4 abr. 2008

Macedonio Fernández
Oh Eterna, en tu boca ya no se diga más: soy pasajera




Suspensa has quedado, plácido el respiro
que murmura el quieto existir,
plácido un mirar a lo lejos, y un pensar descansando
que al interesarse por momentos quedamente
sin agitación ni demandas a la vida,
influencia la blanca mano del cariño
que sobre la mía posaste, como por una brisa,
y así voy sabiendo los pasos nuevos de tu pensar.

Conociendo en la tibia opresión de tu palma los andares de tu alma,
bebiendo contigo el aire que respiras,
que recién latió con la voz en que decías:
soy pasajera.
En las lindes de mi mirada, abajo la blancura de la mano,
en alto el arder igual de la negra pupila, que no
miro en adivinarla complacido.

Lo que dijiste, y el callar sin mirarme de ahora, tan precioso de una espera
graciosa y segura de la respuesta que sabes...
Mi mente quedó buscando enamorada con todas sus fuerzas
por darte la inmensa, eterna.
Ese callar, Eterna, en boca que fiada en amor
sutilmente sonríe, ese callar gentil como es clara
la luz de tu sonreír que sólo yo descubro,
quisiera guardarlo.
Y en mi eterna memoria he de tenerlo eterno como el
muy rico decir que tuvo nuestro amor.
Ese callar...
Ese callar que apretaste voluntaria en los labios
tan cerca de mi
contemplación dichosa,
provocándome.
A los ojos de amante que en mí hay contra
lo efímero
y, en todo mi pensar, contra las muertes.
Quita ese callar con que, en el seguro de amor, juegas
y finges la no esperanza mientra cierta esperas
la respuesta que sabes tengo inocultable
para todas las ficciones del cesar, del partir
que llamamos morir.

Tan cerca venturoso mirando tu garganta
y el vivir de tu pecho con murmurio del respiro que lo visita.
Se va y vuelve, lo conmueve y se pierde
en la significación inmensa de las bocas entreabiertas.
El aire que bebemos,
el son del latido
y la oscilación de los pechos unísonos del mar.

Eterna, que amé
aunque no esperé ser amado
y hoy ¡cuán modestamente, cual si nada dieras
cual si no alumbrara a tus prodigiosas palabras
la magnificencia de una creación de Vida!
me diste el comienzo más real de la mía,
más prístino, más inaugural que un nacer
en tus palabras "Sí, yo también te amo".

Sí, colmo quien tiembla,
como quien tiembla feliz de un sueño hermoso
y, dolorido, del despertar que se lo quite
y, empero, es la realidad que lo espera
y el despertar lo que guarda su dicha,
así estoy trémulo,
sin recibir la ofrenda, sin creerla,
sin recibirla en la íntima, segura alegría de mi ser,
sin darle mi fe,
el presente del amor tuyo, que con tantos ruegos llamé antes,
de ese amor que tantas veces los ensueños me dieron
y el despertar me despojó.

Aunque pudiera
que hoy lo real es más venturoso que todo ensueño,
seas tú quien me lo diga otra vez, me llame, me despierte;
que aún fáltame denuedo
para correr la cortina de la mañana, del despertar,
y a trueque de lo cual alejar este ensueño.



En Museo de la novela de la eterna, Cap. XV
Selección, prólogo y cronología: César Fernández Moreno
Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1982, pág. 337 y ss.


Sobre este poema véase

Consuelo-Eterna, pasión erótica y metafísica de Macedonio
de Ana Camblong en Nadja Nº 6 "El cuerpo de las pasiones". Marzo 2003]