30 dic. 2008

Voltaire - Causas finales (Diccionario filosófico)




Mens agitat molem et magno se corpore miscet (El talento dirige el mundo, se mezcla con él y lo anima) dice en la Eneida Virgilio.

Virgilio dice una verdad palmaria, y Spinoza, que no poseía la claridad de ingenio de Virgilio y vale menos que él, hubo de reconocer que existe una inteligencia que lo gobierna todo. En 1770 apareció un hombre superior a Spinoza, bajo algunos aspectos, tan elocuente como árido es el judío holandés, menos metódico, pero mucho más claro; quizá tan geómetra como éste, pero sin ridículos alardes de geometría por un asunto metafísico y moral. Este hombre es el barón de Holbach, autor del Sistema de la Naturaleza. Para los lectores que deseen instruirse y aprovecharse de la razón, transcribo estos elocuentes y peligrosos párrafos del Sistema de la Naturaleza.

«Algunos pretenden que los animales nos aportan una prueba fehaciente de una causa poderosa de su existencia, nos dicen que el admirable acorde de sus partes, que se prestan mutua ayuda con el fin de llenar sus funciones y mantener su conjunto nos da a entender que es obra de un creador que une al poder la sabiduría. No cabe dudar del poder de la naturaleza. Produce todos los animales que existen mediante las combinaciones de la materia, que está continuamente en acción. La concordancia entre las partes de que se componen los animales es una consecuencia de las leyes de su naturaleza y de su combinación. En cuanto cesa esa concordancia, el animal se destruye. Entonces, ¿para qué sirve la sabiduría, la inteligencia o la bondad de la supuesta causa a la que se hace el honor de atribuir la tan ensalzada concordancia? Esos animales maravillosos que creen ser obra de un Dios inmutable, ¿no se alteran sin cesar y no terminan siempre por destruirse? ¿Dónde está la sabiduría, la bondad, la previsión y la inmutabilidad del artífice, que sólo parece que se ocupa en descomponer y romper los resortes de las máquinas que se estiman como obras maestras de su poder y su habilidad? Si ese Dios no puede obrar de otra manera, no es libre, ni poderoso‑ si cambia de voluntad, no es inmutable; si permite que los seres que dotó de sensibilidad sufran dolores, no es bondadoso; si no pudo conseguir que sus obras fueran más sólidas, carece de habilidad. Al ver que los animales, al igual que las demás obras de la Divinidad, se destruyen, es preciso que deduzcamos que todo lo que la naturaleza hace es necesario y es consecuencia de sus leyes, o que el artífice que la hace obrar carece de plan, poder, constancia, habilidad y bondad.

»El hombre, que cree en la obra maestra de la Divinidad, nos aportará, mejor que los demás productos de la naturaleza, la prueba de la incapacidad o malicia de su supuesto autor. En ese ente sensible, inteligente y raciocinador, que se cree objeto constante de la predilección divina y que se forja a Dios a imagen y semejanza suya, no vemos más que una máquina más móvil, más frágil, más fácil de descomponerse por su gran complicación que la de los seres más toscos. Los animales que están desprovistos de nuestros conocimientos, las plantas que vegetan y las piedras que no sienten, son, bajo muchos aspectos, seres más favorecidos que el hombre. Al menos no están sujetos a las penas del espíritu, a las torturas del pensamiento y a los pesares que los devoran. ¿Quién no quisiera ser animal o piedra cuando sufre la pérdida irreparable de un ser amado? ¿No es preferible ser una masa inorgánica que un supersticioso desazonado que pasa la vida temblando, uncido a la vida presente y esperando además infinitos tormentos en la vida futura? Los seres que carecen de sentimientos, vida, memoria y pensamiento, nunca se turban por la idea del pasado, del presente ni del futuro, jamás se creen en peligro de penas eternas por no haber pensado rectamente como temen los seres predilectos, persuadidos de que el Arquitecto del mundo construyó el universo para ellos.

»Que no nos digan, pues, que no podemos tener la idea de una obra sin tener la de su imprescindible artesano. La naturaleza no es una obra.

Existió siempre por sí misma, en su seno todo se produce, es un obrador inmenso, dotado de materiales, que construye los instrumentos que le sirven para obrar. Todas sus obras son efectos de su energía y de los agentes o causas que crea, contiene y pone en acción. Elementos eternos, increados e imperecederos, siempre en movimiento y combinándose de distintas maneras, originan todos los seres y los fenómenos que vemos, todos los efectos buenos o malos que sentimos, el orden o el desorden que sólo distinguimos por las diferentes formas con que nos afectan, y dan origen a todas las maravillas que nos incitan a meditar y razonar. Para ello, tales elementos sólo necesitan sus propiedades (ya sean particulares o reunidas) y el movimiento que les es esencial, sin que sea imprescindible recurrir a un obrero desconocido que las arregle y combine, las conserve y disuelva.

»Y aun suponiendo que sea imposible concebir la creación del universo sin la intervención de un obrero que vele por su obra, ¿dónde colocaremos a ese obrero?, ¿fuera o dentro del universo?, ¿es materia o movimiento?, ¿o no es más que el espacio, la nada o el vacío? En todos estos casos, no debe ser nada o estar contenido en la naturaleza y sometido a sus leyes. Si está en la naturaleza sólo debe ser materia en movimiento, de lo que debo inferir que el agente que la mueve es corporal y material, y en consecuencia está sujeto a disolverse. Si este agente está fuera de la naturaleza ya no puedo tener idea del lugar que ocupa, ni de un ser inmaterial, ni de la forma cómo un espíritu sin extensión puede obrar sin la materia de la que está separado. Esos espacios ignotos, que la imaginación ha situado más allá del orbe visible, no existen para un ser que apenas ve lo que tiene a sus pies. El poder ideal que mora en ellos sólo puede tener ante mi espíritu las formas fantásticas que mi imaginación forje al azar, que siempre se verá obligada a tomarlas del mundo que conoce. En cuyo caso no haré sino reproducir en idea lo que realmente hayan percibido mis sentidos, y el Dios que me esfuerzo en separar de la naturaleza y situar fuera de su ámbito entrará siempre en él necesariamente contra mi voluntad.

»Empeñado en defender esas teorías, se me objeta diciendo que si presentáramos una estatua o un reloj a un salvaje que nunca hubiera visto ambas cosas, no podría dejar de reconocer que eran obras de un ser inteligente, superior a él en habilidad e industriosidad; deduciendo de ello que nos vemos obligados a reconocer que la máquina del universo, el hombre y los fenómenos de la naturaleza son obra de un creador cuya inteligencia y poder son infinitamente superiores a las de los humanos. Mi respuesta a esto es que no podemos dudar que la naturaleza sea poderosísima. Nos pasma su industria cuantas veces nos asombran los efectos trascendentales, complicados y varios que encontramos en algunas de sus obras, que apenas nos tomamos el trabajo de meditar; no obstante, nunca es más ni menos industriosa en una de sus obras que en las demás. No acertamos a comprender mejor cómo produce una piedra o un metal que cómo produce una mente tan bien organizada como la de Newton.

»Llamamos ingenioso al hombre que sabe hacer lo que nosotros no sabemos. La Naturaleza puede hacerlo todo, y desde el instante que una cosa existe prueba que la pudo hacer. De forma que sólo con relación a nosotros mismos juzgamos industriosa la naturaleza, la comparamos entonces con nosotros mismos, y como estamos dotados de inteligencia, con cuya ayuda producimos obras que demuestran nuestra industria, inferimos de ello que las obras de la naturaleza que más nos admiran, no son obras suyas, sino debidas a un artífice inteligente como nosotros, cuya inteligencia ponemos a nivel del asombro que sus obras producen, es decir, que producen a nuestra debilidad y a nuestra ignorancia.»

He aquí, ahora, la respuesta a esos argumentos en las líneas que siguen, escritas mucho antes que el Sistema de la Naturaleza.

Todas las piezas que componen la máquina de este mundo diríase que están hechas unas para otras. Algunos filósofos tienen a gala mofarse de las causas finales, que negaron Epicuro y Lucrecio. Yo creo que es más justo que nos burlemos de Lucrecio y de Epicuro. Nos dicen que los ojos no se formaron para ver, pero que los hemos aprovechado para esa función cuando nos percatamos que servían para ella. Aseguran, también que no tenemos la boca para hablar ni comer, ni el estómago para digerir, ni el corazón para recibir la sangre de las venas y enviarlas a las arterias, ni los pies para andar, ni los oídos para oír. Sin embargo esos filósofos confiesan que los sastres les hacen trajes para vestirse y los arquitectos casas para vivir, y se atreven a negar a la naturaleza, a la inteligencia universal, lo que conceden a cualquier obrero. Claro está que no conviene abusar de las causas finales.

El autor del Espectáculo de la Naturaleza sostiene inútilmente que las mareas sirven para impedir que los barcos entren con facilidad en los puertos y evitar que el agua del mar se corrompa‑ baldíamente dirá que las piernas han sido creadas para llevar botas y la nariz para colocar las gafas. Para afirmar el fin verdadero por el que actúa una causa, se precisa que su efecto sea de todos los tiempos y todos los lugares. No en todos los mares ha habido barcos, por tanto no puede decirse que hayan sido creados para los barcos. Es absurdo sostener que la naturaleza haya obrado en todas las épocas ajustándose a las invenciones de nuestras artes arbitrarias, que todas han aparecido tarde en el mundo. Ahora bien, es evidente que si la nariz no ha sido creada para las gafas no es menos obvio que se ha creado para tener el sentido del olfato, y que existen narices desde que existen hombres. Cicerón, que dudaba de todo, no dudaba de las causas finales.

Parece difícil, sobre todo, que los órganos de la generación no estén destinados a perpetuar las especies. Nos admiramos de su mecanismo, y la sensación que la naturaleza hace sentir a ese mecanismo es más admirable aún. Epicuro debía haber confesado que el placer es divino y que ese placer es una causa final que produce sin cesar seres sensibles que no han podido darse la sensación a sí mismos. Epicuro fue un filósofo preclaro para la época en que nació. Vio lo que Descartes niega, lo que Gassendi afirma y lo que Newton demuestra: que no hay movimiento sin vacío. Concibió la imprescindibilidad de los átomos para que sirvieran de partes constituyentes a las especies invariables, idea que es muy filosófica. Sobre todo, no hay nada tan respetable como la moral de los verdaderos epicúreos, que consistía en no ocuparse en los asuntos públicos, que son incompatibles con la sabiduría y la amistad, sin la cual la vida es una pesada carga. En cambio, el resto de la física de Epicuro me parece tan inadmisible como la materia extraída de Descartes. Es como ponerse una venda en los ojos y otra en el entendimiento sostener que en la naturaleza no existe ningún designio, porque si existe designio, en él existe una causa inteligente y esta causa es Dios.

Nos aducen como objeción las irregularidades del Globo, los volcanes, las llanuras movedizas de arena, algunas montañas sumergidas en los abismos y otras formadas por los terremotos. Pero si se incendian los cubos de las ruedas de vuestra carroza, ¿puede deducirse de ello que se construyó expresamente para transportaros de un sitio a otro?

La cadena de montañas que coronan los dos hemisferios y los más de seiscientos ríos que discurren hasta los mares, todos los arroyos que van a verter sus aguas en los ríos después de haber fertilizado los campos, los millares de fuentes que nacen del mismo manantial, que abrevan a los animales y riegan los vegetales, todo esto no parece que pueda ser efecto de un caso fortuito y de una declinación de átomos, como no deben serlo la retina que recibe los rayos de la luz, el cristalino que lo refracta, el yunque, el martillo, el estribo y el tambor del oído que recibe los sonidos, la corriente de sangre en nuestras venas, la sístole y la diástole del corazón, todo ese balancín de la máquina que constituye la vida.

Sin embargo, objetan que si Dios ha hecho visiblemente una cosa con un fin determinado, debe haber hecho lo mismo con todas. Es ridículo admitir la Providencia en un caso y negarla en otros. Todo lo creado ha sido previsto; no hay ninguna ordenación sin objeto, ni ningún efecto sin causa. Por tanto, todo es el resultado, el producto de una causa final. Así, puede decirse que las narices se han hecho para llevar lentes y los dedos para llevar sortijas, como se puede decir que los oídos se han formado para los sonidos y los ojos para recibir la luz. De esta objeción sólo se infiere que todo es efecto, inmediato o mediato, de una causa final general, que todo es consecuencia de las leyes eternas.

Los edificios no están hechos de piedra en todas partes ni en todos los tiempos, todas las narices no portan lentes, todos los dedos no llevan sortijas, ni todas las piernas usan medias de seda; luego el gusano de seda no fue creado para cubrir mis piernas, como la dentadura se creó para masticar y el ano para defecar. Por tanto, existen efectos inmediatos producidos por las causas finales y gran número de efectos mediatos producidos por esas causas.

Todo lo inherente a la naturaleza es uniforme, inmutable; es la obra inmediata del Maestro. El creó las leyes en virtud de las cuales la luna interviene en tres cuartas partes en la causa del flujo y reflujo del mar, y el sol en la otra cuarta parte. El dotó al sol del movimiento de rotación en virtud del cual dicho astro envía en siete minutos y medio los rayos de su luz hasta los ojos de los hombres, los cocodrilos y los gatos.

Pero si al cabo de muchos siglos hemos logrado inventar las tijeras y los asadores, para esquilar con aquéllas a los corderos y asarlos con éstos, ¿qué cabe deducir de esto sino que un Dios nos formó de manera que un día llegáramos a ser necesariamente industriosos y proclives a comer carne?

Los corderos no nacen forzosamente para ser asados y comidos porque muchos pueblos se abstienen de comerlos. Los hombres no han sido creados para matarse unos a otros, porque los brahmanes y los cuáqueros no matan a nadie, pero la materia con que estamos formados produce con frecuencia matanzas, amén de calumnias, vanidades, persecuciones y tantas otras chinchorrerías. Pero ello no quiere decir que la formación del hombre sea precisamente la causa final de nuestros desafueros y memeces, porque una causa final es universal e invariable en todos los lugares y tiempos. Con todo, los errores y las tonterías de la especie humana no por ello dejan de entrar en el orden eterno de las cosas. Cuando trillamos el trigo, el trillo es la causa final de la separación del grano; pero si el trillo, al funcionar, aplasta mil insectos, no obra así por mi voluntad determinada, ni tampoco por casualidad, sino porque esos insectos se encuentran muchas veces a su alcance en vez de huir de su enemigo.

El que un hombre ambicioso discipline a veces a millares de hombres que sea vencedor o vencido, es consecuencia de la naturaleza de las cosas. Mas no por eso podremos decir que Dios creó al hombre para que le den muerte en la guerra.

Los instrumentos que nos ha provisto la naturaleza no pueden ser siempre causas finales en movimiento. Los ojos, que recibimos para ver, no siempre están abiertos, todos los sentidos tienen un momento de reposo e incluso hay sentidos que no usamos nunca. Así sucede, por ejemplo, a la pobre imbécil encerrada en un convento desde los catorce años y que tiene clausurada para siempre la puerta de su cuerpo por donde debía salir una generación nueva. En este caso, no por eso deja de subsistir la causa final, pero obrará así que dicha mujer sea libre.