21 sep. 2008

Suetonio – Muerte de Julio César

 

(…) Todos estos presagios y el mal estado de su salud le hicieron vacilar por largo tiempo acerca de si permanecería en su casa aplazando para el día siguiente lo que había propuesto al Senado; pero exhortado por Décimo Bruto a no hacer aguardar inútilmente a los senadores que estaban reunidos desde temprano salió de casa hacia la hora quinta. En el camino un desconocido le presentó un escrito en el que le revelaba la conjuración; César le cogió y lo unió a los demás que llevaba en la mano izquierda con la intención de leerlos luego. Las víctimas que se inmolaron en seguida dieron presagios desfavorables; pero, dominando sus escrúpulos religiosos, entró en el Senado y dijo burlándose a Spurinna que eran falsas sus predicciones porque habían llegado los idus de marzo sin traer ninguna desgracia, a lo que éste le contestó que hablan llegado, pero no habían aún pasado.

LXXXII. En cuanto se sentó, le rodearon los conspiradores con pretexto de saludarle; en el acto Cimber Telio, que se había encargado de comenzar, acercósele como para dirigirle un ruego; mas negándose a escucharle e indicando con el gesto que dejara su petición para otro momento, le cogió de la toga por ambos hombros, y mientras exclamaba César: Esto es violencia, uno de los Casca, que se encontraba a su espalda, lo hirió algo más abajo de la garganta. Cogióle César el brazo, se lo atravesó con el punzón y quiso levantarse, pero un nuevo golpe le detuvo. Viendo entonces puñales levantados por todas partes, envolviese la cabeza en la toga y bajóse con la mano izquierda los paños sobre las piernas, a fin de caer más noblemente, manteniendo oculta la parte inferior del cuerpo. Recibió veintitrés heridas, y sólo a la primera lanzó un gemido, sin pronunciar ni una palabra. Sin embargo, algunos escritores refieren que viendo avanzar contra él a M. Bruto, le dijo en lengua griega: ¡Tú también, hijo mío!. Cuando le vieron muerto, huyeron todos, quedando por algún tiempo tendido en el suelo, hasta que al fin tres esclavos le llevaron a su casa en una litera, de la que pendía uno de sus brazos. Según testimonio del médico Antiscio, entre todas sus heridas sólo era mortal la segunda que había recibido en el pecho. Los conjurados querían arrastrar su cadáver al Tíber, adjudicar sus bienes al Estado y anular sus disposiciones; pero el temor que les infundieron el cónsul M. Antonio y Lépido, jefe de la caballería, les hizo renunciar a su designio.

(…)

LXXXIV. Fijado el día de sus funerales, fue levantada la pira en el campo de Marte, cerca de la tumba de Julia, y construyese frente a la tribuna de las arengas una capilla dorada, por el modelo del templo de Venus Madre; colocaron en ella un lecho de marfil cubierto de púrpura y oro, y a la cabecera de este lecho un trofeo, con el traje que llevaba al darle muerte. No juzgándose suficiente el día para el solemne desfile de los que deseaban llevar presentes fúnebres, se decidió que cada cual iría a depositar sus dones en el campo de Marte. En los juegos se cantaron versos propios para excitar compasión hacia el muerto e indignación contra los asesinos; estaban tomados de Pacuvio en su Juicio sobre las Armas de Aquiles:

Men servasse, ut essent, qui me perderent? (40)

y pasajes de la Electra de Attilio, que podían ofrecer iguales alusiones. El cónsul Antonio hizo que, en vez del elogio fúnebre, fuesen leídos por un heraldo los senado-consultos que otorgaban a César todos los honores divinos y humanos, y el juramento, además, que obligaba a todos por la salud de uno; por su parte añadió muy pocas palabras a esta lectura. Magistrados activos o que acababan de cesar en sus cargos, llevaron el lecho al Foro, frente a la tribuna de las arengas. Querían unos que se quemase el cadáver en el templo de Júpiter Capitolino; otros en la sala de Pompeyo; pero de improviso, dos hombres, que llevaban espada al cinto y dos dardos en la mano, le prendieron fuego con antorchas, y en seguida comenzaron todos a arrojar en él leña seca, las sillas de las tribunas de los magistrados y cuanto se encontraba al alcance de la mano. Los flautistas y cómicos, que habían revestido para aquella solemnidad los trajes dedicados a las pompas triunfales, se despojaron de ellos, los destrozaron y arrojaron a las llamas; los legionarios veteranos arrojaron de igual manera las armas con que se habían adornado para los funerales y la mayor parte de las mujeres lanzaron a su vez joyas, y hasta las bulas y pretextas de sus hijos. Gran número de extranjeros tomaron parte en aquel duelo publico aproximándose sucesivamente a la hoguera y manifestando su dolor cada uno a la manera de su tierra; se notaba principalmente a los judíos, los cuales velaron durante muchas noches junto a las cenizas.

(…)

LXXXIX. Casi ninguno de sus asesinos murió de muerte natural ni le sobrevivió más de tres años. Fueron todos condenados, pereciendo cada cual de diferente manera; unos en naufragios, otros en combate y algunos clavándose el mismo puñal con que hirieron a César.

 

Transcripción de Los doce Césares, Julio César LXXXI, LXXXII, LXXXIV y LXXXIX

Traducción de Jaime Ardal

Buenos Aires, El Ateneo, 1951