5 sep. 2008

Voltaire - Iglesia (Diccionario filosófico)



Compendio de la historia de la Iglesia cristiana.

No pretendemos sondear las profundidades de la teología, guárdenos Dios de ello. Nos satisface tener humilde fe y nos limitaremos solamente a referir.

En los primeros años que siguieron a la muerte de Cristo, Dios y hombre, el pueblo hebreo contaba con nueve escuelas o, lo que es igual, nueve comunidades religiosas. Componían estas comunidades los fariseos, saduceos, esenios, judaítas, terapeutas, herodianos, recabitas, los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús, que se llamaban los hermanos, galileos o fieles, que en Antioquía tomaron el nombre de cristianos el año 60 de nuestra era, y que Dios guiaba secretamente por caminos desconocidos para los hombres.

Los fariseos creían en la metempsicosis y los saduceos negaban la inmortalidad del alma y la existencia de los espíritus; sin embargo, permanecían fieles al Pentateuco. Plinio el naturalista llama a los esenios gens aeterna in qua nemo nascitur (familia eterna en la que nadie nace, por cuanto los esenios se casaban rara vez). Esta definición se aplicó más tarde a los cenobitas.

Es difícil averiguar si Flavio Josefo se refiere a los esenios o a los judaítas, cuando dice: «No hacen caso de las desgracias del mundo; con su constancia triunfan del tormento, y prefieren la muerte a la vida cuando reciben aquélla por un motivo honroso. Resisten al hierro y al fuego, y consienten que les quiebren los huesos antes que proferir la menor palabra contra su legislador y que comer alimentos prohibidos». Al parecer, ese retrato debe ser de los judaítas, no de los esenios, si nos fijamos en estas palabras de Josefo: «Judas fue el fundador de una nueva secta, distinta de los saduceos, fariseos y esenios. Los que pertenecen a ella son judíos de nación, viven juntos y consideran como un vicio la voluptuosidad». El sentido lógico de esta frase hace creer que el autor se refiere a los judaítas. Sea como fuere, éstos fueron antes que los discípulos de Cristo empezaran a formar una comunidad considerable en el mundo. Hay quienes los creen herejes y que adoraban a Judas Iscariote.

Los terapeutas constituían una secta diferente de los esenios y de los judaítas, y se asemejaban a los gimnosofistas de las Indias y a los brahmanes. «Se extasían —dice Filón— en arrebatos de amor celeste que les proporciona el entusiasmo de las bacantes y coribantes y los sume en el estado de contemplación que desean. Esta secta nació en Alejandría, donde pululaban los judíos, y se extendió mucho por Egipto.»

Los recabitas todavía subsisten (1). Se abstenían de beber vino y puede que de esta secta se aprovechara Mahoma para prohibir el vino a los musulmanes.

(1) Los recabitas datan de muy antiguo. Descienden de Jonadab, hijo de Rechab y amigo de Jehu, y hacían voto de vivir en tiendas como los nómadas. Cuando la invasión de Nabucodonosor se refugiaron en Jerusalén.

Los herodianos creían que Herodes, primero de este nombre, era un mesías, un enviado de Dios, porque reedificó el templo, y consta que los hebreos celebraban su fiesta en Roma en la época de Nerón. Los discípulos de Juan Bautista se extendieron por Egipto, pero mucho más por Siria, Arabia y el golfo Pérsico. Actualmente les llaman cristianos de san Juan, y los hubo en el Asia Menor. Los Hechos de los Apóstoles refieren que Pablo, encontrando muchos de esos cristianos en Éfeso, les preguntó: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?» Y le respondieron: «Ni siquiera hemos oído que exista un Espíritu Santo». Pablo les replicó: «¿Qué bautismo habéis recibido, pues?» Y le contestaron: «El bautismo de Juan».

Con todo, los cristianos, como todo el mundo sabe, pusieron los cimientos de la única religión verdadera. Quien más contribuyó a consolidar esta comunidad naciente fue el mismo Pablo que con el mayor encono la había perseguido. Pablo, natural de Tarsis, fue educado por el famoso doctor fariseo Gamaliel, discípulo de Hillel. Los judíos aseguran que riñó con Gamaliel porque éste se negó a que enmaridara con su hija. Se traslucen indicios de esta anécdota en los Hechos de Santa Tecla, en cuyo texto se dice que tenía la frente ancha, la cabeza calva, las cejas juntas, la nariz aguileña, la talla corta y gruesa y las piernas torcidas. Luciano, en su Diálogo de Filopatris, hace un retrato parecido. Se ha puesto en duda que fuera ciudadano romano, dado que en aquella época no se concedía ese título a los judíos, que Tiberio expulsó de Roma, y Tarsis no fue colonia romana como hace constar Celario en su Geografía, libro III, y Grotio en su Comentario de los Hechos.

Dios, que descendió al mundo para presentar el ejemplo de la humildad y la pobreza, dio a su Iglesia los más débiles principios y la dirigió en el estado de humillación en que El se dignó nacer. Todos los paleocristianos eran hombres desconocidos que se ganaban la vida con el trabajo de sus manos. Pablo se dedicaba a hacer tiendas de campaña. La asamblea de los fieles se reunía en Joppe, en casa de un curtidor llamado Simón, según consta en el capítulo IX de los Hechos de los Apóstoles.

Los fieles se esparcieron secretamente por Grecia y de allí algunos fueron a Roma, a vivir entre los judíos, a quienes los romanos permitieron tener una sinagoga. Al principio no se separaron de los judíos y al igual que éstos siguieron la práctica de la circuncisión. Los quince primerísimos obispos secretos que hubo en Jerusalén fueron circuncidados o por lo menos, pertenecieron a la nación judía.

Cuando Pablo se llevó a Timoteo, hijo de padre gentil, le circuncidó él mismo en Listre. Tito, que era otro discípulo de Pablo, no quiso someterse a la circuncisión. Los hermanos discípulos de Jesús permanecieron unidos a los judíos hasta la época en que Pablo fue perseguido en Jerusalén por introducir extranjeros en el templo. Los judíos le acusaron de querer destruir la ley mosaica que dictó Jesucristo. Para invalidar esta acusación, el apóstol Santiago le propuso que se hiciera rapar la cabeza y fuera a purificarse en el templo con cuatro judíos que habían hecho voto de raparse. «Buscadlos —dice Santiago en los Hechos de los Apóstoles—, purificaos con ellos y que todo el mundo sepa la falsedad que os atribuyen y que continuáis observando la ley de Moisés.» De este modo, Pablo, siendo ya cristiano, se judaiza para que el mundo sepa que le calumnian al decir que no observa la ley mosaica. También le acusaron de impiedad y herejía, y el proceso criminal incoado contra él duró mucho tiempo, pero se ve con claridad, hasta en las acusaciones, que fue a Jerusalén para observar los ritos judaicos. Dice a Festas estas palabras: «No he pecado contra la ley judía, ni contra el templo».

Los apóstoles anunciaban a Jesucristo como un hombre justo indignamente perseguido, como un profeta, como un hijo de Dios enviado a los judíos para reformar sus costumbres. «La circuncisión es útil —dice Pablo en su epístola a los romanos— si observáis la ley, pero si la infringís vuestra circuncisión se convierte en prepucio. Si un incircunciso cumple la ley se debe considerar circuncidado. El verdadero judío lo es interiormente.»

Cuando Pablo habla de Jesucristo en sus Epístolas no revela el misterio inefable de su consustancialidad con Dios: «Nos libró de la ira de Dios. El don de Dios se ha infundido entre nosotros por la gracia concedida a un solo hombre, Jesucristo. La muerte reina por el pecado de un 8010 hombre, y los justos reinarán en la vida por un solo hombre, que es Jesucristo. Nosotros somos los herederos de Dios y los coherederos de Cristo. Todo está sujeto, salvo Dios, que ha sujetado todas las cosas».

La sabiduría de los apóstoles fundó la Iglesia naciente, pero no consiguió destruir la acalorada disputa que tuvieron los apóstoles Pedro, Santiago y Juan con Pablo, en Antioquía. Pedro comía con los gentiles convertidos sin observar con ellos las ceremonias de la ley y sin distinguir de carnes; comía con Bernabé y otros discípulos lo mismo carne de cerdo que carnes ahumadas, que animales; pero cuando llegaron allí muchos judíos cristianos Pedro se abstuvo ante ellos de comer alimentos prohibidos y practicó las ceremonias de la ley mosaica. Su conducta fue muy prudente al no escandalizar a sus compañeros, los judíos cristianos, pero Pablo le amonestó con rudeza: «Le reprendí —dice— porque su proceder fue vituperable».

La severidad de Pablo no parece tener disculpa, pues siendo al principio perseguidor de los cristianos debía ser más transigente; cuando fue a sacrificar en el templo de Jerusalén, había circuncidado a su discípulo Timoteo y observado los ritos judíos, que entonces reprochaba a Pedro. San Jerónimo opina que la disputa que medió entre Pablo y Pedro fue fingida. En su primera Homilía, dice que ambos apóstoles obraron como dos abogados que se acaloran y se combaten en el foro para adquirir más autoridad ante sus clientes; que dedicándose Pedro a predicar a los judíos y Pablo a los gentiles, fingieron dicha disputa, Pablo para atraerse a los gentiles y Pedro para atraerse a los judíos. San Agustín discrepa de esta opinión. Esta disputa entre Agustín y Jerónimo no debe menguar la veneración que les tenemos, ni menos la devoción que nos inspiran los apóstoles Pedro y Pablo.

Por lo demás, si Pedro se dedicaba a los judíos judaizantes y Pablo a los extranjeros, parece probable que Pedro no fuera a Roma. Los Hechos de los Apóstoles no mencionan el viaje de Pedro a Italia.

Allá por el año 60 de nuestra era, los cristianos empezaron a separarse de la comunidad judía, separación que les acarreó muchos disgustos y persecuciones de las sinagogas establecidas en Roma, Grecia, Egipto y Asia. Sus hermanos judíos les acusaron de impiedad y ateísmo y les excomulgaron en sus sinagogas tres veces todos los sábados, pero Dios los sostuvo siempre que fueron perseguidos.

Poco a poco llegaron a formarse muchas iglesias y los judíos y cristianos se separaron del todo antes de terminar el siglo r. Ni el Senado de Roma, ni los emperadores, se inmiscuyeron en las cuestiones del reducido rebaño que hasta entonces en la oscuridad había dirigido Dios.

Una vez establecido el cristianismo en Grecia y Alejandría, los cristianos tuvieron que combatir con una nueva secta de judíos que se convirtieron en filósofos por el frecuente trato que tenían con los griegos: los gnósticos. Las sectas enumeradas gozaban entonces de total libertad para dogmatizar, hablar y escribir, cuando los adeptos judíos que estaban establecidos en Grecia y Alejandría no los acusaban los magistrados. Pero en la época de Domiciano la religión cristiana empezó a proyectar alguna sombra de gobierno.

El celo de algunos cristianos, aunque contrariaba a la ciencia, no impidió que la Iglesia hiciera los progresos que Dios le tenía marcados. Al principio, los cristianos celebraban sus misterios en casas retiradas y en cuevas durante la noche; de esto provino que les llamaran lucifugaces, como dice Minuncio Félix. En los cuatro primeros siglos, los gentiles les llamaban galileos y nazarenos, pero el nombre de cristiano fue el que prevaleció.

Pero ni la jerarquía, ni los usos, se establecieron de repente, y los tiempos apostólicos fueron muy diferentes de los tiempos sucesivos. La misa, que se celebra por la mañana, era el ágape que tenía lugar por la tarde, y los usos cambiaron a medida que la Iglesia fue consolidándose. Cuando llegó a ser una comunidad más extensa necesitó también más reglamentos y la prudencia de los pastores se adecuó a los tiempos y lugares.

San Jerónimo y Eusebio refieren que cuando las iglesias adquirieron forma fueron distinguiéndose en ellas cinco órdenes diferentes: los vigilantes, episcopoi, de donde provinieron los obispos; los antiguos de la comunidad, presbiteroi, o sea los sacerdotes; diáconi, o sea los diáconos; pistoi, o sea los iniciados, que eran los bautizados que tomaban parte en los ágapes; los catecúmenos, que esperaban el bautismo, y los energúmenos, que esperaban que los librasen del demonio. Ninguna de las cinco órdenes se diferenciaba en sus vestiduras, ni ninguna estaba obligada a ser célibe, prueba de ello es el libro que Tertuliano dedicó a su esposa, así como los testimonios de los apóstoles. Durante los primeros siglos, en sus asambleas no tuvieron símbolos ni imágenes en pintura y escultura, ni altares, cirios, incienso, ni agua lustral. Los cristianos ocultaban celosamente sus libros a los gentiles, sólo los daban a leer a sus iniciados y no se permitía a los catecúmenos ni recitar la oración dominical.

Del poder de expulsar los demonios concedido a la Iglesia.
Lo que distinguía a los cristianos, distinción que ha subsistido casi hasta nuestros días era el poder de expulsar los demonios haciendo el signo de la cruz. Orígenes, en su tratado contra Celso, nos dice que Antínoo, al que divinizó el emperador Adriano, obraba milagros en Egipto por medio de encantamientos y sortilegios, y añade que los demonios salen del cuerpo de los poseídos cuando se pronuncia el nombre de Jesús.

Tertuliano, desde el fondo del Asia donde se encontraba, asegura en su Apologética que «si vuestros dioses no confiesan que son diablos en presencia de un verdadero cristiano, facultamos para que derraméis la sangre de ese cristiano». ¿Puede darse demostración más clara?

No cabe la menor duda que Jesucristo envió sus apóstoles para expulsar a los demonios. Los judíos también tuvieron en su época el don de expulsarlos, pues cuando Jesús libró a los posesos y envió los diablos a que se metieran en los cuerpos de un rebaño de dos mil cerdos y obró otras curaciones, los fariseos dijeron: «Expulsa los demonios por el poder de Belcebú». «Si yo los expulso por Belcebú —respondió Jesús—, ¿por qué poder los expulsan vuestros hijos?» Es indudable que los judíos se jactaban de ese poder; tenían exorcistas y exorcismos y metían hierbas consagradas en la nariz de los poseídos. El poder de expulsar los demonios, que los judíos perdieron, fue transmitido a los cristianos, quienes desde algún tiempo acá parece que también lo han perdido.

En el poder de expulsar los demonios estaba comprendido el de destruir las operaciones de magia, pues la magia estuvo en vigor en todas las naciones antiguas. Así lo atestiguan los padres de la Iglesia. San Justino nos dice que con frecuencia se evocan las almas de los muertos y de ello saca un argumento para defender la inmortalidad del alma. Lactancio dice que «aquel que se atreviere a negar la existencia de las almas después de la muerte de los cuerpos le convencería de ello el mago haciéndolas aparecer». Ireneo, Clemente, Tertuliano y el obispo Cipriano, afirman lo mismo. Y si bien es verdad que en la actualidad todo ha cambiado no es menos cierto que Dios es muy dueño de avisar a los hombres por medio de prodigios en determinados tiempos y hacerlos cesar en otros.