13 may. 2008

Voltaire - Abejas (Diccionario filosófico)



La especie de las abejas es superior a la raza humana en cuanto extrae de su cuerpo una sustancia útil, mientras que todas nuestras secreciones son despreciables y no hay una sola que no haga desagradable al género humano.

Me admira que los enjambres que escapan de la colmena sean más pacíficos que los chiquillos al salir del colegio, pues en esas circunstancias las jóvenes abejas no pican a nadie, o lo hacen raras veces y en casos excepcionales. Se dejan atrapar y con la mano se les puede llevar a una colmena preparada para ello. Pero cuando en su nueva morada conocen sus verdaderos intereses, se tornan semejantes a nosotros y nos declaran la guerra. En cierta ocasión presencié cómo iban pacíficamente, durante seis meses, las abejas a libar el néctar en un prado cercano cuajado de flores. Pero en cuanto comenzaron a segar el prado, salieron furiosas de la colmena y acometiendo a los segadores que querían privarlas de su alimento les obligaron a huir.

No sé quién fue el primero que dijo que las abejas se regían por un sistema monárquico. Indudablemente, esta idea no la emitió ningún republicano. Tampoco sé quién descubrió que se trataba de una reina en vez de un rey, y supuso que dicha reina era una Mesalina que disponía de un serrallo fabuloso y se pasaba la vida ayuntándose y procreando, poniendo y cobijando unos cuarenta mil huevos cada año. Y en las suposiciones se ha ido más allá. Se ha pretendido que pone huevos de tres especies diferentes: de reinas, de esclavos, que se llaman zánganos, y de sirvientas, que se llaman obreras. Pero esta suposición no concuerda con las leyes ordinarias de la Naturaleza.

Un eminente sabio, sagaz observador de la naturaleza, inventó hace unos años la incubadora de pollos, que conocieron ya los egipcios cuatro mil años atrás, sin importarle un ardid la enorme diferencia que media entre nuestro clima y el de Egipto. Y también este sabio (*) afirma que la reina de las abejas es la madre de esas tres especies de ellas.

Ciertos naturalistas tuvieron por buenas esas teorías, hasta que apareció un hombre que, dueño de seiscientas colmenas, creyó conocer mejor esta materia que los que sin poseer ninguna han escrito volúmenes enteros sobre esta república industriosa, tan desconocida como la de las hormigas. Ese hombre se llama Simón. Sin ínfulas de literato, escribe llanamente, pero consigue recoger miel y cera. Es buen observador y sabe más sobre esta materia que el prior de Jouval y que el autor del Espectáculo de la naturaleza. Estudió la vida de las abejas durante veinte años y afirma que es falso cuanto se ha dicho de ellas, y que los libros escritos sobre esta materia se han burlado de nosotros. Dice que hay efectivamente en cada colmena un rey y una reina que perpetúan el linaje real y dirigen el laboreo de sus súbditos, que ha visto dichos reyes y los ha dibujado. Asegura también que en las colmenas existe la grey de los zánganos y la numerosa familia de las abejas obreras, machos y hembras, y que éstas depositan sus huevos en las celdillas que han construido.

¿Cómo sería posible que sólo la reina pudiera poner y cobijar cuarenta mil huevos uno tras otro? El sistema más sencillo de averiguarlo suele ser el más verdadero. Sin embargo, yo he buscado muchas veces al rey y a la reina y nunca he llegado a verlos. Algunos observadores afirman que han visto a la reina rodeada de su corte, y han sacado de su colmena a ella y a su servidumbre, poniéndolas a todas en el brazo. No he verificado este experimento, pero sí he tomado con la mano las abejas de un enjambre que salía de la colmena sin que me picaran. Hay personas tan convencidas de que las abejas no causan daño alguno que se ponen enjambres de ellas en la cara y en el pecho.

Virgilio escribió sobre las abejas incurriendo en los errores de su época. Yo más bien me inclinaría a creer que el rey y la reina sólo son dos abejas normales que por casualidad vuelan al frente de las demás, y que cuando todas juntas van a libar el néctar de las flores hay algunas más rápidas que van delante, pero colegir de ello que en las colmenas hay rey, reina y corte, resulta muy dudoso.

Muchas especies de animales se agrupan y viven juntos. Se han comparado los corderos y los toros con los reyes, porque entre ellos frecuentemente hay uno que va delante y esta circunstancia ha llamado siempre la atención. El animal que muestra mayor apariencia de ser rey y de poseer su corte es el gallo: llama de continuo a las gallinas y deja caer de su pico el grano para que ellas lo coman, las dirige y las defiende, no tolera que otro aspirante a rey participe con él del dominio de su pequeño estado, y no se aleja nunca de su serrallo. Esta es la auténtica imagen de la monarquía, mejor representada en un gallinero que en una colmena.

En el libro de los Proverbios, atribuido a Salomón, se dice «que cuatro cosas hay entre las más pequeñas de la tierra, con más sabiduría que los mismos sabios: las hormigas, pueblo débil que en verano almacena su comida; los conejos, pueblo pacífico que construye su casa en la piedra; las langostas, que no tienen rey y salen todas en cuadrillas, y la araña, que teje con las manos y está en palacios de reyes». Ignoro por qué Salomón se olvidó hablar de las abejas, dotadas de instinto superior al de los conejos, aunque no ponen su casa en la piedra, y de instinto superior al de la araña, cuyo ingenio desconozco. Yo siempre preferiré la abeja a las langostas.


(*) Reaumur: Tratado de las singularidades de la Naturaleza