7 feb. 2008

Voltaire - Diccionario Filosófico - Del alma de las bestias



Antes de admitir el extraño sistema que supone que los animales son unas máquinas incapaces de sensación, los hombres nunca creyeron que las bestias tuvieran alma inmaterial, ni nadie fue tan temerario que se atreviera a decir que la ostra estaba dotada de alma espiritual. La opinión unánime era que los animales habían recibido de Dios sentimiento, memoria e ideas, pero no espíritu. Nadie había abusado del don de raciocinar hasta el punto de decir que la naturaleza concedió a las bestias todos los órganos del sentimiento para que no tuvieran sentimiento. Nadie había dicho que gritan cuando se las hiere, que huyen cuando se las persigue, sin sentir dolor ni miedo. No se negaba entonces la omnipotencia de Dios; al reconocer que pudo comunicar a la materia orgánica de los animales el placer, el dolor, la memoria, y la combinación de algunas ideas, pudo dotar a varios de ellos, como al mono, al elefante, y al perro de caza, del talento para perfeccionarse en las artes que se les enseñan y dar a los animales carnívoros medios para hacer la guerra. No sólo pudo, sino que así lo hizo. Pero Pereira y Descartes sostuvieron que el mundo se equivocaba, que Dios había jugado con él a los cubiletes dotando con todos los órganos de la vida y de la sensación a los animales, con el propósito deliberado de que carecieran de sensación y de vida propiamente dicha. Y otros con ínfulas de filósofos, pretendiendo contradecir la idea de Descartes, concibieron la opuesta diciendo que los animales estaban dotados de espíritu y tenían alma los sapos y los insectos.

Entre estas dos ideas demenciales, la primera que niega el sentimiento a los órganos que lo producen, y la segunda que hace alojar un espíritu puro en el cuerpo de una pulga, hubo autores que se decidieron por un término medio, que llamaron instinto. ¿Y qué es el instinto? Es una forma sustancial, una forma plástica, es un no sé qué. Seré de vuestra opinión cuando llaméis a la mayoría de las cosas un no sé qué, cuando vuestra filosofía empiece y acabe por yo no sé nada.

El autor del artículo Alma, publicado en la Enciclopedia dice: «En mi opinión, el alma de las bestias la forma una sustancia inmaterial e inteligente. Pero, ¿de qué clase es ésta? Debe consistir en un principio activo capaz de sensaciones. Si reflexionamos sobre la naturaleza del alma de las bestias no nos proporciona ningún motivo para creer que su espiritualidad las salve del anonadamiento».

Es para mí incomprensible tener idea de una sustancia inmaterial. Representarse algún objeto es tener en la imaginación una imagen de él y hasta hoy nadie ha conseguido pintar el espíritu. Concedo que el autor que acabo de citar entienda concebir por la palabra representar. Pero confieso que tampoco la concibo, como no concibo la creación ni la nada porque ignoro por completo el principio de todas las cosas.

Si trato de probar que el alma es un ser real me contestan diciendo que es una facultad; si afirmo que es una facultad y posee la de pensar, responden que me equivoco, que Dios es dueño absoluto de la naturaleza, lo hace todo en mí y dirige todos mis actos y pensamientos; que si yo produjera mis pensamientos sabría los que produzco cada minuto y no lo sé; que sólo soy un autómata con sensaciones y con ideas, que dependo exclusivamente del Ser Supremo y estoy tan sometido a El como la arcilla a las manos del alfarero.

Confieso, pues, mi ignorancia, y que miles de tomos de metafísica son insuficientes para enseñarnos qué es el alma.

Un filósofo ortodoxo decía a un filósofo heterodoxo: «¿Cómo habéis conseguido llegar a creer que por su naturaleza el alma es mortal y que sólo es eterna para la voluntad de Dios?» «Porque lo he experimentado» contestó el otro filósofo. «¿Cómo lo habéis experimentado? ¿Acaso os habéis muerto?» «Si, algunas veces. Sufría ataques de epilepsia en mi juventud y os aseguro que me quedaba completamente muerto durante algunas horas. Después, no experimentaba ninguna sensación, ni recordaba lo sucedido. Ahora me sucede lo mismo casi todas las noches. Ignoro en qué momento me duermo y duermo sin soñar. Sólo por conjeturas puedo calcular el tiempo que he dormido. Estoy, pues, muerto ordinariamente seis horas cada veinticuatro; la cuarta parte de mi vida». El ortodoxo adujo que él pensaba siempre mientras dormía, pero sin saber lo que pensaba. El heterodoxo le replicó: «Creo por la revelación que pensaré siempre en la otra vida, pero os aseguro que rara vez pienso en ella».

El ortodoxo no erraba al afirmar la inmortalidad del alma, porque la fe y la razón demuestran esta verdad, pero podía equivocarse al asegurar que el hombre dormido piensa siempre. Locke confesaba francamente que no pensaba siempre que dormía, y otro filósofo dijo: «El hombre posee la facultad de pensar, pero ésta no es la esencia del hombre». Dejemos a cada cual la libertad y el consuelo de estudiarse a sí mismos y de perderse en el dédalo de sus ideas.

Es curioso, sin embargo, saber que en el año 1730 hubo un filósofo que fue perseguido por haber confesado lo mismo que Locke, esto es, que no ejercitaba su entendimiento todos los minutos del día y de la noche como no se servía en todos ellos de los brazos y las piernas. Y no sólo la ignorancia de la corte le persiguió, sino también la ignorancia malévola de algunos que se las daban de letrados. Lo que en Inglaterra sólo produjo algunas disputas filosóficas ocasionó en Francia cobardes atrocidades. Un francés fue víctima por seguir a Locke.

Siempre hubo en la ciénaga de nuestra literatura algunos miserables capaces de vender su pluma y atacar hasta sus mismos bienhechores. Esta observación parece un despropósito en un artículo en el que se trata del alma, pero no debemos perder ocasión de censurar la conducta de los que quieren deshonrar el glorioso título de hombres de letras, prostituyendo su escaso talento y su conciencia a un vil interés, a una política ilusa y que traicionan a sus amigos por halagar a los necios. En Roma nadie denunció a Lucrecio por haber puesto en verso el sistema de Epicuro, ni a Cicerón por decir repetidas veces que después de morir no se siente dolor alguno, ni a Plinio ni a Varrón por haber tenido ideas particulares sobre la Divinidad. La libertad de pensar fue ilimitada en Roma. Los hombres de cortos alcances y temerosos que, en Francia, se han esforzado en ahogar esa libertad, madre de nuestros conocimientos y aguijón del entendimiento humano, para conseguir sus fines han hablado de los peligros infundados que aquélla puede traer. No reflexionaron que los romanos, que gozaban de completa libertad de pensar, no por eso dejaron de ser nuestros vencedores y nuestros legisladores, y que las discusiones de escuela tienen tan poca relación con el gobierno como el tonel de Diógenes tuvo con las victorias de Alejandro. Esta lección equivale a otra lección respecto del alma. Quizá tendremos ocasión de insistir sobre ella.

Aunque adoremos a Dios con toda el alma debemos confesar nuestra profunda ignorancia respecto a ella, a esa facultad de sentir y de pensar que debemos a su bondad infinita. Confesemos que nuestros entecos raciocinios nada quitan y nada añaden, y deduzcamos de esto que debemos emplear la inteligencia, cuya naturaleza desconocemos, en perfeccionar las ciencias, como los relojeros emplean los resortes en los relojes sin saber lo que es un resorte.