9 may. 2008

Marvin Harris - Respirar

Convenientemente entrenados, algunos seres humanos aguantan sin respirar bajo el agua trece minutos. La ma­ yoría de las personas empiezan a ahogarse después de dos. La respiración es, pues, un buen ejemplo de instinto biopsicológico, que forma parte de la naturaleza humana y actúa como tamiz de las alternativas culturales. Raras veces las grandes teorías sobre la evolución cultural se dignan tener en cuenta algo tan obvio, y ello a pesar de que la necesidad de oxígeno explica por qué el drama de la historia humana se ha desarrollado, en su mayor parte, en lugares situados más o menos entre el nivel del mar y los 4.000 metros de altura. Más recientemente la necesidad de aire res­ pirable o, mejor, el fracaso a la hora de proteger el suministro de aire respirable se ha afirmado de formas menos evidentes. En la actualidad, una parte considerable de los modos de vida de la era industrial es objeto consciente de selección positiva o negativa de conformidad con su contribución a la satisfacción de los requisitos de calidad del aire que exige la naturaleza humana.



Antiguamente, el aire era tan onmipresente y abundante que, a decir de los economistas, constituía un «bien gratuito». Con ello, ocultaban el hecho de que las industrias petroquímicas, las fábricas de automóviles y las empresas de servicios públicos estaban utili­zando la atmósfera como alcantarilla, sin pagar y sin tener en cuen­ta los efectos que el aire impuro tendría sobre las personas que tuviesen que aspirar de él su aliento vital. De hecho, el aire dejó de ser gratuito en el momento mismo en que nuestros antepasados empezaron a producir humo como resultado de sus hogueras de cocina y calefacción. Para deshacerse del humo, tuvieron que pagar el precio de practicar agujeros en el techo y construir chimeneas y ventanas. Con la industrialización, los costes añadidos de respirar fueron reducidos al principio, comparados con los beneficios que reportaban las nuevas tecnologías basadas en los combustibles sólidos. Pero el cielo demostró pronto una capacidad limitada para absorber los productos tóxicos de origen químico y el smog se ha convertido ahora en un factor importante de la evolución cultural. Para evitarlo, pagamos con catalizadores, depuradoras de chime­nea, filtros y acondicionadores del aire. Y, para alejarnos de él, pagamos construyendo casas carísimas, precariamente encarama­das en las laderas resbaladizas de los montes, o recorriendo dos­cientos cincuenta kilómetros diarios en nuestros viajes de ida y vuel­ta desde urbanizaciones relativamente libres de contaminación.



No obstante, no deja de ser cierto que la necesidad de aire no ha tenido la importancia de otras necesidades dentro de la evolu­ción cultural. La industrialización aumentó el protagonismo de la necesidad de aire, pero no sirve para explicar cómo empezó a de­cantarse la selección a favor de la propia industrialización. Ni para explicar ningún aspecto fundamental de las trayectorias evolutivas que conducen desde las bandas de cazadores-recolectores [foraging bands] a los Estados e imperios agrarios anteriores a la irrupción de los sistemas industriales contemporáneos. Creo que es importan­te comprender la razón de ésto. Dicho de modo sencillo, en el pa­sado nadie podía trocar aire por bienes y servicios, ni el aire podía almacenarse, repartirse o constituir la base del poder sobre otros. Desde luego, se podía privar de aire a las personas por asfixia, estrangulamiento o ahorcamiento. Pero la facultad de hacer cosas de tal naturaleza se basaba (y se basa todavía) en el control de otro tipo de recursos y recompensas, y no en el racionamiento y la venta del aire. Durante los próximos años estaremos a salvo de tiranos o empresarios que quieran monopolizar el mercado del aliento vital. Pero, dada la probada capacidad de destruir y contaminar el cielo de ciudades pequeñas, como Denver y Salt Lake City, o grandes, como Ciudad de México y Nueva York, no se debería dar por su­puesto que tener acceso al aire será un derecho de nacimiento pro­tegido para las futuras generaciones. ¿Llegará el día en que empre­sas gigantes amenacen con cortar el suministro de aire a los clien­tes por no pagar a tiempo el recibo? Cosas más extrañas han ocu­rrido en el transcurso de la evolución cultural.



En Nuestra Especie