18 feb. 2008

La apuesta de Blaise Pascal




Pensamientos
(fragmento)

Traducción y comentarios de Oscar Andrieu sobre la edición de los Pensamientos de León Brunschyicg, Hachette, editio minor, París, 1912 y 1946


Si existe un Dios, él es infinitamente incomprensible, puesto que, al no tener ni partes ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros. Por lo tanto, somos incapaces de saber ni qué es ni si es. Siendo así, ¿quién se atreverá a intentar resolver esta cuestión? Nosotros no, que ninguna relación tenemos con él.

Así pues, ¿quién echará en cara a los cristianos el no poder dar razón de su creencia, ellos que profesan
una religión de la que no pueden dar razón? Ellos declaran, al exponerla al mundo, que es una necedad, stultitiamg; y luego, ¡os quejáis de que no la prueben! Si la probaran, no guardarían su palabra: porque carecen de pruebas no carecen de sentido. -"Sí; pero aunque esto excuse a los que como tal la ofrecen, y los justifique de la censura de profesarla sin razón, esto no excusa a los que la reciben." -Examinemos, por lo tanto, este punto y digamos: "Dios existe, o no existe." Pero ¿hacia qué lado nos inclinaremos? La razón nada puede determinar acerca de esto: un caos infinito nos separa. Se juega un juego, en la extremidad de esa distancia infinita, en el que saldrá cara o cruz. ¿A qué apostaréis? De acuerdo con la razón, no podéis hacer ni lo uno ni lo otro; de acuerdo con la razón, no podéis deshacer ninguno de los dos.

No reprochéis falsedad a quienes han hecho elección; pues nada sabéis. -"No; pero les reprocho el haber hecho, no esa elección, sino una elección; en efecto, aunque el que elige cruz y el otro cometan falta semejante, los dos cometen falta: lo justo es no apostar."

-Sí; pero hay que apostar; esto no es voluntario: estáis embarcado. Así pues, ¿cuál de los dos elegiréis? Veamos. Puesto que es necesario elegir, veamos qué os interesa menos. Dos cosas se pueden perder: la verdad y el bien, y dos cosas se pueden comprometer: vuestra razón y vuestra voluntad, vuestro conocimiento y vuestra beatitud; y de dos cosas debe huir vuestra naturaleza: del error y de la miseria. Vuestra razón no se resiente si elige lo uno o lo otro, puesto que necesariamente hay que elegir. Punto aclarado. Pero, ¿vuestra beatitud? Pesemos la ganancia y la pérdida, considerando "cara" que Dios existe. Estimemos estos dos casos: si ganáis, ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, a que Dios existe, sin vacilar. -"Esto es admirable. Sí, hay que apostar; pero yo apuesto quizás demasiado." -Veamos. Puesto que el azar de ganancia y de pérdida es parejo, si sólo tuvierais que ganar dos vidas por una, todavía podríais apostar; pero si hubiera tres por ganar, habría que jugar (puesto que estáis en la necesidad de jugar), y seríais imprudente, cuando estáis obligado a jugar, si no arriesgarais vuestra vida para ganar tres en un juego en el que hay parejo azar de pérdida y ganancia. Pero hay una eternidad de vida y de felicidad. Y siendo así, aun cuando hubiera una infinidad de azares de los cuales uno solo fuera el vuestro, aun entonces tendríais razón si apostarais uno para tener dos, y obraríais equivocadamente, ya que estáis obligado a jugar, si rehusárais jugar una vida contra tres en un juego en el cual, de una infinidad de azares, hay uno en vuestro favor, si hubiera como ganancia una infinitud de vida infinitamente feliz. Pero hay aquí una infinitud de vida infinitamente feliz como ganancia, un azar de triunfo contra un número finito de azares de pérdida, y lo que jugáis es finito. Esto suprime toda apuesta: siempre que interviene lo infinito, y cuando no hay infinidad de azares de pérdida contra el azar del triunfo, no hay que vacilar, hay que arriesgarlo todo. Y así, cuando se está obligado a jugar, hay que renunciar a la razón para conservar la vida, antes que arriesgarla por la ganancia infinita, tan probable como la pérdida de la nada. Pues de nada sirve decir que es incierto si se ganara y que es cierto que se arriesga, y que la infinita distancia que media entre la certeza de lo que se arriesga y la incertidumbre de lo que se ganará iguala el bien finito, que se arriesga ciertamente, con el infinito, que es incierto. No es así. Todo jugador arriesga con certeza para ganar con incertidumbre; y, sin embargo, arriesga ciertamente lo finito para ganar inciertamente lo finito, sin pecar por ello contra la razón. No hay una infinitud de distancia entre esa certeza de lo que se arriesga y la incertidumbre del triunfo; esto es falso. Hay, en verdad, infinitud entre la certeza de ganar y la certeza de perder. Pero la incertidumbre de ganar es proporcional a la certeza de lo que se arriesga, según la proporción de los azares de ganancia y pérdida. Y de esto resulta que, si hay tantos azares de un lado como del otro, el partido consiste en jugar igual contra igual; y entonces la certeza de lo que se arriesga es igual a la incertidumbre de la ganancia: lejos está de ser infinitamente distante. Y así, nuestra proposición encierra una fuerza infinita, cuando se arriesga lo finito en un juego en el que hay iguales azares de triunfo y de pérdida, y lo infinito como ganancia. Esto es una demostración; y, si los hombres son capaces de alguna verdad, ésta lo es.


Sobre la edición

Al publicar este largo fragmento, que constituye el capítulo VII de su edición (Que es más ventajoso creer que no creer lo que enseña la Religión cristiana), Port-Royal lo encabezó con un Aviso que es una aguda interpretación del pensamiento de Pascal: “Casi todo lo que está contenido en este capitulo sólo interesa a cierta clase de personas que, porque no están convencidas de las pruebas de la Religión, y menos aún de las razones de los ateos, permanecen en estado de suspensión entre la fe y la infidelidad. El autor pretende solamente mostrarles, por sus propios principios y por las simples luces de la razón, que ellos deben juzgar que les resulta ventajoso creer, y que éste sería el partido que debieran adoptar si la elección dependiera de la voluntad. De donde se deduce que, por lo menos en la espera de que encuentren la luz necesaria para convencerse de la verdad, ellos deben hacer todo lo que pueda predisponerlos hacia ella, y desprenderse de todos los impedimentos que los apartan de esa fe, los cuales son principalmente las pasiones y las vanas diversiones.”

¿Este célebre fragmento de la Apuesta debía formar parte de la Apología? Gustavo Lanson, en un notable artículo de la Grande Encyc1opédie sobre Pascal, declara que “muy probablemente sólo sea el esbozo de un discurso cuyo propósito era la conversión de ciertas personas”. Y un poco después agrega que “este extraño trozo estaba destinado sin duda a tener efecto sobre algún geómetra libertino”. La hipótesis es muy ingeniosa; puede apoyarse, además, sobre el hecho (ya observado por Brunschvicg) de que el Prefacio de la edición de Port-Royal y el Discurso de Filleau de la Chaise, que reproducen una conferencia de 1657 ó 1658, en la cual Pascal esbozó el plan de su Apología, no contienen ninguna alusión al argumento de la Apuesta. Pero, si tal suposición tuviera fundamento, ¿se explicaría que los editores de Port-Royal hubiesen incluido el fragmento en su edición? Y si pensamos, además, que la Apología constaba, si así puede decirse, de varios compartimientos y de varios niveles, que debía responder y corresponder a muy diferentes estados espirituales, lo más natural es suponer que el argumento de la Apuesta habría encontrado lugar en alguna de las ofensivas de la Apología pascaliana. Es la solución de Brunschvicg, y es la mía.

Por lo demás, y a poco que se lo despoje de la forma utilitaria que Pascal le dio, ¡qué verdad profunda, general y humana contiene ese argumento! Supongamos anuladas p mbor la razón razonante todas las objeciones que se le pueden formular al cristianismo: ¿el incrédulo al que se quiere convencer habría avanzado en el fondo? Toda incertidumbre no desapareció enteramente de su espíritu; y si quiere esperar, para decidirse, para querer o no querer ser cristiano, la plena evidencia racional y matemática, siente sin duda que nunca la tendrá. ¿Qué hacer entonces? Hay que apostar. Hay que apostar en favor o en contra de la verdad del cristianismo. Y no puede no apostar, porque está “embarcado", porque vive. Y vivir es apostar por una concepción de la vida en contra de otra. Y no se diga que es posible abstenerse: porque abstener- se implica elegir, lo cual es apostar todavía. La apuesta de Pascal aparece en el fondo o, más exactamente aún, en el origen mismo de los más humildes actos de nuestra vida común. (Nota de V. Giraud.)

Buenos Aires, Sudamericana, 2 tomos