XVII. El vestido de todos ellos es un sayo o albornoz que cierran con una hebilla, o no la teniendo, con una espina, o cosa semejante, y sin poner otra cosa sobre sí, se están todo el día al fuego. Los más ricos se diferencian en el traje, pero no traen el vestido ancho, como los Sarmatas y Partos, sino estrecho, y de manera que descubre la hechura de cada miembro. También traen pellejos de fieras, los que están cerca de la ribera del Rhin, sin ningún cuidado de esto; pero los que viven la tierra adentro, con más curiosidad, como quien no tiene otro traje aprendido con el comercio y trato de los nuestros. Escogen las fieras, y las pieles que les quitan adornan con manchas que les hacen, y con otras de monstruos marinos que engendra el Océano más septentrional y el mar que no conocemos. Las mujeres usan el mismo hábito que los hombres, sino que sus vestidos las más veces son de lienzo, teñidos con labores de púrpura, y sin mangas, porque traen descubiertos los brazos y las espaldas, y la parte también superior del pecho.
XVIII. Y con todo se guardan estrechamente entre ellos las leyes del matrimonio, que es lo que, sobre todo, se debe alabar en sus costumbres. Porque entre los bárbaros casi solos ellos se contentan con una mujer, sino son algunos de los más principales, y eso no por apetito desordenado, sino que por su mucha nobleza desean todos, por los casamientos, emparentar con ellos. La mujer no trae dote: el marido se la da. Y los padres y parientes de ella se hallan presentes, y aprueban los dones que la ofrece: y no son cosas buscadas para los deleites y regalos femeniles, ni con que se componga y atavíe la novia, sino dos bueyes y un caballo entrenado, con un escudo, una framea y una espada. Con estos dones recibe el marido a la mujer, y ella, asimismo, presenta al marido algunas armas. Este tienen por el vínculo más estrecho que hay entre ellos y por el sacramento y dioses de sus bodas. Todas las cosas en el principio de sus casamientos están avisando a la mujer que no piense que ha de estar libre, y no participar de los pensamientos de virtud, y valor y sucesos de las guerras, sino que entra por compañera de los trabajos y peligros del marido, y que ha de padecer y atreverse a lo mismo que él en paz y en guerra. Esto significan los dos bueyes en un yugo y el caballo enjaezado y las armas que la dan. Que de esta manera se ha de vivir y morir, y que lo que recibe lo ha de volver bueno y entero como se lo dieron, a sus hijos, y que es digno de que lo reciban sus nueras para que otra vez lo den a sus nietos.
XIX. Su propia castidad las guarda, sin que las pervierta la vista y ocasiones de los espectáculos y fiestas, ni los incentivos de los banquetes. Y no ayuda poco que ni ellas ni los hombres saben leer ni escribir, ni usar del secreto de esto para comunicarse. Hay pocos adulterios, aunque es la gente tanta. El castigo se da luego, y está cometido al marido. El cual, después de haberla cortado los cabellos en presencia de los parientes, la echa desnuda de casa y la va azotando por todo el lugar. Tampoco se perdona a las que proceden mal, aunque no sean casadas; que no hallará marido, puesto que sea hermosa, moza y rica, porque ninguno allí se ríe de los vicios, ni se llama siglo el corromper y ser corrompido. Y aun hacen mejor las ciudades donde solamente se casan las doncellas, y una vez sola se cumple y pasa con el deseo y esperanza de ser casada: de manera que como no tienen más de un cuerpo y una vida, así no han de tener más que un marido, para que no tengan más pensamiento de casarse ni más deseo de ello, y que no le amen como a marido, sino como a matrimonio. Tiénese por gran pecado entre ellos dejar de engendrar y contentarse con cierto número de hijos o matar alguno de ellos. Y pueden allí más las buenas costumbres que en otra parte las buenas leyes.
XX. Andan los niños en todas las casas sucios y desnudos, y vienen a tener aquellos miembros y cuerpos tan grandes de que nos admiramos. Cada madre cría sus hijos y les da leche, y no los entregan a esclavas ni amas. Con el mismo regalo se crían los hijos de los esclavos que los del señor, sin que en esto se diferencien los unos de los otros. Viven y andan todos juntos entre el ganado y en la misma tierra, hasta que la edad divide los libres de los que no lo son, y la virtud los da a conocer. Llegan tarde a mujeres, y por eso conservan más largo tiempo la flor de la juventud. Tampoco se dan prisa en casar las hijas. Gozan de la misma juventud, y tienen semejante grandeza de cuerpo, y júntanse de una edad, y ambos fuertes, y así los hijos sacan las fuerzas de los padres. A los hijos de la hermana se hace la misma honra en casa del tío que en la de sus padres. Algunos piensan que este parentesco es el más estrecho e inviolable, y cuando han de recibir rehenes los piden más que a otros; porque les parece que estos les serán más firmes prendas, como más queridos, así en la familia del padre como en la del tío. Todavía los hijos son herederos y sucesores de los padres, y no hay entre ellos testamento. A falta de hijos suceden primero los hermanos y luego el tío de parte de padre, y después el de parte de madre. Los viejos en tanto tienen más gracia y favor, en cuanto tienen más deudos y mayor número de parientes por afinidad. El no tener hijos no causa respeto ni admiración.
Cayo Cornelio Tácito, De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania
Sin mención de traductor
Edición digital de Libros Tauro




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