17 jul. 2008

Bertrand Russell - La pesadilla de la Reina de Saba




No pongáis vuestra confianza en los príncipes



La reina de Saba, volviendo de una visita al rey Salomón, cabalgaba a través del desierto en un blanco jumento, acompañada por su gran visir, que montaba un asno de color más ordinario. Mientras avanzaban dejaba ella fluir sus recuerdos acerca de la riqueza y sabiduría de Salomón.

—Yo siempre he considerado —dijo la reina— que me conduzco magníficamente en lo que a real esplendor se refiere, y de antemano esperaba mantener mi preeminencia; pero cuando he visto sus dominios, el alma se me ha caído a los pies. Y, sin embargo, los tesoros de sus palacios no significan nada ante los tesoros de su mente. ¡Ah, mi querido visir, qué sabiduría, qué conocimiento de la vida, qué sagacidad despliega su palabra! Si tuvierais en todo vuestro cuerpo tanta sagacidad política como posee ese rey en su dedo meñique, no tendríamos dificultad alguna en mi reino. Pero no sólo en riqueza y sabiduría es incomparable. Es también un poeta supremo (aunque soy quizá la única privilegiada que conoce esto). Al separarnos me regaló un volumen enjoyado, escrito con su propia e inimitable escritura, en el que, en lenguaje de exquisita belleza, manifiesta la dicha que ha experimentado en mi compañía. Hay pasajes que exaltan algunos de mis más íntimos encantos, que no podría enseñarte sin enrojecer, pero hay fragmentos que debiera quizá leerte para entretener nuestras noches de viaje a través del desierto. En este exquisito volumen están no sólo sus propias palabras, tales que cualquier mujer desearía oírlas de labios amorosos, sino que, además, por una imaginaria y quintaesenciada simpatía, me ha atribuido palabras poéticas que me habría hecho feliz haber proferido realmente. Estoy persuadida de que nunca volveré a hallar una unión tan perfecta, una armonía tan total, ni una penetración igual en los escondrijos del espíritu. Mis deberes públicos, ¡ay!, me obligan a volver a mi reino, pero llevaré conmigo hasta el día de mi muerte la certeza de que existe en la Tierra un hombre digno de mi amor.

—Majestad —replicó el visir—, no entra en mi ánimo inocular la duda en vuestro real pecho, pero para todos aquellos que os sirven es increíble que, entre los hombres, pueda existir vuestro igual.
En este momento, emergiendo de las incipientes sombras, apareció a pie una figura de aspecto cansado.
—¿Quién puede ser éste? —dijo la reina.
—Algún mendigo, majestad —dijo el gran visir—. Os aconsejo encarecidamente que le evitéis.
Pero una cierta dignidad en el aspecto del desconocido que se aproximaba le pareció a la reina indicar algo más que simple condición de mendigo, y, pese a las protestas del gran visir, encaminó su jumento hacia el hombre.
—¿Quién sois? —dijo la reina.
La respuesta del desconocido esfumó inmediatamente los recelos del gran visir, pues aquél habló en el más pulido idioma de la corte de Saba:
—Majestad —dijo—, me llamo Belcebú, pero probablemente este nombre os resultará desconocido, pues rara vez me alejo del territorio de Canaán. Quién sois vos, lo sé. Y no sólo quién sois vos, sino de dónde venís, y los pensamientos que inspiran, a la puesta del sol, vuestras meditaciones. Sé que venís de visitar a ese sabio rey que es, desde hace largos años, íntimo amigo mío, aunque mi humilde apariencia parezca desmentir mis palabras. Estoy convencido de que os ha contado, en lo que le concierne, lo que él desea que conozcáis. Pero —aunque la hipótesis parezca temeraria— si deseáis saber de él algo más de lo que él mismo ha tenido a bien deciros, no tenéis más que preguntarme, pues no tiene secretos para mí.
—Me admiráis —dijo la reina—, pero veo que vuestra conversación será demasiado larga para ser mantenida convenientemente si vais a pie mientras yo cabalgo. Mi gran visir desmontará y os dará su jumento.
El gran visir obedeció de mal humor.
—Supongo —dijo la reina— que vuestras conversaciones con Salomón se referirán ante todo a los asuntos de gobierno y a cuestiones de profunda sabiduría. Yo, como reina no reputada de falta de sabiduría, conversé también con él sobre esos temas; pero una parte de nuestras charlas (de ello me ufano, al menos) reveló un aspecto de él menos conocido para vos que para mí, según imagino. Y algo de este desconocido aspecto lo expresa en un libro que me regaló en el momento de separarnos. Este libro contiene muchas bellezas; por ejemplo, una admirable descripción de la primavera.
—¡Ah! —dijo Belcebú—. ¿Y alude en esa descripción al canto de la tórtola?
—Sí, en efecto —dijo la reina—; pero ¿cómo lo adivinasteis?
—¡Oh!, es sencillo —replicó Belcebú—. Se siente orgulloso de haber observado la charla de la tórtola en la primavera y se complace en ponerlo de relieve siempre que puede.
—Algunos de sus cumplidos me agradaron especialmente —prosiguió la reina—. Había yo practicado el hebreo durante mi viaje a Jerusalén, pero no estaba segura de dominarlo debidamente. Por ello me sentí encantada cuando él dijo: «Habláis donosamente.»
—Muy amable por su parte —dijo Belcebú—, pero ¿acaso manifestó a la vez que las sienes de vuestra majestad se parecen a una porción de granada?
—Bueno —dijo la reina—, ¡esto va pareciendo raro! Lo dijo, en efecto, y me pareció más bien una singular observación. Pero ¿cómo pudisteis llegar a adivinarlo?
—¡Oh! —replicó Belcebú—. Ya sabéis que todos los grandes hombres tienen desviaciones mentales, y una de las de él es su peculiar interés por las granadas.
—Cierto es —dijo la reina— que algunas de sus comparaciones son un tanto extrañas. Por ejemplo, dijo que mis ojos son como los estanques de pesca de Hesebón.
—Le he visto hacer comparaciones aún más extrañas —dijo Belcebú—. ¿Comparó alguna vez la nariz de vuestra majestad con la torre del Líbano?
—¡Oh Dios! —dijo la reina—. ¡Esto es demasiado! El hizo esa comparación, efectivamente. Pero vos me persuadís de que debéis tener una fuente de conocimientos mucho más íntima de lo que yo había imaginado.
—Majestad —replicó Belcebú—, temo que lo que he de decir pueda causaros algún dolor, pero el hecho es que algunas de sus mujeres fueron amigas mías, y a través de ellas he llegado a conocerle bien.
—Sí, pero ¿y en lo que se refiere a este poema de amor?
—Veréis... Cuando era joven y su padre vivía aún, tenía que tomarse más molestias. Por aquellos días amó a la virtuosa hija de un granjero, y sólo consiguió vencer sus escrúpulos por medio de su talento poético. Posteriormente llegó a considerar una lástima que ese don se malgastase, y dio una copia a cada una de las mujeres que se iban sucediendo. Ya veis: era esencialmente un coleccionista, como debéis haber comprobado cuando visitasteis su casa. Con su dilatada práctica hacía creer a cada mujer de turno que era la preferida en sus afectos. Y vos, querida señora, sois su último y más señalado triunfo.
—¡Oh el malvado! —dijo la reina—. Jamás volveré a ser engañada de nuevo por la perfidia del hombre. Jamás dejaré que el halago me ciegue nuevamente. ¡Y pensar que yo, considerada en mis dominios como la más prudente de las mujeres, debería permitirme semejante extravío!
—Oh, no, querida señora —dijo Belcebú—. No os dejéis abatir, pues Salomón es no sólo el hombre más sabio de sus dominios, sino el más sabio de todos los hombres, y continuará siéndolo a través de innumerables siglos. Haber sido engañada por él, apenas puede considerarse motivo de vergüenza.
—Quizá tenéis razón —dijo ella—. Pero curar la herida de mi orgullo exigirá tiempo.
—¡Oh dulce reina! —replicó Belcebú—. ¡Qué feliz me sentiría si pudiese yo acelerar la labor curativa del tiempo! Lejos de mí el deseo de imitar los artificios de ese pérfido monarca. De mí fluirán solamente palabras simples dictadas por sentimientos espontáneos del corazón. A vos, la sin par, la incomparable, la sin rival «joya del Sur», os daría —si me lo permitís— cualquier bálsamo correspondiente a una verdadera estimación de vuestro valor.
—Vuestras palabras son sedantes —replicó la reina—. Mas ¿cómo podéis rivalizar con su esplendor? ¿Tenéis un palacio comparable al suyo? ¿O una provisión semejante de piedras preciosas? ¿O vestiduras parecidas, de las que trasciende aroma de mirra y resina perfumada? Y, más importante aún que todo eso, ¿tenéis una sabiduría igual a la suya?
—Amable Saba —replicó él—. Puedo satisfaceros en todos los aspectos. Poseo un palacio mucho más grande que el de Salomón. Tengo una provisión mucho mayor de piedras preciosas. Mis vestiduras de gobierno son tan numerosas como las estrellas del cielo. Y en cuanto a sabiduría, no es rival para mí. Salomón se sorprende de que los ríos afluyan al mar y éste, no obstante, no se colme. Yo sé por qué acontece esto, y lo expondré para vuestra majestad en alguna larga noche de invierno. Pero para volver a un lapsus más grave, fue después de veros cuando dijo: «No hay nada nuevo bajo el sol.» ¿Podéis dudar de que en un pensamiento os estaba comparando desfavorablemente con la hija del granjero de su juventud? ¿Y puede ser tenido por sabio un hombre que, habiéndoos contemplado, no percibe de inmediato una nueva maravilla de belleza y majestad? ¡No! En competición de sabiduría, no tengo nada que temer de su parte.
Con una sonrisa integrada a medias por la resignación del pasado, y una naciente esperanza de un futuro más feliz, la reina volvió los ojos hacia Belcebú y dijo:
—Vuestras palabras son seductoras. He hecho un largo viaje desde mi reino hasta el de Salomón, y pienso haber visto todo lo notable de esta Tierra. Pero si decís verdad, vuestro reino, vuestro palacio y vuestra sabiduría sobrepasan los de Salomón. ¿Puedo ampliar mi viaje con una visita a vuestros dominios?
Él le devolvió la sonrisa con otra en la cual la presencia del amor llegaba apenas a ocultar la realidad del triunfo:
—Me resulta imposible imaginar mayor placer que el que me proporcionaríais permitiéndome colocar mis pobres riquezas a vuestros pies. Vayamos, mientras la noche es aún joven, aunque el camino es oscuro y difícil y está infestado de peligrosos ladrones. Para estar segura, debéis confiar completamente en mi dirección.
—Lo haré —dijo la reina—. Me habéis dado una nueva esperanza.
En ese momento llegaron ante una inmensa caverna, en la falda de la montaña. Llevando en alto una llameante antorcha, Belcebú los condujo a través de largos túneles y tortuosos pasajes. Finalmente, llegaron a un vasto vestíbulo alumbrado por innumerables lámparas. Las paredes y el techo resplandecían con piedras preciosas cuyos centelleantes planos reverberaban la luz de las lámparas. En solemne ubicación, trescientos tronos de plata se hallaban alineados junto a las paredes.
—Esto es verdaderamente espléndido —dijo la reina.
—¡Oh! —dijo Belcebú—. Ésta es tan sólo mi segunda sala de audiencias. Ahora veréis la cámara de la Presencia.
Abriendo una hasta entonces invisible puerta, la condujo a otro vestíbulo, más de dos veces el primero en cuanto a amplitud, más de dos veces más brillantemente iluminado, doblemente, o más, rico en ornamentación. A lo largo de tres paredes de este vestíbulo se hallaban dispuestos setecientos tronos de oro. Ante la cuarta pared había dos tronos hechos totalmente de piedras preciosas, diamantes, zafiros, rubíes, enormes perlas, unidos en un conjunto por medio de algún extraño artificio que la reina no pudo descifrar.
—Éste —dijo él— es mi gran vestíbulo. En cuanto a los dos tronos enjoyados, uno es mío, el otro será vuestro.
—Pero —observó ella—, ¿quién ocupa los setecientos tronos de oro?
—Mirad —dijo él—. Esto lo sabréis a su debido tiempo.
Mientras hablaba, una majestuosa figura, casi tan espléndida como la reina de Saba, entró silenciosamente y ocupó el primero de los tronos áureos. Asombrada, la reina de Saba reconoció a la primera consorte de Salomón.
—No hubiese esperado hallarla aquí —dijo temblando ligeramente.
—Pues bien —dijo Belcebú—: ya veis que tengo poderes mágicos. Mientras os cortejaba a vos, he estado diciendo también a esta dama que Salomón no es realmente lo que parece. Ha escuchado mis palabras, igual que vos, y ha venido.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando otra dama, que la reina de Saba reconoció igualmente de cuando su visita al harén de Salomón, entró y ocupó el segundo trono de oro. Después llegó una tercera, una cuarta, una quinta, hasta que pareció que la procesión no terminaría nunca. Al fin, los setecientos tronos de oro quedaron ocupados.
—Debéis de estar interrogándoos —hizo notar Belcebú en tono almibarado— acerca de los trescientos tronos de plata. Todos ellos están ocupados, por ahora, por las trescientas concubinas de Salomón. El millar que forman las de este vestíbulo y las del otro han oído palabras mías semejantes a las que vos habéis oído; todas han quedado convencidas por mí, y todas están aquí.
—¡Pérfido monstruo! —exclamó la reina—. ¿Cómo puedo haber sido tan necia como para dejarme engañar por segunda vez? En lo sucesivo reinaré sola, y ningún hombre volverá a tener la oportunidad de engañarme. ¡Adiós, infame demonio! Si alguna vez os aventuráis en mis dominios, sufriréis la suerte que vuestra villanía ha merecido.
—No, mi buena señora —replicó Belcebú—, temo que no comprendéis correctamente la situación. Yo os indiqué el camino hasta aquí, pero sólo yo puedo hallar la salida hacia el exterior. Esta es la morada de la muerte y estáis aquí para toda la eternidad, si bien no por una eternidad a mi lado, en el trono de diamantes. Éste lo ocuparéis solamente hasta que seáis reemplazada por una reina aún más divina: la última reina de Egipto.
Estas palabras produjeron en ella tal tumulto de rabia y desesperación, que despertó.
—Temo —dijo el gran visir— que vuestra majestad haya tenido agitados sueños.




En Pesadillas de personas inminentes y otras historias
Traducción: Juan Gómez Casas
Barcelona, 1989