16 mar. 2008

Voltaire - Angel (Diccionario filosófico)


ÁNGEL. (Ángeles de los hindúes, de los persas, etc.) El autor del artículo Ángel, publicado en la Enciclopedia, dice: «Todas las religiones han admitido la existencia de los ángeles, aunque la razón natural no haya podido demostrarla».

No conocemos más razón que la natural; lo sobrenatural está sobre la razón. Por esto, el autor del citado artículo debió decir que muchas religiones, no todas, admitieron los ángeles. Las de Numa, sabeísmo, drúida, china, escitas, antiguos fenicios y antiguos egipcios no admitieron los ángeles.

Entendemos por la palabra ángeles a los ministros de Dios, a sus emisarios y a los seres intermedios entre Dios y el hombre, enviados al mundo para comunicarnos sus órdenes.

En el año actual, 1772, hace precisamente cuatro mil ochocientos setenta y ocho años que los brahmanes se vanaglorian de tener escrita su primera ley sagrada, que titulan el Shasta, la cual conocieron mil quinientos años antes que su segunda ley, llamada Vedas, que significa la palabra de Dios. El Shasta contiene cinco capítulos: el primero se ocupa de Dios y de sus atributos; el segundo, de la creación de los ángeles; el tercero, de la caída de los ángeles; el cuarto, de su castigo, y el quinto, de su perdón y de la creación del hombre.

Es interesante observar la manera en que habla de Dios ese libro.

Primer capítulo del Shasta. «Dios es uno y lo creó todo. Es una esfera perfecta, sin principio ni fin. Dios gobierna toda la creación por medio de una providencia general, que es la resultante de un principio determinado. No pretendas descubrir la esencia y la naturaleza del Eterno, ni por qué leyes la gobierna. Semejante empresa sería vana y criminal. Gózate contemplando sus obras noche y día, su sabiduría, su poder y su bondad».

Después de rendir este tributo de admiración al Shasta, pasemos a ocuparnos de la creación de los ángeles.

Segundo capítulo del Shasta. «El Eterno, absorto en la contemplación de su propia existencia, resolvió en la plenitud de los tiempos comunicar su gloria y su esencia a seres capaces de sentir y de participar de su bienaventuranza y servir a su gloria. El Eterno quiso y los creó. Los formó con parte de su esencia, capaces de perfección y de imperfección, según su voluntad.

»El Eterno empezó por crear a Birma, Vichnú y Siva, y luego a Mozazor y a una pléyade de ángeles. El Eterno dio la preeminencia a Birma, a Vichnú y a Siva. Birma fue el príncipe del ejército angélico, y Vichnú y Siva, sus coadjutores. El Eterno dividió el ejército de los ángeles en muchas legiones, dando a cada una un jefe. Adoraron al Eterno alineados alrededor del trono y ocupando cada uno de ellos la grada que le asignaron. El armonioso coro sonó en los cielos. Mozazor, jefe de la primera legión, entonó el cántico de alabanza y de adoración al Creador, y el canto de obediencia a Birma, la primera de las criaturas, y el Eterno se regocijó de su nueva creación.»

De la caída te algunos ángeles. «Desde la creación del ejército celeste el regocijo y la armonía rodearon el trono del Eterno durante mil años multiplicados por otros mil, y hubieran durado hasta la consumación de los tiempos si la envidia no se hubiera apoderado de Mozazor y otros príncipes de las legiones angélicas. Entre éstos se encontraba Raabon el primero en dignidad después de Mozazor. Olvidándose de la dicha de haber sido creados y de su deber, rechazaron el poder de perfección, ejercieron el poder de imperfección y obraron mal en presencia del Eterno. Le desobedecieron y se negaron a someterse al primer representante de Dios y a los asociados de aquel, Vichnú y Siva, y dijeron: Queremos gobernar. Y sin temer el poder y la ira del Creador, difundieron esas doctrinas sediciosas en el ejército celeste y sedujeron a varios ángeles, que tomaron parte en la rebelión y se alejaron del trono del Eterno. La tristeza se apoderó de los espíritus angélicos que permanecían fieles y por primera vez se conoció el dolor en el cielo.»

Castigo a los ángeles rebeldes. «El Eterno, cuyo poder infinito y cuya presencia se extiende a todo, excepto a los actos de los seres que El creó libres, vio con dolor y con cólera la defección de Mozazor, de Raabon y de otros jefes de los ángeles, pero siendo misericordioso, a pesar de estar indignado, comisionó a Birma, Vichnú y Siva para que les reprocharan el crimen que cometieron e instarles a que cumplieran con su deber; resueltos a ser independientes, persistieron en la rebelión. Al saber el Eterno su resolución, ordenó a Siva que fuera contra ellos, traspasándole su omnipotencia, y que los precipitara desde aquel sitio altísimo hasta el lugar de las tinieblas, al Ondara, para castigarlos allí durante mil años multiplicados por otros mil.»

Extractemos lo que dice el capítulo quinto. Cuando transcurrieron allí mil años, Birma Vichnú y Siva solicitaron del Eterno que tuviera clemencia con los rebeldes. El Eterno se dignó librarles de la prisión de Ondara y llevarlos a un sitio de prueba durante gran número de rebeliones contra Dios desde aquel sitio de penitencia.

En uno de esos períodos fue cuando Dios creó el mundo. Los ángeles penitentes sufrieron en él un sinfín de metempsicosis y en una de las últimas se convirtieron en vacas. De aquí que las vacas sean sagradas en la India. Finalmente, se convirtieron en hombres. Vemos, pues, que la teoría de los indios sobre los ángeles es la misma teoría del jesuita Bougeant, que supone que en los cuerpos de los animales se alojan los ángeles pecadores. Lo que los brahmanes inventaron seriamente lo imaginó un jesuita por mofa cuatro mil años después, a no ser que se le ocurriera esta chanza para conservar un resto de superstición mezclada con el espíritu desconocido, cosa que sucede con alguna frecuencia.

Tal es la historia de los ángeles en el antiguo pueblo de los brahmanes, historia que enseñan todavía en la actualidad, al cabo de cerca de cincuenta siglos. Nuestros comerciantes que traficaron en la India nunca se enteraron de esto, ni nuestros misioneros tampoco, y los brahmanes, que jamás vieron con buenos ojos la ciencia, ni las costumbres de los extranjeros, no quisieron comunicarles sus secretos. Para que llegáramos a descubrirlos fue preciso que el inglés Holwell viviera durante treinta años en Benarés, ciudad situada sobre el Ganges, donde tenían establecida su escuela los antiguos brahmanes, fue necesario que el citado inglés aprendiera el sánscrito, lengua sagrada, y que leyera los antiguos libros de la religión hindú para comunicar a Europa tan singulares conocimientos. Como también fue preciso que Sale residiera mucho tiempo en Arabia para poder traducir fielmente el Corán y darnos una idea exacta de lo que fue el antiguo sabeísmo, al que sucedió la religión islámica; como fue preciso, en fin, que Hyde estudiara durante veinte años en Persia todo lo concerniente a la religión de los magos.

De los ángeles de Persia. Los persas conocieron treinta y un ángeles. El primero de ellos, el superior, a quien sirven otros cuatro ángeles; se llama Baham, y asume la inspección de todos los animales, exceptuando al hombre, sobre el que Dios se reserva la jurisdicción inmediata.

Dios prescribe el día en que el sol entra en el signo de Aries, y ése es el sábado, lo que prueba que la fiesta del sábado se observaba en Persia desde tiempos muy remotos.

El segundo de los ángeles se llama Debadur y preside el día octavo. Al tercero lo apellidan Kur, de cuya palabra probablemente se originó Ciro, y es el ángel del sol, y el cuarto se llama Ma y preside la luna. Cada ángel tiene su distrito. Fue en Persia donde comenzó a conocerse la doctrina del ángel de la guarda y del ángel malo. Créese que Rafael fue el ángel de la guarda del Imperio persa.

De los ángeles entre los hebreos. Estos no conocieron la caída de los ángeles hasta los primeros años de la era cristiana. Para esto era menester que conocieran la doctrina secreta de los antiguos brahmanes, porque fue en esa época cuando se redactó el libro atribuido a Enoc, respecto a los ángeles rebeldes expulsados del cielo.

Enoc debió ser un autor antiquísimo, porque según afirman los judíos vivió en la séptima generación antes del diluvio. Pero dado que Set, que es más antiguo, dejó libros a los hebreos, podían también éstos jactarse de tener asimismo libros de Enoc. He aquí lo que Enoc escribió, según dicen los judíos:

«Habiendo crecido prodigiosamente el número de hombres y teniendo éstos hijas muy hermosas, los ángeles se enamoraron de ellas y fueron arrastrados a muchos errores. Animándose unos a otros, dijeron: "Escojamos mujeres entre las hijas de los hombres". Semiaxas, que era un príncipe, les dijo: "Temo que no os atreváis a realizar este deseo y a tener que cargar yo con todo el crimen". Los ángeles le respondieron a coro: "Juramos ejecutar nuestro designio, y nos entregamos al anatema si no lo realizamos". Se unieron por medio de este juramento y lanzaron imprecaciones. Se reunieron doscientos ángeles, partieron juntos y acudieron a la montaña que se llamaba Hermonium. Los principales ángeles conjurados se llamaban Semiaxas, Atarcuf, Araciel, Chobabiel, Sampsich, Zaciel Farmar, Thausael, Samiel, Tiriel, Jumiel, etc. Estos y los demás, hasta completar el número de doscientos, tomaron mujeres el año 1170 de la creación del mundo. Del contacto de los ángeles con las mujeres nacieron tres clases de hombres, etc.»

El autor de ese fragmento, por la candidez con que está escrito, parece que deba pertenecer a los primitivos tiempos. Nombra a los personajes y no olvida las fechas, pero no incluye reflexiones ni máximas; ese es el estilo oriental.

Claro está que esa historia se funda en el capítulo sexto del Génesis que dice: «Había gigantes en la tierra en aquellos días, y también después que entraron los hijos de Dios a las hijas de los hombres y les engendraron hijos: éstos fueron los valientes que desde la Antigüedad fueron varones de nombre».

El libro de Enoc y el Génesis están acordes respecto al comercio carnal de los ángeles con las hijas de los hombres y a la raza de gigantes que nació de dicha cópula. Pero ni el libro de Enoc, ni ningún otro del Antiguo Testamento, hablan de la rebelión de los ángeles contra Dios ni de su derrota, ni de su caída al infierno, ni del odio que profesan al género humano.

Casi todos los comentaristas del Viejo Testamento dicen unánimemente que, antes de la cautividad de Babilonia, los judíos no supieron el nombre de ningún ángel. El que se le apareció a Manué, padre de Sansón no quiso decir cómo se llamaba. Cuando los tres ángeles se aparecieron a Abrahán y éste les invitó a comer un becerro asado, no le quisieron decir sus nombres. Únicamente uno de ellos le habló así: «Volveré a veros el año próximo si Dios me concede vida, y vuestra esposa Sara tendrá entonces un hijo».

El abate Calmet encuentra mucha semejanza entre esa historia y la leyenda de Ovidio, que el célebre poeta latino refiere que sucedió entre Júpiter, Neptuno y Mercurio, los cuales fueron a comer en casa del anciano Hiriens, al que encontraron triste y afligido por no poder tener hijos, como los tres ángeles encontraron a Abrahán cuando se le aparecieron (1). Calmet dice también que las palabras que los ángeles dirigieron a Abrahán pueden traducirse así: «Nacerá un hijo de vuestro becerro». De todos modos, los ángeles no dijeron sus nombres a Abrahán, ni a Moisés, y sólo encontramos el nombre de Rafael en el libro de Tobías, en la época de la cautividad. Los demás nombres de los ángeles son copiados de los caldeos y persas. Rafael, Gabriel, Uriel y otros, son persas babilónicos. Hasta el nombre de Israel es caldeo. El sabio judío Filón lo dice terminantemente al referir la delegación que enviaron al emperador Calígula.

(1) Véase el artículo Alegorías.

De los ángeles en Grecia y en Roma. Tuvieron demasiados dioses mayores, menores y semidioses para necesitar otros seres subalternos. Mercurio cumplimentaba los encargos de Júpiter, Isis los de Juno y, sin embargo conocieron también genios y demonios. La doctrina de los ángeles de la guarda fue puesta en verso por Hesíodo, poeta coetáneo de Homero.

Cuanto más estudiamos la Antigüedad, más nos convencemos de que las naciones modernas, unas tras otras, han ido agotando los tesoros de las minas antiguas, que en la actualidad están casi abandonadas. Los griegos, que durante mucho tiempo pasaron por inventores fueron imitadores de Egipto, este país copió a los caldeos, y éstos lo copiaron casi todo de los hindúes. La teoría de los ángeles de la guarda la sofisticaron luego las escuelas, y fue todo lo que pudieron hacer. Cada hombre tuvo su genio, bueno o malo, al igual que tuvo su estrella. Sabido es que Sócrates tuvo un ángel bueno, pero indudablemente le guió su ángel malo, porque sólo un ángel malo puede inducir a un filósofo a ir de casa en casa diciendo a todo el mundo que el padre y la madre, el preceptor y el alumno, eran unos ignorantes y unos imbéciles. El ángel de su guarda no pudo impedir que le condenaran a beber la cicuta.

La teoría de los ángeles es de las más antiguas que se conocieron en el mundo, y precedió a la de la inmortalidad del alma. Esto es lógico. Y si bien se necesita tener filosofía para creer que es inmortal el alma del hombre, sólo se necesita imaginación y temor para inventar seres superiores a nosotros, que nos protegen o nos persiguen. Sin embargo, los antiguos egipcios no conocieron esos seres celestes, de cuerpo etéreo, ejecutores de las órdenes de Dios. Los primeros en admitir tal teología fueron los babilonios. Se menciona a los ángeles desde el primer libro del Génesis, pero este libro no se escribió hasta que los caldeos constituyeron una nación poderosa. Hasta la época de su cautividad en Babilonia, que sucedió mil años después de Moisés, los judíos no supieron los nombres de Gabriel, Rafael, Miguel y Uriel, que aquéllos pusieron a los ángeles. Fundándose la religión judeo‑cristiana en la caída de Adán y cimentándose esta caída en la tentación del ángel malo, esto es, el diablo, es extraño que el Pentateuco no diga una sola palabra a la existencia de los ángeles rebeldes, ni de su castigo y su caída al infierno.

El motivo de esta omisión cabe achacarlo al hecho de que los judíos desconocieron los ángeles malos hasta que estuvieron cautivos en Babilonia. Fue entonces cuando por primera vez oyeron hablar de Satanás.

La palabra Satanás es caldea, y el Libro de Job, habitante de Caldea, es el primer libro que la menciona.

Los antiguos persas decían que Satán era un genio que movía guerra a los Divos y a los Peris, es decir, a las hadas. Siguiendo, pues, las reglas ordinarias de la probabilidad, sólo debe permitirse a los que se valen de la razón creer que de esta teología tomaron los judíos y los cristianos la idea de que los ángeles malos fueron expulsados del cielo, y de que el príncipe de ellos tentó a Eva, apareciendo en forma de serpiente.

Se supone también que Isaías tuvo presente esta alegoría cuando exclamó: «¿Cómo caíste del cielo, astro de luz, que te levantabas al nacer el día?» Ese mismo versículo latino, traducido de Isaías, es el que proporcionó al diablo el nombre de Lucifer. No pensaron que Lucifer significaba «el que derrama la luz», y mucho menos ocupándose de un rey de Babilonia destronado, y usando una figura retórica, exclamó: «¿Cómo caíste de los cielos, astro brillante?»

Es improbable que tratara Isaías por medio de tal imagen poética de restablecer la doctrina de los ángeles rebeldes precipitados en el infierno Por eso creemos que hasta los tiempos de la primitiva Iglesia cristiana no se intentó semejante cosa, y que entonces fue cuando los santos padres y los rabinos se esforzaron en propagar dicha doctrina para salvar lo que había de increíble en la historia de la serpiente que sedujo a la madre de los hombres y que, condenada por esa mala acción a arrastrarse, fue la enemiga del hombre, que trata siempre de aplastarla, mientras ella intenta morderle. De algunas sustancias celestes precipitadas en el abismo y que sólo salen para perseguir al género humano, han imaginado que son invenciones más sublimes.

No puede probarse de ningún modo que esas potencias celestes e infernales existan, pero tampoco puede probarse que no existen. Tampoco se incurre en contradicción reconociendo que hay sustancias bienhechoras y sustancias malignas, que no son de la naturaleza de Dios, ni de la naturaleza del hombre, pero no basta que una cosa sea posible para creerla.

Los ángeles que imperaban entre los babilonios y entre los judíos eran precisamente lo mismo que los dioses de Homero, esto es seres celestes subordinados a un Ser Supremo. Probablemente, la imaginación que forjó aquéllos produjo también éstos. La religión de Homero fue aumentando el número de dioses inferiores, y andando los años la religión cristiana aumentó el número de sus ángeles.

Dionisio el Aeropagita y Gregorio I fijaron el número de ángeles en nueve coros, divididos en tres jerarquías: la primera era de los serafines los querubines y las del séptimo coro; la segunda, de las dominaciones, las virtudes y las potencias, y la tercera, de los principados, los arcángeles y los ángeles, que dan el nombre a las tres jerarquías. Sólo a un Papa le está permitido arreglar de esta forma las categorías del cielo.

En griego, la palabra ángel significa enviado. Los persas inventaron sus Peris, los hebreos sus Malakim y los helenos sus Daimon, y una de las primeras ideas que tuvieron los hombres fue la de colocar seres intermediarios entre la Divinidad y nosotros. Estos fueron los demonios y los genios que la Antigüedad inventó. El hombre imaginó siempre a los dioses semejantes a él. Vio que los príncipes dictaban órdenes a sus mensajeros y creyó que así lo debía hacer la Divinidad, por lo que Mercurio e Isis fueron los mensajeros de los dioses.

Los hebreos, que según ellos dicen, fueron el único pueblo que Dios protegió, no bautizaron desde el principio a los ángeles que Jehová se dignó enviarles, y copiaron los nombres que les dieron los caldeos. David siendo esclavo de Babilonia, nombró por primera vez a Miguel y a Gabriel. El judío Tobías que vivía en Nínive, conoció al ángel Rafael cuando viajaba con su hijo para ayudarle a cobrar el dinero que le debía el judío Gabael.

En las leyes hebraicas, esto es, en el Levítico y en el Deuteronomio, no se dice que existan los ángeles. Por esto, sin duda, los saduceos no creyeron que existían. Pero en las historias de los judíos se ocupan de ellos. Estos ángeles eran corporales; tenían alas en las espaldas, como también creyeron los gentiles que Mercurio las tenía en los tobillos, y algunas veces escondían las alas debajo del manto. No podían concebirles sin cuerpo, porque vivían y comían y porque los ciudadanos varones de Sodoma quisieron cometer el pecado de sodomía con los ángeles que fueron a casa de Lot.

La antigua tradición judía, según Maimónides, admite diez grados, diez órdenes de ángeles: 1) los puros, 2) los rápidos, 3) los fuertes, 4) las llamas, 5) las chispas, 6) los mensajeros, 7) los dioses o jueces, 8) los hijos de los dioses, 9) los querubines, y 10) los animados.

Ya dijimos que la historia de la caída de los ángeles no se encuentra en los libros de Moisés, y que la primera referencia de este hecho se atribuye a Isaías cuando apostrofó al rey de Babilonia. Dijimos también que la religión cristiana está fundada en la caída de los ángeles, los que se rebelaron fueron precipitados en el infierno y se convirtieron en demonios. Un demonio tentó a Eva en figura de serpiente y condenó al género humano. Jesucristo vino al mundo a rescatarlo y a vencer al diablo que todavía nos tienta; sin embargo, esta tradición fundamental sólo se encuentra en el libro de Enoc, que es apócrifo, y aún allí es diferente de la tradición admitida.

San Agustín, en su carta 109, atribuye cuerpos sutiles y ágiles a los ángeles buenos y a los malos. El papa Gregorio I redujo a nueve los coros o jerarquías de los ángeles de las diez reconocidas por los judíos. Éstos tenían en su templo dos querubines y cada uno de ellos ostentaba dos cabezas, una de toro y otra de águila, y tenían en las espaldas seis alas. Nosotros pintamos a los arcángeles y ángeles en figura de jóvenes hermosos con dos alas. En cuanto a los ángeles del séptimo coro y de las dominaciones, podemos decir que no se han pintado todavía.

Santo Tomás, en la cuestión 108, dice que los ángeles del séptimo coro están tan cerca de Dios como los querubines y los serafines, porque Dios se sienta encima de ellos. Escoto cuenta mil millones de ángeles. Cuando la antigua mitología de los buenos y de los malos genios pasó desde el Oriente a Grecia y Roma, quedó consagrada esta opinión al admitir que cada hombre tenía un ángel bueno y un ángel malo, un ángel que le protege y otro que le perjudica desde su nacimiento hasta su muerte. Pero todavía no se ha averiguado si esos ángeles pasan continuamente de un sitio a otro o si los relevan otros ángeles. Sobre esto debe consultarse la Suma de Santo Tomás. Porque lo cierto es que no se sabe el sitio que ocupan los ángeles, ni si están en el aire, en el vacío o en los planetas. Dios no ha querido que lo supiéramos.