23/10/2008

Tácito - Atavío y matrimonio en los pueblos de la Germania

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XVII. El vestido de todos ellos es un sayo o al­bornoz que cierran con una hebilla, o no la tenien­do, con una espina, o cosa semejante, y sin poner otra cosa sobre sí, se están todo el día al fuego. Los más ricos se diferencian en el traje, pero no traen el vestido ancho, como los Sarmatas y Partos, sino es­trecho, y de manera que descubre la hechura de cada miembro. También traen pellejos de fieras, los que están cerca de la ribera del Rhin, sin ningún cuida­do de esto; pero los que viven la tierra adentro, con más curiosidad, como quien no tiene otro traje aprendido con el comercio y trato de los nuestros. Escogen las fieras, y las pieles que les quitan ador­nan con manchas que les hacen, y con otras de monstruos marinos que engendra el Océano más sep­tentrional y el mar que no conocemos. Las mujeres usan el mismo hábito que los hombres, sino que sus vestidos las más veces son de lienzo, teñidos con labores de púrpura, y sin mangas, porque traen des­cubiertos los brazos y las espaldas, y la parte tam­bién superior del pecho.

XVIII. Y con todo se guardan estrechamente entre ellos las leyes del matrimonio, que es lo que, sobre todo, se debe alabar en sus costumbres. Porque en­tre los bárbaros casi solos ellos se contentan con una mujer, sino son algunos de los más principales, y eso no por apetito desordenado, sino que por su mucha nobleza desean todos, por los casamientos, emparentar con ellos. La mujer no trae dote: el ma­rido se la da. Y los padres y parientes de ella se hallan presentes, y aprueban los dones que la ofre­ce: y no son cosas buscadas para los deleites y regalos femeniles, ni con que se componga y atavíe la novia, sino dos bueyes y un caballo entrenado, con un escudo, una framea y una espada. Con estos do­nes recibe el marido a la mujer, y ella, asimismo, presenta al marido algunas armas. Este tienen por el vínculo más estrecho que hay entre ellos y por el sacramento y dioses de sus bodas. Todas las co­sas en el principio de sus casamientos están avisan­do a la mujer que no piense que ha de estar libre, y no participar de los pensamientos de virtud, y valor y sucesos de las guerras, sino que entra por compañera de los trabajos y peligros del marido, y que ha de padecer y atreverse a lo mismo que él en paz y en guerra. Esto significan los dos bueyes en un yugo y el caballo enjaezado y las armas que la dan. Que de esta manera se ha de vivir y morir, y que lo que recibe lo ha de volver bueno y entero como se lo dieron, a sus hijos, y que es digno de que lo reciban sus nueras para que otra vez lo den a sus nietos.

XIX. Su propia castidad las guarda, sin que las pervierta la vista y ocasiones de los espectáculos y fiestas, ni los incentivos de los banquetes. Y no ayu­da poco que ni ellas ni los hombres saben leer ni es­cribir, ni usar del secreto de esto para comunicarse. Hay pocos adulterios, aunque es la gente tanta. El castigo se da luego, y está cometido al marido. El cual, después de haberla cortado los cabellos en pre­sencia de los parientes, la echa desnuda de casa y la va azotando por todo el lugar. Tampoco se perdona a las que proceden mal, aunque no sean casadas; que no hallará marido, puesto que sea her­mosa, moza y rica, porque ninguno allí se ríe de los vicios, ni se llama siglo el corromper y ser corrom­pido. Y aun hacen mejor las ciudades donde sola­mente se casan las doncellas, y una vez sola se cum­ple y pasa con el deseo y esperanza de ser casada: de manera que como no tienen más de un cuerpo y una vida, así no han de tener más que un marido, para que no tengan más pensamiento de casarse ni más deseo de ello, y que no le amen como a marido, sino como a matrimonio. Tiénese por gran pecado entre ellos dejar de engendrar y contentarse con cier­to número de hijos o matar alguno de ellos. Y pue­den allí más las buenas costumbres que en otra parte las buenas leyes.

XX. Andan los niños en todas las casas sucios y desnudos, y vienen a tener aquellos miembros y cuer­pos tan grandes de que nos admiramos. Cada ma­dre cría sus hijos y les da leche, y no los entregan a esclavas ni amas. Con el mismo regalo se crían los hijos de los esclavos que los del señor, sin que en esto se diferencien los unos de los otros. Viven y andan todos juntos entre el ganado y en la mis­ma tierra, hasta que la edad divide los libres de los que no lo son, y la virtud los da a conocer. Lle­gan tarde a mujeres, y por eso conservan más largo tiempo la flor de la juventud. Tampoco se dan prisa en casar las hijas. Gozan de la misma juventud, y tienen semejante grandeza de cuerpo, y júntanse de una edad, y ambos fuertes, y así los hijos sacan las fuerzas de los padres. A los hijos de la hermana se hace la misma honra en casa del tío que en la de sus padres. Algunos piensan que este parentesco es el más estrecho e inviolable, y cuando han de re­cibir rehenes los piden más que a otros; porque les parece que estos les serán más firmes prendas, co­mo más queridos, así en la familia del padre como en la del tío. Todavía los hijos son herederos y su­cesores de los padres, y no hay entre ellos testa­mento. A falta de hijos suceden primero los her­manos y luego el tío de parte de padre, y después el de parte de madre. Los viejos en tanto tienen más gracia y favor, en cuanto tienen más deudos y ma­yor número de parientes por afinidad. El no tener hijos no causa respeto ni admiración.

 

Cayo Cornelio Tácito, De las costumbres, sitio y pueblos de la Germania

Sin mención de traductor

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