a las caravanas en los arenales? Jamás ha visto mujer tan bella. Ni en Portugal, ni en Sevilla, ni en Siracusa. Acaso la fiebre le haga desvariar así. Ya ha olvidado las mujeres que poblaron sus noches italianas. El deslumbramiento se las oculta. No tiene ojos más que para esa muchacha de hombros morenos, de labios como frutas. Quizá sea el frescor que la envuelve el que le engaña. En medio de la vegetación desmayada y como agonizante, fórjase la ilusión de que la mestiza permanece intacta en su gracia aérea. Si hasta se diría que una brisa leve le hace temblar los pliegues del vestido para mostrar mejor la hermosura de su cuerpo. Con un ademán del brazo arqueado, Don Pedro detiene a la tropa. A la urgencia de pedir agua se suma ahora la de otras sedes. Detrás, la soldadesca se inquieta, azuzada por la aparición excitante. Si no hubiera estado ahí el gobernador cuya cólera temen todos, hubiérase desatado en torno de la mocita el incendio de los requiebros desvergonzados. Pero el caballero de Santiago no tolera la familiaridad. Desterrado en el Río de la Plata, fin del mundo, mantiene en su Fuerte mísero una apariencia de corte. Sigue siendo el hermano del Marqués de las Navas, el pariente de los duques, con trece róeles en el blasón. Sin embargo, presiente el bullir de las ansias de su milicia. Aunque los bravos no lo manifiestan, eso le irrita, sin considerar que no arde menos su deseo. Por ello extrema la ceremonia señoril cuando, inclinándose sobre el cuello de su cabalgadura, interroga:
—¿Podríais procurarnos algunos cántaros de agua? Mi tropa anda sedienta.
Ella ensaya una reverencia torpe y entra en la casa. Vuelve con un cuenco y lo ofrece. El movimiento grácil le afloja más aun la ropa, de tal suerte que debe recogerla sobre el seno con una mano, mientras la otra tiende el recipiente tosco.
—Gracias —dice Don Pedro, campanudo, secándose las gotas que le abrillantan la barba con su rocío—. Soy el gobernador.
La confusión de la mestiza aumenta pero sólo dura un instante. Instintivamente, su cuerpo esculpido, macerado para el amor, le otorga una seguridad que aflora en la picardía de sus ojos, en el mohín de su boca.
Los soldados han desmontado y beben de un cubo. El cuenco pasa entre los gentiles hombres.
Don Pedro quisiera conservar el aplomo, pero la voz le traiciona. Valora los pechos de la niña, entrecerrando los párpados. Pregunta de nuevo: —¿Cómo os llamáis? Y ella, con una sonrisa abierta:
—Soy la Mari-Clara, mujer de Sancho Cejas, al servicio de vuesa merced. Allá viene agora mi marido.
Añade esto último al condimento de esa charla en la que lo más importante es lo que no se dice, como un grano de pimienta, porque no se le escapan las emociones del hidalgo. Detrás de los frutales asoma un paisano, mestizo también, bastante mayor que ella y tan feo que el señor apenas disimula su asombro. Tiene las orejas separadas, en punta, mucho vello en la cara, en los brazos. Se inclina, y Don Pedro nota la aspereza de su pelambre. Como el gobernador tampoco pierde nada, percíbela mirada sumisa con que Sancho envuelve a su mujer. A no dudarlo, ella es quien da las órdenes.
Ya han apagado la sed y parten, rumbo a la ciudad. El caballo de Dávila piafa y caracolea, en alarde de gallardía.
Tan caviloso va Don Pedro, que Felipe Medrano se le acerca para distraerle. Es un muchacho de la Asunción del Paraguay, mitad bufón y mitad confidente, gran rascador de guitarra. Sus bromas no despiertan eco en el hidalgo, quien espolea el caballo andaluz como si buscara algún sosiego en la brisa candente. Pero no lo halla. En la monotonía del paisaje, baila la imagen de la mestiza tentadora. Felipe lo empareja nuevamente y, para recobrar su favor, le repite lo que se cuenta del lobisón de los Montes Grandes. Aguza la atención Don Pedro.
Los hechos extraños y oscuros siguen atrayendo, más allá de la cincuentena, a su alma milagrera, supersticiosa.
Medrano lo ha sabido por boca de campesinos. Por esa región anda suelto un hombre-lobo. Las noches de luna llena se le oye aullar, y las buenas gentes desparramadas en la llanura, atrancan las puertas. Han aparecido varios carneros despedazados.
El gobernador, que desde niño se familiarizó con la conseja milenaria del ser humano que se transforma en bestia carnicera, como Nabucodonosor, el hombre que cuando ha recobrado la hechura normal, disminuida la luna, ignora sus crímenes, arguye, desdeñoso:
—En el Río de la Plata no hay lobos. Os han engañado. Esas son patrañas de viejas. Pero Felipe no cede.
—Aquí —responde— los endemoniados trocan la catadura y se mudan en una suerte de grandes zorros que los guaraníes llaman aguará-guazú. Ya los vieron cuando Gaboto.
Reanudan el galope. A la distancia, el caserío de Buenos Aires recuerda, de tan diminuto, esas ciudades que los santos patronos abrigan en las palmas, en los cuadros del medioevo.
La figura de la mestiza, balanceada ame su marcha como un pámpano jugoso, se baraja en la mente del hidalgo con la facha torva de su marido y con la leyenda del licántropo, florecida en América como una planta dañina, toda garfios y ponzoña, cuyo germen regaron los conquistadores, sin quererlo, en la charla nocturna de las carabelas.
¿Hombres-lobos? Cervantes los cita, y ya antes, mucho antes. Hornero y Plinio y Ovidio y Plauto: Don Pedro Esteban Dávila tropezó con el relato en Italia, en Flandes, en Castilla. ¿Por qué no aquí, donde los dioses caníbales acechan detrás de cada mata, donde Cristo tiene que abrirse paso duramente por selvas impenetrables como mallas de acero? El lobisón, hijo del Diablo, puede reptar entre esos árboles martirizados cuyo nombre desconoce el representante del Rey Católico para saltar cuando menos se lo aguarda, con la aureola de la lima llena al fondo. Y Don Pedro superpone a la estampa hirsuta, convencional, del maldito, la de Sancho Cejas, con las orejas triangulares separadas del cráneo, con los dientes filosos que descubrió su sonrisa esclava.
En Buenos Aires, el gobernador se hastía. Ve crecer, entre bostezos, el Fuerte de San Juan Baltasar de Austria, alzado penosamente por los vecinos para intimidar a los piratas holandeses de Pernambuco. Debe atender una retahíla interminable de quejas. La Audiencia de Charcas le escribe por esto y por aquello; los funcionarios le apremian con rendiciones de cuentas dudosas; su hermano, el Marqués de las Navas, que Lucifer confunda, no contesta los pliegos que le despacha para pedirle que interponga su influencia ante el príncipe, quien sospecha de su honestidad. Pronto, demasiado pronto, tendrá que abandonar el cargo pingüe y entonces comenzará el juicio de residencia. Que si robó. . . que si no robó. . . que si andaba amancebado. . . que si los contrabandistas. . .
Ni de noche ni de día consigue reposar. A la hora de la siesta se tiende bajo el alero débil, frente al río. En su percha calla el papagayo, ahogado por la modorra.
Una cuadrilla de negros moja las plantas del patio y las baldosas hirvientes. ¡Ah, si ese viento del Plata, a veces tan levantisco, se desperezara por fin e irrumpiera en la ciudad, golpeando puertas, arrancando la ropa tendida, azuzando el polvo de la Plaza Mayor! Don Pedro no titubearía en subir al más alto pasadizo de ronda, aunque se escandalizaran las gentes, para ofrecerse semidesnudo a su abrazo vivificador. Pero por la plaza muerta sólo va, zigzagueando como una hebra de hormigas, la procesión que implora la lluvia.
De tanto en tanto, entre una y otra reclamación de los cabildantes y del deán a cargo del obispado, su imaginación huye hacia la mestiza que le embrujó en los Montes Grandes, de regreso del Luján. La ve a modo de una ninfa de cariátide, de una náyade de fuente italiana con el cántaro al hombro. Nada: lo único que podría amenguar un poco la fiebre que le consume es la Mari-Clara, con su frescor. Su hechizo se vincula, en el recuerdo, al de las viejas metrópolis europeas donde las calles angostas son frías como arroyos, donde los soportales conservan un aire húmedo, como si fueran enormes tinajas.
¿Y el marido? ¿Y el hombracho crinudo de ojos de perro? De seguro, siempre estará celándola. . .
Esa noche el calor agobia a Su Señoría. Ambula por su paseo del Fuerte, desde el cual observa a las mujeres que han bajado a bañarse en el río, flotantes las camisas largas. A su lado, Felipe Medrano sorbe ruidosamente una calabaza de yerba del Paraguay. El vicio ha cundido entre los españoles. Hasta se menta a un obispo a quien las libaciones abusivas enloquecieron.
Don Pedro Esteban Dávila, apretada la cruz de Santiago contra la aspereza del parapeto, escudriña en la noche iluminada. Se le van los ojos pecadores tras las mujeres que chapotean con pies y manos el agua limosa o que lanzan gritos agudos cuando alguna alimaña les roza las piernas.
—Tres días más —dice Medrano— y gozaremos el plenilunio.
El gobernador levanta la mirada hacia el disco que un cendal vaporoso vela. Poco le falta para alcanzar la redondez total, fecunda, orgullosa. así, con su fina mordedura, se le antoja uno de los doblones que su hermano, el Marqués, dilapida. Al pasar, una nube recorta en su delgadez la silueta erizada de un hocico. Es como si el hombre-lobo se estremeciera ya, en acecho.
Pero el maese de campo no está hoy para fábulas. Aquí, entre los andamios del Fuerte San Juan Baltasar, es absurdo dar pábulo a las preocupaciones sobrenaturales. Se sonríe él mismo de sus pasados resquemores. ¿Qué? ¿No le ha enseñado nada la vida aventurera? ¿La residencia en Italia no le sirvió de cátedra de escepticismo? Trasgos y duendes y encantamientos y hombres que se mudan en tigres y en zorros, pertenecen a la leyenda dorada y a las novelas de caballerías. Denle a él un soneto de Piecro Aretino o un cuento de Boccaccio, como los que le leían las cortesanas en Florencia, ante mesas colmadas de frutas y de vinos raros. Lo otro son embustes de nodrizas agoreras, de viejas desdentadas que asustan a los niños, en el fondo de los caserones aldeanos de Castilla, sazonándoles el alma con un terror de diez centurias.
Después de tantos días de opresión, suelta una carcajada tan recia, tan rica, que el pajarraco despierta y se echa a parlotear, hamacándose en su barrote. La idea que ha cruzado por su espíritu le parece inspirada por el Decamerón. Mientras la elabora, la completa y la pule, Su Señoría piensa en lo mucho que hubieran reído sus amigos toscanos, al exponérsela. Es cuento para narrarlo en un palacio rodeada de cipreses negros, junto a un lago azul hasta el cual se desciende por escalinatas musgosas. En Buenos Aires su sabor se deslíe. . . ¿Quién lo comprendería? No importa. Llevará a cabo su plan estrafalario aunque sólo sea por amor de la obra de arte, y también porque, de realizarse, su maquinación podrá proporcionarle el placer que ambiciona, el pámpano balanceado.
Todo depende de la astucia de Felipe, el paraguayo. Y, entre carcajadas, se lo comunica.
Al día siguiente, muy de mañana, tendrá que ir hasta la choza de la mestiza a uña de caballo. Le llevará ese collar de piedras celestes, tan diáfano, que guarda en una arqueta con otras joyas. Le dirá que el gobernador retribuye así su bondad de samaritana. Luego le insinuará que Don Pedro quiere verla a solas y aludirá a su carácter rumboso, pródigo. Si la mestiza capitula, le descubrirá los secretos de su estrategia. Sancho Cejas está tan embobado con su compañera que, si ella es hábil, hará cuanto le pida. Para alejarle por unas horas es menester un pretexto, algo que impida su regreso inopinado y peligroso. El pretexto será el lobisón. Mari-Clara deberá darle a entender, sutilmente, con argucias de que únicamente dispone una mujer ante un palurdo cegado por el amor, que en su ánimo se ha infiltrado el recelo de que él. Sancho, el propio Sancho, es el hombre-lobo. ¿Cómo? ¿Por qué? Ahí finca la ocasión de ejercer su sagacidad femenina, ducha en mañas. .. Que le relate, con una dosis de llanto, que cuando se eleva la luna llena le ve saltar de la cama, furioso, y lanzarse a correr por la llanura. Que agregue que vuelve cubierto de sangre y que si él no lo ha advertido hasta ahora es porque ella tuvo buen cuidado de lavarle, cuando dormía ahíto, de miedo de que los vecinos le descubrieran. El hombre-lobo, el hombre-aguará, no sabe nunca qué le ha acontecido en ese lapso de ferocidad sonámbula. Por eso no lo sabe Sancho Cejas. Pero ahora el terror empieza a ganar a Mari-Clara. No osa hacer frente a una noche más de espanto, de demencia, y la luna llena se anuncia...
Tan poseído está Don Pedro por la escena que describe, que la representa como un mimo o un actor, cambiando las entonaciones y multiplicando los ademanes. Y todo el tiempo, aun en los instantes de sugestión más siniestra, en el fondo de sus pupilas brilla una lucecita retozona con destellos verdes. Medrano no pierde palabra, arrastrado por el discurso peregrino, mezcla de tragedia y de farsa.
Don Pedro le revela lo más íntimo de su argumento, el nudo de la comedia florentina que ha urdido. SÍ Sancho se convence —¿y cómo no doblegarse ante la imploración de esos ojos, ante la fingida angustia de esas manos?— Mari-Clara le arrancará la promesa de que la noche en que la luna alcanza toda su opulencia se dejará ligar de piernas y brazos y amarrar con una gruesa cuerda al tronco del tala que corona la barranca del río. Sancho es un simplote, un burdo juguete para su mujer. Su estupidez le ocultará la trampa. Entonces el caballero. furtivo, podrá introducirse en la choza. A la madrugada, partido ya el gobernador, Mari-Clara deshará los nudos y el marido regresará a su habitación. Por una vez, habráse conjurado el riesgo de la bestia. . .
La risa sacude a Don Pedro Esteban Dávila. Se ve holgando con la suculenta mestiza, en tanto que el dueño legítimo, cien metros más allá, tirita de pavor a la sombra del tala, esperando que se le alarguen las mandíbulas y que le crezca el pelo de zorro en los pómulos deformados.
Medrano ríe también. La aventura le tienta. Apenas si opone algún reparo. ¿No sería más sencillo traerla a la fortaleza como a tantas otras? Pero el militar no le atiende. Está harto de escándalo, de habladurías. Allá, él catará la sal de la comedia, de la cosa muy civilizada, despabiladora de aburrimientos y, simultáneamente, tendrá en sus brazos a la mujer más seductora que conoce. Nublados los ojos por las lágrimas alegres, dando grandes palmadas al paraguayo, repite: —La llamaremos "La farsa del lobo cornudo".
Todo salió a pedir de boca. Tal vez fue demasiado fácil. La moza —según Felipe—, si bien se negó al principio, terminó aceptando.
—¡Y cómo reía! —recordaba Medrano, lisonjero—. Vuesa merced debiera escribir entremeses. Para mí que esa ladina le cobra ansí alguna cuenta antigua al cuitado Sancho Cejas.
También lo piensa Don Pedro Esteban Dávila, al par que galopan camino de los Montes Grandes. La luna no se ha mostrado aún. La verán más adelante, pues les faltan tres leguas.
¡Hela aquí, redonda, colosal, luna de encantamientos, de bebedizos; luna para que los herbolarios la saluden murmurando las fórmulas mágicas, cuando van recogiendo las raíces misteriosas; luna para desencadenar la pasión dormida del hombre fiera que aúlla a su resplandor!
Pero ni Don Pedro ni su escudero escuchan rumores alarmantes en la desierta ruta. Sólo se oye el resollar de los caballos, el graznido fúnebre de las aves nictálopes, el croar de las ranas. Millares de luciérnagas guiñan las lamparitas en el campo. Bulle el calor. Alrededor del satélite se agolpan los indicios de lluvia. ¿Quién puede pensar en nada tétrico, mientras se galopa, floja la brida, hacia la promesa de un amor lujoso, desbordado, convulso sin toncos remilgos de cortesanía?
Cuando sólo les separa de la cabaña una escasa legua, Felipe desmonta. Lo han concertado así, por prudencia. Aquí aguardará a su señor, acariciando la vihuela española.
Y Don Pedro atropella, delirante, sintiendo en la faz el aletazo de las primeras ráfagas de un aire nuevo, libre, que empuja los rebaños de nubes. Ha vestido un jubón modesto, sin su insignia de Santiago, para evitar que lo reconozcan si encuentra alguna partida de curiosos. Vana fue la precaución. En todo el viaje no han hallado ni un alma.
Ahora sofrena la cabalgadura y la pone al paso. El monte de espinillos desde el cual seguirá su marcha a pie se amasa a su derecha. Asegura el caballo a una rama y continúa su camino, cauteloso. A doscientos metros, la luna enfoca sobre la carretera la cabaña de paja y barro. A la distancia, en la cumbre de la pendiente, los talas se arropan en la bruma translúcida de su follaje. Son fantasmas de arboleda. Cuidando de eludir el menor crujido, el gobernador avanza, se aposta en un magro cañaveral y avista, como lo esperaba, a Sancho. Es un bulto informe, acurrucado al pie de un tronco, pero Don Pedro reconoce el pañuelo que anuda a la cabeza. Lanza un suspiro de alivio y, sigilosamente, se dirige a la casilla.
Dos horas, tres horas quedó allí. La mestiza, con el collar celeste al cuello, sobrepasa en hermosura cuanto soñó el hidalgo. En voz baja, Mari-Clara le ha detallado los ardides de que debió valerse para vencer la terquedad del marido y Dávila se asombra de su delgado ingenio. Cejas nunca ha logrado rehusarle nada y ahora, convencido de su doble personalidad truculenta, duerme bajo el tala cómplice.
Dos horas. . . Tres horas. . . Afuera, el viento aumentó su volumen, enriquecido con fuerzas robustas que vinieron de allende el río. Pronto tendrán encima la tormenta que sucede al rigor de las sequías. Entreabriendo la puerta, Don Pedro observa que la luna se ha ocultado bajo nubarrones roqueños. Mari-Clara no le deja partir. El gobernador le ha prometido ya un collar de oro con una imagen de Nuestra Señora y, con mil coqueterías, la muchacha trata de sonsacarle una ajorca que complete el aderezo. Repentinamente, la tempestad rompe las cadenas tendidas. Un trueno sacude la casa. Por un segundo, en brazos el uno del otro, sienten que el terror les hiela la sangre. En medio del estrépito formado por las hojas desparramadas a puñados y por el choque del ramaje, han oído el grito de Sancho Cejas. La lluvia comienza a tamborilear sobre el techo de paja. Su miedo se acrece cuando creen escuchar cerca de la puerta y luego en los resquicios de la ventana, un ansioso jadear, como de bestia que olfatea.
¿Será alucinación? Don Pedro toma la espada y sale. La oscuridad ha hundido por doquier sus algodones negros. Los truenos sueltan sus carros de metal. Dávila vacila, da unos pasos y, cuando intenta volver a la choza, apenas alcanza a divisar, en la penumbra temblona de una bujía, la desnudez de Mari-Clara que está afianzando la puerta. Después, la noche, la enorme noche de lluvia, se abate sobre él. A tientas, busca la cabaña. El tablón recio resiste sus empellones. No osa golpear ni llamar. Titubea brevemente y parte en pos de su caballo andaluz. Su capa y su sombrero quedaron en la habitación.
El agua le corre por la cara, le empapa el jubón, se escurre por sus botas altas. Haciendo visera con una mano, trata de comprobar si Sancho sigue en su prisión al amparo del tala, pero la sombra y la lluvia se lo impiden.
Entonces empieza el viaje atroz que no olvidará nunca. Le fustigan los sauces. Las cañas rotas le acosan, como venablos. Cayendo aquí, levantándose allá, blandiendo el acero contra invisibles enemigos, retorna a tropezones, por el camino de la costa, hasta los espinillos donde dejó su cabalgadura. Sólo encuentra un pedazo de la brida, destrozado. El enloquecido animal debió romperlo. . . a menos que... a menos que alguien... Y Don Pedro se afana por horadar las tinieblas que le aprisionan. . .
Los relámpagos le señalan el rumbo. Va, viene, el barro le salpica las barbas. Se ha hecho un tajo hondo en la frente, al caer, y la sangre le emparcha un ojo por momentos. Ahora, los resoplidos que le pareció oír en la choza resuenan a su derecha y a su izquierda, delante y detrás. Los rayos nada le muestran. Silba el viento y a sus aullidos se incorpora la algarabía de escondidos demonios. Don Pedro Esteban Dávila se imagina rodeado por una manada de lobos espectrales que husmean sus botas, que arañan sus brazos, que rechinan los colmillos. Los miedos infinitos de su infancia planean sobre él, como murciélagos, como búhos. ¡Qué lueñe, qué desvanecido está ahora el fácil paganismo de las noches de Florencia y de Roma, pantomimas del Renacimiento, en las que se blasfemaba porque sí, por hacer una frase, por enardecer la sensualidad de las cortesanas! Los monstruos de cola escamosa, los macabros duendes nacidos junto a la lumbre de sarmientos, en el sortilegio de la cocina del palacio castellano, danzan a su alrededor la zarabanda que arrastra a los muertos fuera de sus tumbas.
Corre. . . corre, desesperado. . . La espada dibuja círculos de fuego a la luz de los rayos rojos y azules. De esta suerte, gimiendo, cubre la legua que le separa de Felipe. Los ojos salidos de las órbitas, ruega a Santa Teresa de Ávila, la santa de su familia, por que el paraguayo no le haya abandonado en ese trance. Formula el voto de construir un convento bajo la advocación teresiana en el Río de la Plata. Jura solemnemente que jamás era a yacer con la Mari-Clara, hembra de perdición. Devolverá hasta el último ochavo de sus granjerías. El latín semiolvidado de los rezos acude a sus labios exangües. Pagaría cualquier precio por poner término a la pesadilla. Y sigue. . . sigue. . . azotado por espinas y ramas. . .
¡Por fin! ¡Aquí está Felipe, el buen Felipe, el generoso y fiel Felipe, calado hasta los huesos! Bajo la capa, la guitarra improvisa una joroba chorreante. Pero Felipe al ver surgir de la maraña al esperpento horroroso, bañado en sangre, negro de fango, con la ropa echa jirones y la espada en la diestra, se persigna demudado, prorrumpe en un alarido: ¡El hombre-lobo!, y volviendo grupas hunde las espuelas en los ijares del caballo y huye como un poseído hacia la ciudad.
Don Pedro se derrumba con la cara en el lodo. A la madrugada le recogieron unos carreteros, y, sin reconocer a Su Señoría, arrojaron al hermano del Marqués de las Navas, muñeco de trapo, sobre los fardos de cueros malolientes. Al lento paso de los bueyes le llevaron hasta Buenos Aires. Tenía el cabello blanco, los dientes le castañeteaban, temblábanle las manos febriles. El sol enjugaba los árboles castigados. Sobre la sábana verde, deslumbrante, las mariposas amarillas doraban la mañana, augurando la monarquía del calor ciego, del bochorno que trastorna los espíritus.


En Aquí vivieron Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1976

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