6 jul. 2008

Bretrand Russel – La pesadilla de un metafísico

 

Retro me Satanás

Mi pobre amigo Andrei Bumblowski, antiguo profesor de filosofía en una universidad de la Europa central, ahora desaparecida, me parecía estar aquejado de un cierto tipo de inocua locura. Yo mismo soy una persona de robusto sentido común. Mantengo que el intelecto no debe considerarse como guía de la vida, sino sólo como medio de aportar agradables juegos dialécticos y modos de mortificar a antagonistas menos ágiles. Bumblowski, sin embargo, no participaba de este punto de vista. Dejaba que su intelecto le condujera donde fuere, y los resultados eran singulares. Rara vez argüía, e incluso para sus amigos el fondo de sus opiniones permanecía oscuro. Lo que se sabía es que él evitaba consecuentemente la palabra «no», y todos sus sinónimos. No solía decir: «Este huevo no está fresco», sino: «Cambios químicos han acaecido en este huevo desde que fue puesto.» Él no diría: «No puedo encontrar ese libro», sino: «Los libros que he encontrado son diferentes de aquel libro.» Tampoco diría: «No matarás», sino: «Amarás la vida.» Su vida no era práctica, pero era inocente, y yo sentía considerable afecto por el. Indudablemente fue este afecto el que, al fin, pudo más que su retraimiento y le indujo a hacerme el relato de esta notabilísima experiencia, que transcribo con sus propias palabras:

En una ocasión tuve una fiebre maligna de la que estuve a punto de morir. En medio de mi fiebre sufrí un largo y persistente delirio. Soñé que estaba en el infierno, y que el infierno es un lugar repleto de esos acontecimientos que son improbables, pero no imposibles. Los efectos de esto son curiosos. Algunos de los condenados, cuando llegan abajo por primera vez, imaginan poder engañar al tedio de la eternidad por medio de juegos de cartas, mas luego descubren la imposibilidad porque, siempre que las cartas son barajadas, salen en perfecto orden, empezando con el as de espadas y terminando con el rey de corazones. Hay un departamento especial del infierno para los estudiantes de probabilidades. En este departamento hay muchas máquinas de escribir y muchos monos. Cada vez que un mono se encarama sobre una máquina de escribir graba, como por azar, uno de los sonetos de Shakespeare. Hay otro lugar de tormento para los estudiantes de física. Aquí hay calderas y fuego, pero, cuando las calderas son puestas en el fuego, el agua que contienen se hiela. También existen habitaciones herméticas, pero la experiencia ha enseñado a los estudiantes de física a no abrir nunca una ventana, porque si lo hacen el aire se precipita al exterior y deja el vacío en la habitación. Hay otro sector para golosos. A estos individuos se les provee de las más exquisitas viandas y de los más expertos cocineros, pero cuando les es servido un solomillo y toman confiadamente un bocado le encuentran el sabor de un huevo podrido, mientras que cuando intentan comer un huevo, éste les sabe a patata echada a perder.

Hay una cámara, especialmente penosa, destinada a los filósofos que han refutado a Hume. Estos filósofos, si bien son huéspedes del infierno, no han aprendido la sabiduría. Continúan gobernados por su propensión animal hacia la inducción, mas cada vez que han hecho una inducción, la próxima se encarga de falsificarla. Sin embargo, esto no ocurre sino durante los cien primeros años de su condenación, porque después aprenden a esperar que una inducción será falseada, y por esta razón no resulta falsa hasta que otro siglo de tormento lógico ha alterado su espera. Lo imprevisto continúa a través de toda la eternidad, pero cada vez a un más alto nivel lógico.

Después existe el infierno de los oradores, acostumbrados mientras vivieron a conmover grandes multitudes por su elocuencia. La elocuencia de estos oradores conserva todo su poder, y las multitudes no les faltan, pero extraños vientos dispersan los sonidos, de manera que los percibidos por las multitudes, en vez de ser los emitidos por los oradores, se truecan en tristes y pesadas vulgaridades.

En el centro mismo del reino infernal está Satán, a cuya presencia solamente los más distinguidos de entre los condenados son admitidos. Las improbabilidades crecen a medida que Satán es abordado. Pues Él Mismo es la más completa improbabilidad imaginable. Es pura Nada, total no-existencia, y, sin embargo, cambio permanente.

Yo, a causa de mi relieve filosófico, obtuve pronto audiencia del Príncipe de las Tinieblas. Yo había leído de Satán cosas en que se le presentaba como der Geist der stets verneint, el Espíritu de la Negación. Pero al ser introducido ante la Presencia comprobé con sorpresa que Satán tenía a la vez un cuerpo y una mente negativos. De hecho, el cuerpo de Satán es un puro y completo vacío, desprovisto no sólo de partículas de materia, sino también de partículas de luz. Su prolongada vacuidad está asegurada por una gradación de improbabilidades: siempre que una partícula se aproxima a su más extensa superficie, acaece como por azar una colisión con otra partícula que la frena, evitando su penetración en la región vacía. Esta región, debido a que ninguna luz la penetra jamás, es totalmente negra, no más o menos negra como las cosas a que adjudicamos este color, sino entera, completa e infinitamente negra. Tiene una forma, la que acostumbramos conferir a Satán: cuernos, pezuñas, y rabo y todo. El resto del infierno se halla lleno de llamas sombrías, y apoyado en este fondo destaca Satán con aterradora majestad. No está inmóvil. Por el contrario, la vacuidad de que está constituido se halla en perpetuo movimiento. En ocasión en que algo le importa, agita el horror de su rugosa cola, como un gato enfurecido. A veces inicia salidas para conquistar nuevos reinos. Antes de marchar se viste a sí mismo de blanca y brillante armadura, que oculta totalmente la vacuidad interior. Solamente sus ojos permanecen abiertos, y de éstos salen proyectados al espacio penetrantes rayos de nada, buscando lo que deben conquistar. Dondequiera encuentran negación o prohibición, doquiera hallan culto a la pasividad, los rayos penetran hasta la más íntima sustancia de quienes están preparados para recibir al Conquistador. Toda negación emana de Él y vuelve con cosecha de capturadas frustraciones. Estas se convierten en parte de Él y acrecen su volumen hasta que amenaza ocupar todo el espacio. Todos los moralistas cuya moral está compuesta de «no hagáis», todos los timoratos de «si yo me atreviese a no esperar sobre lo que es mi deseo», todos los tiranos que obligan a sus súbditos a vivir en el temor, se convierten con el tiempo en una parte de Satán.

Satán está rodeado de un coro de filósofos sicofantes que han sustituido el panteísmo por el pandiabolismo. Esos hombres mantienen que la existencia es sólo aparente; la no-existencia es la única realidad verdadera. Esperan con el tiempo hacer aparecer la no-existencia de la apariencia, y en ese momento, lo que ahora consideramos como existencia será considerado, en realidad, meramente como una porción exterior de la esencia diabólica. Aunque estos metafísicos demostraban gran sutileza, discrepé de ellos. Mientras estuve en la Tierra se había afianzado en mí el hábito de resistir a toda autoridad tiránica, y este hábito lo conservé en el infierno. Empecé a argüir contra los filósofos sicofantes:

—Lo que ustedes dicen es absurdo —exclamé—. Ustedes proclaman que la no-existencia es la única realidad. Ustedes pretenden que exista este negro hoyo que adoran. Tratan de persuadirme de que la no-existencia existe, pero aquí hay una contradicción, y por muy ardientes que se hagan las llamas del infierno, jamás degradaré mi existencia lógica hasta el extremo de aceptar una contradicción.

Al llegar aquí, el presidente de los sicofantes se hizo fuerte en el siguiente argumento:

—Usted se precipita, amigo mío. ¿Niega usted que la no-existencia existe? Si el no-existente es nada, cualquier afirmación acerca del mismo ha de carecer de sentido. Y eso ocurre a su afirmación de que no existe. Temo que haya usted prestado demasiada poca atención al análisis lógico de las oraciones, que debió serle enseñado en la niñez. ¿No sabe usted que cada oración tiene un sujeto, y que si el sujeto fuera nada, la frase carecería de sentido? De manera que cuando usted proclama con virtuoso ardor que Satán, que es el no-existente, no existe, se está usted contradiciendo abiertamente.

Yo repliqué:

—Usted, sin duda, lleva aquí cierto tiempo y continúa abrazando doctrinas anticuadas. Usted charla acerca de frases con sujeto, pero toda esta suerte de cháchara está pasada de moda. Cuando digo que Satán, que es el no-existente, no existe, no menciono a Satán ni al no-existente, sino solamente las palabras «Satán» y «no-existente». Sus falacias me han revelado una gran verdad. La verdad es que la palabra «no» es superflua. De aquí en adelante no volveré a usar la palabra «no».

Ante esta afirmación, todos los metafísicos reunidos rompieron a reír ruidosamente.

—Escuchad cómo el hombre se contradice a sí mismo —dijeron cuando el paroxismo del júbilo se calmó—. Reparad en su gran precepto, que consiste en evitar la negación. ¡Verdaderamente, él no usará la palabra «no»!

Aunque estaba irritado, conseguí dominarme. Tenía yo un diccionario en el bolsillo. Lo expurgué de toda palabra de expresión negadora y dije:

—Mi discurso estará totalmente compuesto por las palabras que quedan en este diccionario. Con ayuda de estas palabras que subsisten conseguiré describir cualquier cosa del universo. Mis descripciones serán de cosas diferentes a Satán. Satán ha reinado demasiado tiempo en este reino infernal. Su refulgente armadura era real e inspiraba terror, pero bajo la armadura no había sino un hábito lingüístico viciado. Eliminad la palabra «no», y su imperio ha terminado.

Satán, mientras la argumentación se desarrollaba, hizo restallar su cola con furia cada vez creciente, y salvajes rayos de oscuridad brotaron de sus ojos cavernosos, pero al fin, cuando le denuncié como una mala costumbre lingüística, hubo una enorme explosión, el aire se agitó en todas direcciones y la horrible forma se desvaneció. El aire sombrío del Infierno, que lo era debido a la concentración de los rayos de la nada, se aclaró como por ensalmo. Lo que daba la impresión de ser monos ante máquinas de escribir apareció súbitamente como críticos literarios. Las calderas empezaron a hervir, las cartas se mezclaron, una fresca brisa penetró por las ventanas y los solomillos volvieron a tener el sabor de solomillos. Me desperté con una sensación exquisita de liberación. Constaté que en mi sueño había habido sabiduría, aunque estuviese envuelto en la apariencia del delirio. A partir de este momento la fiebre decreció, pero el delirio —como puede usted pensar— ha continuado.

En Pesadillas de hombres eminentes