18 ago. 2008

Sagunto (Lucio Anneo Floro, Gestas romanas, Cap. V)




Cuatro años escasos de reposo disfrutaba Roma, terminada la primera guerra púnica, cuando estalló la segunda, menos duradera, pues no pasó de dieciocho años, pero tan funesta por sus grandes desastres, que comparados los daños que por una y otra parte se experimentaron, puede considerarse como vencido el mismo pueblo vencedor.

Montaba en cólera al noble Cartaginés (una vez que se le despojó del predominio marítimo) haber perdido la Sicilia y verse precisado a pagar tributos, él, que hasta entonces estaba acostumbrado a exigirlos.

Aníbal, niño aún, juró a su padre ante el ara de los Dioses vengar a su pueblo, y por cierto que no tardó mucho en cumplir su juramento.

Como pretexto para reanudar la guerra eligió a Sagunto, antigua y opulenta ciudad de España, ilustre sí, pero ejemplo triste de lealtad para con los Romanos. Su independencia estaba garantida por un tratado celebrado entre Cartago y Roma; mas Aníbal, buscando ocasión de nuevos disturbios, la destruyó con sus manos y las de sus mismos pobladores, para que conculcando el convenio le quedara expedito el camino de Italia.

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Fatigados los Saguntinos, después de nueve meses de sitio, por el hambre, por las máquinas de batir y las armas enemigas, convierten la defensa en desesperación, encienden en medio de la plaza una gran pira, y arrojándose en ella con sus familias y riquezas, sucumben al impulso de la espada y el fuego.

Roma pidió que se le entregara a Aníbal, autor de este desastre; mas tratando el Senado cartaginés de excusar el hecho, Fabio, jefe de la embajada, dice a los senadores: "¿Qué indecisión es ésa? En el seno traigo la paz y la guerra. ¿Qué elegís? - ¡La guerra!, exclamaron aquéllos. -Pues tomad la guerra", respondió aquél; y desplegando la toga en medio de la asamblea, declaró la guerra, con gran consternación de los circunstantes, como si realmente la hubiera llevado oculta en su seno.

No bien se había formado en España, por segunda vez, la horrible y desastrosa tempestad de la segunda guerra púnica y se encendió con el fuego de Sagunto el rayo destinado tiempo atrás para herir a los Romanos; cuando arrastrada súbitamente con vertiginoso ímpetu rompió por medio de los Alpes, y desde sus nieves, de fabulosa elevación, se desplomó sobre la Italia como si arrojada hubiera sido por los cielos.

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Tercer rayo del furor de Aníbal fue el lago Trasimeno. Flaminio mandaba las fuerzas romanas. En esta ocasión dio al Cartaginés nueva muestra de su estrategia. Ocultó su caballería a favor de la densa niebla del lago y de los juncos pantanosos, y cayó repentinamente sobre nuestro ejército atacándolo del revés.

No podemos quejarnos de los Dioses: vaticinaron el desastre al temerario caudillo el enjambre de abejas que se posó sobre las banderas, la resistencia que las águilas opusieron a ser arrancadas del suelo y el gran terremoto que se dejó sentir al dar principio a la lucha: tal vez la vehemencia de aquella conmoción terrestre se produjera a impulso del movimiento de los hombres, de los caballos y del choque de las armas.

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Todo se conjuró para aniquilar a aquel desgraciado ejército: el general enemigo, la tierra, el cielo, el día, en una palabra, la naturaleza toda. No satisfecho Aníbal con haber despachado falsos tránsfugas al campo romano, los que no tardaron en atacar por la espalda a nuestros soldados; luego que hubo observado que el campo de batalla era una vasta llanura abrasada por el sol, cubierta de arena y en la que sopla con frecuencia el Euro, que procede del Oriente, colocó de tal manera su hueste, que viéndose precisados los romanos a dar la cara, tuvieron en contra suya todos estos obstáculos. Parecía que Aníbal, manejando a su antojo el cielo, constituía en sus auxiliares al sol, al polvo y al viento.

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Trad. J. Eloy Díaz Jiménez
Trascripto de la segunda edición de Espasa-Calpe
Buenos Aires, 1953