12 feb. 2008

Manuel Mujica Láinez - La cama china





Yo nací en casa de mi abuela materna, en la esquina de la Av. Alvear y Tagle, donde se halla el edificio del Automóvil Club. Por más que me esfuerce, sólo dos imágenes vinculadas con esa casa acuden a mi memoria. Veo la sombra lila de la glicina, derramada sobre una terraza alta, donde mi madre cuida mis juegos de hijo -todavía- único. En mi recuerdo brillan sus manos ornadas de grandes anillos. Era la moda de entonces. Y veo también la enorme cama china de mi abuela. Aún la tiene, a los ochenta y cuatro años. Si hoy sigue impresionándome, cabe imaginar lo que entonces me sobrecogería su singular exotismo. Entre mi abuelo y su hermano, Manuel Láinez, la habían comprado antes de 1879. Estaba colocada en el centro de un fabuloso cuarto redondo, tendido de telas asiáticas. Era -"es", pero no sé por qué, quizá por su anacronismo poético, debo hablar de ella en tiempo pasado- de tres maderas preciosas, de nácar y de marfil. Tenía techo, ventanas que se cerraban y se abrían, arcos de acceso. En medio de la habitación, parecía una habitación más pequeña, pues se podía entrar en ella, subiendo un escalón, y sentarse en una silla de caoba, bajo uno de los ventanucos. ¡Cuántas veces, en el correr de los años, he escuchado los maravillosos cuentos que mi abuela me narraba, incorporada sobre sus almohadones, en la cama china! Mi abuela fue una de las mujeres hermosas de su época. Cuando a ella se refieren quienes de joven la conocieron, ponen los ojos en blanco y describen su cutis finísimo, la claridad de su mirada, la gracia con que llevaba sus batas de rumoroso encaje. En aquel aposento extravagante, era para mí como un ídolo. Mucho después, viajando por los alrededores de Pekín, he encontrado algunos de esos muebles fantásticos, labrados con dragones y con feng-hoans, el pájaro sagrado de las emperatrices. Los chinos los colocan casi siempre fuera de las casas, en sus jardines decorados de árboles transparentes. En realidad, son diminutos quioscos de té, en los que los orientales se sientan en cuclillas, separados por la mesa enana, y se hacen muecas corteses.

Para mí, la cama china, que yo trataba con tanta familiaridad y que desconcertaba a los visitantes, encerraba un mundo de leyendas. De allí salían, embozados o fulgentes, los personajes de todos mis cuentos. Mi abuela los llamaba con un golpe de su abanico, y ellos acudían de inmediato a su invocación, para avanzar en un paisaje mágico en el cual las procesiones de mandarinas con quitasol alternaban, inopinadamente, con Santa Justa, con Santa Rufina, con los rosarios temblorosos de medallas y con la imagen de la Inmaculada que le había dejado a mi abuelo la tía Luisita Cané.

Ese lecho como no he visto otro, y la sombra de la glicina, persisten en mi memoria infantil. Por instantes se funden en ella y entonces me parece que las flores lánguidas se vuelvan sobre el mueble de maderas claras, pulidas por el tiempo, y que mi niñez ha transcurrido ha transcurrido en raro jardín cuidado por mi abuela.


Fragmento del libro Estampas de Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1946, con dibujos de María Elizabeth Wrede)

En Los porteños
Buenos Aires, 1980

Foto: La Nación