1 jul. 2008

Remo Bodei - ¿Hacia humanos de criadero?




Remo Bodei nos propone una reflexión sobre el impacto y consecuencias de las biotecnologías sobre la estructura de los individuos y las sociedades en el futuro inmediato. Se presentan algunos datos específicos de las biotecnologías junto con una serie de consideraciones filosóficas que parten de textos clásicos hasta llegar al debate contemporáneo (en especial a las tesis de Sloterdijk sobre el “parque humano” y de Fukuyama sobre Our Posthuman Future, Consequences of Biotechnological Revolution , “El fin del hombre”). Los fármacos psicotrópicos y la acción de las biotecnologías no sólo están cambiando la denominada naturaleza humana, sino también las relaciones sociales, familiares e incluso la política, que se convierte en zoopolítica, intentando crear humanos de criadero, fácilmente manipulables, cuyo comportamiento puede ser influido por fármacos psicotrópicos, como el prozac y otros, o por amenazas bio-terroristas que se convierten en una forma de control social.


1. El tema que quiero proponer es el del impacto y consecuencias de las biotecnologías sobre la estructura de los individuos y las sociedades en el futuro inmediato, para perfilar el escenario de sus posibles efectos, en especial, sobre la manipulación de la llamada “naturaleza humana”. Procederé en progresión, presentando primero algunos datos sobre elementos específicos de las biotecnologías, para proseguir con el análisis más propiamente filosófico, haciendo referencia tanto a los textos clásicos como al debate contemporáneo (en especial a las tesis de de Sloterdijk sobre el “parque humano” y, aunque tiene un corte periodístico, al libro de Fukuyama sobre Our Posthuman Future, Consequences of Biotechnological Revolution, “El fin del hombre”).

Empezaré tratando un aspecto que generalmente permanece al margen de las discusiones filosóficas, pero que tiene una importancia capital, es decir, los fármacos psicotrópicos, que influyen en el estado de ánimo en un determinado modo (los de la familia del Prozac), provocando una sensación de bienestar o, por lo menos, aliviando el ansia. Un 10% de la población americana ya consume este tipo de psicofármacos (es decir, 28 millones de personas aproximadamente). Junto con el Ritalín, otro psicotrópico que sirve en principio para calmar y controlar a los niños con hiperactividad. El Ritalín la reduce pero como efecto colateral produce incapacidad de concentración, y en la práctica se receta de forma indiscriminada para calmar todo tipo de intranquilidades. Ambos medicamentos producen un cambio en el comportamiento y al mismo tiempo introducen el riesgo de crear una sociedad sedada.

Examinaré después las biotecnologías desde una doble separación, la de los dos grandes acontecimientos que se han producido en los últimos decenios y que conllevan, por un lado, la separación entre sexualidad y reproducción, y por otro, la separación entre reproducción y parentesco a través de anticonceptivos químicos, o a través de la reproducción asistida, la fecundación artificial con un donador externo de semen masculino o de óvulo femenino. De esta forma se pueden crear tres figuras maternas diferentes: la madre biológica, que dona el óvulo; la madre portadora, que desarrolla el feto en sus vientres, y la madre legal. Paralelamente también dos tipos de padre: el biológico y el legal.

Todo esto produce efectos de enorme impacto en la estructura de la familia, puesto que los lazos de sangre desaparecen. En contra de lo que los sociólogos definen lazos de adscripción (los que tenemos al nacer de ser hijos o padres, hermanos o hermanas) se está verificando un lento crecimiento, en Occidente, de los lazos de elección. Hay que pensar que ya en 1994 el 2% de los hijos franceses nacían gracias a la reproducción asistida con un donador externo y que la cuota va creciendo también porque, según estadísticas recientes, una pareja sobre cinco o seis en los Estados Unidos o en Europa occidental, es estéril. Lo que produce una necesidad creciente de fecundación sexual directa o de adopción.

Otra incidencia de las biotecnologías se produce a través de las células de inseminación. Después del 2000 se ha completado el mapa del genoma y se ha descubierto que los genes del DNA humano son entre treinta mil y cuarenta mil. Se ha desarrollado una ciencia que se llama genómica (que hay que distinguir de las biotecnologías, todavía en statu nascendi, que intervienen directamente para modificar el patrimonio genético y para incidir, no sólo sobre la vida del individuo, sino también en la vida de la especie o en la cadena genética de descendientes de una determinada persona). Otro tipo de intervenciones biotecnológicas son las de los trasplantes de órganos y las de los implantes en el cuerpo humano. A causa de tales modificaciones se habla de una trasformación en curso del estadio de lo humano al de lo post-humano, con la creación de individuos transplantados múltiples, es decir, dotados de una cierta cantidad de prótesis que mejoran sus prestaciones o tienen carácter sustitutivo, como en el caso de la vista o del oído. Se llegará muy pronto a dispensadores de insulina que se transplantan bajo la piel y a una cantidad de otros aparatos que crearán en el cuerpo humano una mezcla de orgánico e inorgánico.

También se abatirán las barreras, ya muy débiles, entre hombre y animal, por ejemplo con el transplante de corazones de cerdos, de hígados obtenidos a través de pequeñas quimeras, o sea, fundiendo elementos humanos y animales. Ya el oncoratón utilizado para los estudios sobre el cáncer en Harvard es un ratón al que le inyectan algunos genes humanos y otros de pollo. Hay que añadir, tanto en el caso de la oveja Dolly, como en el del oncoratón, que no se trata de individuos resistentes y sanos (sin contar que en el caso de Dolly hicieron falta 271 intentos antes de que resultara con éxito), sino de organismos débiles. La naturaleza ha empleado miles o millones de años para crear las combinaciones entre elementos químicos, bases o encimas que forman los seres vivientes. Estos productos, los animales, mantienen una cierta estabilidad generada por la selección. Mientras que el oncoratón o Dolly son, en cambio, organismos frágiles y potencialmente más expuestos a todas las enfermedades. Basta pensar que cada uno de nosotros tiene en las células somáticas, en las que no sirven a la reproducción, pequeñas cintas, que se llaman telomeros que en cada duplicación se reducen. La muerte de estas células (y por lo tanto la nuestra) se debe a la progresiva reducción, cada vez que la célula se duplica, de esos mismos telomeros, que constituyen verdaderas bombas de relojería, formas de suicidio programadas por nuestro organismo.

Existen células inmortales, las genéticas, las de los espermatozoides y de los óvulos e incluso las del cáncer, que se reproducen al infinito precisamente porque no tienen telomeros. El cáncer es por el momento tan difícil de vencer porque de alguna forma es inmortal, por lo que sus células proliferan de forma imparable. En 1989 una firma americana, la Geriatix , descubrió un encima que se llamaba tolomerasis, y lo está estudiando en vista de la posibilidad de introducir de alguna manera – no sabemos cuando, no sabemos cómo, no sabemos si será posible- este encima en nuestras venas con el fin de detener el empequeñecimiento progresivo de los telomeros y de convertirnos en cierto modo, en inmortales. O de forma más realista, frenar la degeneración de los tejidos. El resultado sería que se podría alargar el envejecimiento, permaneciendo viejos y llenos de achaques durante más tiempo.

Sin embargo, hay que decir que en todos los campos en los que se trata de modificar el patrimonio genético, a pesar de las anticipaciones y habladurías de los periódicos (que hablan, por ejemplo, de encontrar el gen de la locura y curarlo) estamos todavía en pañales. La investigación se centra principalmente en dos puntos de la célula: el DNA y el llamado núcleo mitocondrial. Los mitocondrios constituyen una partícula de la célula que conserva, por decirlo así, el lado femenino de la evolución y que ha permitido reconstruir la hipótesis según la cual ha existido una Gran Madre de la que descienden todos nuestros antepasados. El homo sapiens tiene “sólo” 170-200 mil años de existencia. Deriva sin embargo de una serie de homínidos que tienen- yendo hacia atrás hasta el homo habilis - al menos un millón de años. Nuestra especie ha convivido hasta hace treinta mil años con nuestros parientes lejanos, o sea, con el hombre de Neandertal, de cuya desaparición no se sabe a quién o a qué atribuir la causa. Esos humanos fueron los primeros que dieron muestras de humanidad, no en sentido biológico, sino cultural (en alemán Humanität y no menschheït)- signo de humanitas, de sociabilidad, Amor y civilización, como nos demuestra el esqueleto de un hombre de Neandertal que resale a casi cincuenta mil años. Si ese individuo, que sufría de una artrosis deformadora por lo menos desde hacía diez años, logró sobrevivir otros diez más, se debió al hecho de que alguien lo cuidó. La solidaridad familiar o el clan existían ya en aquella época.

Hay que notar también que entre los caprichos de la evolución ha sucedido que el hombre de Neandertal, desde el punto de vista fisiológico, parece que se adaptaba mejor a la supervivencia: su capacidad craneal era mayor que la nuestra y las caderas de las mujeres eran más anchas que las de las mujeres actuales, por lo tanto más aptas a parir sin dolor. Parece que tiene razón Lucrecio cuando en el Dererun natura afirma que todos los vivientes son supervivientes de grandes naufragios, que abandonan, como restos en la playa, a los que sucumben. Pensando en las grandes catástrofes naturales, que provocaron la extinción de, no sólo los famosos dinosaurios, sino también de aproximadamente el 80% de las especies que vivían sobre la tierra, todavía nos faltan muchas cosas por comprender.

Cuando en 1953 se descubrió la estructura del DNA y cuando los estudiosos avanzaron cada vez con más tino, se descubrió con asombro que estaba formada por sólo cuatro bases, cuatro proteínas con secuencias variadas y diferentes. Sólo el 1% nos divide de los chimpancés, pero es un 1% importante. Todos los seres vivientes tienen en común entre el 70 y el 80 % de los componentes del DNA y estos componentes se alternan en una doble hélice. El DNA humano se ha formado incorporando segmentos de bacterias, microbios y de varios animales. Nuestro DNA no es por lo tanto del todo humano. No sólo somos animales, sino que incluso tenemos algo que nos acerca al mundo vegetal, a la flora bacteriana. Nuestro cuerpo es admirablemente complejo.

2. Consideremos ahora los aspectos filosóficos que han sido provocados por las biotecnologías, partiendo de lejos, de La Política de Platón, donde se plantea por primera vez el problema de los que yo he llamado “hombres de criadero”. En Platón el hombre político se presenta como un buen pastor (naturalmente no en el sentido cristiano del término), es decir, como el que conoce la mejor manera de guiar y gobernar a los hombres. Se establece así una relación directa entre el arte del gobierno y la doma de los animales. Para Platón, el buen gobernante es el que, de forma parecida al pastor de rebaños, es capaz de domesticar a los súbditos o ciudadanos, induciéndolos a las pasiones nobles, es decir, a esas pasiones que sirven para promover la razón y, al mismo tiempo, controlar o frenar esas pasiones, o políticamente controlar a esos ciudadanos que “no escuchan la voz del amo”, es decir la voz de la razón. De hecho Platón afirma que la misión del hombre político es la de domesticar los elementos reacios de la sociedad y dentro del alma los instintos que resisten al control del loghistikon, de forma que se pueda conducir el rebaño de forma racional.

El gran modelo que sigue proyectándose sobre toda la tradición occidental, por lo menos durante un milenio y medio, es el de la política que domestica, tanto con la persuasión como con la fuerza. Se trata, parafraseando a Foucault, de un “poder pastoral”. En Foucault existe una diferencia: en el poder pastoral cristiano se encuentra una paradoja aparente en la que el sacerdote o papa se sacrifica a si mismo para salvar a la última oveja del rebaño. El poder de la Iglesia consiste en la abdicación del poder, en la renuncia al poder: yo sacerdote o papa soy potente porque, a diferencia de todos los jefes del pasado que sacrificaban a los demás para mantener el propio poder, me sacrifico a mi mismo para salvar a la última oveja del rebaño. Este es el poder que ha fundado la Iglesia sobre la renuncia.

Dando un salto hacia atrás con respecto a Foucault, me referiré ahora a Nietzsche. En Así habló Zarathustra – y esto Sloterdijk lo ha notado, aunque sólo se haya ocupado de un aspecto de la problemática nietzscheana- hay un pasaje en el que Zarathustra visita una ciudad en la que, incluso desde un punto de vista arquitectónico, los hombres para pasar debajo de una puerta tienen que agacharse. Atribuye por lo tanto el empequeñecimiento de los hombres, su domesticidad al cristianismo y a todas las ideologías que predican la igualdad, y en consecuencia niegan la existencia de hombres superiores. Estas ideologías, representadas por las tarántulas, por los predicadores resentidos de la igualdad, son sobre todo el cristianismo (sobre todo paulino, ya que Cristo está representado como el idiota de Dostoeivski, bueno, pero sin médula espinar). El verdadero creador del cristianismo es san Pablo, el resentido, el hebreo convertido que en su interior sabe, como lo sabe Sócrates, que existen hombres superiores, una aristocracia del espíritu y de la estirpe, pero quiere humillarlos, rebajarlos por odio y por envidia.

Desarrollando esta posición de Nietzsche, Sloterdijk considera que la cultura actual está marcada por una lucha titánica entre la tendencia a exhibir la domesticidad, el rebajamiento y la fealdad y la de evitar que la política se convierta en zoopolítica. Sloterdijk se refiere, aunque de forma diferente, a un escrito de Heidegger de 1946 La carta sobre el Humanismo, en la que el filósofo alemán polemiza con los aspectos retóricos de la tradición occidental y, entre líneas, presenta los tres grandes movimientos del siglo XX – fascismo o nacionalsocialismo, bolchevismo y democracia – como formas de “antropotécnica”, o sea, construcción artificial del hombre que revela (en contra de la primera impresión) un carácter humanista, porque el hombre está colocando siempre en el centro. Observo, de pasada, que esta interpretación no me convence en absoluto, en el sentido de que se podría, con un esfuerzo notable, pensar que incluso el bolchevismo fuese un humanismo, pero atribuir al nacionalsocialismo la calificación de humanismo me parece peregrino y absurdo.

Por lo que se refiere a Heidegger -que responde polémicamente al libro de Sartre El existencialismo es un humanismo- la grandeza del hombre no consiste, según la tradición, en su ser animal rationale, en su comparación con los animales para mostrar su específica diferencia. La importancia del hombre, del Dasein, está en su diálogo con el Ser, en su ser “pastor del Ser”, que vive en su propia casa, el lenguaje.

3. Muchas personas han leído el libro de Aldous Huxley, publicado en 1932, Brave New World, traducido en español como El mundo feliz. Huxley, que proviene de una familia de biólogos, presenta un escenario que ha dejado de ser de ciencia ficción para hacerse cada vez más factible desde un punto de vista real: una sociedad del futuro que, después de una gran catástrofe, ha olvidado el pasado y ha creado una civilización nueva. Ha borrado las civilizaciones anteriores y vive dividida entre un mundo civilizado y uno salvaje. En el mundo civilizado imperan las biotecnologías de dos formas. Una es que los hombres se fabrican en probetas, siguiendo un método que anticipa el Fausto de Goethe cuando Wagner se pregunta porqué se pierde tanto tiempo con los métodos anticuados de reproducción sexual natural, cuando su creación artificial sigue seguramente un método más científico y seguro. En la novela de Huxley los hombres se fabrican en probeta, fuera del útero materno, dentro de las máquinas, con el fin de producir una jerarquía social. Los individuos que nacen de esa forma y se llaman con las primeras letras del alfabeto griego se disponen en una escala descendiente que va desde quien está genéticamente destinado a mandar hasta quien está genéticamente destinado a ser esclavo.

El aspecto interesante es que todos están contentos, nadie se lamenta de su situación porque consumen una droga que se llama soma, que hace que todos estén felices y contentos de realizar las funciones para las que han sido programados. Se evitan de esa manera, esas formas de subversión que han caracterizado la historia humana (el fruto del “malcontento”, habría dicho Maquiavelo) y la jerarquía se mantiene sin problemas. Es difícil decir si ésta es una utopía o una atopía, una utopía negativa, porque en este modelo se elimina el elemento trágico: en ese mundo feliz faltan todos los aspectos desagradables de la condición humana. Incluso los esclavos, que ignoran su condición, están contentos.

Tal escenario de ciencia ficción en 1932 se ha realizado en parte en algunos aspectos. Tenemos de hecho la posibilidad de construir seres humanos programados, niños hechos a medida (designed babies), y de manipular la conciencia a través de psicofármacos que hacen desaparecer la angustia y el descontento y que proporcionan, aunque con efectos negativos cada vez más fuertes según se procede hacia drogas, ligeras o pesadas, momentos de bienestar alcanzados con alucinaciones y sufrimiento físico. Por todos los medios, los científicos intentan reducir en los fármacos psicotrópicos los efectos colaterales negativos incidiendo sobre los neurotrasmisores, la serotonina, la dopamina, la adrenalina y la noradrelina. Se ha puesto en comercio el Prozac o lo Zoloft, un inhibidor selectivo de la absorción de la serotonina en el encéfalo, dado que la serotonina produce un sentido de euforia, aumenta el amor propio, tranquiliza a los individuos, haciendo desaparecer su angustia, pero es gradualmente asimilada por el encéfalo. El Prozac o el Zoloft, al impedir la asimilación de la serotonina, mantienen durante mucho más tiempo el estado de euforia y felicidad. El otro psicofármaco importante es el Ritalin que, como ya he dicho, servía en principio para calmar a los niños inquietos y que después lo utilizan los padres para que los niños estén buenos y para controlar el comportamiento de los adultos. Tendencialmente estas dos medicinas y sus futuros descendientes, dotadas de mayor eficacia y de menos efectos colaterales, representan un arsenal de armas de control social. Si estuvieran, por hipótesis, controladas por el estado, como sucedía con otras medicinas psicotrópicas en los manicomios rusos con los disidentes políticos, se podría, con una punta de ciencia ficción, obtener – además del bioterrorismo clásico, representado por el ántrax o la botulina – también una forma de bioterrorismo soft, en el que las personas se mantienen en un estado de esclavitud, obediencia o contentas con dosis más o menos grandes de fármacos.

4. En general, las biotecnologías no representan una novedad, puesto que – desde el punto de vista de los organismos modificados genéticamente- existen antecedentes ilustres, que se remontan incluso a hace ocho mil años aproximadamente con el nacimiento de la agricultura. De hecho, todas las plantas que el hombre ha domesticado son el resultado de una selección artificial de las semillas, del trasporte de ejemplares de regiones lejanas y de la aclimatación de vegetales en zonas diferentes a las de origen. Dichas formas de selección artificial prevén también la hibridación mediante injertos. La diferencia con las biotecnologías actuales es que ahora se atraviesan barreras genéticas que antes eran infranqueables, borrando no sólo la tradicional clasificación de género y especie, sino además mezclando el patrimonio genético de los animales y de los vegetales a las que nos han acostumbrado selecciones artificiales limitadas.

El hombre ha superado la naturaleza. Una fecha concreta, 1828, señala el inicio de la reproducción artificial en laboratorio de lo que la naturaleza produce espontáneamente: la urea. Hoy en nuestro mundo están presentes alrededor de seis millones de sustancias que no existen en la naturaleza, la mayor parte de ellas construidas de derivados o subproductos del petróleo. La naturaleza ha sido modificada, copiada, poblada de sustancias nuevas mucho antes de que gritase el escándalo de su violación. La fecundación artificial no es una novedad. O mejor, representa una novedad relativa en el campo de lo humano, pero no en el campo de la zootecnia, visto y considerado que ya desde la Edad Media se fecundaban las vacas con semen sacado de los toros. Y no es ninguna novedad del último cuarto del siglo XX. Se ha descubierto un episodio significativo: en 1884 en la universidad de Filadelfia, la mujer estéril de un cuáquero fue fecundada artificialmente con el semen del best looking student, el estudiante más guapo. En 1960 un investigador boloñés tuvo la desgracia de ver publicadas sus investigaciones sobre el crecimiento de un embrión fuera del útero materno. Cuando un periódico hizo público los resultados tuvo que huir a la Unión Soviética y el experimento quedó interrumpido.

Quizás alguien recuerde el escándalo de 1978, cuando se realizó la primera fecundación in vitro de una niña llamada Louise Brown, que, como ella misma contará, los que tenían su misma edad la consideraban un monstruo. Desde entonces la fecundación artificial se practica de varias formas: con donadores de semen o de óvulos que pueden ser los padres, uno sólo o ninguno de los dos. Se implanta, por ejemplo, en el útero (sea de la madre biológica o de la madre portadora) el embrión fecundado con el semen del donador. Esto comporta problemas morales y legales importantes. El problema ético, pero también sentimental, se refiere al conflicto que surge entre el deseo de uno de los cónyuges de ser padre o madre y la resistencia de quien se siente excluido de esa relación de maternidad, provocando un enorme conflicto. El niño que nace gracias a estas técnicas puede desarrollar también una necesidad demencial de buscar a verdadero padre o a su verdadera madre. Se ha descubierto que algunos jóvenes ingleses acuden a las estaciones o aeropuertos para ver si encuentran a alguien que se les parezca y, por lo tanto, pueda ser su padre o su madre.

Todo esto demuestra el revuelo que las biotecnologías pueden comportar. Estábamos acostumbrados a nacer y morir, según las reglas de la reproducción sexual natural, con un cuerpo que había heredado determinadas características y enfermedades congénitas, a vivir y marcharnos del mundo con todos nuestros órganos. Hoy todo lo que parecía obvio se ha vuelto problemático. Se nace, ahora lo sabemos- con cada vez mayor frecuencia a través de los métodos de la fecundación artificial asistida, se es padre o madre fuera de la edad fisiológica normalmente establecida antes, se da una transferencia de materia viviente a través del trasplante de órganos, que conecta historias y circunstancias en un sólo cuerpo. Según una previsión bastante atendible de una prestigiosa revista de medicina, por lo menos en Occidente a finales de este siglo seremos todos transplantados múltiples y provistos de numerosas prótesis que harán funcionar los órganos enfermos de nuestro cuerpo, mejorarán las prestaciones que ya existen y añadirán otras nuevas.

Cambia también la sucesión de nuestros sentimientos, de nuestras pasiones que han subrayado y acompañado los momentos importantes de nuestra existencia: el nacimiento, la paternidad, la maternidad. Se desintegran esas relaciones que en la tradición ligaban el niño a la madre o al padre. Se modifica el mapa de las relaciones de sangre o de parentesco que han sido la base de la estructura de la familia y, en parte, de la composición de la sociedad.

Dichas relaciones rediseñan las que la tradición occidental había establecido en un lento proceso. La tragedia griega es un ejemplo, puesto que se basa en el conflicto entre ius sanguinis e ius civitas. Si pensamos especialmente en Antígona, en la piezas que reserva a su hermano muerto, pero enemigo de la patria, y a su determinación de enterrarlo contra la voluntad de Creonte de negarle la sepultura y, por lo tanto, el reposo de su alma en el Hades. Este conflicto se manifiesta en la forma de un nudo insolubles, una especie de double blind, porque las dos potencias éticas se enfrentan: la de la sangre, la de la familia de los muertos y de los dioses y la nueva estructura, la polis, que en ese momento, en torno al 540 a . C. (cuando Sófocles escribe Antígona), se basaba en la ley que negaba sepultura a los enemigos de la patria. La tragedia griega refleja de diferentes maneras ese enfrentamiento entre la sangre y el vínculo de la ciudadanía, donde la polis intenta colocarse por encima de la familia: toda la cuestión de los estados, desde la antigüedad hasta hoy, se encuentra marcada por el esfuerzo de separar la política de los lazos familiares del clan.

5. Las biotecnologías vuelven a poner en discusión la antigua relación entre la sangre y la política, en el sentido de que la sangre, contraponiéndose a la política, se convierte en una apuesta política a través de los biopoderes, o sea en este caso, a través de la posibilidad de manipulación que puede llevarse a cabo, además de con psicofármacos, con la intervención en la cadena genética. Esto ya no se produce impidiendo que algunos individuos no se reproduzcan, mediante una eugenética negativa, sino más bien a través de posibles modificaciones al patrimonio genético.

Vale la pena recordar que el término eugenética lo introdujo un primo de Darwin, Francis Galton. Había fundado sociedades eugenéticas y fue el que realizó la intervención política sobre la calidad de la vida a través de la descendencia, para contrastar el peligro de una degeneración de la humanidad. El término degeneratio fue acuñado por el abad Castelli en 1610, pero se difundió en Francia a finales del siglo XVIII, cuando estalla la discusión sobre la dégénération, entendida como resultado del cruce entre diferentes especies que dan lugar a individuos estériles (como el del caballo con una asna o el de una asno y una yegua, con el nacimiento de mulas). Después pasa a indicar en el ámbito de la botánica el hecho de que se obtiene una pérdida de calidad cuando se cruzan plantas y después animales diferentes. El concepto de dégénération, a finales del siglo XIX se cruza con el de décadence. A su vez la noción de decadencia (en términos médicos o pseudomédicos) está unida a la idea de que emparejamientos poco juiciosos producen efectos degenerativos.

Sin embargo, el problema no es el de la contaminación moral (como decía Dante, pensando en el “villano de Aguglione y el de Signa”, que corrompen las antiguas costumbres florentinas “Siempre la mezcla de personas/ principio fue del mal de las ciudades”). La contaminación es biológica, provocada – además de por los matrimonios de personas de “razas superiores” con los de “razas inferiores” – por degenerados por herencia (descendientes de alcoholizados, locos, sifilíticos, delincuentes).

A éstos últimos se les debe prohibir tener hijos, no se pueden casar. Incluso la adelantada Dinamarca introdujo en 1907 leyes en este sentido. Mucho antes de los nazis, que procedieron a finales de los años treinta a la eliminación de los enfermos de mente y de los deformes, ha existido una restricción eugenética de la libertad individual que impedía la reproducción a las personas “taradas”.

El “parque humano”, por citar a Sloterdijk, en perspectiva representa uno de los problemas urgentes que resolver. No se trata de crear una raza genéticamente pura, sino de condicionar a los hombres, como se hace con las gallinas de criadero, que engordan o producen huevos, haciéndoles tragar comida, quizás acompañada de música clásica. De forma parecida, los hombres, sobre todo en Occidente, ven satisfechas sus necesidades primarias de comida, sexo, diversión. Pero son inducidos a no pensar en nada comprometedor y a contentarse de estos beneficios, ciertamente legítimos y durante mucho tiempo negados. Si no logran ir más allá a tomar las riendas de su vida y a ejercer una inteligencia crítica, a orientarse en el mundo natural y social, corremos el riesgo de trasformarnos en humanos de criadero. Esto puede suceder (y en parte sucede) también a través de las biotecnologías y los fármacos psicotrópicos.

¿Ser humanos de criadero es el peaje que se debe pagar por el aumento del bienestar material? ¿En qué se diferencia la política actual de la de los grandes totalitarismos del siglo XX, que se introducían en la vida, en el cuerpo, en la conciencia y en el inconsciente mediante duras y férreas disciplinas? ¿Su masificación niveladora y violenta ha sido sustituida por un paradójico individualismo de masa, por una intervención política soft, que satisface las inclinaciones humanas en su línea de mayor necesidad, al precio de un control hetero-directo de la mayoría de los ciudadanos? ¿Qué significa hoy, en relación con el pasado, controlar almas y cuerpos?

Mientras que antes se proyectaba, sobre todo en el ámbito del marxismo, del leninismo o de los estalinismo – la creación del “humano nuevo” (en el sentido de un humano renovado a través del trabajo, entendido como fuerza emancipadora y hegelianamente como instrumento de auto-creación de lo humano), ahora la nueva humanidad ciertamente se está fabricando, pero con medios biológicos, farmacológicos y médicos (sin contar los condicionamientos ideológicos ligados a los medios de comunicación de masas). Se trabaja sobre los cuerpos, gracias a la intervención sobre el genoma, ya practicadas con éxito desde 1990 producen prótesis que se multiplican y se multiplicarán hasta crear no tanto un humano “biónico”, sino un individuo que será una mezcla entre máquina y biológico, carne y metal, un individuo que podrá tener a su disposición un banco de órganos, o un body shop en el que comprar las piezas de recambio para los órganos estropeados o para los que ya no le gusten.

El hombre nuevo está creciendo delante de nuestros ojos, pero a través de caballos de Troya introducen también cambios en la llamada interioridad: en la forma de sentir, en las pasiones, en los deseos. Se realiza un antidestino por el que en la actualidad somos capaces de cambiar todo lo que hemos recibido en herencia biológica y que parecía intocable porque era el producto de las férreas leyes de la naturaleza o de la voluntad de Dios. Hoy sucede lo inaudito: se anulan las barreras entre los animales y los hombres y entre lo viviente y lo no viviente. El gran cambio de perspectiva nos invita a estar preparados para lo inesperado, a simular no sólo las consecuencias técnicas que tendrán los nuevos descubrimientos o invenciones, sino también sus consecuencias sobre la “naturaleza humana”, sobre la sociedad y, para nosotros, sobre la reflexión filosófica y política.

Referencias Bibliográficas


DERY, M., Escape Velocity. Cyberculture at End of the Century, New York, 1996.

FUKUYAMA, F., Our posthuman Future, Cinquesences of Biotechnological Revolution, New York, 2002. Trad. castellana: El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Punto de Lectura, Madrid, 2003. HAILES, K. N., How We Becaume Posthuman. Virtual Bodies in Cybernetic, Literatura, and Information, Chicago- London 1999.


HARAWAY, D., Cyborg and Women: The Reinvention of Nature, New York, 1991. Trad. castellana: Manifiesto para cyborgs, Episteme, Valencia, 1995.

HARAWAY, D., Modest Witness@Second Millenium. FemaleMan_ Meets_OncoMouse: feminism a n d tecnoscience, 1997. Madrid, 2004.

MARCHESINI, R., Post-human. Verso nuevo modelli di esistenza, Turín, 2002.

OLSON, E. T., The Human Animal. Personal Identity without Psychology, NewYork 1997. Trad. It L´animale umano. Identità e continuità biologica, Milán 1999.

SLOTERDIJK, P., Normas para el parque humano una respuesta a la Carta sobre el humanismo de Heidegger, Siruela, Barcelona , 2006.

STOCK, G., The merging of Human and Maquines into a Global Superorganism, New York, 1993.


Universidad de Pisa. Universidad de Los Ángeles
Traducción: Mercedes Arriaga Flórez
En Thémata. Revista de Filosofía nº 39, 2007
Fuente: www.ddooss.org