25 sep. 2008

Aulo Gelio - Musonio: Gritos de admiración y elogios ruidosos





De cómo demostraba el filósofo Musonio que los gritos de admiración y elogios ruidosos son importunos cuando se escuchan las lecciones de un filósofo



Hemos oído referir el siguiente pensamiento del filósofo Musonio. Cuando un filósofo, decía, exhorta, advierte, aconseja, censura o da una lección cualquiera de moral, si sus oyentes le dirigen con toda la fuerza de sus pulmones alabanzas triviales y vulgares; si lanzan gritos; si, arrebatados por las gracias de su estilo, la armonía de sus expresiones, las cadenciosas caídas de sus períodos, se agitan y gesticulan con entusiasmo, quedad persuadidos de que entonces el orador y los oyentes pierden el tiempo, y que no hay allí un filósofo que enseña a las almas, sino un flautista que halaga los oídos. Cuando se escucha a un filósofo cuya palabra es útil y saludable, cuyos discursos son remedio contra el error y el vicio, entonces el ánimo no tiene bastante espacio para lanzarse a estas alabanzas e interminables aplausos. El oyente, sea quien quiera, a menos que haya perdido todo sentimiento moral, callará durante el discurso del filósofo, y se sentirá agitado interiormente por sentimiento de horror, de vergüenza, de arrepentimiento, de alegría y de admiración; su sensibilidad quedará conmovida de diferentes maneras, y los rasgos de sus ojos cambiarán según las diferentes impresiones que el filósofo produzca en su conciencia al tocar a las partes sanas o enfermas de su alma. Por otra parte, decía también Musonio, lo que merece grandes elogios me inspira admiración; y cuando la admiración llega a su grado más alto, no se manifiesta con palabras ni produce otra cosa que el silencio. Así, pues, en Homero, cuando Ulises refiere sus desgracias con tan conmovedora elocuencia, no se ve a sus oyentes agitarse tumultuosamente, gritar y aplaudir con frenesí, sino que, por el contrario, el poeta nos los presenta inmóviles, asombrados, silenciosos, como si la fuerza mágica que encanta sus oídos penetrase hasta su lengua y en cierto modo lo paralizase:

Así habló el héroe, y en el palacio, que envolvía ya la sombra de la noche, todos los asistentes, encantados por aquel discurso, quedaron silenciosos.




Transcripción de Noches áticas
Trad. de Francisco Navarro y Calvo
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1952