5 may. 2008

Robert Burton - Anatomía de la melancolía (fragmentos)


Leonardo Fucsia, Felix Plater, Hérc. de Sajonia hablan de una furia peculiar que viene del exceso de estudio. Fernelio pone al estudio, la contemplación y la continua meditación como causa especial de la locura. Jo. Arculano, entre otras cosas, enumera el " estudio apasionado"; también lo hace Levino Lemnio. "Muchos hombres" (dice) "contraen este mal por el estudio continuo y el desvelarse, y, de todos los hombres, los más sujetos a él son los estudiosos"; y estos, añade Al-Razi, "por lo general son los de mejores ingenios". Marsilio Ficino pone la melancolía entre las cinco principales plagas de los estudiantes; es la manceba común de todos ellos. Al igual que él, Varrón por esa causa los llama " filósofos tristes y austeros"; severo, triste, seco, tétrico son epítetos que se aplican comúnmente a los estudiosos; y es por eso que antaño Patricio, al hablar de la institución de los príncipes, prefiere que no sean grandes estudiantes. Pues (según sostiene Maquiavelo) el estudio debilita sus cuerpos, abate su fuerza y coraje; y los buenos estudiosos nunca son buenos soldados, lo que cierto godo bien percibió, pues cuando sus compatriotas llegaron a Grecia y quisieron quemar todos sus libros, se pronunció contra ello y dijo que no debían hacerlo de ninguna manera: "Dejadlos librados a esa plaga, que con el tiempo consumirá su vigor y su espíritu marcial". Los turcos hicieron abdicar a Corcuto, primer heredero del imperio, por ser tan dado a los libros; y es opinión común del mundo que el saber embota y disminuye el ánimo y así per consequens produce melancolía.

Pueden darse dos razones principales por las cuales los estudiantes son más propensos a este mal que otros. Una es que llevan una vida sedentaria y solitaria, sibi et musis [para sí mismos y sus estudios], carente de ejercicio corporal y de las diversiones ordinarias a las que recurren los demás hombres; y muchas veces, si a ello se une el descontento y la ociosidad -lo que es demasiado frecuente-, se ven precipitados de repente a ese abismo. Pero la causa común es el exceso de estudio: "Las muchas letras" (como le dijo Festo a Pablo) "te vuelven loco"; lo que lo efectúa es ese otro extremo. Así lo descubrió Trincavelio, por su experiencia con dos de sus pacientes, un joven barón y otro, que contrajo este mal por estudiar con demasiada vehemencia. También lo vio Foresto en un joven teólogo de Lovaina que estaba loco y decía "que tenía una Biblia en la cabeza". Marsilio Ficino da muchas razones por las cuales "los estudiantes desvarían con más frecuencia que los demás". La primera es su negligencia: "Otros hombres se ocupan de sus herramientas: el pintor lava sus pinceles; el herrero cuida de su martillo, yunque, forja; el labrador compone el hierro de su arado y afila su azada cuando se le embota; el halconero o cazador pone especial cuidado en sus halcones, sabuesos, caballos, perros, etc.; el músico encuerda y desencuerda su laúd, etc. Solo los estudiosos descuidan su instrumento (me refiero a su cerebro y su espíritu), que emplean a diario y con el cual recorren todo el mundo, que el mucho estudio consume". "Ve (dice Luciano) de no torcer la cuerda demasiado, no vaya a ser que al fin se rompa." Facino, en su cuarto capítulo, da algunas otras razones: Saturno y Mercurio, patrones del saber, son planetas secos; y Orígenes asigna a esa misma causa que los mercurialistas sean tan pobres y mendigos casi todos, pues su presidente Mercurio no tuvo mejor fortuna. Los Destinos de antaño le dieron la pobreza por castigo; desde entonces, la poesía y la mendicidad son gemelli , mocosos nacidos mellizos, compañeros inseparables;

Y hasta el día de hoy, todo estudioso es pobre;
el craso oro escapa de ellos y va directamente al burro.



Mercurio puede ayudarlos a alcanzar el conocimiento, mas no el dinero. La segunda es la contemplación, "que seca el cerebro y extingue el calor natural; pues mientras el espíritu está ocupado arriba, en la cabeza, el estómago y el hígado quedan desamparados, y de ahí vienen la sangre negra y las indigestiones por defecto en la cocción, y la falta de ejercicio impide que los vapores superfluos sean exhalados", etc. Las mismas razones las repite Gomesio; Nimano; Jo. Vosquio; y añaden algo más: que los que estudian con intensidad se ven aquejados corrientemente de gota, catarro, reuma, caquexia, bradipepsia, males en los ojos, cálculos; y cólico, indigestiones, opilaciones, vértigo, ventosidades, consunción y todas las enfermedades que vienen por pasar demasiado tiempo sentado; son casi todos flacos, secos, de mal color, gastan sus fortunas, pierden la cordura y muchas veces sus vidas, todo por los esfuerzos inmoderados y los estudios extraordinarios. Si no crees que esto sea verdad, mira las obras del gran Tostado y las de Tomás de Aquino y dime si te parece si estos hombres se esforzaron. Consulta a Agustín, Jerónimo, etc., y también a otros miles.

Quien desee llegar a la meta a la que aspira,
Debe sudar y helarse antes de alcanzarla



y trabajar duro por ella. Así lo hizo Séneca, según él mismo lo confiesa: "No paso ni un día de ociosidad, mantengo mis ojos abiertos durante parte de la noche, cansados de velar, descansando por momentos de su continua faena". Oye a Tulio en Pro Archia Poeta : "Mientras otros holgaban y se dedicaban a sus placeres, él estaba continuamente con sus libros"; así hacen quienes quieren ser estudiosos y esto a riesgo (digo) de sus saludes, fortunas, cordura y vidas. ¿Cuánto gastaron Aristóteles y Ptolomeo? Unius regni pretium , dicen, más que el rescate de un rey. ¿Cuántas coronas por año, para perfeccionar sus artes, el uno con Historia de las criaturas , el otro con su Almagesto ? ¿Cuánto tiempo dedicó Thebet Benchorat a descubrir el movimiento de la octava esfera? Cuarenta años y más, escriben algunos. ¡Cuántos pobres estudiosos perdieron la razón o quedaron lelos descuidando todos los asuntos mundanales, esse y bene esse [ser y bienestar], para obtener conocimiento por el cual, tras todos sus esfuerzos, para la estima del mundo son considerados tontos ridículos y estúpidos, idiotas, asnos, y (como suele ocurrir) son rechazados, condenados, burlados, desvarían y enloquecen! O, si conservan la cordura, son considerados infelices y estúpidos por su porte: "tras siete años de estudio",

Mudo como una estatua, avanza con lentitud,
y la turba se estremece de risa al mirarlo.



Como no pueden montar a caballo -cosa que sabe hacer cualquier paleto-, saludar ni cortejar a una noble, trinchar en la mesa, encogerse y hacer zalemas como cualquier baladrón, his populus ridet , etc.: se burlan de ellos con desdén y nuestros galanes los consideran necios mentecatos. Sí, muchas veces, tal es su miseria que lo merecen: un mero estudioso es un mero asno.

Que inclinan torcidamente sus cabezas
Clavando un ojo fijo en la tierra;
Cuando están solos, roen sus murmullos
En furioso silencio, como si balancearan
Cada palabra sobre sus tendidos labios, y cuando
Meditan los sueños de viejos enfermos,
Como: "Nada sale de la nada;
Y lo que es, nunca puede convertirse en nada".



Así suelen andar meditando para sí mismos, así se sientan, tales son sus acciones y su figura. Fulgoso menciona como T. de Aquino, que cenaba con el rey Luis de Francia, dio de pronto con el puño en la mesa y exclamó: "Esto demuestra que los maniqueos se equivocaban"; estaba en la luna, como suele decirse, y su cabeza se ocupaba de otros asuntos; se sintió muy abochornado al percibir su error. Vitruvio trae una historia semejante sobre Arquímedes, que, al descubrir el medio de saber cuánto oro estaba mezclado a la plata de la corona del rey Hiero, salió corriendo desnudo del baño y exclamó: ¡Eureka! , [lo encontré]; "y por lo general se sumergía tanto en sus estudios que nunca percibía lo que ocurría en torno a sí; cuando la ciudad fue tomada y los soldados se disponían a saquear su casa, ni lo notó". San Bernardo, tras cabalgar durante todo el día a lo largo del lago Lemniano, preguntó dónde se encontraba. Solo el porte de Demócrito hizo que los abderitas lo supusieran loco y mandaran buscar a Hipócrates para que lo curase; siempre que se encontraba en alguna solemne compañía, se echaba a reír a cada ocasión. Teofrasto dijo algo parecido de Heráclito, que lloraba continuamente; y Laercio, de Menedemo Lampsaco porque corría como un loco "diciendo que venía como espía del infierno para contarles a los diablos qué hacen los mortales". Quienes son tenidos por los más grandes de los estudiantes por lo general no son los mejores: sujetos tontos y reblandecidos en su conducta externa, absurdos, ridículos para los demás y sin una pizca de experiencia en los asuntos mundanales; pueden medir el firmamento, recorrer la tierra, enseñarles a otros la sabiduría, pero en regateos y contratos son sobrepasados por cualquier bajo mercader. ¿No son tontos estos hombres? ¿Y cómo podrían no serlo si, "como tantos zotes en las escuelas" (como bien observó) "ni oyen ni ven de las cosas que se practican habitualmente en el exterior"? ¿Cómo reunirían experiencia, y por qué medios? "Conocí en mis tiempos a muchos estudiosos", dice Eneas Silvio (en una epístola que le dirige a Gaspar Schlick, canciller del emperador), "de excelente instrucción, pero tan rudos, tan tontos, que no tenían los buenos modales que se estilan ni sabían cómo administrar sus asuntos domésticos o públicos. Paglarense quedó atónito y dijo que sin duda su granjero lo engañaba cuando lo oyó contar que su cerda había parido once lechones y la asna solo un borrico". Para decir lo mejor acerca de esta profesión, no puedo sino dar más testimonio sobre ellos en general que lo que dice Plinio de Iseo: "Es un estudioso, clase de hombres que es, como ninguna, simple, sincera, no la hay mejor"; son, en su mayor parte, hombres inofensivos, honestos, rectos, inocentes y veraces.

Justamente porque suelen estar sujetos a azares e inconveniencias tales como el desvarío, la locura, la simplicidad, etc., Jo. Vosquio quiere que los buenos estudiosos sean altamente recompensados y tenidos en el más extraordinario respeto por encima de los demás hombres, "que aquellos que se arriesgan y ponen en peligro sus vidas por el bien público, tengan mayores privilegios que los otros". Pero hoy día los patrones del saber distan tanto de respetar a las Musas y de darles tal honor, o recompensa, a los estudiosos -el cual merecen y les es concedido por los indulgentes privilegios de muchos nobles príncipes- que después de todos los esfuerzos hechos en las universidades, los costos y cargos, expensas, fastidiosas horas, laboriosas tareas, fatigosos días, peligros, azares (y a todo esto, privados de todos los placeres que tienen los demás hombres, enjaulados como halcones durante toda su vida) si por casualidad consiguen sortearlos, al fin serán rechazados, condenados y, lo que es la mayor de sus desdichas, se ven llevados a la vida errante, expuestos a la necesidad, la pobreza y la mendicidad. Sus acompañantes habituales son:

Pena, trabajos, cuitas, pálida enfermedad, miserias,
Miedo, mugrienta pobreza, hambre no saciada,
Terribles monstruos para que los vean los ojos.


Si no hubiese otras cosas que los turbaran, solo pensar en esto bastaría para volverlos melancólicos a todos. La mayor parte de los demás oficios y profesiones permiten que al cabo de unos siete años de aprendizaje se viva de su práctica. El mercader arriesga sus bienes en el mar y, aunque el peligro es mucho, si regresa una nave de cuatro es probable que cubra los costos del viaje. Las ganancias del granjero son casi seguras, "que Júpiter mismo no puede dañar" (hipérbole de Catón, que fue gran granjero); solo los estudiosos, creo yo, viven en la mayor incertidumbre, no son respetados, están expuestos a todas las casualidades y azares. Para empezar, ni uno entre muchos demuestra ser un estudioso, no todos son capaces y dóciles, "no se puede hacer una efigie de Mercurio de cualquier leño". Podemos hacer alcaldes y funcionarios cada año, pero no estudiosos. Los reyes pueden armar caballeros y barones, como confesó el emperador Segismundo; las universidades pueden dar títulos; y "lo que eres, cualquiera puede serlo"; pero él, no ellos, ni todo el mundo, puede dar saber, hacer filósofos, artistas, oradores, poetas. Es fácil decir, como Séneca bien nota: O virum bonum! o divitem! ; señalar un hombre rico, un hombre bueno, feliz, un hombre próspero: "un hombre suntuosamente vestido, un hombre acicalado". Pero no es así de sencillo dar con un hombre instruido. La instrucción no se obtiene con tanta rapidez; por deseosos que estén algunos de esforzarse por ella, por más que estén suficientemente informados al respecto y sean liberalmente mantenidos por sus padres y patrones; aun así son pocos los que la abarcan.

Traducción: Agustín Pico Estrada

La Nación, ADN, 3 de mayo de 2008

Edición de Editorial Winograd de Anatomía de la melancolía (selección), 2008 [1ª ed. 1621]