14 abr. 2008

Lou Andreas Salomé - Vivencia de los amigos

En Roma, por lo pronto, ocurrió algo que sopló a favor nuestro: fue la llegada de Friedrich Nietzsche a nuestro círculo, puesto al corriente por carta por sus amigos Malwida y Paul Rée, y que inesperadamente vino desde Mesina a compartir nuestra compañía. Pero sucedió algo aún más inesperado: y es que apenas supo del plan de Paul Rée y mío, Nietzsche se convirtió en el tercero en el pacto. Incluso quedó fijado el lugar de nuestra futura trinidad: iba a ser París (originalmente Viena), donde tanto Paul Rée como yo, él desde antes y yo por St. Petersburgo, estábamos relacionados con Iván Turgueniev. Esto tranquilizo un poco a Malwida, porque allí nos veía protegidos por sus hijas adoptivas Olga Monod y Natalie Herzen; la segunda mantenía además una pequeña tertulia, donde leía cosa bellas rodeada de muchachas jóvenes. Pero lo que más le habría gustado a Malwida habría sido que la señora Rée hubiese acompañado a su hijo y la señorita Nietzsche a su hermano.

 

Nuestras bromas eran alegres e inofensivas, ya que todos queríamos mucho a Malwida, y Nietzsche estaba a menudo en un estado tal de agitación que pasaba a segundo término su manera de ser más comedida, o dicho más exactamente, algo solemne. Esta solemnidad la recuerdo ya desde nuestro primer encuentro, que tuvo lugar en la Iglesia de San Pedro, donde Paul Rée se entregaba a sus notas de trabajo con ardor y devoción, en un confesionario orientado de manera especialmente favorable hacia la luz, y en donde por eso había citado a Nietzsche. Su primer saludo al mío fueron las palabras: “ ¿Desde qué estrella hemos venido a caer aquí, uno frente a otro?”. Lo que tan bien comenzara sufrió sin embargo posteriormente un giro diferente que nos hizo pasar, a Paul Rée y a mí, nuevas preocupaciones por nuestro plan, en la medida en que éste se vio incalculablemente complicado por un tercero. Por cierto que Nietzsche lo veía más bien como una simplificación de la situación: hizo que Rée hiciese valer ante mí sus buenos oficios para una proposición de matrimonio. Profundamente preocupados, nos pusimos a pensar cuál sería la mejor manera de solucionarlo sin poner en peligro nuestra trinidad. Se acordó explicarle claramente a Nietzsche, antes que nada, mi fundamental aversión hacia el matrimonio en general, pero además también la circunstancia de que yo viví sólo de la pensión de viuda de general, y que la casarme perdería mi propia pequeña pensión, que le estaba concedida a las hijas únicas de la nobleza rusa.

 

Cuando salimos de Roma, el asunto parecía liquidado; además en los últimos tiempos Nietzsche venía sufriendo con mayor frecuencia de sus “ataques” -la enfermedad que le había obligado en su día, a abandonar la cátedra de Basilea, y que se manifestaba como una jaqueca terriblemente fuerte-; por tal motivo, Paul Rée se quedó con él todavía un tiempo en Roma, mientras que mi madre -según creo recordar- tuvo por más conveniente partir conmigo primero, de manera que sólo durante el viaje volvimos a reunirnos todos. Luego juntos, hicimos estación por el camino, por ejemplo en Orta, en los lagos del norte de Italia, donde el Monte Sacro, situado en las cercanías, parece que nos cautivo; al menos hubo un mal humor de mi madre ajeno a nuestras intenciones, al habernos demorado Nietzsche y yo, más de la cuenta en el Monte Sacro y no haber regresado puntuales a recogerla, cosa que también anotó con bastante enojo Paul Rée, quien le había hecho compañía. Luego que abandonamos Italia, Nietzsche hizo una escapada a casa de los Overbeck, en Basilea, pero desde allí volvió a reunirse con nosotros en Lucerna, porque los buenos oficios romanos de Paul Rée en su favor le parecían insuficientes y quería conversar el asunto personalmente conmigo, cosa que ocurrió en el Löwengarter de Lucerna. Al mismo tiempo, Nietzsche se empeño en hacer la fotografía de nosotros tres, a pesar de las violentas protestas de Paul Rée, que conservó toda su vida un terror enfermizo a la reproducción de su rostro. Nietzsche en plena euforia, no sólo insistió en hacerla, sino que se ocupó, personalmente y con celo, de la preparación de los detalles -como la pequeña carreta (¡que resultó demasiado pequeña!), o incluso en la cursilería del ramo de lilas en la fusta, etcétera. 

 

[...]

 

Desde Bayreuth quedó planeada una convivencia de varias semanas entre Nietzsche y yo en Turingia -Tautenburg bei Dornburg-, donde vine por casualidad a vivir en una casa cuyo huésped, el predicador del lugar resultó ser un antiguo discípulo de mi principal profesor en Zurich, Alois Biederman. Parece que al comienzo hubo algunas disputas entre Nietzsche y yo, con motivo de toda clase de habladurías, que hasta el día de hoy me siguen resultando incomprensibles porque no se compadecían con ninguna especie de realidad, y de las cuales también pronto nos deshicimos para gozar abundantemente de la compañía mutua, dejando en lo posible de lado a molestos terceros. Aquí tuve ocasión de adentrarme en el circulo de los pensamientos de Nietzsche mucho más profundamente de lo que me había sido posible en Roma o durante el camino: yo no conocía todavía nada de sus obras, aparte de la Gaya Ciencia, que aún tenía en su último estadio de elaboración y de la cual ya nos había leído en Roma: en las conversaciones de esta especie Nietzsche y Rée se arrebataban las palabras de la boca, hacía tiempo que pertenecían a la misma tendencia espiritual, o en todo caso desde que Nietzsche se había distanciado de Wagner. La predilección por el modo de trabajo aforístico -a la que Nietzsche se veía obligado por su enfermedad y su forma de vida- le había sido propia desde un comienzo a Paul Rée; siempre andaba con un Larochefoucauld o un La Bruyère en el bolsillo, de la misma manera como, desde su primera obra, Sobre la vanidad, permaneció siempre del mismo espíritu. Pero en Nietzsche era posible sentir ya lo que había de llevarlo más allá de sus colecciones de aforismos y hacia el Zaratustra: el profundo movimiento de Nietzsche el buscador de Dios, que venía de la religión e iba hacia la profecía de la religión.

 

En una de mis cartas a Paul Rée desde Tautenburg la del 18 de agosto, ya puede leerse: “Muy al comienzo de mi relación con Nietzsche le escribí a Maldiwa que éste era una naturaleza religiosa, despertando con ello la más fuerte resistencia de su parte. Hoy quisiera subrayar doblemente esta expresión” “Veremos el día en que se presente como heraldo de una nueva religión, y será entonces una religión que reclute héroes como discípulos. Cuán igual pensamos y sentimos al respeto, y cómo nos quitábamos cabalmente las palabras y los pensamientos de la boca. Literalmente nos matamos hablando estas tres semanas, y lo notable es que, de pronto, él soporta ahora charlar cerca de diez horas al día.” “Es extraño que con nuestras conversaciones vayamos a dar involuntariamente a los abismos, a aquellos lugares de vértigo a los que alguna vez uno ha llegado trepando solo, para asomarse a las profundidades. Constantemente hemos escogido los senderos de las gamuzas, y si alguien nos hubiese escuchado habría creído que eran dos diablos conversando.”

 

No podía ser de otra manera, que en el modo de ser de Nietzsche y en lo que decía me fascinara justo aquello que entre él y Paul Rée menos ocasión tenía de acceder a la palabra. Ya que en ello vibraban recuerdos o sentimientos a medias ignorados provenientes de mi niñez, infantilísima, y sin embargo personalísima e indestructible. Sólo que, al mismo tiempo, era precisamente esto lo que no me habría permitido nunca convertirme en su discípula, en su seguidora: caminar en la dirección de la que había tenido que desprenderme para encontrar la claridad, me habría hecho desconfiar en todo momento. Lo fascínate y, al mismo tiempo, un íntima repulsa, eran una y la misma cosa.

 

Luego de que hube regresado a Stibbe por el otoño, volvimos una vez más a reunirnos con Nietzsche en Leipzig en octubre, por tres semanas. Ninguno de nosotros presentía que sería la última vez. Y sin embargo ya no era como al comienzo, aunque seguían firmes nuestros deseos de un futuro común para los tres. Si he de preguntarme qué es lo que, antes que nada, comenzó a afectar mi disposición interior para con Nietzsche, diré que fue la acumulación creciente, por parte suya, de insinuaciones destinadas a perjudicar a Paul Rée ante mis ojos -y el asombro, también, de que pudiese tener este método por efectivo.

 

Sólo después de nuestra despedida en Leipzig se desataron igualmente los ataques contra mi persona, reproches cargados de odio de los cuales yo sólo llegué a conocer una carta precursora. Lo que depués siguió parecía contradecir de tal manera la esencia y la dignidad de Nietzsche, que sólo puede ser adscrito a la influencia ajena. Así por ejemplo, cuando nos hacía a Rée y a mi objeto de sospechas cuya falta de fundamento él conocía mejor que nadie. Pero parece ser que lo más odioso de este período me fue simplemente disimulado por los cuidados de Paul Rée -cosa que no supe sino muchos años más tarde; incluso parece que hubo cartas de Nietzsche a mí persona que no me llegaron jamás, ahorrandome improperios que me habrían resultado incomprensibles. Y no sólo esto: Paul Rée me ocultó también el hecho de hasta qué punto las calunmias que circulaban habían soliviantado contra mí también a su familia, hasta el extremo de que ésta me odiaba, en lo cual, es verdad, tenía especialmente que ver la disposición enfermizamente celosa de la madre, cuyo deseo era retener al hijo para sí sola.

 

El propio Nietzsche, mucho más tarde, parece haber mostrado también su disgusto por los rumores que habia puesto en circulación; ya que por intermedio de Heirich von Stein, que era amigo nuestro, nos enteramos del siguiente episodio de Sils-Maria, donde éste visitó una vez a Nietzsche (no sin antes pedirnos conformidad). Abogó ante él por la posibilidad de terminar con los malentendidos que habían surgido entre nosotros tres; pero Nietzsche respondió, sacudiendo la cabeza: “Lo que yo hice no puede perdonarse.”

 

Posteriormente yo misma seguí conmigo el método de Paul Rée: mantenerme alejada de todo el asunto, no leer nada más al respecto y no ocuparme ni de los ataques de la casa Nietzsche ni, en general, de la literatura sobre Nietzsche después de su muerte. Mi libro Friedrich Nietzsche en sus obras lo escribí todavía completamente sin prevención, motivada tan sólo por el hecho de que con su acceso a la fama, se habian apoderado de él demasiados adolescentes literatos que no lo entendían; a mí misma la imagen espiritual de Nietzsche se me había revelado en sus obras, pero sólo después de nuestro trato personal; mi intención no fue otra sino comprender la figura de Nietzsche a partir de estas impresiones objetivas. Y tal como se me reveló su imagen en la pura fiesta retrospectiva de lo personal, tenía que seguir ante mis ojos.

 

De Mirada retrospectiva. Compendio de algunos recuerdos de mi vida

Edición original al cuidado de Ernst Pfeiffer. Trad. A. Venegas

Madrid, Alianza Editorial, 1980

Fuente: www.ddooss.org