10 jun. 2008

Christian X. Ferdinandus - El centro de la telaraña



[CHRISTIAN X. FERDINANDUS es el seudónimo conjunto de los escritores argentinos FERNANDO SORRENTINO y CRISTIAN MITELMAN]

                             


Un sábado por medio, a la mañana, recorro a pie, ida y vuelta, cuarenta y cuatro cuadras. Es la distancia que media entre mi casa y la esquina de Olazábal y Estomba. Allí viven mi hija, Silvina, y mi yerno, Alejandro Di Paolo. No congenio ni con ella ni con él: los visito por el placer de juguetear con mi —hasta ahora— único nieto: Juan Francisco.
En cambio, dedico las otras mañanas del sábado a practicar puntería en el Tiro Federal Argentino con diversas armas de mi propiedad.
Ese día abandoné el polígono antes de las doce. Vivo en Libertador, entre Matienzo y Newbery. Apenas puse un pie en la vereda, encendí un cigarrillo y eché a caminar, sin prestar atención al mundo exterior y dejando vagar el pensamiento.
Me considero un hombre razonablemente feliz. Alguien (un pelafustán que se las daba de artista y de bohemio) me dijo una vez que yo era un individuo vulgarmente feliz: si quiso ofenderme, no lo logró.
También tuve sombras: la inesperada muerte de mi mujer me golpeó con dureza y trastornó mi vida de muchas maneras. No soy sentimental y, mucho menos, sensiblero. No faltó quien me tildase de despiadado. En general, logro mantener la calma aparente ante situaciones irritantes, mientras domino una invisible cólera interior.
Creo ser eficaz y expeditivo. Alcancé una holgada posición económica y lo que suele denominarse éxito. Mis empresas cotizan en la Bolsa de Comercio; no sé si soy del todo honesto, pero, dentro del mundo de los negocios, tengo fama de tal; presido la Fundación Santa Inés, que hace donaciones a hospitales y escuelas. Quiérase o no, soy un hombre de virtudes cívicas: dos veces fui seleccionado entre los personajes del año por una revista de actualidad.
De mi mujer heredé —cuando ya no las necesitaba— acciones de Dowland & Grandinetti. Nunca quise volver a casarme, pero tuve —y tengo— amoríos circunstanciales.
Me encantan el barrio, el edificio y el piso en que vivo.
Tras la puerta me aguardaba la correspondencia: facturas de servicios, resumen de cuentas de bancos, invitaciones a conferencias o a exposiciones, una postal de algún amigo que andaba por Europa… También un sobre ocre, con acolchado interno, de los que se usan cuando se envía material que no debe doblarse.
Sólo contenía una foto. Mi mujer y yo, ambos en remera y pantalón corto. El lugar y la fecha, inconfundibles: aparecemos caminando por la rambla de Copacabana, y eso fue exactamente en 1982, durante nuestra luna de miel. Inés tenía veintitrés años, y yo, veintiséis. Estamos distraídos y ajenos a la cámara: esa foto, evidentemente, nos fue tomada sin que lo advirtiéramos.
Sentí un inexplicable asco y solté la foto sobre la mesa, como desprendiéndome de las pinzas de un escorpión. Por unos instantes no supe qué hacer. Luego, mecánicamente, tomé el paquete de cigarrillos y encendí uno.
En el reverso de la foto había una leyenda, recuadrada como un cartel de publicidad:

Inés Dowland de Aguirre (1959-1997) y su marido, quien la asesinó. Tarde o temprano la verdad se revela.
(Mensaje 1 de 3)

La letra, en birome azul, era crispada y nerviosa, con muchos ángulos agudos y temblores y casi sin redondeces.
Sentí un hueco en el estómago y un incendio en el rostro. ¿Qué objetivo perseguía esa anónima bofetada?
“Calma”, me dije. “Hay un hecho incontrovertible: yo sé que la acusación es falsa”.
El hábito de razonar fue tranquilizándome. Traté de ponerme en la piel de mi acusador. Se acercaban las elecciones legislativas; yo iba a hacer mi ingreso en la política: era candidato a diputado por el Partido Integrista. El enigmático envío debía ser una estratagema política, algo que procuraba desestabilizarme emocionalmente.
Con el correr de los días, fui olvidándome del asunto. Recobré mi aplomo habitual. El exceso de actividades me vedó ocuparme de ese despreciable bicho que se ocultaba en las sombras.
Por otra parte, sobrevino para mis negocios una semana difícil. Una fusión entre dos empresas me tuvo a mal traer. Varios accionistas que no confiaban en esa unión comenzaron a vender los papeles en la Bolsa. Mis acciones fueron bajando. El miércoles retomé la iniciativa: reuní un círculo de financistas importantes y expliqué los alcances positivos de la medida. Se trataba de generar confianza. En ese campo, tengo valiosa experiencia.
Hablé sin apuro, con cierta displicencia campechana; ensayé un par de bromas sobre el humor bursátil e inventé una cita graciosa atribuyéndosela a Woody Allen. Tal como había pasado tantas veces, terminé convenciendo a la mayoría. El jueves la gente recuperó la serenidad y, horas antes de que cerrara la semana bursátil, la nueva compañía y sus acciones mostraron fuertes ganancias.
Se produjo un desencadenamiento de hechos favorables. En una entrevista publicada, ese mismo domingo, en el suplemento económico de La Nación, expliqué que la misión de la política era beneficiar a la sociedad toda: yo sólo era un instrumento para lograr el bienestar del pueblo.
En el Partido Integrista todos aprobaron mis palabras. El lunes, el patriarca del Partido, el anciano y astuto Antonio Dufour, me citó en su quinta de San Isidro.
Quería conocerme personalmente. No habló más de lo necesario:
—Se trata de mostrar que somos dinámicos, con sangre joven —me dijo.
Ese hombre mustio, que parecía débil, acababa de cumplir ochenta y dos años y manejaba las riendas del Partido desde siempre.
—Usted ha trabajado muy bien —y agregó—: Hasta ahora. Le auguro una extraordinaria carrera política.
Aquellas palabras, por provenir de quien provenían, me hicieron sentir serenamente confiado.
Volví a Buenos Aires pasadas las 14, y almorcé solo, muy tarde y sin ninguna prisa, en un restaurán de la calle Viamonte. Entré en mis oficinas casi al atardecer.
Flavia había dejado la correspondencia encima de mi escritorio. Me puse en guardia. Ahí estaba el sobre ocre, gemelo del que había recibido en casa. También carecía de remitente.
En esta foto Inés y yo aparecíamos acodados en una mesa con platos, vasos y bebidas. A ambos lados teníamos otras personas. Pude advertir detalles reveladores y logré reconstruir lugar, fecha y circunstancias.
Inés tendría en ese momento unos treinta y ocho años. Era la sobremesa de una comida con mucha gente; mi mujer y yo exhibimos sonrisas de oreja a oreja, como si le estuviéramos festejando una broma a mi vecino de la derecha, que no es otro que el abogado Schiaritti. Como de costumbre, yo estoy con un cigarrillo entre los dedos.
Reconocí la casa y recordé el hecho. Fue un asado criollo en casa de Guillermo Hughes; exactamente en 1997, unos meses antes del fallecimiento de Inés.
Me sentí vulnerable. Sin que yo lo supiera, una persona había tomado esas dos fotos. Al menos, esas dos fotos.
Un temor supersticioso, que nunca había experimentado, me impidió —en ese momento— mirar el reverso. Examiné el sobre.
El matasellos se hallaba un poco borroneado. Mediante una lupa, pude ver que había sido despachado desde la sucursal 31. Por Internet averigüé que era la de Villa Urquiza, en la calle Monroe al 5200.
¿Qué leyenda iría a agredirme ahora desde el reverso de la imagen? Sin mirarla, guardé la foto en el sobre, y el sobre, en mi portafolio.
—Flavia —llamé por el intercomunicador—, por favor, traeme un whisky.
Flavia notó el temblor de mi mano cuando levanté el vaso:
—¿Te sentís bien, Lucho? Te noto pálido, nervioso…
Flavia tiene la edad de mi hija, está casada con un infeliz, un marido complaciente, y, además de mi secretaria, es el consuelo de mi edad madura.
Con el índice dibujó un círculo sobre mi nariz:
—Estás nervioso —repitió.
—Sí —admití—. Fue una semana de mucha tensión. Necesito ir a la calle, tomar aire. Por hoy ya no vuelvo.
De un solo trago vacié el vaso. Besé a Flavia en la mejilla, me puse el sobretodo, tomé el portafolio y salí.
En la avenida Leandro Alem era de noche y soplaban los aires del invierno, con el olor del río cercano.
Nunca quise tener chofer ni custodios. Este rasgo de sencillez y de confianza en mí mismo incrementó mi popularidad en las encuestas de opinión. Pero los encuestadores y el público ignoraban, y siguen ignorando, que, en la sisa, llevo una pistola Bersa Thunder Compact 45. No es la única con que practico en el Tiro Federal Argentino, pero sí la que siempre me acompaña. Soy mi mejor chofer y mi mejor custodio.
No retiré el auto de las cocheras de la empresa. Tenía ganas de caminar, de estar solo. Con la mente confusa descendí por la barranca de la plaza San Martín; una ráfaga helada obligó a levantarme el cuello del sobretodo.
Luego entré en el restaurán y bar de la estación Retiro del ex Ferrocarril Mitre. Ese sitio, con su estilo anacrónico, una especie de reliquia de décadas antiguas, me agrada mucho.
Pedí un café, maldije la nueva ley que prohíbe fumar en lugares públicos y extraje la fotografía. Temía darla vuelta; encontrar esa letra crispada, vejatoria, que desde alguna lejanía de mi historia me acusaba ante un tribunal fantasma.
Cuando el mozo se alejó, me atreví a leer el texto. Otra vez el mensaje, encuadrado como en un cartel de publicidad. Era una continuación del anterior. Evidentemente, el autor de los anónimos había decidido desarrollar un juego progresivo:

Inés manejaba muy bien. ¿Cómo es que falló el mecanismo de frenos de un auto nuevo, regalo que usted le hizo en el decimoquinto aniversario de su matrimonio? La verdad vuelve siempre, señor Aguirre. Falta el último paso antes de que su asesinato salga a la luz.
(Mensaje 2 de 3)



Era algo tarde. No obstante, y sin vacilar, extraje el celular y llamé a Antonio Dufour. Temía que mi llamada lo incomodara, pero la tomó con total tranquilidad.
—Necesito hablar con usted, don Antonio. Lo antes posible.
—Véngase a casa ahora mismo, si eso lo tranquiliza.
Tenía mi auto a unas pocas cuadras, pero el tren a unos metros: cuando llegué a San Isidro, me metí en un taxi e indiqué la dirección de la quinta del patriarca. El auto subió y bajó por calles muy arboladas y oscuras, y al cabo de unos quince minutos se detuvo.
De nuevo la verja negra y el inmenso jardín que había visitado unas horas antes, bajo el sol. Me abrió la puerta otro empleado de la agencia de seguridad.
Tras el jardín, la mansión de Dufour.
El viejo me recibió con una bata púrpura algo ridícula. Al sentarse, exhibió sus pantorrillas, muy flacas y cubiertas por un ligero vello blanco; me dije que, bajo la bata, estaría en calzoncillos.
—Ya me estaba por acostar —dijo—. ¿Le sirvo algo?
—No, gracias. Trataré de ser muy breve. Quería preguntarle si alguna vez lo han presionado por su trabajo en política.
—¿Presionado? —sonrió—. Ya veo cuál es su problema. He soportado cosas más graves que presiones.
—¿Más graves? —repetí, un poco tontamente.
—Sufrí cinco causas por corrupción administrativa, ¿qué le parece?
—Pero tengo entendido que en todas fue sobreseído por la justicia.
El viejo no pudo reprimir la risa:
—¿Alguna vez vio que la justicia no sobreseyera a un político?
Tuve que sonreír.
—Para mí —continuó Dufour—, que me crean inocente es más ofensivo que una sentencia condenatoria. El no corrupto es considerado un idiota. En política todo se perdona; en política todo pasa, todo se olvida… Sólo de una cosa no se vuelve…
—¿Del ridículo?
—Ésa sólo es una frase. También del ridículo se vuelve perfectamente. La corrupción, el soborno, el robo contra el Estado molestan poco y nada a nuestra sociedad; hasta se los considera con simpatía. De lo único que hay que cuidarse es de meter la pata en la vida privada. No importa cuánto se haya robado de las sagradas arcas de la nación; lo que importa conservar intangible es la imagen de un digno pater familias. La gente sólo condena las trastadas de la vida privada. Acuérdese de ese candidato que ya estaba por ganar las elecciones: el tipo era un modelo de eficiencia y honestidad, pero alguien, oculto, le tomó una foto con una bella señorita, que no era su esposa, y ése fue el fin de su carrera.
La palabra foto me angustió por un instante.
—Seguro que ahora —continuó— nuestros adversarios van a tratar de encontrar algo turbio en su vida empresarial.
Pensé simultáneamente en los sobres anónimos y en mi relación con Flavia.
—Y, si no lo encuentran, lo inventarán. No tiene la menor importancia. Los periodistas escribirán pavadas y la gente no les hará caso. Sin duda, usted me consulta por algo así, ¿no es cierto?
Hizo un esfuerzo para no bostezar. Se lo veía muy cansado.
—Quédese tranquilo, Aguirre. Que digan lo que quieran sobre sus negocios. Mientras nadie pueda meterse en su vida privada, en secretos de su familia, usted es invulnerable.
Su tono paternal no dejó de molestarme. Es verdad: yo no tenía ninguna experiencia política, pero tampoco era un ingenuo. Había decidido ocultarle el motivo verdadero de mi visita, pero, para mi humillación, noté que no le importaba, o, peor aún, que ya lo sabía.
Cuando dijo “Voy a pedirle un auto” y tomó el teléfono, comprendí dos cosas: no ignoraba que yo había llegado en taxi; la entrevista había concluido.
Esa noche tuve sueños entrecortados. Las imágenes de Inés se mezclaban en lugares ilógicos; aparecían personas de otros ámbitos y decían frases que nunca podrían haber dicho. El accidente, el auto estrellado contra la columna del alumbrado, el olor de las flores fúnebres, los empresarios en el velorio… Inés sonreía y hablaba, pero envuelta en un olor pegajoso de flores en descomposición, un olor que yo sólo percibía ahora y que a lo largo de tantos años no se había manifestado.
Apenas desperté, fui a buscar el primer sobre para examinar el matasellos: también había sido despachado desde la sucursal de la calle Monroe. No pude no preguntarme qué enemigo podría tener yo en el barrio de Villa Urquiza.
Los siguientes tres días fueron mezcla de remanso y ansiedad. Por una parte, me tranquilizaba no recibir el tercer sobre —que, en teoría, sería el último—, y, por la otra, de algún modo deseaba su llegada.
El trabajo fue intenso. Cuando quedaba solo, me distraía tratando de descifrar la identidad de mi enemigo. Puesto que tenía esas fotos de Inés, fotos tomadas a lo largo de un lapso de quince años, entre 1982 y 1997, debería ser una persona ajena al período en que se produjo mi vertiginoso ascenso económico: alguien que estuviera más lejos en el tiempo, alguien inexistente (o, al menos, inadvertido) en la marea de rostros que había conocido en la última década.
El jueves recibí, ahora en casa, la tercera misiva. Venía, también, de Villa Urquiza.
En la primera foto, Inés tendría veintitrés años; en la segunda, treinta y ocho; en ésta, apenas diecisiete o dieciocho. Sería más o menos el año 1977. Ella viste pantalón vaquero y remera. A su lado estoy yo: muy delgado y con camisa de mangas cortas. Es pleno día y brilla el sol; en el fondo de la foto se asoma el edificio redondo del Planetario de Palermo. Por aquella época había empezado nuestro romance.
Me sentí un pobre estúpido. Los quince años de fotos secretas se habían extendido, hacia el pasado, a veinte. Durante dos décadas alguien nos había estado fotografiando a mi mujer y a mí. Y yo, siempre tan sagaz, jamás me había dado cuenta.

Ya es el momento de revelar y difundir la verdad sobre el asesinato que usted cometió, señor Aguirre. En menos de una semana la sociedad sabrá quién es usted.
(Mensaje 3 de 3)


Miré las tres fotos de Inés. Había sido una mujer tan hermosa. ¿Quién, por qué y para qué me acusaba de su muerte? Recordé las apreciaciones de Dufour sobre la vida privada de los políticos. Procuré encontrar alguna clave, algo que confiriera lógica a esos fragmentos absurdos. Leí cientos de veces las frases; reordené las palabras; busqué una señal oculta, un hilo que me condujera al desciframiento del misterio. Fue inútil.
En la madrugada del viernes desperté sobresaltado y lúcido. Comprendí que la clave no se hallaba en las frases, sino en las imágenes. Extendí las tres fotos sobre mi escritorio y volví a examinarlas, ahora sin miedo, bajo la luz de la lámpara.
Inés, tan joven; Inés, con esa sonrisa un poco distante que a mí me resultaba un pequeño portal misterioso. La foto de 1982: Inés en la costanera de Río de Janeiro. Los mecanismos de la memoria son curiosos: de pronto recordé, de ese viaje de luna de miel, un detalle sin importancia. Haciendo compras en una galería comercial de Río de Janeiro, nos habíamos encontrado, por casualidad, con Jorge Maximiliano Pérez Migali, un ex compañero mío del colegio secundario.
Aunque nunca sentí por él especial simpatía (más bien me desagradaba), el azar nos había reunido varias veces. Juntos habíamos empezado Ciencias Económicas (yo concluí con éxito la carrera; él abandonó a poco de empezar). En un baile organizado por compañeros de la Facultad, yo había conocido a Inés Dowland.
Gracias a ella, Pérez Migali y yo entramos a trabajar como empleadillos en Dowland & Grandinetti.
Luego llegaron mi romance con Inés, el noviazgo oficial, mi ascenso incontenible, mi voluntad de trabajo constante, mi capacidad para enhebrar alianzas ventajosas, mi eficacia sin parangón. En algún momento, perdí de vista a Pérez; yo había progresado mucho dentro de la empresa, y él se me volvió remoto e imperceptible, hasta que lo olvidé. Cuando fundé mi propia empresa y abandoné Dowland & Grandinetti, sé que Pérez aún estaba allí, y, dentro de sus límites, no le iba del todo mal.
¿Qué se había hecho más tarde de Pérez Migali? Ni lo sabía ni me importaba. Pero ahora recordé, con clarividencia absoluta, su presencia en esa galería de Río de Janeiro y tuve la certeza de que sólo él —la única persona que allí nos conocía— había podido tomarnos a Inés y a mí la foto de 1982.
Encendí la computadora y me conecté a Internet.
Busqué la guía de teléfonos, escribí PÉREZ MIGALI, seleccioné TODO EL PAÍS, pulsé ENTER, leí:

PÉREZ MIGALI JORGE M.
Ávalos 15**
1431 Buenos Aires
(011) 4522-7***

“Ajá”, me dije. “Código postal 1431: corresponde a la sucursal 31, calle Monroe, Villa Urquiza”.
Entonces entré en un plano de Buenos Aires, escribí ÁVALOS 15**, apreté ENTER y vi dónde quedaba la casa de Pérez Migali.
En el corazón del llamado Parque Chas se halla la calle Berlín, que tiene la forma de un círculo. A modo de diámetro, la cruzan tres calles rectas —Gándara, Victorica y Ávalos— que, en ángulo de 60 grados, se encuentran en su centro. Allí, exactamente allí, en ese dibujo de telaraña y en el centro de la telaraña, estaba la guarida de Pérez Migali, el hombre que me mandaba anónimos acusadores.
Llamé a mis oficinas y le dije a Flavia que llegaría algo más tarde, cerca del mediodía.
Me afeité, me bañé, me vestí con traje y corbata, coloqué la Bersa en la sisa, me puse el sobretodo y retiré el auto de la cochera del edificio. Tomé Libertador, La Pampa, José Hernández, avenida de los Incas… Al 4700 dejé el auto; antes de descender, extraje de la sobaquera la pistola, la guardé en el bolsillo derecho del sobretodo y me calcé los guantes de cuero.
Al instante encontré la calle Ávalos, y caminé hasta el centro de la telaraña.
Oscura, tras yuyos y árboles negros, se hallaba la cueva de Pérez Migali. La puertecita de hierro estaba abierta y carecía de timbre; entré en el jardín. Un sendero de lajas llevaba desde la vereda hasta la puerta de la casa. En las paredes, la humedad y el deterioro formaban imágenes caprichosas; la madera estaba carcomida y recorrida por insectos casi microscópicos.
Toqué el timbre.
Esperé uno o dos minutos e, impaciente, pulsé el botón sin soltarlo, oyendo claramente cómo la campanilla resonaba en el interior.
Por fin, vacilante, abrió la puerta una suerte de fantasma, un hombre horrible que, en medio de olor fúnebre, ya era piel y huesos. Vestía un pantalón piyama grisáceo y una camiseta de frisa. La respiración pesada, tumultuosa, auguraba la inminencia del fin.
Era Pérez Migali.
—Por fin viniste. Pasá.
Entré y Pérez quedó un instante detrás de mí, cerrando la puerta, mientras yo examinaba ese living enorme y destartalado.
La casa —que no era fea— estaba en ruinas. Las sucesivas habitaciones semejaban los restos de un naufragio. Pérez Migali vivía en medio de esa mugre. El olor del moho y de la descomposición (¿restos de comidas?, ¿cadáveres de roedores?) me hizo sentir náuseas, pero no modificó mi determinación.
El piso crujía bajo mis pies. Pérez Migali, cojeando, encorvado, casi muerto, me llevó a su dormitorio y se tendió en la cama, de espaldas. El tenue destello de un velador sobre la mesita de luz parecía aumentar el opresivo olor a suciedad.
Jadeó unos cuantos minutos, hasta que pudo normalizar un poco la respiración. Sus ojos miraban el cielo raso, como si allí se encontrara alguna verdad oculta. Aunque estaba hecho una piltrafa, no experimenté la menor piedad hacia él.
En mi bolsillo derecho tenía la Bersa. Me quité los guantes y los guardé en el bolsillo izquierdo.
Le dije:
—Sos vos el de los sobres, entonces.
—¿Pensabas en otro?
De a poco se fue incorporando, hasta que, con doloroso esfuerzo, se apoyó en el respaldo de la cama. La camiseta, repugnantemente sucia y adherida a la piel, le marcaba la forma de las costillas. El pelo, blancuzco y grasoso; la barba, a medio crecer.
—Fijate lo que son las cosas; tengo cáncer de pulmón y no puedo dejar de fumar. No tengo fuerzas ni ganas de salir a la calle. Últimamente me vi obligado a concurrir demasiadas veces al correo de la calle Monroe…
Rió, festejando su broma, en una carcajada que concluyó en toses y flemas.
—Ni siquiera compro comida; a esta altura es lo mismo. ¿No tenés un faso para mí?
Le alcancé un cigarrillo. De encima de la almohada tomó una caja de fósforos y lo encendió.
Yo prendí otro con mi encendedor.
No parecía tener ninguna prisa:
—Hace días que me quedé sin un peso. No sabés cómo se extraña el tabaco… Tantas cosas se extrañan.
Los efluvios de la fetidez me irritaban y me impacientaban más que el propio Pérez. Le dije:
—Decime qué querés… ¿Plata? No tengo ganas de hablar ni de perder tiempo. Si querés plata, te doy plata… Lo que quiero es terminar…
Me interrumpió con otro acceso de tos. Una tos húmeda y estertorosa que me sacaba de quicio.
—No quiero plata; nunca me importó demasiado. No soy como vos. Por otra parte, ya es tarde —dijo—. Hace mucho tiempo que es tarde. Por eso decidí que, antes de irme de este mundo, debías pagar por el crimen de Inés…
Sentí encendérseme una cólera tumultuosa que me nacía en el estómago:
—Hijo de puta, vos sabés que lo de Inés fue un accidente. Yo quedé viudo y tuve que arreglármelas solo para criar a una hija.
—No pretendas conmoverme. No creo en tu imagen de viudo doliente, respetuoso de la difunta. Vos la mataste. Hiciste deteriorar el sistema de frenos. ¿Te pensás que no lo sé? El auto que le regalaste a tu esposa era el más confiable del mercado. Estudié las estadísticas. Yo era bueno para esas minucias, ¿te acordás?
Con el índice señaló unos papeles que tenía sobre la mesita de luz:
—¿Querés leerlos? Fijate. Ningún problema mecánico en Brasil, ninguno en México, ninguno en Chile, ninguno en Estados Unidos, ninguno en Francia; uno solo en la Argentina… Oh, las casualidades.
—Escuchame, imbécil: los peritos explicaron todo en su momento.
—Es tan fácil comprar una voluntad. ¿Acaso no quisiste comprarme a mí hace unos momentos? Con un poco de dinero, algunos peritos son capaces de decir que tu mujer sigue viva.
Se hundió en un ahogo prolongado, entrecortado de toses y de abominables ruidos de flemas, que exacerbaron mis deseos de matarlo.
Tras una especie de silbido interior que parecía llegarle hasta la nuca, dijo:
—No importa. Ya hice lo que tenía que hacer.
—¿Qué es lo que hiciste?
—Envié una carta a la División Homicidios, con todas estas informaciones y estadísticas, y con pelos y señales sobre vos. Es muy posible que a esos muchachos detectives esta historia les resulte más que verídica y se pongan a investigar, para ganar reputación y ascensos.
Sacudió la cabeza, como frente a un hecho inexplicable.
—Nunca pude entender cómo Inés te eligió a vos, que, al fin y al cabo, no sos más que un vulgar comerciante codicioso. Además —agregó, como en broma—, tacaño. Sabés que estoy en la miseria: ¿por qué no me regalás el paquete de cigarrillos, en lugar de convidarme con uno solo?
Quedarían ocho o diez cigarrillos. Me reservé uno para mí y le extendí el paquete. Pero volvió a toser y, con la mano, me hizo señas de que se lo dejara sobre la mesita de luz.
En seguida pasó de la tos a la burla:
—Ah, qué esplendidez, qué gesto de gran señor… Ella era magnífica, ¿lo sabías? Mirá esto…
De entre las sábanas extrajo cartas amarillentas y las exhibió agitándolas. Reconocí la letra de Inés, pero no quise leer siquiera una palabra.
—Nos escribíamos antes de que aparecieras vos, con tu espíritu práctico y tus ansias de progreso. Ella tenía talento artístico, le gustaba pintar, leía, tocaba un poco el piano… Vos la convertiste en una mera esposa, digamos, “administrativa”; la convertiste en “la señora del gerente”. Cuando los encontré en Brasil, al parecer tan satisfechos, supe al instante que ella era una muerta en vida. Claro que poseedora de muchas acciones de Dowland & Grandinetti… Me dije que tarde o temprano vos la matarías para heredarla…
Esa infamia me descontroló del todo. Extraje la pistola y, sin amartillarla aún, le apunté a la cabeza. Pérez Migali sonrió con una displicencia burlona que aumentó mi rabia. Un tiro sería poco castigo para esa alimaña.
Aferré la pistola por el cañón y, con la culata, le asesté el primer golpe en la cabeza. Él exclamó “¡Aaah!”, y cerró los ojos y abrió la boca.
Luego no pude medirme: uno, cinco, diez, veinte golpes… Me detuve al ver que la cabeza de Pérez Migali era una sola mancha informe y sanguinolenta. Nunca me hubiera creído capaz de tanta ferocidad y de tanta alegría.
Vi sangre en mis manos y en la culata de la pistola. La puerta del baño estaba entornada; la abrí, empujándola con las rodillas, y entré. Me recibió un insoportable hedor de mugre antigua y de orina seca. El lavatorio, que había sido blanco, estaba invadido por un sarro verdoso. Conteniendo las náuseas, me lavé las manos. En el arma, pegoteados con la sangre, había algunos cabellos. Lavé la pistola y la canilla. Hice correr abundante agua sobre los grifos y por el lavatorio. Del toallero pendía una toalla inmunda; sequé el arma y mis manos con mi pañuelo. Revisé mis ropas, mis zapatos: ni una salpicadura de sangre.
Volví al cuarto de Pérez Migali. El cuerpo, con la cabeza sangrante caída hacia atrás, sobre el respaldo de la cama, era un muñeco desarticulado. Tenía un ojo abierto y otro cerrado.
Respiré hondo y pude tranquilizarme. Ese acceso de cólera irracional no era digno de mí, de mi personalidad equilibrada y ecuánime. No perdí la alegría, pero razoné.
Salvo la canilla del lavatorio, que ya estaba limpia, no había tocado nada con mis manos. No había huellas digitales. Era evidente que nadie entraba en la casa de la calle Ávalos, de modo que el cadáver de Pérez Migali podría estar meses (o tal vez años) en esa posición. Cuando lo descubrieran (si es que lo descubrían), sólo hallarían descomposición y huesos.
Y, aun en la casi imposible instancia de que alguien entrara diez minutos más tarde, ¿cuál era el peligro? Ninguno. ¿Quién podría culparme? Nadie lograría imaginar jamás la mínima relación entre Pérez Migali (un individuo que había desaparecido de mi vida hacía décadas) y yo.
En cuanto a sus acusaciones sobre la muerte de Inés, no revestían ningún asidero. Lo más probable era que la carta de Pérez Migali a la División Homicidios fuese a parar al cesto de basura. Más aún, si se concretara la investigación: ¿qué se podría averiguar sobre una muerte ocurrida hacía diez años? Y, lo más importante de todo, había una verdad, que yo sabía muy bien: había sido un accidente y no un asesinato.
Ahora sólo restaba abandonar la casa, caminar hasta la avenida de los Incas, subir al auto y… asunto concluido.
Apoyado verticalmente en el suelo, contra la puerta de salida, había un sobre similar a los tres que yo había recibido. Tenía un cartel en gruesas letras mayúsculas: LUIS AGUIRRE. Cuando entré en la casa, Pérez lo habría dejado allí, con la intención de que yo lo viera al salir.
Lo abrí y leí:

Aguirre:
Todo ha sido un fraude. Las estadísticas son falsas y hubo muchos accidentes como el de Inés. No la asesinaste, ni yo mandé ninguna carta sobre ese hecho a la División Homicidios.
El asunto es otro.
Vos me despojaste de lo que yo más quería. Yo necesitaba vengarme.
Mi plan, señor Idiota Pragmático, era excelente. Consistía en obligarte a matarme, y lo logré.
Yo era un enfermo terminal. Mi vida ya no valía nada. La tuya, sin duda, valía —en tu propio concepto— mucho. Por eso quise que me mataras: para que, durante los años de mi muerte, tus años de cárcel me vengaran del mal que me inferiste durante los años de mi vida.
No mataste a Inés, es cierto, pero me mataste a mí, y yo, exactamente el martes 21 de agosto, desde el correo de la calle Monroe, envié dos sobres: uno, que ya conocés, contenía la foto de Inés y vos frente al Planetario; en el segundo, había una nota mía dirigida a un Juzgado de Instrucción. Le pedía al juez de turno que ordenara revisar mi casa y le informaba que la policía me encontraría muerto. Desde luego, puntualicé con todas las letras que vos fuiste mi asesino.
Di por seguro que vos llegarías antes que nadie: el enigma que yo te había planteado no era muy arduo para un tipo de tu velocidad mental. En cambio, la justicia tiene sus tiempos y no acostumbra apresurarse demasiado: mi carta todavía debe estar recorriendo el circuito burocrático de las oficinas judiciales, pero indefectiblemente llegará a manos del juez de instrucción.
Tal vez mañana, tal vez dentro de unos días, tal vez la semana próxima, la policía tocará el timbre de tu fastuoso piso de la avenida del Libertador, o de tus prósperas oficinas de Córdoba y Reconquista. Te arrestarán, te juzgarán y te condenarán a cadena perpetua, por haber asesinado, “con premeditación y alevosía”, a un indefenso moribundo en su propia casa y en su lecho de muerte.

“Qué pelotudez”, me dije. “Pobre infeliz: fracasado, loco y estúpido. Ningún juez, ningún policía, ninguna persona del mundo va a creer esas sandeces”.
Metí el mensaje en el sobre y lo doblé por la mitad. La idea de efectuar una especie de enroque me hizo sonreír: extraje los guantes del bolsillo izquierdo y, en su lugar, guardé el sobre. Me calcé los guantes y me felicité por haber alcanzado cierto equilibrio simétrico: la pistola en el bolsillo derecho, el sobre en el izquierdo, mis manos dentro de los guantes.
Salí al jardín y cerré la puerta de la casa con cuidado, hasta oír la clausura del pestillo. Pisé laja por laja, alcancé la vereda y cerré también la puertecita de hierro. Por la calle pasaba una señora con bolsas de supermercado; un muchacho en bicicleta repartía diarios. Todo normal.
Tranquilo, en unos instantes estuve en la avenida de los Incas: subí al auto y me dirigí a mis oficinas. Tal como le había anunciado a Flavia, llegué más tarde de lo acostumbrado. Tuve varias citas y me dediqué, ya por completo dueño de mí mismo, a mis negocios habituales.
Como un símbolo de mi triunfo, metí los cuatro sobres de Pérez Migali, con sus fotos pérfidas y sus mensajes de psicópata, en la trituradora de papeles. Así transformé aquella pesadilla en delgadas tiritas de papeles ilegibles.
A la noche invité a cenar a Flavia y luego me la llevé a pasar la noche a mi casa.
Liberado de tribulaciones, ese fin de semana me resultó muy agradable.
El lunes retomé mi fructífera rutina de hombre de negocios. El jueves 30, por la mañana, dos oficiales de policía, vestidos de civil, se presentaron en mi empresa. Tenían, según dijeron con solemnidad, “orden escrita del doctor Fulano de Tal, juez de instrucción”, de llevarme a su presencia. No interpuse la menor objeción y ni siquiera presté atención al nombre del juez: había previsto que algo así podría ocurrir, y sabía también que esa diligencia rutinaria terminaría en un callejón sin salida.
Los oficiales me acompañaron hasta el edificio judicial. Sereno y aplomado, entré en el despacho. Además del juez, había otros tres hombres, que imaginé funcionarios menores y que permanecieron de pie, en un segundo plano.
El juez resultó ser un hombre de unos cincuenta años, calvo y bien vestido.
Me estrechó la mano con frialdad. Se sentó tras el escritorio y me invitó a hacer lo mismo, pero frente a él. Luego dijo, como recitando una lección:
—Lamento informarle, doctor Aguirre, que es mi deber hacerlo arrestar, preventivamente, como principal sospechoso por el asesinato en la persona del señor Jorge Maximiliano Pérez Migali, ocurrido en su casa de la calle Ávalos 15**, aproximadamente el día viernes 24 de agosto de 2007.
Lo miré a los ojos.
—Imposible —dije—. Jamás estuve en esa casa —y agregué, sonriendo—: Ni siquiera oí hablar nunca de la calle Ávalos…
El juez unió sus manos como si se dispusiera a rezar. Dijo:
—El señor Pérez Migali me había remitido una carta…
“Ah”, me dije con displicencia, “las cartas de Pérez Migali, ese enamorado del género epistolar…”.
—¿Una carta? —fingí sorpresa.
—Puede leerla —dijo el juez—. Aquí está la fotocopia.
Vi de nuevo la maldita letra crispada y temblorosa. La carta era extensa, un poco enredada y con algunas incoherencias. La mayor parte de su redacción consistía en absurdas fabulaciones sobre los movimientos que —según Pérez Migali imaginaba— yo habría realizado en su casa, disparates que ni el juez, ni nadie, podría creer jamás.
Pero terminaba diciendo:

…y, si no me creen, y en el caso de que duden de que Luis Aguirre estuvo en mi casa y me asesinó, verán sus huellas digitales en el papel celofán del paquete de cigarrillos que encontrarán cerca de mi cadáver, muy probablemente sobre la mesita de luz.

 



Información bibliográfica

“El centro de la telaraña” fue publicado por primera vez en Cuadernos del Minotauro, Madrid, año III, nº 5, 2007, págs. 121-136.
Con el título de “The Center of the Web”, y en traducción al inglés de Donald A. Yates, apareció en Ellery Queen’s Mystery Magazine, Nueva York, volumen 131, nº 6, nº total 802, junio 2008, págs. 130-143.


Los autores

Fernando Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942. Es autor de una extensa obra narrativa, de la que cabe citar los volúmenes Imperios y servidumbres (1972), El mejor de los mundos posibles (1976), Sanitarios centenarios (1979), En defensa propia (1982) y El rigor de las desdichas (1994), Existe un hombre que tiene la costumbre de pegarme con un paraguas en la cabeza (2005), El regreso (2005), Costumbres del alcaucil (2008). También le pertenecen dos libros de entrevistas: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (1974) y Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (1992).

Cristian Mitelman nació en Buenos Aires en 1971. Es profesor de Letras Clásicas por la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado Libro de mapas y de símbolos (poesía, 1999) y Villa Medea (cuentos, 2007).