13 dic. 2008

Wolfgang Hildesheimer: Mozart y el imperativo fecal-inmanente

 

 

mozart Retrato inacabado de Mozart

Oleo de Joseph Lange (1782/83 ó 1789)

La separación entre hombre y músico, toda separación entre el genio como emblema y el artífice de la propia obra, es el resultado de una comprensible perplejidad y es sin embargo ajeno a la realidad y se contrapone en sentido antididáctico a cualquier intento e análisis, adelantando la insinuación de que un aspecto nos sea más comprensible que el otro. Los estudiosos se han encontrado desorientados frente al fenómeno Mozart, en su dejarse llevar a expresiones incontrolables, en su repentino estallar en obscenidad y lenguaje soez, y han tratado de ignorar, disgustados y turbados, este aspecto para el cual no disponen de esquemas interpretativos, y ello sobre todo porque su imagen del genio es todavía herencia del romanticismo, que en el acercamiento psicológico al hombre no hace mucha diferencia entre poesía y verdad. El contenido escatológico e las cartas a la Väsle fue mantenido oculto el mayor tiempo posible. Pero una vez publicadas, las cartas impulsan a la apología: “No perjudican a Mozart”, exclama un biógrafo, Hans Dennerleine, contra quienes suponen que lo perjudica. “Es tan sólo una pose”. La imagen debe quedar pura de todo aquello que los intérpretes consideran impuro; cada expresión no musical del músico genial debe situarse en el campo de la estéticas o rozar los límites de la ética. Pero ¿es realmente sólo una pose la de Mozart? En el expresarse no musical, Mozart se atenía a veces al grado alcanzado en su “escala de lo vivido”, que condicionaba su humor y, no en último lugar, también sus opiniones. Mozart nunca es captable. No era experto en su alma, ni le interesaba medirla. En consecuencia nunca la reveló, salvo en algunos momentos oscuros, sobre todo al final de su vida.

[…]

Es significativo que hayan fracasado todos los intentos emprendidos por Mozart de traducir en música su propia chocarrería, a menudo forzada: Cuando la palabra no capta el tono justo, la música la corrige. Sobre todo en esas pequeñas obras en las que se abandona a un bienestar físico o al gusto por lo trivial, el brío y la elegancia del pensamiento musical atenúan el efecto provocativo buscado por el argumento. Esto especialmente en esos cánones cuyos textos se relacionan, por así decir, con imperativos fecal-inmanentes, como “O du eselhafter Martin” (Oh Martín, eres un asno, K.560, 1788) –traducido por el señor Breitkopf como “Gähnst du, Fauler denn schon wieder” (Sigue bostezando, haragán) para poder desviar a tiempo hacia otros canales el “Aufs Maul Scheissen” (Defecar en la boca) allí contenido…- o como “Leck mir den Arsch fein recht schön sauber” (Lámeme el trasero con esmero), K.382d, ¿1782?), versión Härtel: “Nichts labt mich mehr” (Nada me consuela más); o como “Leck mich im Arsch” (Hazte dar por el trasero, K.382c, 1782), transformado por Breitkopf en “Lasst froh uns sein” (Estemos alegres). Esta última exhortación al prójimo –en la versión original, claro está- Mozart sólo se la podía permitir en los momentos más despreocupados de su vida, aun cuando cuando ella correspondía a una actitud existencial que se le iba precisando cada vez más, como podemos extraer de algunas afirmaciones suyas escritas. También aquí la música reproduce al pie de la letra el contenido no sublimado del texto. La vulgaridad, aunque sólo fuese como alusión, es ajena a la música de Mozart, inclusive cuando las palabras parecen reclamarla: en estos casos, él compone contra el propio texto.

[…]

En sentido metafórico, Mozart siempre compuso contra sus propios textos, contra los textos de las cartas, de las anotaciones, y por lo tanto contra su apariencia, su modo de presentarse y su actitud. O al contrario, su verdadero lenguaje, la música, extrae sustento de fuentes incognoscibles para nosotros; la capacidad sugestiva de la cual ella vive se eleva tanto por sobre el objeto de la propia sugestión que éste se nos escapa. El autor de tal música es inabordable para nosotros.

 

 

Wolfgang Hildesheimer, Mozart

Trad.: Ariel Bignami

Buenos Aires, Javier Vergara Editor, 1982, págs. 60-62