23 mar. 2008

Voltaire - Resurrección


Se dice que los egipcios construyeron las pirámides y mastabas para que sirvieran de sepulcros y los cuerpos de los muertos embalsamados, esperaran que sus almas fueran a reanimarlos al cabo de mil años. Pero si los cuerpos debían resucitar, ¿por qué la primera operación que hacían los embalsamadores consistía en horadarles el cráneo y con un gancho sacar los sesos? La idea de resucitar sin sesos parece que hace sospechar que los egipcios vivos no tenían. Debemos, sin embargo, tener presente que la mayor parte de los antiguos creían que el alma estaba en el pecho. ¿Por qué el alma ha de estar en el pecho y no en otra parte? Es indudable que cuando experimentamos sensaciones violentas sentimos en la región del corazón una dilatación o contracción que nos hacen creer que aquí se aloja el alma. El alma era algo aéreo, un ser sutil que deambulaba por donde podía hasta encontrar su cuerpo.

La creencia en la resurrección es más antigua que los tiempos históricos. Atalido, hijo de Mercurio, podía morir y resucitar según su voluntad Esculapio resucitó a Hipólita, Hércules a Alcestes, Pélope, despedazado por su padre, fue resucitado por los dioses y Platón dice que Heres resucitó por quince días.

En Judea, los fariseos adoptaron el dogma de la resurrección mucho tiempo después que Platón.

En los Hechos de los Apóstoles se refiere un hecho singular. Santiago y muchos de sus compañeros aconsejaron a san Pablo que fuese al templo de Jerusalén a practicar las ceremonias de la ley antigua, a pesar de ser cristiano, «para que todos se enteren de que es falso lo que de vos cuentan y sepan que continuáis observando la ley de Moisés». Lo que equivale a decir: Id a mentir al templo y a perjurar, id a renegar públicamente de la religión que enseñáis.

San Pablo fue, pues, al templo durante siete días y al séptimo le reconocieron y le acusaron de llevar extranjeros al templo, de haberlo profanado. He aquí cómo salió del apuro:

«Sabiendo Pablo que algunos de los que estaban allí eran saduceos y otros fariseos, exclamó ante la asamblea: Hermanos míos, soy fariseo e hijo de fariseos, y porque abrigo la esperanza de la vida futura y la resurrección de los muertos, desean condenarme» (Hech. Apóst. 23,6). En todo este asunto no se trató de la resurrección de los muertos y Pablo sacó a relucir esto sólo para enfrentar a los fariseos y saduceos.

«Hablando Pablo de esta manera suscitó una discusión entre los fariseos y saduceos y la asamblea se dividió en dos bandos. Los saduceos sostenían que no existía la resurrección ni el espíritu, y los fariseos reconocían ambas cosas».

Aseguran algunos que Job, que es muy antiguo, conocía ya el dogma de la resurrección, y para demostrarlo citan estas palabras: «Sé que mi redentor está vivo y un día me llegará su redención; entonces me levantaré del polvo, la piel me renacerá y veré todavía a Dios en mi carne» (Job, cap. 19, 26).

Varios comentaristas interpretan estas palabras diciendo que Job abrigaba la esperanza de curar de su enfermedad y no permanecer siempre acostado en el suelo, como estaba. Los versículos siguientes demuestran que ésta es la verdadera explicación, cuando momentos después dice a sus falsos amigos: «¿Por qué, pues, decís persigámosle»; o estas otras palabras: «Porque vosotros diréis, ¿por qué le hemos perseguido?» Evidentemente, quiere decir que se arrepentirían de haberle ofendido cuando le vieran otra vez en su primer estado de salud y opulencia. El enfermo que dice me levantaré, no dice resucitaré. Tergiversar el sentido de los pasajes claros es el medio más seguro de no entenderse nunca.

San Jerónimo sitúa la formación de la comunidad de los fariseos poco antes de venir Jesucristo al mundo. El rabino Hillel parece ser el fundador de la secta de los fariseos y fue coetáneo de Gamaliel, maestro de san Pablo. Muchos fariseos creían que sólo habían de resucitar los judíos, pero no los demás hombres, y otros estaban convencidos que la resurrección tendría lugar en Palestina y los cuerpos enterrados en otras partes serían llevados secretamente a Jerusalén para unirse allí a sus almas. Pero san Pablo, en su Primera Epístola a los tesalonicenses, cap. IV, dice que «el segundo advenimiento de Jesucristo sería para ellos y para él. Tan pronto como el arcángel dé la señal y suene la trompeta de Dios el Señor descenderá del cielo y los que hayan muerto en Jesucristo resucitarán los primeros. Nosotros, que estaremos vivos hasta entonces, nos veremos arrebatados con ellos hasta las nubes para ir por los aires hasta la presencia del Señor y vivir eternamente con El».

Este importante pasaje prueba que los primeros cristianos creían ver el fin del mundo, como predijo san Lucas.

San Agustín mantenía que los niños, incluso los que nacen muertos, resucitarían en edad madura. Orígenes, Jerónimo, Atanasio y Basilio no creían que las mujeres debían resucitar con su sexo. En pocas palabras, siempre se ha discutido sobre lo que fuimos, somos y seremos.

De la resurrección de los antiguos. En opinión de algunos, el dogma de la resurrección era creencia general en Egipto y hasta yo mismo opinaba antes de ese modo. Unos creían que se resucitaba al cabo de dos mil años y otros a los tres mil, diferencia de opiniones teológicas que parece probar que no estaban seguros del hecho. Por otra parte, no sabemos de nadie que resucitara en la historia de Egipto, pero sí que hubo resucitados en Grecia. Veamos, pues, si encontramos en los griegos la invención de resucitar.

Los griegos solían incinerar los cadáveres, mientras que los egipcios los embalsamaban para que el alma, cuando regresara a su antigua morada, la encontrara dispuesta para recibirla. Esto se comprendería si el alma volviera a encontrar los órganos de su cuerpo, pero el embalsamador, como hemos dicho, empezaba por quitarle el cerebro y vaciarle las entrañas. ¿Cómo es posible que los hombres resuciten sin intestinos y sin la parte noble que es la que piensa? ¿Cómo ha de adquirir su sangre, su linfa y demás humores?

Se me contestará que todavía es más difícil resucitar en Grecia, cuando sólo queda de cada cuerpo una libra escasa de cenizas. Esta objeción es contundente y me obliga a considerar la resurrección como algo muy extraordinario, aunque esto no impidió que resucitaran los personajes griegos de que antes hemos hablado.

Algunos socialistas severos encuentran la resurrección y el Purgatorio en Virgilio. En el libro VI de la Eneida se lee, respecto al Purgatorio: «Los corazones más perfectos, las almas más puras, ven los ojos de los dioses llenos de manchas que es necesario borrar. Como ninguno fue inocente deben castigarnos a todos. Cada alma tiene su demonio, cada vicio su castigo, y diez siglos apenas son suficientes para conseguir que nuestro corazón sea digno de los dioses».

He aquí mil años de Purgatorio expresados taxativamente, sin que los familiares pudieran conseguir de los sacerdotes indulgentes que acortaran el plazo, previo pago en dinero contante. Los antiguos eran más severos y menos simoníacos que nosotros a pesar de atribuir a sus dioses muchas tonterías. Pero esto era inevitable, porque su teología estaba llena de contradicciones, como los incrédulos dicen que está la nuestra.

Cumplida la pena del Purgatorio las almas iban a beber el agua del Leteo, tras lo cual pedían penetrar en otros cuerpos y volver a ver la luz del día. Pero esto no era una verdadera resurrección. Entrar en un cuerpo nuevo no es volver a recuperar el suyo; eso era una metempsicosis que nada tiene que ver con la resurrección.

Confieso que las almas antiguas hacían un mal negocio volviendo por segunda vez al mundo, porque debió ser muy triste reaparecer en la tierra, pasar en ella unos setenta años y sufrir todo lo sufrible en la vida para volver a pasar mil años de Purgatorio. No debía haber alma que no se cansara de los avatares de una vida tan corta y una penitencia tan larga.

De la resurrección de los modernos. Nuestra resurrección es muy diferente Cada hombre recuperará el cuerpo que tuvo y todos los cuerpos arderán eternamente, salvo uno por cada cien mil. Lo que es peor que un Purgatorio de diez siglos para revivir en el mundo unos años.

¿Cuándo llegará el día de la resurrección general? Como no se sabe positivamente, los doctos son de encontrados pareceres; ni siquiera saben cómo cada quisque puede encontrar sus miembros porque tropiezan con muchas dificultades para averiguarlo. He aquí algunas:

1) Nuestro cuerpo experimenta durante su vida un cambio continuo; nada queda a los cincuenta años del cuerpo que pudo alojar nuestra alma a los veinte.

2) Un soldado bretón enviado al Canadá se ve en la mayor penuria y la necesidad le obliga a comerse a un iroqués que mató el día anterior. Este iroqués estuvo comiendo jesuitas durante dos o tres meses v gran parte de su cuerpo se había convertido en jesuita. He aquí, pues, el cuerpo de ese soldado compuesto de iroqués, de jesuita y de lo que comió antes. ¿Cómo cada uno puede recuperar lo que legítimamente le pertenece?

3) Un niño muere en el vientre de su madre en el momento que acaba de recibir el alma. ¿Resucitará feto, niño u hombre?

4) Un alma llega a otro feto antes de saberse si será varón o hembra. ¿Resucitará niña, niño o feto?

5) Para resucitar y ser la persona que érais es indispensable tener la memoria alertada, ya que ésta de la identidad. Y si habéis perdido la memoria, ¿cómo podéis ser el mismo hombre?

6) Sólo cierto número de parcelas terrestres pueden constituir al animal. La arena, la piedra, el mineral y el metal, no sirven. Tampoco es adecuada toda la tierra; sólo los terrenos favorables para la vegetación lo son para el género animal. Cuando después de transcurrir muchos siglos resucite todo el mundo, ¿dónde se ha de encontrar tierra idónea para tantos cuerpos?

7) Supongamos una isla cuya parte vegetal sólo pueda nutrir a mil hombres y a cinco o seis mil animales que al cabo de cien mil generaciones tenga que acoger mil millones de hombres. ¿Habrá materia suficiente para ellos?

8) Después de demostrar, o de creer que hemos demostrado, que es necesario un prodigio tan grande como el diluvio universal o el de las plagas de Egipto para efectuar la resurrección del linaje humano en el valle de Josafat, nos atreveremos a preguntar qué han hecho las almas de todos esos cuerpos que estaban esperando el momento de meterse en los mismos.

Podrían hacerse muchas más objeciones, pero los teólogos pulverizan éstas y todas las que podamos presentarles.

En Diccionario Filosófico