4 jun. 2008

Martin Gardner – La deficiente teoría freudiana de los sueños

 

 

He tenido una visión muy extraña. He tenido un sueño que sobrepasa el ingenio humano para decir qué era el sueño: sería un asno el hombre que fuera por ahí explicando este sueño.

NICK BOTTOM, tejedor, en El sueño de una noche de verano, de SHAKESPEARE, acto 4°, escena primera.

 

Durante varias décadas, la reputación de Sigmund Freud como científico ha ido menguando progresivamente. Tanto que en 1993 la revista Time publicó su retrato en portada, con la cabeza desmenuzándose y la pregunta «¿Ha muerto Freud?». La respuesta de Paúl Gray en su artículo era «Sí». En la actualidad, los psiquiatras, filósofos y críticos consideran al «chiflado de Viena» (como le llamaba el escritor Vladimir Nabokov) como un hombre de gran talento literario, pero básicamente un seudocientífico sin la menor idea de cómo confirmar sus conjeturas.

En ninguna otra parte se hace tan evidente el cambio de paradigma como en lo referente a la teoría de los sueños de Freud. El propio Freud la consideraba su mayor logro. En el prefacio a la tercera edición de La interpretación de los sueños, escribió:

«Constituye, incluso según mi apreciación actual, el más valioso de los descubrimientos que he tenido la suerte de hacer. Una inspiración de este tipo sólo le viene a uno una vez en la vida.» En una de sus conferencias, Preud dijo que su teoría de los sueños era «el camino real hacia el conocimiento del subconsciente; es la base secreta del psicoanálisis». Poco después de publicarse su libro sobre los sueños, escribió a su amigo Wilheim Fliess, un chapucero otorrinolaringólogo y numerólogo de Berlín, diciéndole que tal vez algún día se colocara una placa de mármol en su casa (la de Freud), conmemorando el lugar donde hizo su monumental descubrimiento sobre los sueños. (Ver The Complete Letters of Sigmund Freud to Wilheim Fliess, 1887-1904, Harvard University Press, 1985.)

Los intentos de descifrar los sueños vienen de mucho antes.

Para los antiguos, como para los parapsicólogos actuales, los sueños se podían interpretar con frecuencia como precogniciones de acontecimientos futuros, o como visiones clarividentes de sucesos actuales pero lejanos. Michel Montaigne, ensayista, humanista y escéptico, escribió en uno de sus ensayos: «Creo que es cierto que los sueños son los verdaderos intérpretes de nuestras inclinaciones; pero se requiere arte para clasificarlos y comprenderlos.» Antes de 1900, la opinión predominante entre los psicólogos era que los sueños son, en su mayor parte, imágenes formadas al azar y tan carentes de sentido como los sueños de Alicia sobre el País de las Maravillas. Según las palabras de Freud, se pensaba que eran comparables a los sonidos producidos por «unos dedos inexpertos vagando sobre las teclas de un piano».

Sin embargo, Freud también creía que por debajo de lo que él llamaba el «contenido manifiesto» de un sueño —sus imágenes aparentemente absurdas e inconexas— había un «contenido latente», que era una manifestación hábilmente disfrazada de nuestros deseos inconscientes. «Negamos rotundamente — escribió Freud en su Introducción general al psicoanálisis— que todo el contenido del sueño sea cuestión de azar o de indiferencia.» Dado que muchos de esos inconscientes son escandalosos para la mente consciente, nuestro cerebro contiene algo que Freud llamaba «el censor». Para evitar que nos despertemos horrorizados o asqueados por la revelación explícita de un deseo inconsciente, este «severo homúnculo» distorsiona el sueño, transformando nuestros deseos secretos en símbolos inofensivos que no perturban nuestro sueño. De vez en cuando, cuando el censor no hace bien su trabajo, el resultado puede ser un sueño angustioso o una pesadilla tan perturbadora que nos hace despertar.

Desde luego, Freud no podía negar que los símbolos oníricos reflejan acontecimientos que hemos experimentado recientemente, o incluso condiciones que se dan mientras dormimos, como el calor o el frío excesivos, un ruido fuerte, olores penetrantes, un dolor de estómago, dolores artríticos, etc. Si tenemos la vejiga demasiado llena, podemos soñar que orinamos: éste es el truco del censor para mantenemos dormidos. Si tenemos hambre, podemos soñar que comemos; y si tenemos sed, que bebemos. En estos casos, el contenido manifiesto y el contenido latente del sueño son el mismo.

La tarea del psicoanalista, ayudado por pruebas de asociación libre y diálogos con el paciente, consiste en descubrir los contenidos latentes de los sueños del paciente, lo cual es indispensable para determinar cuáles fueron las causas que generaron en la infancia sus neurosis.

La mejor introducción al simbolismo onírico de Freud es el capítulo 10 de su Introducción general al psicoanálisis. Hay que leerlo para poder apreciarlo.

Se consideran símbolos sexuales masculinos todas las cosas que se asemejen a un pene: palos, paraguas, postes, árboles, cuchillos, puñales, lanzas, sables, cañones, pistolas, setas, llaves, lápices, plumas, martillos, destornilladores. Freud no menciona los plátanos, las salchichas ni los cigarros puros, pero su simbolismo fálico es obvio. (Se dice que en cierta ocasión Freud declaró que en algunos sueños un cigarro puede ser simplemente un cigarro.) También son símbolos masculinos los peces y los reptiles, sobre todo las serpientes. Y también los cisnes, con su largo cuello. Las corbatas que «cuelgan» y las plumas «enhiestas» son otros símbolos fálicos. En La interpretación de los sueños, Preud habla de un paciente que soñó con un sombrero con una pluma caída. Simbolizaba la impotencia del soñador.

Los sombreros y los abrigos pueden ser símbolos masculinos o femeninos. Esto puede resultar «difícil de adivinar», escribe Freud, «pero su simbolismo es totalmente indiscutible». Los sombreros son símbolos masculinos porque la cabeza se enfunda en ellos, y los abrigos porque los brazos se meten por las mangas.

Pero los sombreros y las mangas también sirven como símbolos femeninos.

Los objetos de los que sale agua representan la eyaculación masculina: grifos, regaderas, manantiales, fuentes. Todo lo que vuela por el aire es símbolo de erección: globos, aviones, dirigibles. Los frecuentes sueños de volar como Peter Pan son sueños de erección. Esto, nos dice Freud, se ha demostrado «más allá de toda duda». Pero entonces ¿cómo es que también las mujeres sueñan que vuelan? Freud nos da dos razones: tienen «envidia del pene» —el deseo de ser un hombre, «sea consciente o no»— y además, el clítoris de la mujer también se pone erecto cuando se estimula sexualmente.

Los símbolos femeninos son huecos o envolventes: pozos, cavernas, tarros, botellas, cajas, cofres, armarios, zapatos (¡incluyendo las herraduras!), zapatillas, cajones, bolsillos, joyeros, barcos, estufas, casas, habitaciones, iglesias, puertas, portales, chimeneas, ojos de cerradura...

Otros símbolos femeninos, algo más misteriosos, son la madera, el papel, las mesas, los libros y las flores. Si un hombre sueña que coge flores para una mujer, esto simboliza su deseo de desflorarla. Estos juegos de palabras a veces desempeñan funciones simbólicas en los sueños. Una mujer sueña con violetas. En La interpretación de los sueños, Freud relaciona esto con la palabra violación. Los claveles (camations en inglés) están relacionados con lo «camal». Los lirios de los valles son símbolos doblemente femeninos, porque combinan la flor con el «valle».

Los caracoles y mejillones, nos dice Freud, son «símbolos femeninos inconfundibles». También lo son los melocotones, las manzanas, los melones y toda clase de fruta que se parezca a un pecho de mujer. El vello púbico femenino está representado en los sueños por bosques y matorrales. Cuando las mujeres sueñan con paisajes, dice Freud, el paisaje está repleto de símbolos sexuales: rocas y árboles masculinos, bosques femeninos y agua para los dos sexos.

Los edificios pueden ser símbolos masculinos o femeninos. Si las paredes exteriores son lisas, el edificio representa a un hombre, con su pecho plano. «Cuando hay protuberancias, como comisas y balcones a los que uno se puede agarrar —escribe Freud—, el edificio representa a una mujer con pechos salientes.».

Tanto Freud como Cari Jung estaban fascinados por el simbolismo de los números, sobre todo Jung, que llevó la numerología a alturas ridiculas. Por dar sólo un ejemplo, el número 3 representa para Freud los genitales masculinos, porque la figura del 3 combina un pene con dos testículos. En los sueños, esto se suele disfrazar como un trébol de tres hojas o como la flor de lis francesa.

El deseo de masturbarse se representa en los sueños tocando cualquier instrumento, en especial el piano. (Freud se lo habría pasado en grande con el famoso poema de Adelaide Proctor «El acorde perdido»). Los sueños en los que se arrancan ramas o .se extraen dientes simbolizan la castración como castigo por la masturbación.

¿Y qué hay del acto sexual? Según Freud, los sueños lo disfrazan como bailar, trepar o experimentar cualquier tipo de violencia, como ser atropellado. Subir escaleras o escalar montañas son actos que Freud considera «símbolos indudables del acto sexual».

Hace notar el aspecto rítmico de la escalada y su creciente excitación, que le deja a uno sin aliento.

En el conjunto de sus libros, Freud ofrece cientos de ejemplos de análisis de los sueños, a menudo de sus propios sueños, aunque casi nunca revela que el soñador es él. En la época en que inventó su teoría de los sueños, Freud era un consumidor habitual de cocaína. La droga suprime los sueños durante algún tiempo, pero siempre hay un rebote en el que los sueños se hacen más frecuentes y extraordinariamente vivos. Freud tomó meticulosas notas de estos sueños e hizo todo lo que pudo por interpretarlos.

He aquí un típico ejemplo de cómo interpreta Freud el sueño de un paciente. En el capítulo 12 de su Introducción general al psicoanálisis, una mujer sueña que le sangra la cabeza después de haberse dado un golpe contra una lámpara. La lámpara es un símbolo del pene. La cabeza representa la parte inferior del cuerpo, porque cuando la paciente era niña su madre le dijo que si no se portaba bien se quedaría tan calva como su culo. «El auténtico tema del sueño es una hemorragia en la parte inferior del cuerpo, provocada por el contacto con el pene.».

Otro sueño del mismo capítulo: una mujer sueña que ve un agujero en el suelo, donde se ha arrancado un árbol. Freud no tiene «ninguna duda» de que este sueño expresa su creencia infantil en que una vez tuvo pene, pero se lo extirparon.

Freud teorizó que muchos sueños son lo que él llamaba «sueños antídeseo». Hay sueños desagradables que expresan temores en lugar de deseos. Por ejemplo, un abogado sueña que pierde un caso que quiere ganar, o una mujer sueña que es incapaz de dar un banquete que quiere dar. En La interpretación de los sueños, Freud recuerda a «la más lista» de sus soñadoras. Esta mujer quería librarse de ir de vacaciones con su suegra, a pesar de lo cual soñaba precisamente con dichas vacaciones.

Uno pensaría que a. Freud tenía que haberle bastado con admitir que los sueños pueden reflejar temores, además de deseos. Pero no: se esforzó toda su vida por encontrar maneras de interpretar los sueños desagradables como cumplimientos de deseos secretos. Se daba cuenta de que estos sueños antideseo presentaban serios obstáculos a su teoría. Así es como interpretó el desagradable sueño de las vacaciones con la suegra: la soñadora se encontraba en un estado de intensa resistencia a su análisis. Empeñada en demostrar que Freud estaba equivocado, su subconsciente elaboró un sueño que contradecía su teoría. De hecho, Freud descubrió que los sueños de este tipo eran frecuentes entre los pacientes rebeldes que sabían algo sobre psicoanálisis. Por supuesto, también hay «sueños complacientes», soñados por pacientes informados que desean complacer a su analista.

¿Y qué pasa con los soldados que reviven en sueños horribles traumas que preferirían olvidar? También esto lo explicó Freud como deseos. ¡En esos sueños de terror, el durmiente es un masoquista que quiere seguir sufriendo! Tal como escribió Freud, «incluso los sueños con un contenido doloroso se interpretan como cumplimiento de deseos».

Aunque Freud creía que «una abrumadora mayoría de los símbolos que aparecen en los sueños tiene carácter sexual», reconocía centenares de símbolos no sexuales. Los padres aparecen representados por reyes, reinas y otras figuras con autoridad. Los hermanos y hermanas están simbolizados por animalillos y sabandijas. El nacimiento se representa «casi invariablemente» por medio del agua, símbolo del fluido amniótico. Los viajes largos significan la muerte.

En los años veinte y treinta, cuando Preud estaba muy de moda en Estados Unidos, sus seguidores se lo pasaron en grande buscando símbolos sexuales en sus sueños, así como en el arte y la literatura.

Los psiquiatras actuales, con excepción de algunos analistas mayores que todavía consideran sagrados los escritos de Freud, opinan que la teoría de los sueños no fue el mayor logro de Freud, sino su mayor fallo. El simbolismo es tan flexible que un analista hábil, basándose en datos reunidos en los diálogos de diván y en las pruebas de libre asociación, puede interpretar cualquier sueño como mejor le convenga para apoyar sus conjeturas. Un buen ejemplo de esta elasticidad es la creencia del propio Freud en que cualquier sueño puede significar todo lo contrario de lo que representa, «tanto como lo que representa». ¡Un símbolo masculino puede representar a una mujer, y viceversa! Aun así, Freud, en su inmensa soberbia, estaba tan ciego respecto a los absurdos de su teoría de los sueños que le asombraba que su teoría encontrase «tan obstinada oposición entre personas educadas».

Sir Peter Medawar, el eminente biólogo y escritor británico, ganador del premio Nobel, llegó a la siguiente conclusión tras reseñar un libro sobre psiquiatría en The New York Review of Books (23 de enero de 1975):

Los psicoanalistas continuarán perpetrando los más horripilantes disparates si perseveran en su insolente convicción de que disponen de «acceso privilegiado a la verdad», que los descalifica en el plano intelectual. Cada vez son más los que opinan que la teoría doctrinaria psicoanalítica es la tomadura de pelo intelectual más fantástica del siglo xx; y además, un producto terminal, algo así como un dinosaurio o un zeppelín en la historia de las ideas, una enorme estructura de diseño radicalmente inestable, sin visos de posteridad.

El escritor norteamericano Tom Wolfe lo expresó así en In Our Time:

El freudismo fue por fin enterrado por el establishment académico en los años setenta, poniendo fin a su reinado de cuarenta años en Estados Unidos. En 1979, la psicología freudiana ya se trataba sólo como una nota histórica interesante. La nueva frontera de moda era el estudio clínico del sistema nervioso central, con la intención de trazar un mapa exacto del cableado que determina el miedo, la lujuria, el hambre, el aburrimiento o cualquier otro fenómeno neural o mental. Tras muchos años de permanecer a la sombra del psicoanálisis, la fisiología del cerebro saltó al primer plano con la invención de técnicas como el implante de agujas estereotácticas. En la actualidad, los nuevos sabios sondean y sondean, cortan y cortan, proyectan sus diapositivas y consideran los artefactos mentales de Freud —sus «libidos», «complejos de Edipo» y todo lo demás— como curiosas paparruchas del pasado, comparables al «magnetismo animal» de Mesmer y a los «procesos baquet». El concepto central de la patología freudiana, la «neurosis», se considera ahora un historicismo risible, del tipo de la «melancolía» y el «flematismo». Al propio Freud se le considera un charlatán sin nada de sentido del humor.

Addendum.

Mi ataque a Freud provocó un alud de cartas de devotos freudianos. Un lector me aseguraba que la teoría de Freud está «viva y con buena salud». Es cierto, pero sólo se mantiene viva y con buena salud en un remanente cada vez más pequeño de acólitos de Freud, no entre la mayoría de los psiquiatras e intelectuales actuales. También preguntaba si yo estaría dispuesto a admitir que el subconsciente es un concepto útil. Con ello quería implicar que Freud fue el descubridor del subconsciente. Mi corresponsal se daría cuenta de que esto no es cierto si se molestara en leer la sección sobre enfermedades psicosomáticas de los Principios de psicología de William James. Y el concepto es muy anterior a James.

Habrá que repetir lo que tantas veces se ha dicho: donde Freud acertó, no fue original; y donde fue original, se equivocó. Comparémoslo con Darwin: donde Darwin acertó, fue original; y donde no fue original, como en su defensa del lamarckismo, estaba equivocado.

Otro lector insistía en que Freud fue un hombre honesto, que se preocupaba mucho por sus pacientes y se esforzó por estar a la altura de los elevados criterios morales que corresponden a un doctor en medicina. Tonterías. Vea mi capítulo sobre «Freud, Fliess y la nariz de Emma» en The New Age (1988). Ahí se cuenta la despreciable defensa que hizo Freud de la chapucera operación practicada por su amigo Fliess en la nariz de una de las sufridas pacientes de Freud.

Ningún lector identificó la fuente del supuesto comentario de Freud cuando un alumno le preguntó si el puro que Freud estaba fumando en aquel momento tenía algún significado simbólico.

Mientras no tenga más información, consideraré que la anécdota es infundada.

En 1995, la Biblioteca del Congreso aplazó una exposición sobre Freud que tenía planeada, después de recibir enérgicas protestas de Gloria Steinem, Oliver Sacks, la nieta de Freud, Sophie, y otros 39 intelectuales que firmaban la petición. Peter Swaies encabezó la protesta, asegurando que la comisión asesora de la exposición estaba plagada de freudianos y que se estaban utilizando fondos federales para montar una campaña de relaciones públicas.

La revista Time comentó el incidente en su número del 18 de diciembre de 1995 y citó al escritor científico Frank Sulloway: «Su modelo [el de Freud] de la mente y su concepto de los sueños están en completa contradicción con la ciencia moderna. Su principal edificio está construido sobre arenas movedizas».

En cuanto a la ética de Freud, esto es lo que decía Time:

Una floreciente literatura revisionista pinta a Freud como un mal terapeuta (en sus cartas reconoce que se quedaba dormido o Siempre arrojarán algo de luz sobre la naturaleza humana; pero confieso que él [Freud] me dio personalmente la impresión de ser un hombre obsesionado por ideas fijas. A mí sus teorías sobre los sueños no me sirven de nada y, evidentemente, el «simbolismo» es un método sumamente peligroso.

Hay toda una serie de libros recientes que atacan a Freud presentándolo como un maniático. Éstos son algunos: Maelzel's Chess Player: Sigmund Freud and the Rethoric of Deceit, de Robert Wilcocks (1994); The Freudian Fallacy, de E. M. Thornton (1984); Unauthorized Freud: Doubters Confront a Legend, de Frederick Crews (1988); Madness on the Couch, de Edward Dolnick (1998); The Assault on Truth, de Jeffrey Masson (1984); y The Failure ofPsychoanalysis (1984) y Validation ofthe Clinical Theory ofPsychoanalysis (1993), ambos de Adolf Grünbaum.

Una nueva traducción de La interpretación de los sueños a cargo de Joyce Crick (Oxford, 1999) fue reseñada a fondo por el antifreudiano G. William Domhoff en American Scientist (vol. 88, marzo/abril de 2000, pp. 175-178). Domhoff, psicólogo de la Universidad de California en Santa Cruz, es el autor de The Mystique ofDreams (1985) y Finding Meaning in Dreams (1996). En su informativa reseña recomienda dos estudios de las pruebas experimentales contrarias a Freud. Los dos están escritos por Seymour Fisher y Roger Greenberg: The Scientific Credibility of Freud's Theories and Therapy (1977) y Freud Scientifically Appraised (1996).

En ¿Tenían ombligo Adán y Eva?