6 feb. 2008

Voltaire - Antigüedad del dogma de la inmortalidad del alma (Diccionario filosófico)



El dogma de la inmortalidad del alma es la idea más consoladora y al mismo tiempo más represiva que el espíritu humano ha podido concebir. Esta consoladora doctrina era tan antigua en Egipto como sus pirámides, y antes que los egipcios la conocieron los persas. He referido ya en alguna parte la alegoría del primer Zoroastro, citada en el Sadder, en la que Dios enseña a Zoroastro el lugar para recibir el castigo que se llamaba Dardarot en Egipto, Hades y Tártaro en Grecia, y nosotros hemos traducido imperfectamente en nuestras lenguas modernas por la palabra infierno. Dios mostró a Zoroastro, en el sitio destinado a los castigos, a todos los malos reyes, a uno de los cuales le faltaba un pie, y Zoroastro preguntó por qué razón. Dios le contestó que ese rey había hecho una buena acción en toda su vida, cuya acción consistía en haber acercado con el pie la ceba da que no estaba al alcance de un pobre asno que se moría de hambre. Dios llevó al cielo el pie del rey malvado y dejó en el infierno el resto de su cuerpo.

Esta fábula, que nunca se repetirá bastante, demuestra la remota antigüedad de la doctrina sobre la segunda vida. Los hindúes también poseían esta doctrina y lo prueba su metempsicosis. Los chinos rendían culto a las almas de sus antepasados. Y esos pueblos fundaron poderosos imperios mucho antes que los egipcios.

Aunque el imperio de Egipto es muy antiguo, no lo es tanto como los imperios de Asia; en aquél y en éstos, el alma subsistía tras la muerte del cuerpo. Cierto es que todos esos pueblos, sin excepción, supusieron que el alma tenía forma etérea, sutil, y era imagen del cuerpo. La palabra soplo la inventaron después los griegos, pero no hay duda que creyeron que era inmortal una parte de nosotros mismos. Los castigos y recompensas en la otra vida echaron los cimientos de la antigua teología.

Ferecides fue el primer griego que creyó que las almas vivían una eternidad, pero no fue el primero que dijo que las almas sobrevivían a los cuerpos. Ulises, que vivió mucho tiempo antes que Ferecides, había ya visto las almas de los héroes en los infiernos, pero que las almas fueran tan antiguas como el mundo fue una doctrina que nació en Oriente y Ferecides difundió por Occidente. No creo que exista una sola doctrina moderna que no se encuentre en los pueblos antiguos. Los edificios actuales los hemos construido con los escombros de la Antigüedad.

Sería un magnífico espectáculo ver el alma. La máxima «Conócete a ti mismo» es un excelente precepto que sólo Dios puede practicar; porque, ¿qué mortal puede comprender su propia esencia?

Denominamos alma a lo que anima, pero no podemos saber más de ella porque nuestra inteligencia es limitada. Las tres cuartas partes del género humano no se ocupan de esto, y la cuarta busca, inquiere, pero ni ha encontrado ni encontrará.

El hombre ve una planta que vegeta y dice que tiene alma vegetativa, observa que los cuerpos tienen y dan movimiento y a esto llama fuerza ve que su perro de caza aprende el oficio y supone que tiene alma sensitiva, instinto; tiene ideas combinadas y a esta combinación llama espíritu. Pero, ¿qué entiendes tú en esas palabras? Indudablemente, la flor vegeta, pero, ¿existe realmente un ser que se llame vegetación? Un cuerpo rechaza a otro, pero, ¿posee dentro de sí un ser distinto que se llama fuerza? El perro te trae una perdiz, pero, ¿vive en él un ser que se llama instinto? ¿No te burlarías de un polemista que te dijera: «todos los animales viven; luego encierran dentro de ellos un ser, una forma sustancial, que es la vida»? Si un tulipán pudiera hablar y te dijera: «Mi vegetación y yo somos dos seres que formamos un conjunto», ¿no te burlarías del tulipán?

Vamos a ver qué sabes y de lo que estás seguro: sabes que andas con los pies, que digieres con el estómago, que sientes en todo el cuerpo y que piensas con la cabeza. Veamos si la única ayuda de la razón ha podido aportarte suficientes datos para deducir, sin auxilio sobrenatural, que tienes alma.

Los primeros filósofos, igual caldeos que egipcios, dijeron que es indispensable que haya dentro de nosotros algo que produzca los pensamientos; ese algo debe ser muy sutil, debe ser un soplo, debe ser un éter una quintaesencia, una entelequia, un nombre, una armonía... Según el divino Platón, es un compuesto del mismo y del otro. «Lo constituyen dos átomos que piensan en nosotros», dijo Epicuro después de Demócrito. Pero, ¿cómo un átomo pudo pensar? Confesad que no lo sabéis.

La opinión más aceptable es, indudablemente, que el alma es un ser inmaterial. Pero, ¿conciben los sabios lo que es un ser inmaterial? «No —contestan éstos—, pero sabemos que por naturaleza piensa». «¿Y por dónde lo sabéis?» «Lo sabemos porque piensa». «Me parece que sois tan ignorantes como Epicuro. Es natural que una piedra caiga porque cae; pero, yo os pregunto, ¿quién la hace caer?» «Sabemos que la piedra no tiene alma, sabemos que una negación y una afirmación no son divisibles porque no son partes de la materia». «Soy de vuestra opinión, pero la materia posee cualidades que no son materiales, ni divisibles, como la gravitación; la gravitación no tiene partes, no es, pues, divisible. La fuerza motriz de los cuerpos tampoco es un ser compuesto de partes. La vegetación de los cuerpos orgánicos, su vida, su instinto, no constituyen seres a partes, seres divisibles; no podéis dividir en dos la vegetación de una rosa, la vida de un caballo, el instinto de un perro, así como no podéis dividir en dos una sensación, una negación o una afirmación. El argumento que sacáis de la indivisibilidad del pensamiento no prueba nada».

¿Qué idea tenéis del alma? Sin revelación, sólo podéis saber que existe en vuestro interior un poder desconocido que os hace pensar y sentir.Pero, ¿ese poder de sentir y de pensar es el mismo que os hace digerir y andar? Tenéis que confesarme que no, porque aunque el entendimiento diga al estómago digiere, el estómago no digerirá si está enfermo, y si el ser inmaterial manda a los pies que anden, éstos no andarán si padecen de gota. Los griegos comprendieron que el pensamiento no tiene relación muchas veces con la función de los órganos; atribuyeron a los órganos alma animal y al pensamiento un alma más fina. Pero el alma del pensamiento, en muchas ocasiones, depende del alma animal. El alma pensante ordena a las manos que tomen y toman, pero no dice al corazón que lata, ni a la sangre que circule, ni a los jugos gástricos que se formen, y todos esos actos se realizan sin su intervención. He aquí dos almas que son muy poco dueñas de su casa.

De esto debe colegirse que el alma animal no existe, o que consiste en el movimiento de los órganos, amén de que al hombre su débil razón no le aporta ninguna prueba de que la otra alma exista.

En cuanto a las varias opiniones filosóficas que se han establecido respecto al alma, una de ellas sostiene que el alma del hombre es parte de la sustancia del mismo Dios; otra, que es parte del Gran Todo; otra asegura que el alma está creada para toda la eternidad; otra sostiene que el alma fue hecha y no creada. Varios filósofos aseguran que Dios forma las almas a medida que las necesita y llegan en el momento de la copulación; otros añaden que se alojan en el cuerpo con los animáculos seminales, etc. Filósofo hubo que dijo que se equivocaban todos los que le habían precedido, asegurando que el alma espera seis semanas para que esté formado el feto y entonces toma posesión de la glándula pineal. Pero si encuentra algún germen falso, sale del cuerpo y espera mejor ocasión. La última opinión consiste en dar al alma por morada el cuerpo calloso; éste es el sitio que le asigna Le Peyronie.

Santo Tomás, en su cuestión 75 y siguientes, dice «que el alma es una forma que subsiste per se, que está toda en todo, que su esencia difiere de su poder, que existen tres almas vegetativas: la nutritiva, la aumentativa y la generativa, que la memoria de las cosas espirituales es espiritual y la memoria de las corporales, corporal, que el alma raciocinadora es una forma inmaterial en lo tocante a las operaciones y material en cuanto al ser». ¿Has entendido algo? Pues santo Tomás escribió dos mil páginas tan claras como ésta. Por esto, sin duda, le llaman el Doctor Angélico. No se han inventado menos sistemas para el cuerpo, para explicar cómo oirá sin tener oídos, cómo olerá sin tener nariz y cómo tocará sin tener manos; en qué cuerpo se alojará en seguida, de qué forma el yo, la identidad de la misma persona, ha de subsistir; cómo el alma del hombre que se tornó imbécil a la edad de quince años, y murió imbécil a los setenta, volverá a reemprender el hilo de las ideas que tuvo en la pubertad y por qué medio un alma, a cuyo cuerpo se le amputó una pierna en Europa y perdió un brazo en América, podrá encontrar la pierna y el brazo, que quizá se habrán transformado en legumbres y habrán pasado a formar parte integrante de la sangre de cualquier otro animal. No terminaría nunca si detallara todas las extravagancias que acerca del alma humana se ha publicado.

Es sorprendente que las leyes del pueblo escogido de Dios no digan una sola palabra acerca de la espiritualidad y la inmortalidad del alma, ni hablen tampoco de esto el Deuteronomio, ni el Decálogo, ni el Levítico. En ninguna parte propone Moisés a los judíos recompensas y castigos en otra vida. No les habla nunca de la inmortalidad de sus almas, ni les hace saber que esperen ir al cielo, ni les amenaza con el infierno. En la ley de Moisés todo es temporal. En el Deuteronomio habla a los judíos en los siguientes términos:

«Si tras haber tenido hijos y nietos prevaricáis, seréis exterminados del país y reducidos a ínfimo número en las naciones.

»Yo soy un Dios celoso que castiga la iniquidad de los padres hasta la tercera y la cuarta generaciones.

»Honrad padre y madre a fin de que viváis mucho tiempo.

»Tendréis de qué comer sin que nunca os falte.

»Guardáos de dioses extranjeros, seréis aniquilados...

»Si obedecierais yo os daré la lluvia en vuestra tierra y en su tiempo, la temprana y la tardía, y cogerás tu aceite, tu grano y tu vino. Daré también hierba en tu campo para tus bestias, y comerás y te hartarás.

»Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis por señal en vuestra mano... y las escribiréis en los postes de tu casa y en tus portadas, para que sean acrecentados vuestros días....

»Cuando se levantare en medio de ti profeta y te diere señal de prodigio, y acaeciere la señal o prodigio que él te dijo, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos... el tal profeta ha de ser muerto, tu mano caerá primero sobre él para matarle y después la mano de todo el pueblo.

»Empero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida; luego que Jehová tu Dios la entregare en tu mano, herirás a todo varón suyo a filo de espada.

»No comeréis aves impuras: el águila, el azor, el esmejerón, etc.

»No comeréis animales que rumian o tienen uña hendida: camello, liebre y conejo, ni puerco, etc.

»Si, empero, escucharas fielmente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y cumplir todos estos mandamientos... bendito serás tú en la ciudad, bendito tú en el campo... Bendito el fruto de tu vientre, y el fruto de tu bestia, la cría de tus vacas...

»Y si no oyeres la voz de Jehová, tu Dios, para cuidar de poner por obra todos sus mandamientos... maldito serás tú en la ciudad y maldito en el campo; maldito tu canastillo, y tus sobras... Jehová te herirá de tisis, y de fiebre, y de ardor, y de calor, y de cuchillo, y de almorranas, y de sarna...

»El extranjero te prestará a ti y tú no prestarás a él... por cuanto no habrás atendido la voz de Jehová, tu Dios, para guardar sus mandamientos.

»Y comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas, etc.»

En todas estas promesas y amenazas es evidente que se trata de lo temporal y no se encuentra una sola palabra sobre la inmortalidad del alma, ni sobre la vida futura. Algunos comentaristas ilustres creen que Moisés conocía perfectamente esos dos grandes dogmas y prueban su opinión apoyándose en lo que dijo Jacob, quien creyendo que su hijo José había sido devorado por bestias feroces decía en su dolor: «Descenderé con mi hijo al infernum»; esto es, moriré, ya que mi hijo ha muerto. Prueban también su creencia citando pasajes de Isaías y Ezequiel, pero los hebreos a quienes habló Moisés no pudieron haber leído a los citados profetas porque escribieron muchos siglos después.

Es ocioso discutir sobre lo que secretamente opinaba Moisés, puesto que es irrefutable que en sus leyes no habló nunca de la vida futura, y que limita los castigos y las recompensas al tiempo presente. Si conoció la vida futura, ¿por qué no proclamó este dogma? Y si no lo conocía ¿cuál era el objeto de su misión? A esta cuestión contestan varios comentaristas diciendo que el Señor de Moisés y de todos los hombres se reservó el derecho de explicar a su debido tiempo a los judíos una doctrina que no eran capaces de comprender cuando vivían en el desierto.

Si Moisés hubiera anunciado la inmortalidad del alma le habría combatido una importante escuela de los judíos, la de los saduceos, autorizada por el Estado, que les permitía desempeñar los primeros cargos de la nación y nombrar pontífices máximos a sus sectarios.

Hasta después de la fundación de Alejandría no se dividieron los hebreos en tres sectas: fariseos, saduceos y esenios. El historiador Flavio Josefo, que era fariseo, nos refiere en el libro XIII de sus Antigüedades que los fariseos creían en la metempsicosis, los saduceos opinaban que el alma perecía con el cuerpo, y los esenios que el alma era inmortal. Según éstos, las almas, en forma aérea, descendían de la más alta región de los aires para introducirse en los cuerpos por la violenta atracción que ejercían sobre ellas, y cuando morían los cuerpos, las almas que habían pertenecido a los buenos iban a morar más allá del Océano, en un país donde no se sentía calor ni frío, ni hacía viento ni llovía. Las almas de los malos iban a morar en un clima hostil. Esta era la teología de los judíos.

El que debía enseñar a todos los hombres condenó estas tres sectas. Sin su enseñanza no hubiéramos llegado nunca a comprender nuestra alma, y Moisés, único legislador del mundo antiguo, que habló con Dios frente a frente, dejó a la humanidad sumida en la más profunda ignorancia respecto a este punto tan capital. Sólo al cabo de mil setecientos años tenemos la certidumbre de la existencia e inmortalidad del alma.

Cicerón tenía sus dudas. Su nieto y nieta le sacaron de ellas revelándole la verdad de los primeros galileos que fueron a Roma. Pero antes de esa época, y después de ella, en todo el resto del mundo donde los apóstoles no penetraron, cada cual debía preguntar a su alma: ¿Qué eres?, ¿de dónde vienes?, ¿qué haces?, ¿dónde vas? Eres un no sé qué, que piensas y sientes, pero aunque pensaras y sintieras más de cien mil millones de años no conseguirás saber más sin el auxilio de Dios, que te concedió el entendimiento para que te sirviera de guía, pero no para penetrar en la esencia de lo que creó. Así pensó Locke, y antes que Locke, Gassendi, y antes que Gassendi, multitud de sabios, pero hoy los bachilleres saben lo que esos grandes hombres ignoraban.

Enemigos encarnizados de la razón se han atrevido a oponerse a esas verdades reconocidas por los sabios, llevando su mala fe y su imprudencia hasta el punto de imputar al autor de esta obra la opinión de que cada alma es materia. Perseguidores de la inocencia, bien sabéis que hemos dicho lo contrario, y que dirigiéndonos a Epicuro, a Demócrito y a Lucrecio, les preguntamos: «¿Cómo podéis creer que un átomo piense? Confesad que no sabéis nada». Luego sois unos calumniadores los que me perseguís.

Nadie sabe lo que es el ser que llamamos espíritu, al que vosotros mismos dais un nombre material haciéndole sinónimo de aire. Los primeros padres de la Iglesia creían que el alma era corporal. Es imposible que nosotros, que somos seres limitados, sepamos si nuestra inteligencia es sustancia o facultad; no podemos conocer a fondo el ser extenso ni el ser pensante, esto es, el mecanismo del pensamiento. Apoyados en la opinión de Gassendi y de Locke, afirmamos que por nosotros mismos no podemos conocer los secretos del Creador. ¿Sois dioses que lo sabéis todo? Os repetimos que sólo podemos conocer por la revelación la naturaleza y el destino del alma, y esa revelación no os basta. Debéis ser enemigos de la revelación, porque perseguís a los que la creen y de ella lo esperan todo.

Nos referimos a la palabra de Dios y vosotros, que fingiendo religiosidad sois enemigos de Dios y de la razón, blasfemáis unos de otros, tratáis la humilde sumisión del filósofo como el lobo trata al cordero en las fábulas de Esopo, y le decís: «Murmuraste de mí el año pasado; debo beberme tu sangre». Pero la filosofía no se venga, más bien se ríe de esos vagos esfuerzos y enseña tranquilamente a los hombres que queréis embrutecer para que sea iguales a vosotros.