18 ago. 2008

Claudio Eliano - Historia de los animales, 21




El lugar magnífico y anhelado que cantó Homero llamándolo Océano, sitio en el que las divinidades toman sus baños, se halla en Etiopía, la tierra de las serpientes más grandes que existen: llegan a medir hasta treinta brazas y no tienen nombre de ningún tipo, pero, según se dice, pueden matar a un elefante y son capaces de vivir tanto como el más longevo de los animales. Así lo afirman los relatos que se transmiten en Etiopía. Ahora bien, los frigios, en sus consejas, dan testimonio de que en Frigia también existen serpientes de hasta diez brazas de largo que, en época estival, salen cotidianamente de sus cuevas a tomar el sol del mediodía. A orillas del río llamado Ríndaco, las sierpes dejan asentados en tierra parte de sus cuerpos, mientras los demás anillos se elevan; estiran el cuello sin moverlo y en silencio abren las fauces y con su aliento, que tiene algo de mágico, atraen a los pájaros. Así es que éstos, enteros, con plumas y todo, cautivados por el aliento hechizador, van a dar al estómago de los ofidios. Los reptiles persisten en estas actividades hasta que se produce el crepúsculo, después del cual se esconden para aguardar a los rebaños, sobre los que se arrojan cuando regresan de sus campos de pastoreo a los rediles; así producen muchas víctimas entre los animales y hasta llegan a matar a los pastores, con lo que obtienen alimentos en abundancia.