21 ene. 2008

Voltaire - Diccionario Filosófico - Vampiros


¿Es posible creer en la existencia de vampiros en pleno siglo XVIII, después del reinado de Locke, Saftesbury, Trenchard, Collins y sus sucesores Alembert, Diderot, Saint Labert y Duclos? Por increíble que parezca, el reverendo benedictino dom Agustín Calmet imprimió y reimprimió la historia de los vampiros con aprobación de la Sorbona.

Los vampiros eran muertos que salían del cementerio, por la noche, para chupar la sangre a los vivos, en la garganta o en el vientre, y que después volvían al camposanto y se encerraban en sus fosas. Los vivos a quienes los vampiros chupaban la sangre enflaquecían y se iban consumiendo, mientras que los muertos que la habían chupado engordaban, les salían los colores y estaban la mar de rozagantes. Polonia, Hungría, Silesia, Moravia, Austria y Lorena, eran los países donde los muertos se entregaban a este festival de sangre. Nadie oía hablar de vampiros en Londres, ni en París. Confieso que en esas dos urbes hubo agiotistas, comerciantes y hombres de negocios que chuparon a la luz del día la sangre del pueblo, pero no estaban muertos, sino corrompidos. Esos verdaderos chupópteros no vivían en los cementerios, sino en magníficos palacios.

¿Quién es capaz de creer que la superstición de los vampiros la heredamos de Grecia? No de la Grecia de Alejandro, Aristóteles, Platón, Epicuro y Demóstenes, sino de la Grecia cristiana y por desgracia cismática.

Hace mucho tiempo que los cristianos de la Iglesia griega creían que los cuerpos de los cristianos de la Iglesia latina, que se enterraban en Grecia, no se pudrían porque estaban excomulgados. Creían lo contrario que nosotros los católicos, que los cuerpos incorruptos son claro testimonio de la bienaventuranza eterna y en cuanto se pagan en Roma cien mil escudos por la canonización de un santo le tributamos la más piadosa adoración.

Los griegos están convencidos de que sus muertos son hechiceros y les dan el nombre de broucolacas. Los muertos griegos van a las casas a chupar la sangre de los niños, a comerse la cena de los progenitores, a beberse el vino y a romper los muebles. Sólo se les puede destruir quemándolos cuando se atrapan, pero teniendo la precaución de no ponerlos en el fuego hasta después de haberles arrancado el corazón, que debe quemarse aparte.

Después de la calumnia, nada se propaga con tanta rapidez como la superstición, el fanatismo, el sortilegio y los cuentos de aparecidos. Pronto hubo broucolacas en Valaquia, Moldavia y Polonia, pese a que esta nación pertenece al rito romano y no le faltaba más que esta superstición, que se transmitió a toda la parte oriental de Alemania. De 1730 a 1735 se ocuparon continuamente de los vampiros, los espiaron, les arrancaron el corazón y los quemaron, pero al igual que los antiguos mártires cuantos más quemaban más aparecían.

Como hemos dicho, Calmet fue su historiógrafo y se ocupó de los vampiros como antes se había ocupado del Antiguo y del Nuevo Testamento, refiriendo fielmente todo lo que sobre esta materia escribieron otros.

Encontramos historias de vampiros hasta en las Cartas judías de Argens, a quien los jesuitas acusaron de incrédulo y luego aceptaron gozosamente cuando refirió la historia del vampiro de Hungría dando gracias a Dios y a la Virgen por la conversión de Argens. He aquí lo que dijeron del citado autor: «El famoso incrédulo que dudó de la aparición del arcángel a la Virgen, de la estrella que vieron los Reyes Mayos, de que se curaran los poseídos, de que se ahogaran dos mil cerdos en un lago del eclipse de sol en luna llena y de los muertos que se paseaban por Jerusalén, tocado por la divina gracia se iluminó su espíritu y cree en la existencia de los vampiros».

La gran cuestión que se suscitó entonces fue averiguar si aquellos vampiros resucitaron por propia virtud, por el poder de Dios o por el poder del diablo. Los grandes teólogos de Lorena, Moravia y Hungría hicieron públicas sus opiniones y su ciencia. Recordaron todo cuanto antes san Agustín, san Ambrosio y otros santos dijeron de más ininteligible respecto a los vivos y los muertos, adujeron todos los milagros de san Esteban incluidos en el séptimo libro de las obras de san Agustín y citaron las historias que refiere Sulpicio Severo en la vida de san Martín.

Discutieron también sobre si se comía el alma o el cuerpo del muerto y quedó decidido que comían la una y el otro. Los alimentos más delicados, como los merengues y la crema, se los comía el alma, y las chuletas y el rosbif se los comía el cuerpo.

Decían que los reyes de Prusia fueron los primeros que después de muertos se hacían servir alimentos y que los imitaban casi todos los monarcas de entonces, pero eran los frailes quienes se comían el almuerzo y la cena y bebían el vino; de manera que, hablando con propiedad, los reyes no eran vampiros, los verdaderos vampiros son los frailes que comen a expensas de los reyes y los pueblos.

Todavía se discute la grave cuestión de si puede absolverse al vampiro que murió excomulgado. No soy teólogo bastante profundo para decidirlo pero yo lo absolvería porque cuando debe decidirse entre dos partidos dudosos, debe uno inclinarse por el más benigno.

En resumen, una gran parte de Europa estuvo infestada de vampiros durante cinco o seis años y hoy ya no existen; hubo convulsionarios en Francia durante más de veinte años y ya no los hay; resucitaron muertos durante siglos y hoy ya no los resucitan; tuvimos jesuitas en España, Portugal, Francia y las Dos Sicilias y hoy ya no los tenemos.