24 mar. 2008

Edgar Bayley acerca de Francis Ponge





Que el gusto por la palabra tenga la misma intensidad que el gusto por las cosas.
Gloria de lo sustantivo, del sustantivo, gloria de las cosas, de los seres, del ocurrir y del transcurrir y de todos los nombres; que cuando yo diga mano, pan, clavel, piedra, cigarro, ventana, mujer, mediodía, lluvia, flor, hijo mío, árbol, tormenta, tenedor, hermano, sombra, todos estos pre-textos —y tantos, y tantos otros— se conviertan en textos, en nombres, y no pierdan su realidad primera como objetos, su presencia. Restablecer entre las cosas y el nombre los lazos de la vida. Ante las cosas, el asombro, la mirada prodigiosa, la posibilidad de hacer hablar al mundo silencioso. Y de ese modo llegar a decir con solvencia, ser creíble para uno mismo y para los demás. No la pregunta por el ser, sino la voluntad de ser, de compartir el ser de las cosas: dar sentido poético no es tarea exclusiva del poeta; es tarea que ha de compartir con los seres y las cosas.
¡Qué forma más sutil, entrañable y tierna de amor es ese tomar partido por las cosas! Y no se trata de las cosas que maneja o imagina «el hombre de cantidad», el cuantificador que cree saberlo y poderlo todo con sus cómputos: aquí no se trata de picardía o de cinismo trivial, aquí se trata de plenitud del ser, aquí se trata de la raíz original del amor. Si yo no estoy contento, si no tengo el contento de ser con las cosas, no hallaré nunca el contento conmigo mismo. Nada sabré de mí ni de cuanto me rodea. Ninguna puerta se abrirá para mí, ningún conocimiento. A ninguna cosa ni ser habré llegado.
La objetividad, aceptar que hay un objeto, aceptarlo, vivirlo, saber que la palabra, para solventarse, debe coexistir con la cosa, que cosa y palabra constituyen una unidad viviente y que el plano donde se reconoce al objeto es el plano más alto de la subjetividad, «allí donde las ideas y los sentimientos, al destruirse y confundirse» (Ponge), dan paso al reconocimiento jubiloso de nuestro co-nacimiento y nuestra co-existencia con el mundo. Es el asombro augural, el descubrimiento, la justificación de la subjetividad.
De la cosa, del hecho en sí, del plano de la inmanencia, pasamos al hecho, a la cosa para sí. De la inmanencia, del ser que permanece dentro de sí mismo, de lo que es simplemente, del en sí, del sí mismo, pasamos al para sí, que es el estado en que el ser, la cosa, el hecho, tienden a manifestarse y, de ese modo, pueden volverse palabra.
Ni realismo, ni naturalismo, ni descripción, ni concepto. Hacer vivir los hechos, las cosas, en el reino de las palabras. «Me atraen los objetos, los hechos, las personas del mundo exterior; me decepciona las ideas. La variedad de las cosas me construye, me permite existir en su propio silencio. Pero si la cosa que considero, que tengo en cuenta, es, en definitiva, mi pretexto, mi razón de ser, será preciso que yo, para ser genuino, para ser de ver dad quien soy, exista, viva, a partir de esa cosa, y eso sólo será posible si yo puedo, por mi parte, crear a la cosa. ¿Qué clase de creación? El texto. Dar una réplica mediante el lenguaje a la variedad infinita de las cosas» (Ponge).
- Sólo podré nombrar al objeto de mi deseo si está de verdad presente en mí. Es la irrupción del deseo de la amada lo que da sentido al deseo del amador.
Que las cosas, los hechos, las personas, se nos hagan presentes a través de esa mirada de maravilla, de asombro, de solidaridad, de participación, de integración. Y esa presencia no la obtendremos nunca «a través de la mirada indiferente, sin brillo, sin interés, neutra, ciega, de sonámbulos distraídos por nuestros fantasmas interiores». El asombro adánico, la alegría de vivir, sí, y más que eso aún, la alegría de con-vivir, de co-existir.
Ganar para la poesía el espacio que se empeñan en ocupar ciertas formas de discurso, vinculadas al concepto, la efusión y la descripción y ocultas a menudo tras la pretensión de llegar a lo poético.
Escribo ante una posibilidad real, casi -diría- el camino real del quehacer poético. No lo diré, sin embargo. No está toda la poesía posible en la poética de Ponge (ni en la de Williams o Stevens). Tampoco en la fanopoeia (proyección de la visualidad de los objetos), la logopoeia (poesía del pensamiento) y la melopoeia (apoyatura fónica de Pound). Queda fuera el proceso de gestación de la imagen poética (el ars combinatoria) y, entre otras, la llamada poesía lírica. De cualquier modo, Ponge (y Williams y Stevens, y cometo aquí la injusticia de no nombrar a tantos otros poetas que, por cierto, lo merecerían) está cerca de la inasible poesía, del logos poético. Y es que no me olvido que Ponge está tratando, más allá de sus arremetidas contra la subjetivización y el lirismo, de abrir camino al contento de ser con las cosas, al contento de descubrir, de dar sentido a partir de las cosas, de investir y de ser investido, de investir a las cosas de sentido y de ser, a la vez, investido por las cosas de sentido. ¿Y en este investimiento recíproco no está el origen de cualquier amor posible, de toda posible poesía?
Al amar yo «invento» al ser amado, a la «cosa» que está frente a mí, pero al mismo tiempo lo descubro y lo conozco. Co-existe. Es así como el objeto de mi deseo me da la respuesta de su presencia a través de una revelación o una irrupción, y surge el texto: hay un espacio y un tiempo en que el amador y su amada se reconocen y se dan sentido el uno al otro.
Gloria de nombrar, sabiendo que toda la rosa está en su nombre y que todo el nombre está en la rosa. Dice Ponge: «se debería dar a todos los poemas este título: Razones para vivir en, la dicha. Para mí, al menos, los poemas que escribo son, cada uno de ellos, como la nota que trato de aprehender cuando de una meditación o una contemplación salta en mi cuerpo el cohete de algunas palabras que lo refrescan y lo deciden a vivir...».


Diario de Poesía, Buenos Aires, Primavera de 1990
Fuente imagen La Nacion