21 jul. 2008

Voltaire - Cielo de los antiguos (Diccionario filosófico)



Si el gusano de seda denominara cielo a la pelusilla que forma su capullo, razonaría igual que lo hicieron los antiguos dando a la atmósfera el nombre de cielo, que es, como dice Fontenelle, la seda de nuestro capullo. Los antiguos creyeron que los vapores que exhalan los mares y la tierra y que forman las nubes, los meteoros y los truenos, eran la morada de los dioses. En las obras de Homero, los dioses descienden siempre de nubes áureas y por eso todavía hoy los pintores los representan sentados en una nube. Podían sentarse sobre el agua, pero era justo que el primero de los dioses, Júpiter, estuviera sentado con más comodidad que los otros, y le concedieron un águila como atributo, porque el águila vuela más alto que las demás aves.

Viendo los primitivos griegos que los señores de las urbes vivían en ciudadelas, en las cumbres de las montañas, convinieron en que los dioses debían residir también en alguna ciudadela y la situaron en Tesalia, en las cumbres del monte Olimpo, cuya cima es tan alta que con frecuencia la cubren las nubes. Así, desde el palacio de los dioses se podía pasar fácilmente al cielo.

Las estrellas y planetas, que parecen estar tachonados en la bóveda azul de nuestra atmósfera, se convirtieron en morada de los dioses; siete de ellos tuvieron su planeta para residir, y los otros se alojaron donde pudieron. Los dioses celebraban consejo general en una vasta estancia a la que iban por la Vía Láctea, pues necesitaban tener una sala en el aire ya que los hombres tenían casas de reunión en la tierra.

Cuando los titanes, especie de seres fabulosos intermedia entre los hombres y los dioses, declararon a éstos una guerra casi justa reclamando parte de la herencia paterna, puesto que eran hijos del cielo y de la tierra, pusieron dos o tres montañas unas sobre otras creyendo que sería suficiente para escalar el cielo y la ciudadela del Olimpo. Sin embargo, la distancia desde la tierra a esos astros es de seiscientos millones de leguas, lo que no es óbice para que Virgilio diga:

Sub pedibusque videt nubes et sidera Daphnis (Dafne ve bajo sus pies los astros y las nubes). ¿Dónde estaba, pues, Dafne?

En el teatro y en otros lugares más serios hacen descender a los dioses entre nubes y truenos, o lo que es lo mismo, pasean a Dios en los vapores de nuestro Globo. Tales ideas son tan conformes a nuestra debilidad que nos parecen grandes.

Esa física de niños y viejas trae su origen de la más remota Antigüedad. Créese, sin embargo, que los caldeos tenían ideas casi tan exactas como nosotros de lo que denominamos cielo. Situaban al sol en el centro del mundo planetario, casi a la distancia que hemos reconocido que existe de nuestro Globo y sabían que la tierra y algunos planetas giraban alrededor de ese astro. Esto es lo que asegura Aristarco de Samos, y es con escasa diferencia, el sistema del mundo que Copérnico perfeccionó después. Pero los filósofos se guardan el secreto para ellos con el fin de ser más respetados por los reyes y el pueblo, o quizá para no ser perseguidos.

El lenguaje del error es tan familiar para los hombres que todavía denominamos cielo a los vapores y al espacio entre la tierra y la luna. Decimos subir al cielo, como decimos que el sol sale y se pone, pese a que sabemos que el sol está fijo y no se mueve. Probablemente, la tierra será cielo para los habitantes de la luna, y cada planeta situará su cielo en el planeta más cercano.

Si hubieran preguntado a Homero en qué cielo estaba el alma de Sarpedón y dónde la de Hércules, Homero no hubiera sabido qué contestar y habría salido del apuro escribiendo versos armoniosos. ¿Qué seguridad podían tener de que el alma de Hércules se hubiera encontrado más a gusto en Venus, o Saturno, que en nuestro Globo? ¿Se encontraría acaso en el sol? No era presumible que debía estar en ese horno. En fin, ¿qué entendían por cielo los antiguos? No lo sabían. Decían siempre el cielo y la tierra, como si dijeran el infinito y un átomo. Rigurosamente hablando, no existe el cielo; existe una cantidad fabulosa de esferas que ruedan en el espacio, y nuestro Globo que rueda como los demás.

Los antiguos creyeron que ir a los cielos era ascender, pero no se asciende de un globo a otro porque los globos celestes unas veces están encima y otras debajo de nuestro horizonte. Por ejemplo, supongamos que la diosa Venus, habiendo venido de Pafos, regresara a su planeta cuando éste se hubiera puesto. Venus no ascendería, con relación a nuestro horizonte, sino que descendería‑ en este caso debíamos decir descendió al cielo. Pero los antiguos no estaban tan civilizados y sólo tenían ideas vagas, inciertas, contradictorias sobre todo en física. Se han escrito gruesos volúmenes para saber lo que pensaban en cuestiones de esta índole, y sólo dos palabras hubieran sido suficientes para decir que no pensaban nada. De esa regla general deben excluirse unos pocos sabios que llegaron tarde, desarrollaron sus pensamientos y, cuando se atrevieron a sacarlos a la luz, los charlatanes del mundo los enviaron al cielo por el camino más corto.

Un escritor llamado Pluche pretende demostrar que Moisés era un gran físico; otro, antes que él, llamado Juan Amerpoel, se propone conciliar a Moisés con Descartes asegurando que aquél fue el inventor de los torbellinos y de la materia sutil, pero lo asegura baldíamente, porque todos sabemos que Dios hizo de Moisés un legislador y un profeta, pero no pretendió que fuera un profesor de física. Dictó leyes a los judíos, pero no les enseñó una palabra de filosofía. Dom Calmet, que ha compilado mucho, pero que nunca razona, se ocupa del sistema de los hebreos, pero ese pueblo tosco estaba muy lejos de tener un sistema, pues siquiera tuvo escuela de geometría e incluso desconocía ese nombre. Su única ciencia consistía en sacar sustanciosas ganancias como cambista y usurero. En sus libros se encuentran algunas ideas oscuras, incoherentes y dignas de un pueblo bárbaro en lo tocante a la estructura del cielo. Su primer cielo era el aire y el segundo el firmamento, en el que están prendidas las estrellas. Ese firmamento era sólido y de hielo y contenía las aguas superiores, que se vertieron de su recipiente por puertas, esclusas y cataratas en la época del diluvio.

Encima del firmamento o de las aguas superiores existía el tercer cielo que llamaban empíreo, a donde fue arrebatado san Pablo. Dicho firmamento era una especie de bóveda que abarcaba la tierra. El sol no podía dar la vuelta a un Globo que ellos no conocieron. En cuanto llegaba a Occidente regresaba a Oriente por un camino desconocido y no se le veía volver, porque, como dice el barón Toeneste, volvía de noche.

Tales ideas las adquirieron los hebreos de otras naciones. La mayoría de ellas, salvo la escuela de los caldeos, creían que el cielo era sólido y la tierra, fija e inmóvil, era más larga desde Oriente hasta Occidente que desde el Mediodía al Norte. De aquí provienen las palabras longitud y latitud que hemos adoptado. Profesando esas ideas era imposible que existieran los antípodas. Por eso san Agustín dice que es un absurdo creer que existanfi y Lactancio afirma categóricamente que hay gentes bastante dementes que creen que existen hombres cuya cabeza está más baja que sus pies. En el libro III de sus Instituciones, añade: «Puedo demostraros con argumentos que es imposible que el cielo rodee la tierra». San Crisóstomo asegura que yerran los que creen que los cielos son movibles y tienen forma circular.

Inútilmente, el autor del Espectáculo de la Naturaleza quiere dar el espaldarazo de filósofo a Lactancio y a Crisóstomo, porque cualquiera podrá contestarle que los dos fueron santos, pero que para ser santos no es imprescindible ser buenos astrónomos.