2 jul. 2008

Fernando Sorrentino - Entrevista de Nieves Soriano Nieto (mayo 2007)




Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires el 8 de noviembre de 1942. Es profesor de Literatura.
Sus cuentos se caracterizan por entrelazar de manera muy sutil, y casi subrepticia, la realidad con la fantasía, de manera que el lector no siempre logra determinar dónde termina la primera y empieza la segunda. Suele partir de situaciones muy “normales” y “cotidianas” que, paulatinamente, se van enrareciendo y convirtiéndose en insólitas o turbadoras, pero siempre recorridas por un arroyo sinuoso de sorprendente sentido del humor.

Algunos de sus libros de relatos son Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), Sanitarios centenarios (1979), En defensa propia (1982), El rigor de las desdichas (1994), Costumbres de los muertos (1996), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso (2005), Costumbres del alcaucil (2008) Entre sus obras para chicos pueden citarse Cuentos del Mentiroso, La recompensa del príncipe, La venganza del muerto, Aventuras del capitán Bancalari, Burladores burlados. También es autor de dos libros de entrevistas Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992).


P: ¿Cuándo comenzó a sentir que su tarea vital sería la de escribir? ¿Fue algo repentino, alguna anécdota, o un proceso histórico en la biografía?

Yo diría que fue la tercera opción, es decir algo que ocurrió por una especie de fatalidad “natural”: la consecuencia del acto de leer literatura. Desde luego que el proceso comenzó en mí a muy temprana edad, pero sólo desde mi faceta de lector. Apenas aprendí a leer me sentí irresistiblemente atraído por cualquier creación literaria —en la acepción más amplia del término— que cayera en mis manos; por supuesto, yo no tenía la menor aptitud para discernir las bondades o las deficiencias de tales textos, pero estoy bien seguro de que casi todos me encantaban. Y, claro está, en algún momento todo lector empieza a escribir y va convirtiéndose en escritor, sin abandonar jamás —es obvio— la otra cara de la moneda que le es imprescindible como alimento continuo: su actividad de lector.

P: En la entrevista que le realizó Stefano Zoja1 declaró que no escribe para la crítica, sino que escribe aquello que le gustaría a sí mismo leer. ¿Es una forma ética de mantenerse en el punto de resistencia ante un sistema de comercialización de las artes en beneficio de unos pocos?

Lo más probable es que no sea una actitud deliberada de mi parte, en el sentido de perseguir un fin, sino más bien la consecuencia de ciertos ribetes de mi personalidad, nada proclive a la obsecuencia. Acepto el hecho de que no estoy capacitado para admirar la ineptitud ni, mucho menos, el temor y la falta de ideas propias. Expresado de manera más directa: suelo confiar más en mi propia opinión que en la ajena.

P: ¿Se considera usted un escritor más del individuo o de la sociedad?

Jamás he pensado en esos términos. No veo ningún motivo para reflexionar sobre esas cuestiones, a las que considero, más bien, obstáculos o distracciones laterales. No sé cuál es “la finalidad” de la literatura; pero, en mi caso, sólo leo y escribo movido por el placer que me causa lo que leo o lo que escribo. En tal aspecto, soy un aficionado que procura, exclusivamente, alcanzar la máxima eficacia narrativa. Como puedes advertir, mis propósitos son bastante modestos, y no sabría cómo contestar esta pregunta.

P: El tono común de su escritura mezcla caminos del absurdo con ironía e imágenes que rozan lo onírico, si me permite diría surrealistas. Pero cada una de esas imágenes y situaciones se configura como algo que el lector identifica inmediatamente como propio, que pertenece a su día a día y a su vida...

Es que tengo buen cuidado de hacerlo de esa manera. Procuro que el relato discurra por los cauces más “normales” y “cotidianos” posibles, para que el lector acepte sin violencia la “realidad” ficticia que voy ofreciéndole. Si cumplo con este artilugio de manera válida, luego me será posible —con sutileza y disimulo— introducir los elementos insólitos.

Inexplicablemente uno se da cuenta de que siempre existe un hombre que tiene la costumbre de pegarle con un paraguas en la cabeza, o de que el plato y la vida se le han llenado de escorpiones. ¿Es algo que usted razona de antemano, o simplemente le surge de forma innata? Es decir, ¿es antes o después de escribir el relato cuando usted se percata de que existe ese hombre del paraguas o una vida llena de escorpiones?

No, Nieves, lo cierto es que no hago ningún razonamiento, ni previo ni posterior a la redacción del cuento. Voy escribiendo y dejo que un ente invisible e inasible, que podríamos llamar “la sensatez narrativa”, vaya guiando mi mano para indicarme qué elementos elijo y qué elementos desecho; indefectiblemente, uno elige una posibilidad y desecha millones. Ahí concluye mi labor.
Más tarde me ha ocurrido, y unas cuantas veces, que bastante gente me haya exhortado a revelar intenciones “ocultas” o “trascendentes” o “simbólicas”. En todas las ocasiones, he debido contestar, con cándida honestidad, que no he tenido otra intención que escribir un relato y que he tratado de que me salga lo mejor posible. Hace cuatro o cinco días le dije esto mismo a un entrevistador que me visitó en mi oficina de Buenos Aires; pues bien, esta excelente persona me miró con suspicacia, y hasta con severidad, y me respondió: “Lamento confesar que no te creo”. Sin embargo, así son las cosas. Y hasta escribí un breve trabajo para explicar estas verdades.2

P: ¿Cómo describiría su escritura? ¿Busca la belleza o más bien lo sublime?

De mi respuesta a la pregunta anterior se infiere la contestación a ésta. Yo diría que, en todo caso, busco la eficacia narrativa.

P: Otra de las características de sus relatos es la corta extensión de los mismos, incluso declara usted en la entrevista que le realizó Carla Pravisani3 que acortó su novela Sanitarios centenarios por cuestiones de contenido y forma. Aparte declaró en la misma entrevista que como escritor trata de retirar del escrito todos aquellos adjetivos y adverbios innecesarios que hacen que el relato sea menos legible. ¿Es esta una forma meditada de su tarea de escritor, o más bien siente que lo hace así porque se siente heredero del fragmento de la condición posmoderna del siglo XX, ya XXI?

No, no me siento heredero de nada, y ni siquiera sé cuáles son las características del posmodernismo. Escribo de esa manera conducido por mi gusto personal, porque me molesta el palabrerío innecesario y entonces procuro extirpar todo lo que sea sobrante y, por ende, perjudicial.

P: Es escritor de relatos a la vez que de literatura infantil. Son ámbitos aparentemente diversos. Sin embargo, en la narrativa de sus relatos se atisba que existe un gran parecido entre los dos géneros. ¿Cómo ve usted la relación en su escritura entre ambas?

Es que un mismo padre no puede tener hijos demasiado diferentes. En ambas modalidades siempre aplico una dosis bastante grande de juego, de espíritu lúdico, y también de humorismo. En la literatura para niños y jóvenes agrego, además, mi gusto por la narración de peripecias o de aventuras.

P: ¿Comenzó escribiendo relatos o literatura infantil?

La literatura para adultos es el centro de mi producción. A la otra llegué un poco por casualidad, o por pedido de algún editor desprevenido… Pero me gusta mucho más escribir aquélla que ésta.

P: ¿Cuándo surgió en usted la idea de combinar ambos géneros?

Suele suceder que, a veces, meras circunstancias externas lleven a una persona a hacer algo que no había previsto. Tal me ocurrió a mí cuando publiqué, en 1978, los Cuentos del Mentiroso, libro para niños que —casi treinta años más tarde— sigue reeditándose con muy buena salud.

P: También tiene publicados dos libros de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, publicado por vez primera en 1974, y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares, publicado por primera vez en 1992. Desde el interés periodístico, y también del personal, le pregunto ¿por qué decidió realizar estos dos libros de entrevistas con casi veinte años de diferencia en la publicación? ¿Pertenecen a dos épocas distintas de su vida, siendo la entrevista un género que le ha acompañado siempre, apareciendo de cuando en cuando en su tarea como escritor?

Lo cierto es que no tengo la menor vocación periodística. Concreté esos trabajos por amor a la literatura, no a la información.
Realicé las entrevistas a Borges cuando yo era muy joven (tendría veintisiete, veintiocho años), y lo hice, digamos, “enfermo de admiración” por el genial escritor. Yo era un perfecto desconocido en el ámbito literario y, como tantas veces lo he hecho, me dejé llevar, simplemente, por el principio que suele guiar la mayor parte de mis actos: el placer. En esta circunstancia, el placer de interrogar a ese hombre maravilloso, de tenerlo frente a mí, de oírlo hablar, de deslumbrarme con su inteligencia, con su ingenio, con su cultura…
En cambio, hacia 1989 —cuando entrevisté a Bioy—, yo ya era un tipo literariamente bastante conocido, tenía relación con él desde hacía muchos años y, en fin, había también menos distancia de edad entre ambos. Vi a Bioy como un hombre simpático, fino e inteligente, pero —si voy a decir la verdad— lo cierto es que me pareció un buen escritor, y nada más. Por otra parte, no hay demasiados textos de Bioy que me produzcan admiración… Creo, por ejemplo, que Marco Denevi es infinitamente superior a Adolfo Bioy Casares.

P: A su vez tiene publicados diversos artículos, gran parte de los cuales se refieren a Borges. ¿Considera que él fue su “maestro” en algunos sentidos de su escritura?

El que pretende escribir y lee a Borges, y no aprende nada de él, ha de ser un necio y un tonto. Como no me considero dentro de ninguna de estas categorías mentales, he tratado de aprender mucho de él. Por otra parte, las lecturas y las relecturas que hago de Borges constituyen para mí horas de inmenso placer estético.

P: ¿Qué principales influencias de la literatura, del arte, de la filosofía atisba también en su escritura?

No lo sé, no podría decirlo… Hay tantas cosas en el mundo que me atraen… Pero no sé cuáles me influyen y cuáles no. También, por otra parte, hay muchas cosas en el mundo que detesto y que no puedo soportar, y creo que también éstas influyen en mi escritura.

P: Se habló en la entrevista de Stefano Zoja de una literatura argentina, entre la que se citaron los nombres de Borges, Cortázar y de usted mismo. ¿Siente usted que existe una tónica común entre los tres que pueda dar para alguna forma de clasificación como una unidad en la différence de pensamiento y escritura?

Ni remotamente pretendo compararme con ambos maestros, pero sí puedo afirmar que “tocamos en orquestas parecidas”. Quiero decir: sin duda, lo que yo escribo tiene más afinidad con Borges y con Cortázar que, por ejemplo, con Roberto Arlt u Horacio Quiroga (a quienes, según parece, es obligatorio endiosar). Otro narrador argentino cuyas historias me han brindado enorme deleite (y que la temerosa y sumisa “crítica oficial” argentina trata de menoscabar) es el que nombré hace un instante: Marco Denevi. Muchas veces, al terminar de leer un trabajo suyo, me he dicho: “¡Cómo me habría encantado poder escribir este relato!”.

P: ¿Ilustrado, romántico, ambos o ninguno?

Dejo la taxonomía librada a tu criterio. Aunque puedo ayudarte diciendo que me agrada mucho más el orden que el caos.

P: ¿Amante de los finales abiertos como una posibilidad del retorno?

No puedo negar que, con alguna frecuencia, me gusta que sea el lector quien termine de redactar ciertos cuentos míos.


Notas de pie de página

1. Dicha entrevista puede leerse en:
http://www.terranauta.it/recensione_det.php?id=3066

2. Se titula “El narrador escribe un cuento; el lector suele leer otro”, y puede encontrarse en:
http://www.letralia.com/140/articulo03.htm

3. Puede leerse en:
http://www.elaleph.com/boletin.cfm?edicion=200105&seccion=6

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