4 jun. 2008

Fernando Sorrentino - Siete conversaciones con Borges




Hemos recibido la última edición de Siete conversaciones con Borges (Buenos Aires, Losada, 2007). De ella reproducimos aquí los prólogos de J. L. Borges y de F. Sorrentino para la edición de 1972 (Buenos Aires, Pardo), y el de F.S. de 1996.




Prólogo

Paradójicamente, los diálogos de un escritor y de un periodista se parecen menos a un interrogatorio que a una especie de introspección. Para quien interroga, puede ser una tarea no exenta de fatiga y de tedio; para el interrogado, son como una aventura en que acechan lo secreto y lo imprevisible. Fernando Sorrentino conoce mi obra —llamémosla así— mucho mejor que yo; ello se debe al hecho evidente de que yo la he escrito una sola vez y él la ha leído muchas, lo cual la hace menos mía que suya. Al dictar estas líneas, no quiero desestimar su bondadosa perspicacia; cuántas tardes, hablando mano a mano, me ha conducido, como quien no quiere la cosa, a las contestaciones necesarias que luego me asombraban y que él, sin duda, había preparado.
Fernando Sorrentino es, en suma, uno de mis inventores más generosos. Quiero aprovechar esta página para decirle mi gratitud y la certidumbre de una amistad que los años no borrarán.


Jorge Luis Borges
Buenos Aires, 13 de julio de 1972
Buenos Aires, Editorial Losada, 2007, pág. 7



Este libro

Con Jorge Luis Borges conversé por primera vez —cuidé de anotar la fecha— el fervoroso mediodía del 2 de diciembre de 1968. Yo, con la tristeza reglamentaria, me dirigía a mi empleo de entonces; la suerte quiso que Borges emergiera de la estación Moreno a la plazoleta que divide la avenida Nueve de Julio. Lo saludé con emoción, con torpeza; farfullé mi ignoto apellido, le dije que vivía en Palermo. Esto le agradó y, un instante después, hablábamos del arroyo Maldonado, arroyo que para mis ojos nunca fue otra cosa que un largo asfalto gris flanqueado por un terraplén y muchas bodegas. Recuerdo que le recité las primeras estrofas de su poema “El tango”, y que Borges me reprochó: “¡Qué ganas de perder el tiempo leyendo esas cosas!”.
Muchos meses después tuve la oportunidad de conversar largamente con Borges. Durante siete tardes, el hacedor de ficciones me precedió, abriendo altas puertas que descubrían insospechadas escaleras de caracol, por los gratos pasillos laberínticos de la Biblioteca Nacional, en busca de una remota salita donde no nos interrumpía el teléfono.
Estas Siete conversaciones han sido grabadas y luego vertidas al papel. El Borges que habla en este volumen es un señor cortés y distraído, que no verifica citas, que no vuelve atrás para corregirse, que finge tener mala memoria: no el terso Jorge Luis Borges de la letra impresa, aquel que calcula y mide cada coma y cada paréntesis. La heterogeneidad y el desorden que aquejan a las preguntas intentan que este libro no sea un ensayo orgánico sino exactamente lo que declara su título: siete tranquilas y casuales charlas libres de toda molesta sujeción a un plan. Resultados de esta agradable inconciencia son alguna que otra repetición, ciertas ambigüedades y unas pocas frases que adolecen de lo que la retórica denomina anacoluto. Inevitablemente, alguien deplorará la falta de preguntas sobre Gracián; otro habrá acudido al libro con el excluyente propósito de informarse acerca de Molière; un tercero se sentirá indignado al advertir que no se menciona a Hermann Hesse.
En las notas he tratado de ser lo menos fastidioso posible. Sólo se proponen relacionar a Jorge Luis Borges con su contexto literario y político. Es verdad que el lector puede, sin grave pérdida, privarse de ellas.

Fernando Sorrentino
Buenos Aires, julio de 1972

Prólogo de 1996


… juzgo la literatura de un modo hedónico.
Es decir, juzgo la literatura según el placer o la emoción que me da.
J. L. B.

Cuando realicé la serie de siete entrevistas a Jorge Luis Borges, yo no alcanzaba los treinta años, y me animaban una energía, un optimismo y un entusiasmo ilimitados, y la certeza de poder concretar cualquier sensato objetivo que me propusiera. Estas venturas me ocurrían hacia 1970.
Ahora tengo más de medio siglo de vida, bastante disminuidos la energía y el entusiasmo, y gravemente deteriorado el optimismo; en consecuencia, sustento otras ideas más modestas sobre mi capacidad para lograr objetivos de cualquier índole.
Desde que aprendí a leer, me convertí en una especie de adicto a la literatura y, muy especialmente, de adicto a la literatura narrativa.
Me encanta que me cuenten historias y que esas historias sean —en el mejor sentido de la palabra— interesantes. Por eso mismo, nunca me pareció meritorio leer libros desagradables, torpes o aburridos, ni tampoco hacerlo impulsado por algún imperativo categórico. He procurado, infructuosamente, admirar, tanto a los altruistas que redactan best sellers, como a los egoístas que se enredan en textos ilegibles.
Así, pues, en esta actitud de buscar placer, yo, sencillamente, me dedicaba a leer. Leía lo que me gustaba y abandonaba lo que me aburría. Y, según pasaban los años, empecé a advertir un proceso de decantación. Comprobé, por ejemplo: que algunos libros no requerían una segunda lectura; que otros li­­bros me cansaban y me fastidiaban al instante; que, a otros, iba olvidándolos al mismo tiempo que iba leyéndolos; que, retratado en la sintaxis y el vocabulario de otros, veía el rostro risiblemente serio de su redactor; que otros libros sólo existían en los medios de prensa y en los círculos recreativos de ideas afines, pero no en la literatura. Etcétera, etcétera, etcétera.
Pero, por fortuna, en tantos libros encontré también muy buenos amigos. Amigos que jamás me cansaban ni me defraudaban y a cuyas obras —en una suerte de enamoramiento insaciable— yo volvía infinitamente para hallar siempre nuevas riquezas y nuevos prodigios.
Uno de estos queridos amigos es, desde luego, Borges. Así lo sentí, en 1961, cuando por vez primera leí textos suyos (los cuentos de Ficciones); en aquel momento, fascinado, experimenté la sensación de estar frente a una clase única de mágica literatura, una literatura que no tenía semejantes y que, por ende, era incomparable, en la acepción absoluta del término.
Así lo sentí en 1961 y así lo ratificaron, y con creces, los treinta años largos que corrieron desde entonces. Mis lecturas de Borges han sido siempre espontáneas, siempre reiteradas, siempre placenteras. En un mundo en que todos recibimos, y entregamos, cosas buenas y cosas malas, mi principal sentimiento hacia Borges es la gratitud por todo lo bueno que me dio y que me da.
Hace veinticinco años le formulé las preguntas que me proponía —como a todo mortal— la alianza de la curiosidad con el azar. De haberlo entrevistado años más tarde, mis preguntas, en general, habrían sido más o menos las mismas, aunque excluyendo las que no despertaron su interés —que fueron unas cuantas— y agregando otras que podrían desencadenar su imprevisible fluencia de ideas (a veces certeras, erróneas, razonables, irritantes, pueriles, benévolas o crueles, pero siempre inteligentes).
Como no podría ser de otra manera, las entrevistas se reproducen, con respecto a la edición anterior, sin modificaciones (excepto la extirpación de erratas). Sí, en cambio, he agregado, eliminado y reelaborado notas, ya enmendando errores de información, ya buscando más exactitud en los datos, sin que estos afanes signifiquen que la tarea se halle concluida.
Devoto de su ilustre tío materno, a su generosidad debo no sólo precisos datos genealógicos y familiares sobre Borges sino también muchas observaciones inteligentes: conste aquí mi agradecimiento para Miguel de Torre.
Por otra parte, he podido enriquecer algunas referencias a la cultura anglohablante aprovechando las notas que, para la edición en inglés (Seven Conversations with Jorge Luis Borges, Troy, Nueva York, The Whitston Publishing Company, 1982), redactara su traductor, Clark M. Zlotchew.
Borges falleció el 14 de junio de 1986. Ya no es posible incurrir en nuevas entrevistas:* de cualquier manera, género literario sin duda menor.
Pero ahí están, y para siempre, las palabras inagotables de Ficciones y de El Aleph, de El informe de Brodie y de El libro de arena, y las de tantas otras páginas queridas, sin las cuales —acudiendo a una frase que Borges solía decir— este mundo sería mucho más pobre.



F.S.
Buenos Aires, mayo de 1996

*En su “Prólogo” (página 7), Borges me llama “periodista”, profesión que jamás he ejercido y que, Dios mediante, jamás ejerceré.
Ibidem, págs. 9-14